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viernes, 7 de diciembre de 2012

LA OCURA VIDA DE LAS PERSONAS MAYORES

Primera memoria
Ana María Matute
Ediciones Destino, Barcelona, 2012, 237 páginas.


   En su día, hace más de cincuenta años, pasó con dificultad da criba de la censura y desde entonces la novela de Ana María Matute, Primera memoria, Premio Nadal 1959, no ha dejado de editarse en distintos formatos. En el pasado mes de junio la recuperó de nuevo Ediciones Destino, la editorial del Premio Nadal, como una de sus textos clásicos, en una edición que incluye un amplio material gráfico sobre la autora y la entrega del Premio Nadal de aquel año.
   Lo mejor de la aportación a la narrativa española de Ana María Matute son sus obras publicadas antes de 1973, en pleno auge de la posguerra. Estamos en la década de los cincuenta, el realismo social  es la corriente dominante, pero esos años contemplan así mismo la aparición de las primeras letras de otros narradores (Jesús Fernández Santos, Ignacio Aldecoa, Juan Goytisolo, Rafael Sánchez Ferlosio) También Ana María Matute cuya obra, especialmente su trilogía Los mercaderes, de la que Primera memoria forma parte, es la literaturización obsesiva de una serie de temas como la nostalgia por el paraíso perdido, por la infancia irrecuperable, por el despertar de la adolescencia, por una minuciosa radiografía de los estados de ánimo.
   Todas esas obsesiones hacen acto de presencia en Primera memoria, en una trama que quizás no encuentre mejor definición que la aportada por la propia autora, hace más de cincuenta años, el día que ganó en Premio Nadal: “Plantear, mediante una forma lo más sencilla y suave posible, jugando con unos personajes adolescentes y, por lo tanto libres de todo prejuicio, el problema de la incomprensión y la injusticia dominante; para lo cual me fue también necesario contrastar la pureza de los personajes con la brutalidad de la guerra”.
   En efecto, en Primera memoria nos encontramos con adolescentes al borde del abismo de la edad adulta, pero sin alternativas. Esa carencia de opciones la descubre con espanto Matia la protagonista principal y voz narradora, encerrada con su primo en la casa de la abuela durante la guerra civil que acaba de estallar y que, desde la lejanía, se deja sentir ensombreciéndolo todo. Se encuentran en una las islas Baleares, una isla sin nombre, pero isla, hecho que acentúa la sensación de claustrofobia. En aquellos interminables meses veraniegos del 36 y bajo la mirada omnímoda de la abuela, soportan la rutina estival de lecciones de latín, cigarrillos robados y fumados a escondidas, escapadas en barca a calas recónditas. Son sus pequeñas maldades que les hacen enfrentarse con sus propios monstruos  y les obligan a atisbar o imaginar “la oscura  vida de las personas mayores”. Con una guerra que no está físicamente presente, pero a la que se alude frecuentemente y deja su poso en la isla en forma de asesinatos, humillaciones, odio, perversiones. La  guerra también aparece en la novela como elemento transformador de las fracturas familiares: las mujeres y los niños se quedan en casa, mientras los padres luchan en el frente, hermanos contra hermanos en no pocas ocasiones. Además la protagonista se ve obligada a transitar de niña a mujer sin referentes en los que medirse, durante el momento traumatizante del estallido de la contienda.
   A pesar del paso de los años y de la autocensura con la que sin duda está escrita la novela (la guerra civil es vista desde lejos, sin juicios demasiado explícitos, aunque contemplada como un silencio podrido, un silencio de muertos, muertos barranco abajo, aislamientos y enemistades), Primera memoria es un texto que no ha envejecido. Y ello se debe no solo al oficio, sino al talento creador de Ana María Matute, capaz de fascinarnos con las descripciones de los estados de ánimo de los personajes. La autora supo meterse en el alma de una chica de catorce años y llena su texto de deslumbrantes hallazgos que nos permiten percibir cómo se observa y cómo se siente una adolescente a punto de dejar de serlo: sus amarguras, sus desengaños, los agobios de la soledad, las crueldades de esas edades indefinidas. Muestra igual maestría al reflejar el ambiente asfixiante y opresivo de un espacio, de una isla aislada, en un pueblo con enemistades enquistadas que la autora retrata con frases como “la calma aceitosa”, “la hipócrita paz de la isla”.
   La escritora así mismo, con una prosa embrujadora, fue capaz de entroncar los caracteres y los sentimientos con el paisaje y el clima. Y lo hizo con tal maestría que estos en el fondo operan también como verdaderos actantes (“El declive tenía algo solemne en la noche. Las piedras de los muros de contención blanqueaban como hileras de siniestras cabezas en acecho. Había algo humano en los troncos de los olivos, y los almendros a punto de ser vareados, proyectaban una sombra plena. Más allá de los árboles, se adivinaba el resplandor de los habitáculos de los colonos. Al final del declive la silueta de la casa de la abuela era una sombra más densa. El cielo tenía un tinte verdoso y malva”, páginas 56-57).
   Novela sin duda opresiva, desesperanzada (“elegía a la perversión de la inocencia”) que una pluma preñada de talento convierte en verdadera literatura.

Francisco Martínez Bouzas



Ana María Matute en 1959, fecha de la concesión del Premio Nadal

Fragmentos

“Qué extranjera raza de los adultos, la de los hombres y las mujeres. Qué extranjeros y absurdos nosotros. Qué fuera del mundo y hasta del tiempo. Ya no éramos niños. De pronto ya no sabíamos lo que éramos. Y así, sin saber por qué, de bruces en el suelo, no nos atrevíamos a acercarnos al otro. Él ponía su mano encima de la mía y sólo nuestras cabezas se tocaban. A veces notaba sus rizos en la frente o la punta fría de su nariz. Y él decía, entre bocanadas de humo: «¡Cuándo acabará todo esto…!». Bien cierto es que no estábamos muy seguros a qué se refería: si a la guerra, la isla o nuestra edad”

…..

“Recuerdo que entré en una zona extraña, como  de agua movediza: como si el miedo me ganara día adía. No era el terror infantil que padecí hasta entonces. A veces me despertaba de noche, y me sentaba bruscamente en la cama. Experimentaba entonces una sensación olvidada de cuando era muy pequeña y me angustiaba al atardecer y pensaba: «El día y la noche, el día y la noche siempre. ¿No habrá nunca  nada más?». Acaso me volvía el mismo confuso deseo de que alguna vez, al despertarme, no hallara solamente el día y la noche, sino algo nuevo, deslumbrante y doloroso. Algo como un agujero por donde escapar de la vida”

…..

“En aquel momento me hirió el saberlo todo. (El saber la oscura vida de las personas mayores, a las que sin duda alguna, pertenecía ya. Me hirió y sentí un dolor físico”

(Ana María Matute, Primera memoria, paginas 109, 169-170, 229)

martes, 3 de julio de 2012

"ENTRA EN MI VIDA": EL DESPERTAR DE LOS DEMONIOS DEL PASADO

Entra en mi vida
Clara Sánchez
Ediciones Destino, Colección Áncora  y Delfín, Barcelona, 2012, 475 páginas.


Clara Sánchez (Guadalajara, 1955), es una de las narradoras españolas más populares, más leídas, hasta el punto de que sus novelas, no exentas de calidad, se han convertido en verdadero bestsellers. Premio Alfaguara de novela en el año 2000 con Últimas noticias del paraíso; así mismo hace dos años obtuvo el Premio Nadal por Lo que esconde tu nombre, un gran éxito de ventas tanto en España como en otros países, especialmente en Italia, con medio millón de ejemplares vendidos. Llega ahora a sus lectores incondicionales con Entra en mi vida, con la personal sensación de la narradora de “haberla escrito lo mejor posible, ser sincera, darlo todo y dar rienda suelta a todos los sentimientos que me ha generado”.
Se ha afirmado, y Entra en mi vida, lo confirma sin ningún género de dudas, que el tiempo narrativo de Clara Sánchez es el presente. En efecto la escritora se siente cómoda acercándoles  a los lectores la realidad que observa, ya sea la “esclavitud” de los trabajadores de los edificios de oficinas acristaladas, el dorado retiro de algunos criminales exterminadores nazis en las costas españolas o el caso de los niños españoles robados en la democracia, tematizado en este amplio texto narrativo, cercano a las 500 páginas. Mas, todo ello acompañado por una aguda reflexión sobre el amor o sobre las monstruosidades que muchas veces, sin saberlo, colonizan nuestro propio interior. Por eso mismo Entra en mi vida, siendo como es una novela sobre el presente, surgida al impulso de las noticias periodísticas, no es, sin embargo, una novela periodística ni un reportaje sobre los niños robados, “sino sobre los sentimientos que esos sucesos han removido en mi”.
La novela narra en efecto la historia de una niña robada en los años ochenta. La naturaleza ficcional del relato hace que la narración de Clara Sánchez no se base en un caso real concreto, sino en uno inventado, aunque con fundamentos en absoluto alejados de la realidad. Saber quién es la niña de una foto supone el arranque narrativo de Entra en mi vida. Verónica, una preadolescente de diez años descubre un día la foto de una niña escondida en una vieja cartera en el armario de sus padres. Es el gran secreto que le hace inquirirse a diario ¿quién es esa niña? ¿por qué su madre vive en una constante angustia que la aleja de la felicidad?  Pero, una vez fallecida la madre, Verónica se verá obligada a afrontar esos secretos y las múltiples mentiras o disimulos en los que ha vivido. En la otra “acera” narrativa está Laura, la otra voz con la que la autora alterna la narración. En ella se concentra todo el dolor de la familia que cree haber perdido a su hija y el perpetuo recelo de la familia que acogió en su momento a la niña robada. Ellas son los personajes en los que, como goznes, gira la acción narrativa. Ellas se ven obligadas a afrontar una vida llena de interrogantes y de secretos familiares.
Clara Sánchez huye, como ya quedó señalado, tanto de la crónica periodística como de la novela detectivesca,  a pesar del alto contenido de intriga de búsqueda, no entre malhechores, sino entre “personajes con uniformes de bondad”. Y proyecta su relato sobre los aspectos psicológicos que constituyen los entramados familiares en los que llega un día en los que se despiertan los viejos demonios dormidos o acallados en el pasado.
En capítulos muy cortos y con una arquitectura binaria (alternancia de los capítulos dedicados a Verónica y a Laura y a sus entornos familiares), la novela avanza narrada con una prosa natural, fluida e incluso a veces dura, que nada tiene que ver con esa escritura ñoña y empalagosa, en la que cierta crítica suele encasillar a la escritora, incluso “sin haberme leído”, como confiesa de forma inconformista la autora.

Francisco Martínez Bouzas



Clara Sánchez

Fragmentos

“En el último estante del armario de mis padres había una cartera de piel de cocodrilo envuelta en una manta que nunca se usaba. Para cogerla tenía que traer la escalera de aluminio desde el tendedero y subirme  a lo más alto. Pero antes debía buscar la llavecita con la que se abría la cartera entre los pendientes, pulseras y anillos del joyero de mi madre.
Nunca le había dado importancia. Hasta mi hermano Ángel, de ocho años, sabía lo de la cartera, y si no nos sentíamos tentados de hurgar allí era porque dentro no había nada de interés (…)
Así que estábamos solo mis padre y yo cuando, con la cartera abierta sobre la mesa le llamaron por teléfono y salió a hablar al jardín con el inalámbrico. Empezó diciendo que por ese dinero ni siquiera metía la llave de contacto. Yo me quedé dentro aburrida (…) A mi me dio por desplegar la cartera del todo, y descubrí que tenía cuatro partes y no tres como había creído hasta ese momento. Quería comprobar lo larga que era y fue entonces cuando vi asomando por una ranura el pico de lo que parecía una fotografía. La saqué con cuidado con la punta de los dedos, como si quemara, y la miré y remiré sin saber qué pensar.
Estaba viendo una niña como yo, mayor que yo. Yo tenía casi diez años y la otra tendría doce. Era tirando a rubia, con melena a la altura de las orejas y flequillo, y la cara redonda pinchada con un cuello largo y delgado, que le daba un aire de superioridad. ¿Quién era esa niña? Por qué estaba en el lugar donde se guardaba lo importante? Llevaba un peto vaquero con una camiseta por dentro y chanclas, y tenía un balón en las manos”

…..

“Laura se negó a conocer a sor Rebeca, la monja comadrona que la vendió a Greta y Lilí y que tenía una relación con la directora de su colegio, sor Esperanza, como si todas las personas de su vida estuvieran unidas por una tela de araña, en que unos vendieran y otros compararan. Dijo que no quería almacenar más imágenes horribles, que no quería saber cómo era esa mujer, que estaba harta de ser el centro de una historia tan cruel. Yo podía hacer lo que quisiera porque también éramos víctimas de esa gente, pero ella de momento arrojaba la toalla”

(Clara Sánchez, Entra en mi vida, páginas 11-13, 470-471)

miércoles, 2 de mayo de 2012

"EL SINDROME E ", UN NOIR IMPACTANTE EN LA ERA DE LA TECNOCIENCIA

El síndrome E
Franck Thielliez
Traducción de Joan Riambau
Ediciones Destino, Barcelona, 2011, 568 páginas.


No podía ser de otro modo. Los imparables avances tecnológicos tenían necesariamente que estar presentes en la literatura, ese arte que todo lo aprovecha y hace suyo. Nunca el ser humano ha estado tan sujeto al determinismo. Leyendo El síndrome E el lector llegará a la conclusión de que un sencillo mando a distancia es capaz de desencadenar o inhibir la violencia, que es factible modificar la estructura cerebral de un individuo a través del impacto de  imágenes y sonidos tan violentos que le obliguen a obrar de forma predeterminada. Es la evaporación de lo que la tradición filosófica llamaba libre albedrío, libertad psicológica.
Franck Thilliez nos lo hace patente de forma superlativa. Este ingeniero francés, especialista en nuevas tecnologías, se pasó a la escritura en el año 2003 con Train d’enfer pour Ange rouge, pero su salto a la fama le llegó en 2010 con Le síndrome E, traducido ahora al español por Ediciones Destino en “Áncora y Delfín”, su colección emblemática. Su pasión por la ciencia y el hecho de haber devorado durante muchos años las novelas de Stephen King -“¡Veo thrillers, leo thrillers y vivo con thrillers!”, es su grito de guerra- operó el milagro.
En El síndrome E Franck Thielliez le da forma a una trama en la que los avances tecnológicos, los experimentos neurocientíficos con cobayas humanas, llevados a cabo por la CIA en los años 60, constituyen el hielo conductor de esta novela negra que nos sumerge de forma realmente impactante en las razones y mecanismos que están o pueden estar en el origen del mal. Sus héroes son una pareja de policías, duros y bravucones aparentemente, pero se muestran ante el lector en su extrema fragilidad, tan vulnerables como cualquier otro ser humano. Son los detectives Franck Sharko y Lucie Henebelle. Ambos están obsesionados con sus respectivos casos hasta el punto de abstraerlos de la realidad. Films con imágenes subliminales pornográficas y violentas, brutales asesinatos, cadáveres de los que han sido extraídos cerebros, ojos, manos y dientes, redes de intriga y traición, violencia histérica, tendencias sádicas… son los ingredientes que rodean sus pesquisas y que les abocan a la conclusión de que es el proceso conocido como “síndrome E” el que permite convertir a los seres humanos normales en alucinados asesinos.
Así pues, auténtica novela negra, novela del mundo profesional del crimen, como la definió Raymond Chandler, que desemboca en un thriller impactante que conjuga acción, ciencia y neurología, sin que falte la investigación que genera los hechos delictivos, ni esa arquitectura misteriosa típica de la novela-enigma que conduce al lector hasta el desenlace sin concederle el más mínimo reposo. Trama que cumple además  con ese requisito de la mayoría de las novelas negras: una narración itinerante que describe ambientes, personajes variopintos, mientras se persigue el fin de la investigación policial.
La investigación es el elemento estructurador del relato de Franck Thilliez. Sin embargo no estamos únicamente ante una novela-enigma, una novela “Whodunit” en la que la gramática del relato se centre exclusivamente en descubrir quién lo hizo. En El síndrome E se privilegia el misterio y, sobre todo, la temática del peligro tecnocientífico que la convierte en una novela impactante, plenamente de nuestro tiempo sobre los fenómenos de la violencia colectiva. Mas que el lector no busque primores ni exquisiteces literarias en una novela que lo que pretende, por encima de todo, es impactar, no con propuestas literarias vanguardistas exquisitas, sino con la contundencia de un relato rotundo. Ese es su perfil: literatura comercial cuyo objetivo no es construir belleza con la palabra, sino arrebatar la atención del lector, sumergiéndolo en un torbellino de acción e impactantes novedades tecnocientíficas.

Francisco Martínez Bouzas


Franck Thielliez


Fragmento

“Eran casi las tres de la madrugada. Atiborrado de imágenes de espionaje y de guerra, remató su interminable sesión de proyección con aquel cortometraje desconocido, increíblemente preservado. Aparentemente, se trataba de una copia. Esos films sin nombre a veces desvelan auténticos tesoros o, con suerte, obras perdidas de célebres cineastas: Meliès, Welles, Chaplin… Como a todo buen coleccionista, le gustaba soñar. Al desenrollar el inicio de aquella película anónima para engranarla en el proyector, Ludovic leyó en el celuloide: «50 imágenes por segundo». Era extraño, pues la norma habitual de 24 por segundo ofrecía una velocidad suficiente para crear la impresión de movimiento. A pesar de ello, cambió la velocidad de obturación de su aparato para fijar el valor aconsejado. No era cuestión de ver un film al ralentí.
De inmediato, la blancura de la pantalla dio paso a una imagen oscura, velada, sin título ni créditos. En el ángulo superior  derecho apareció un círculo blanco. Ludovic se preguntó, en un primer momento, si acaso no se trataría de un defecto de la película, como a menudo sucede con las bobinas antiguas.
Y la película comenzó.
Ludovic cayó pesadamente mientras corría hacía la planta baja.
No veía nada, ni siquiera con luces encendidas.
Se había quedado ciego”

(Franck Thilliez, El síndrome E, páginas 14-15)

martes, 17 de abril de 2012

"NIÑOS FEROCES", VOLUNTARIOS PARA LA CATÁSTROFE


Niños feroces
Lorenzo Silva
Ediciones Destino, Barcelona, 2011, 395 páginas.


Si el lector se interroga por la naturaleza estructural de lo que acaba de leer, no cabe duda de que concluirá que Niños feroces es metanarrativa: la novela de una novela. En efecto, la dimensión metaficcional se hace presente de principio a fin en la misma arquitectura compositiva de la novela. Lázaro, un joven de casi veinticuatro años quiere ser escritor, aunque lo que escribe le parece siempre una pamplina y no consigue pasar de los doce folios. Por eso se apunta a un taller de narrativa. Pero allí nadie es capaz de hacer otra cosa que encadenar links porque han recibido un relato fragmentario de la realidad. No es ese el caso de Lázaro: lo que a él le hace falta es una buena historia. Su profesor le regala una. Y así se inicia una propuesta narrativa por la que se interna Lorenzo Silva que, echando mano de otro de los recursos de los postnarradores, el debilitamiento de las barreras entre los géneros, amalgama fuentes documentales, testimonios personales, ficción e intertextualidad. Todo ello para contarnos y hacernos reflexionar sobre el hecho de que siempre son los jóvenes los que van a la guerra y lo hacen en primera línea, por ideales, por dinero o por un permiso de residencia. Y asumen la hombría o la culpa, mientras otros, desde las poltronas del poder en retaguardia, toman las decisiones de enviarlos hacia el horror y se absuelven sin ningún remordimiento o recurren a versiones de misiones estrictamente humanitarias, contradichas por los hechos.
La novela está narrada en tres espacios históricos, los años cuarenta, el otoño del 89 y la actualidad y se desarrolla en varios espacios geográficos: el frente de Leningrado, la batalla de Krasny Bor, los Cárpatos rumanos, Postdam y finalmente Berlín, la defensa de Berlín, empuñando las armas contra los rusos en 1945. Como historias interconectadas aparecen otros hechos bélicos o reivindicativos: la guerra de Afganistán, la de Irak (Nayaf, Diwaniya) y el movimiento  de los Indignados del 15-M en la Puerta del Sol de Madrid.
Pero el hilo conductor de la novela es Jorge García Vallejo. Una cuenta familiar pendiente de la Guerra Civil española y una frase de Torrente Ballester adulatoria de José Antonio (“La revolución es la tarea de una resuelta minoría inasequible al desaliento”), marcan en su existencia un antes y un después. En el verano del 41 se una a la DEV (la División Azul) con un único objetivo: derrotar al comunismo. Y con el valor y el miedo en permanente conflicto, se hace hombre  en la cruenta batalla de Krasny Bor. Pero cuando España se retira de la guerra, se convierte en rebelde, en miembro de una unidad apátrida de la SS y con ella participa en diferentes batallas y finalmente en la defensa de Berlín. El ideal anticomunista le había convertido en un niño feroz, voluntario para la catástrofe, porque aquellos niños, como Jorge, quizás tenían conciencia del despropósito atroz del que formaban parte, pero su sentido de la lucha -la defensa de Europa y la indignación por la cobarde deserción de Franco- les hizo resistir hasta el final, hasta que Hitler se pega un tiro en la cabeza.
Niños feroces no es una novela de nazis o sobre nazis en la que son ellos los que nos hacen comulgar con su punto de vista o en la que aparecen retradaos sin más como los malos de la película. Es otra cosa. Un alegato contra el belicismo y una novela sobre la juventud empujada como peones al campo de batalla. Su energía, en vez de ser canalizada como motor de progreso y edificación de futuro, acaba siendo transformada en potencial de muerte y destrucción. Por eso al final de una novela que avanza mientras lo más mugriento de la Historia renace una y otra vez, se nos muestra la inapelable contradicción de los que, en plenitud de juicio, en circunstancias favorables, deciden la guerra y se absuelven sin remordimientos como Albert Speer y Tony Blair y aquellos que yerran desde la inmadurez o la ofuscación ideológica y aceptan en cambio su responsabilidad, como los jóvenes protagonistas de la novela o
Imbricados en el relato aparecen una serie de escritores, o mejor dicho, una determinada concepción de la literatura. Es el difícil magisterio de aquellos autores a través de los cuales se define Lorenzo Silva (Walter Benjamin, Kafka…) y referencias a actitudes, gestos y citas de otros escritores (Torrente Ballester, Edith Stein, Imre Kertesz. Jorge Semprún, Michael Herr, Marinetti…) oportunamente referidos. Las lúcidas cavilaciones bejaminianas, sobre todo, nutren la intertextualidad que forma parte de la esencia de este libro, así como los acontecimientos que tuvieron lugar durante el proceso de escritura. La novela finaliza, y no aleatoriamente, el 11 de junio del presente año, víspera del levantamiento de la acampada de los Indignados en la Puerta del Sol de Madrid, un atisbo de una juventud manipulada que se rebela y cuya energía se está trasladando a varios países. Jóvenes o ciudadanos no tan jóvenes -como los protagonistas de la novela-  que se resisten  en convertirse en partidarios de otro tipo de catástrofe que directamente nada o poco  tiene que ver con el militarismo, sino con las paradojas y mentiras sociales, políticas y económicas de los últimos años, la eterna catástrofe de los dominantes y de los dominados.

Francisco Martínez Bouzas



Fragmento

“-Mi primer contacto con el combate de verdad, ese en el que ves los ojos de enfrente -recordaba Jorge-, me descubrió su rostro aterrador, que no es el de la amenaza particular que pueda suponer el enemigo, sino la sensación de que en cualquier momento y desde cualquier lado puede venirte cualquier cosa. La capacidad que tiene que desarrollar el combatiente es la de convivir con esa sensación sin salir corriendo, o sin tirar el arma al suelo y dejarse matar a la primera ocasión. Lo que más te ayuda es haberte adiestrado en los movimientos más mecánicos, y concentrarte en ellos. Yo busqué, en medio de los rusos, el punto más denso, y allí, en una fracción de segundo, escogí mi primera víctima. Apreté el gatillo, lo vi caer. Y a partir de ahí seguí, uno tras otro, repitiendo la operación. Cerrojo, apuntar, fuego, cerrojo, apuntar, fuego…”

(Lorenzo Silva, Niños feroces, páginas 199-200)

miércoles, 11 de abril de 2012

"EL TEMBLOR DEL HÉROE", LA FALTA DE SUSTANCIA

El temblor del héroe
Álvaro Pombo
Ediciones Destino, Barcelona, 2012, 222 páginas



¿Puede ser la literatura ese territorio donde plantear los grandes asuntos que atarean o agobian al ser humano, tales como la traición, la culpa, el arrepentimiento, la cobardía o el mismo sentido de la existencia? Estamos ante una pregunta claramente retórica. Un personaje de Milan Kundera se servía de una sola arma para defenderse del mundo, de la zafiedad que le rodeaba: los libros que le prestaban en la biblioteca. Al igual que dicho personaje, la novela de Álvaro Pombo ganadora del Premio Nadal 2012, que profundiza en los mecanismos del engaño, en las consecuencias trágicas de pasar por el mundo resbalando, deslizándose sobre la superficie de la realidad, sin comprometerse con nada, es una nueva prueba de que la literatura es una infinita cosmografía en la que cabe todo, si detrás de la pluma que escribe está esa rara avis que es Álvaro Pombo con  su “poética del bien”. Álvaro Pombo, filósofo empedernido -esta novela es una prueba fehaciente-, contorsionista de las palabras, defensor de la libertad e inventor de tramas que encauza a través de un peculiar método literario, por él mismo bautizado como psicología-ficción, cuyo primer postulado es la falta de sustancia, abordado de forma magistral en esta novela.
Pombo es un creador superdotado, un creador pleno como lo definen los académicos, aunque quizás más para ser leído por escritores que por el gran público. Ya en 1992, cuando aún no estaban amasadas sus grandes obras (Donde las mujeres, La cuadratura del círculo, El cielo raro, Contra natura…) hubo críticos que catalogaron a Pombo junto con Javier Marías como los dos narradores más interesantes de los últimos veinte años. La lengua prodigiosa, mezcla de barroquismo, espontaneidad y capacidad inventiva de este genio que anda suelto (Jorge Herralde) hacen de Álvaro Pombo el mejor estilista, el gran fascinador verbal y uno de los grandes creadores contemporáneos en lengua española.
El temblor del héroe es una prueba sobreabundante de cuanto digo y confirma además la querencia del escritor por explorar en el interior de los universos humanos. Sin embargo, que nadie se confunda: El temblor del héroe no es una novela comercial, de consumo rápido. Se trata, al contrario de una pieza narrativa compleja, densa, rebosante de reflexiones y disquisiciones filosóficas, también de citas en latín y en otros idiomas, pero no una pieza obscura, sobre todo a medida que se avanza en la lectura. Tampoco experimental a pesar de algún que otro comentario metanarrativo de un narrador omnisciente.
Pombo, como ha escrito Ángel Basanta, solo se parece a Pombo, se ha especializado -y en esta novela lo hace de forma brillante- en la fabricación de estructuras narrativas penetradas de cultura, de ideas, combinando sabiamente reflexión, narración, descripción y diálogo, con la presencia de personajes complejos que el escritor explora en sus más ocultos recovecos y sinuosidades.
En una breve sinopsis argumental, cabe decir que la novela nos presenta de entrada a Román, un profesor universitario jubilado, invadido por la nostalgia de los días luminosos de la pedagogía en los que fascinaba a sus alumnos, inculcándoles el amor  a la sabiduría y estimulándoles para alcanzar una vida más noble y más alta. Todo aquello se evaporó de repente. Dos de ellos, sin embargo, una pareja de médicos, comparten su amistad y con ellos ha entablado complejas relaciones intelectuales y sentimentales. En un momento determinado, entra en su vida un joven periodista (Héctor), arrastrando una niñez de abuelos aturdidos por los hijos drogadictos y una adolescencia torturada por las violaciones de un pederasta (Bernardo), un ser demoníaco, una rémora vampiresca, que consigue así mismo incluirse en la vida de esta celebridad menor con perfil de Wikipedia.
Es  a partir de este momento cuando los fantasmas del pasado reaparecen a la vez que los mecanismos del engaño, la cobardía, la insensibilidad y la falta de compromiso para reaccionar ante el dolor ajeno provocan un trágico final en una novela cuyo núcleo diegético se reduce sin embargo a un trío con un conflicto amoroso no resuelto en un ambiente de relaciones homosexuales, amores líquidos y chaperos, con sentimientos de culpa y muchos vaivenes. Con vidas agobiadas por lo que el autor llama una razón aburridamente posmoderna: la falta de sustancia en seres incapaces de sustentar una ética autónoma, aletargados que pasan por la vida patinando, deslizándose, sin involucrase en nada más allá de lo que les dicta la cobardía.
Una novela con trasfondo turbulento, perturbador que se desarrolla en un burdo tiempo democrático y sin héroes, con un gran problema verbalizado en las palabras del profesor jubilado: no sentimos nada y por eso mismo somos insensibles ante el dolor y el sufrimiento ajenos. Y si alguna vez lo percibimos, la cobardía, la inacción o ese insustancial escurrirse por el mundo, nos impide comprometernos con los demás.
Novela pródiga de comentarios y digresiones filosóficas (el motor inmóvil aristotélico, el entendimiento agente medieval…), con citas y referencias de numerosos pensadores desde Platón a Roland Barthes, pasando sobre todo por Kierkegaard; con el uso de variados registros: un nivel culto sobreabundante en terminología filosófica y otro que se alimenta de jergas juveniles y de neologismos (por derivación y acronimia sobre todo) y expresiones de propia cosecha, sin que falte la barroca pedantería de alguna frase típicamente pombiana (“Tenía el don predigital del uso transtextual de los textos”, página 130)

Francisco Martínez Bouzas


Álvaro Pombo

Fragmentos

Román está en su sesión de meditación. Lleva años practicando. Hace la mayoría de los ejercicios muy automáticamente, con considerable perfección, elasticidad… pero puede hacerlo sin prestar atención o reflexionar. Esto no está bien. Hoy es uno de esos días. Puede desbaratarlo todo ahora mismo. Desbaratarse y desahuciarse. Y desea darse esta extremaunción, el descabello. No, no está muerto aún. Aún no es inane, pero le ronda la inanidad como una mosca cojonera. Recuerda las clases que él daba. Y cómo se fue adrede desligando de las relaciones.Fue debido todo a una elemental decencia de maestro, de profesor, rodeado de gente muy joven”
…..

“Una vez más, al hablar ahora con Héctor acerca de Bernardo, en estos nuevos términos amistosos, Román da vueltas a lo que ha dado en llamar, para su capote, el misterio de la víctima. Cómo es posible que Héctor, víctima de la violencia sexual de Bernardo cuando era un niño todavía, haya, en poco más de quince años, trasformado todo aquello en admiración y afecto  por su victimario. A Román no le ha convencido del todo la explicación que Héctor ha dado desde un principio, que le quería, que no tenía familia propia y que Bernardo hizo las veces de su familia, su madre, su padre, sus hermanos. La sexualidad no tenía ningún perfil específico, era parte de la ternura que los dos sentían el uno por el otro”
                                               …..

“- ¿De dónde has sacado ese dinero?
  -Se lo he sacado a un tío que me ligó la otra noche.
  -Déjate de bromas.
  -Es la verdad, no son bromas.
  -¿Qué le diste a cambio?
  - Lo normal, lo que suele venderse en estos casos: mi cuerpo. Fue agradable. Fue una experiencia agradable, me hubiera dado el dinero de cualquier manera, el pobre maricón, pero yo le garanticé la mercancía. Hice lo que me pidió, ¿te parece mal?
  -No te creo.
 - Dirás que no quieres creerme. Que si me creyeras tendrías que aceptar que he hecho lo correcto dentro de un mundo absurdo. Reconoce que eres tú quien más gana con mi chapa. No Bernardo, sino tú. Si yo no te hubiese traído los 1.600 euros, hubieras tenido que tomar una determinación, montarle un pleito a Bernardo, echarle de casa”
(…) – Esa pena tuya, Román, es desagradablemente buenista. ¿Qué quieres decir con que si fuera verdad te daría pena? ¿Te parece mal la prostitución masculina? ¿Te parece mal la prostitución en general?¿Crees que somos víctimas insalvables de un sistema económico salvaje, un antiquísimo sistema de compra-venta, que tiene sus encantos, dependiendo, claro está, del precio que se asigne cada cual? El mío, por cierto, es muy alto. En el alterne siempre se ha considerado que el alto alterne es menos puterío  que el bajo. ¿No vende la gente otras cosas? ¿Dónde está la degradación? Hay mucho paro, tío. Mejor puto que insolvente, digo yo”.
…..

“En el momento en que los dos se levantan tras apurar sus bebidas, Héctor se da cuenta de que ha cometido una gran equivocación. El bareto les amparaba: la comunidad gay, por artificial y absurda que parezca, les contenía, aunque solo fuera superficialmente, les alojaba en su seno equívoco, en su bienestar campechano, provinciano, minitransgresor  hoy en día, reasegurado, a diferencia de la calle y los automóviles de lujo y el dinero y el intercambio comercial entre viejos y jóvenes. Todo lo incalculable estaba fuera: the truth is out there. La verdad es interior como el tiempo. Héctor sabe que lo verdadero y lo falso intercambian papeles ahora en su conciencia: lo inauténtico y lo auténtico: el no poder creer que alguien le amaba (excepción hecha de Bernardo) y el creer a pie juntillas que cualquiera le amaba. Todo el mundo le deseaba aquella tarde de otoño a la salida del bareto de Chuecas: se sintió sin embargo, indeseado, el indeseado, el jovenzuelo equívoco, que jamás lograría distenderse y desanudarse y correr los 1.500 y hacer una marca razonable”

(Álvaro Pombo, El temblor del héroe, paginas 21, 109, 178-179,198)

viernes, 9 de marzo de 2012

"BARUC EN EL RÍO", SOBRE CULPAS Y RESPONSABILIDADES


Baruc en el río
Rubén Abella
Ediciones Destino, Barcelona, 2011, 284 páginas.


La narrativa de Rubén Abella se ha nutrido hasta ahora en dos manantiales y ambos tienen que ver con el pasado, con el entorno en el que nos criamos. Para Rubén Abella cada ser humano se construye a partir de los materiales que configuran su infancia, de los aprendizajes recibidos de aquellos que le rodean. Por eso mismo, los temas familiares son uno de los grandes hilos conductores de su narrativa y una constante en su universo literario. Así, un suceso familiar, a primera vista en absoluto dramático, es capaz de desencadenar una historia rebosante de interés y plasmarla en las 70.000 palabras del libro.
Dentro del corpus narrativo del escritor vallisoletano, ganador del Premio Torrente Ballester en el año 2003 y finalista del Nadal en el 2009, Baruc en el río constituye un paso adelante, la confirmación de una madurez narrativa que se refleja a través de una voz mucho más exquisita  y llena de matices. Una voz que, a primera vista nos narra la historia de una huida, pero, en el fondo, lo que late detrás de esta historia, es un ajuste de cuentas con el pasado, la exploración de una culpa y el definitivo adiós a la inocencia.
Baruc en el río es la crónica de unos hechos que tuvieron lugar treinta años atrás. Y sobre todo, el afloramiento de lo que se sospecha que se esconde detrás de esos acontecimientos familiares. Hará de cronista el hijo menor de una familia humilde. Y su intención es la de recuperar las vivencias de los distintos miembros del clan familiar el día en el que desapareció el hermano mayor, Baruc. La aparente inocencia del narrador inquieta al lector y hace que intentemos indagar lo que se esconde tras una historia que, en breve sinopsis, viene a decir que Baruc huyó de la casa familiar un mediodía caluroso de un mes de agosto. Retornaba de pescar en la Isla, un pequeño y escondido paraíso natural que los dos hermanos habían construido en los meses veraniegos. Y llegaba tarde. Su madre, nerviosa e irritada, lo recibió con un bofetón que provocó de inmediato su huída. Perdido durante días, Baruc deambula por el barrio en compañía de un perro vagabundo. En los días que dura su periplo, conocerá a Ogro, un indigente; a Ulises, responsable de un supermercado, poseedor de ciertos secretos sobre su madre; a Paquito, un niño aferrado a la ilusión de los viajes que ve relatados en el National Geographic como forma de sobrevivir a la deconstrucción familiar. Y mientras Baruc vaga por las calles, sus familiares directos mueven cielo y tierra para dar con él.
 Esta búsqueda angustiada, narrada  a modo de crónica que desea ante todo salvar lo insalvable, supone la perdida de la inocencia, un enfrentamiento con la culpa y con las responsabilidades familiares (por ejemplo, las de la madre que está a punto de echar a pique su matrimonio visitando los aposentos prohibidos de la infidelidad  o el espejismo de la felicidad compartida que ahora se desmorona).
Baruc en el río, además de un severo interrogante sobre responsabilidades y culpas, que se incrusta en almas y tripas, es una novela profundamente emotiva sobre las relaciones familiares, que se alimenta en la nostalgia de la primera adolescencia. El uso de la primera persona facilita la cercanía con el lector. Pero es mérito del escritor ese convite con versiones diferentes y todas ellas cargadas de emotividad sobre el mismo suceso. Y sobre todo, esa provocación para que indaguemos en  el otro lado  de un apacible retrato de familia, aparente  remanso de paz, apenas alterado por minúsculos percances, pero transitado por turbios e invisibles mares de fondo no perceptibles desde la aparente calma de la superficie y que un incidente como la huida de un miembro de la familia hace que exploten en tormentosas galernas.
Novela, pues, a la vez de aprendizaje, de pérdida de la inocencia y de salto a la edad adulta y reflexión  sobre la condición humana y sobre el poder redentor de las palabras, ya que la voz narrativa elige el lenguaje para intentar cambiar la vida y salir adelante, como matiza el propio autor.

Francisco Martínez Bouzas

Fragmentos

“Dicen que al final todo se sabe, pero no es más que una frase hecha. A mi me parece que al final se sabe tan poco como al principio. Al menos así me siento yo con respecto a lo que aquí cuento.(…) Nada hace más ruido ni despista más que lo accesorio. Sé, por ejemplo, que Madre tuvo una relación con otro hombre cuando llevaba dieciséis años casada con Padre. No lo sé por ella, debo aclarar, sino por el tío Sócrates, que desde que volvió con los vivos ha sido el confidente de su hermana. Conozco los detalles de su singular idilio -cómo se conocieron, dónde se veían, qué hacían durante sus citas-, pero sigo sin saber los porqués. Sólo me queda conjeturar.
Padre y Madre se querían -eso ya lo he dicho-, y además se llevaban bien.(…) Los fines de semana daban largos paseos. Hacían el amor en la tenuidad de la sobremesa. Y hablaban. Hablaban mucho. (…) Pero entonces, si se entendían tan bien, ¿por qué se dejó Madre seducir por otro hombre? ¡Qué la llevó a arriesgarlo todo por una aventura furtiva? He pensado mucho en ello, y sólo se me ocurren dos explicaciones. La primera está relacionada con su forma de ser. La de ambos. Porque, a pesar de sus claras avenencias, lo cierto es que tenían personalidades contrarias. Padre era un hombre realista, de afectos estables, que abrazaba con total naturalidad su papel en este mundo. Un hombre sin dobleces. Sin complicaciones. A Madre la quería tal como era. Con lo bueno y con lo malo. (…) Madre, en cambio, esperaba sorpresas  a la vuelta de cada esquina. Sorpresas que nunca llegaban. Era inquieta. Se cansaba con facilidad de las cosas. Y vivía con la incómoda sensación de que se estaba perdiendo algo. De que la vida de verdad sucedía en otra parte. Ese descontento crónico e irracional podría explicar su inveterada afición a los pequeños cambios. Cambiaba constantemente el orden de los muebles. Los guisos de las comidas. Las marcas de los productos que compraba. Las cadenas de radio. Los manteles. Las cortinas. Las rutas de los paseos con padre. Por suerte, a Baruc y a mí siempre nos mantuvo al margen de su impaciencia. Porque éramos sus hijos, supongo(…) Porque nos adoraba. Pero era cuestión de tiempo que el virus de su insatisfacción pusiera las miras en Padre. Lo que me sorprende es que tardara tanto. Mi primera explicación: Madre era feliz, pero engañó a Padre porque se había aburrido de serlo. Extraño, pero posible. La segunda es más sencilla y tiene que ver con la ignorancia. O, como algunos les gusta llamarla, el misterio. Creo que Madre tuvo una aventura con aquel hombre porque no lo conocía de nada. Y sobre todo, porque nunca llegó a conocerlo. La ignorancia -el misterio- hizo que le atribuyera cualidades de las que seguramente él carecía”

( Rubén Abella, Baruc en el río, páginas 80-83)

jueves, 1 de marzo de 2012

"DONDE NADIE TE ENCUENTRE", LA DRAMÁTICA EXPERIENCIA VITAL DE LA PASTORA


Donde nadie te encuentre
Alicia Giménez Bartlett
Ediciones Destino, Barcelona, 2011, 509 páginas.

Tengo ante mi la novela ganadora del Premio Nadal 2011, publicada por Ediciones Destino en la ya mítica colección Áncora y Delfín. En atención a mis amigos lectores / escritores latinoamericanos y de otras latitudes, considero que no está de sobra recordar que el Premio Nadal, a pesar de su relativamente modesta dotación económica (18.000 euros), goza de un gran prestigio, fundamentalmente por dos razones: es el más antiguo en España (concedido desde el año 1944) y, entre sus ganadores, figuran escritores de una gran categoría literaria. En la actualidad el Premio Nadal no pretende descubrir nuevos valores literarios, sino premiar figuras consagradas.
El prestigio del Premio Nadal y la innegable categoría literaria intrínseca de la novela galardonada este año, explican que Donde nadie te encuentre camine en estos momentos por la séptima edición.
Alicia Giménez  Bartlett (1951), creadora de la serie policíaca Petra Delicado, recupera para la escritura de esta, sin duda, excelente novela, su maestría y buen hacer en el género detectivesco. Pero no es, en efecto, esta una novela negra, ni tampoco una novela histórica como ella misma ha declarado en infinitud de entrevistas, concedidas a raíz de la concesión del Premio. Tampoco estamos ante una “non-fiction novel” que narre hechos y acontecimientos reales con los recursos de la ficción. Donde nadie te encuentre es la historia de una pesquisa y al mismo tiempo, la huida de un personaje convertido en mito, a través de la geografía, sobre todo social, de la España trágica y negra de 1956.
Un personaje central con una sexualidad ambigua: nacida como Teresa por ser inscrita como mujer, murió el 1 de enero de 2004 llamándose Florencio, porque en el años 1980 se resuelve el expediente gubernativo de cambio de sexo oficial, conforme al informe forense (falso hermafroditismo masculino). Mas Donde nadie te encuentre es o pretende ser una ficción, aunque al servicio de un hecho real: las cuadrillas  del maquis en las zonas de Maestrazgo y Els Ports (Provincia de Castellón) en los años posteriores al final de la Guerra Civil. Y de manera singular, del personaje central, “La Pastora”, último superviviente de los luchadores del maquis en aquella zona.
La autora estructura su ficción alrededor de dos personas que siguen el rastro de “La Pastora” y están ansiosos -especialmente uno de ellos- por encontrarse cara a cara con ella. Surge así un libro de aventuras, investigación e itinerancia cuyos actantes fundamentales son un psiquiatra francés experto en psicopatías y mentes criminales y el periodista barcelonés Carlos Infantes. El primero viaja a la Barcelona de 1956 interesado en realizar un estudio sobre el caso de Teresa Pla Maseguer, conocida como “La Pastora”, el maquis más buscado por la Guardia Civil. El segundo, mostrando siempre una actitud cínica, le servirá de guía y enlace por una zona de paisaje agreste, tanto a nivel natural como humano, porque existe entre sus moradores una verdadera “omertà”.
En los registros de la Guardia Civil y en las mitologías populares, “La Pastora” es un ser extraño, huraño que arrasaba los mas castellonenses y acosaba  a las fuerzas represoras. El casi imposible objetivo se esconde en tierras de Maestrazgo. Ante el material recogido a través de la indagación detectivesca del periodista barcelonés, copiando en no pocas ocasiones los esquemas detectivescos de sus novelas negras, el lector quedará fascinado con la reproducción de la dramática experiencia vital de la figura de “La Pastora” (Teresa, Teresot, Florencio), a la vez que se sentirá dolorosamente estupefacto ante el clima humano y social de la España rural de aquellos años: odios, traiciones, soplones, heridas que siguen supurando, condena social de los que no comulgan con las ideas imperantes… Una sumersión sin escafandra y protectores sentimentales en la España negra de los años cincuenta.
Alicia Gómez Bartlett recrea con habilidad este transfondo seco de miedos, terror, represalia y, sobre todo, silencio, esgrimidos por las fuerzas del poder como medida represiva y aceptado por los habitantes de la comarca como estrategia defensiva.
Y a la par de este relato indagatorio-itinerante, Donde nadie te encuentre intercala un monólogo interior en primera persona. Son las confesiones íntimas de “La Pastora”, narradas reproduciendo el habla oral, y ajustadas a la escasa formación intelectual del personaje. A través de estos capítulos -en mi opinión lo más fresco de la novela- nos llega la voz poderosa, rudamente vitalista de “La Pastora”. La voz de un personaje semisalvaje y misterioso, de un ser humano maltratado, masacrado, sin haber recibido jamás una mirada piadosa, recrea con gran verosimilitud su vida: una infancia difícil, una juventud oliendo a oveja y durmiendo al raso, las horripilantes escenas de la guerra defendiéndose de los soldados moros violadores, las obscenas brutalidades de los guardias y somatenes, el enlace con los maquis, los únicos que le tratan como persona… Son episodios que pertenecen a la biografía real del personaje. Son también auténticos los hechos narrados en otras partes de la novela donde interviene “La Pastora” Todos ellos basados en la “realidad” del libro de investigación del periodista José Calvo La Pastora. Del monte al mito.
La autora rechaza, como ya señalé, que su relato sea una novela histórica, pero admite que su ficción está basada en material histórico verificable. No estamos pues ante una novela en la que la ficción y la realidad se reflejen mutuamente. Pero al inyectar ficción en la realidad histórica, aquella, como marcador semántico que es, transforma todo lo que toca, en el sentido de que lo convierte en ficción, como señaló Álvaro Pombo. En este caso concreto, la escritura ficcional de Alicia Giménez Bartlett explica e ilustra bellamente la historia de “La Pastora”, un ser humano cuyos restos descansan, no en esa Pirámide del Jardín del Recuerdo del cementerio de Valencia como se afirma en la nota final, sino en un lugar “donde nadie te encuentre”, título de la novela que, en este caso, le hace justicia a la realidad.

Francisco Martínez Bouzas


Fragmento

“Aquello de ser enlace de los maquis me gustaba. No sólo por el dinero que me daban, sino porque además me trataban bien, como a una persona, con respeto (…) Me daban la lista de lo que necesitaban para que se la llevara a El Cabanil y se la pasara a Francisco Gisbert (…) Las risas más grandes las teníamos cuando Gisbert les vendía latas de las que les daban de ración a la Guardia Civil (…) Solían ser chorizos y latas de carne de vaca. Parecía de risa pero la cosa estaba clara: Gisbert vivía delante de la casa cuartel, tenía buena relación con los guardias, que nunca sospecharon nada hasta que lo trincaron (…) ¡Pobre Gisbert, era tan buen hombre, tan trabajador! No se merecía lo que le hicieron esos hijos de puta. Todos dicen que cuando lo detuvieron después del asalto que los civiles hicieron a El Cabanil delató amucha gente y por eso hubo tantos arrestos de masoveros que vivían cerca. Pero con todo lo que le hicieron yo también hubiera cantado seguramente. Hay un punto en el que el ser humano ya no puede soportar más lo que le hacen (…) Lo peor fue el final que tuvo. Lo tenían recluido en Morella y un buen día, seguramente cuando ya le habían sacado todos los nombres que le podían sacar, lo bajaron a la prisión de Pobla de Benifassá. Lo visitó su madre y la pobre mujer, antes de entrar, les preguntó a los civiles que lo custodiaban si sabían qué sería de él. La engañaron, le dijeron que lo dejarían en libertad. La madre entró a verlo muy contenta y, como lo vio hecho un guiñapo, sólo quería decirle algo que pudiera hacerle bien (…) Entonces lo llevaron un montón de guardias a El Cabanil para que les enseñara algo, a lo mejor algún rincón que la casa tenía para esconderse y que no habían encontrado aún. Pues bueno, llegan allí y les enseña lo que tuviera que enseñarles y luego salen y le dicen: «Ya es suficiente, hemos terminado contigo. Ahora te puedes marchar». Cuando había caminado diez o doce pasos le arrearon una ráfaga de metralleta por la espalda, y adiós Francisco Gisbert. Se quedó allí muerto (…) Les dieron el cadáver a los familiares para que lo enterraran y cuando lo desvistieron para asearlo se dieron cuenta de que le habían arrancado los testículos. Tal como yo se lo cuento así fue. Yo puedo haber sido maquis y bandolera y haber hecho cosas que no estaban bien, pero díganme cómo hay que ser y qué entrañas hay que tener para arrancarle a un hombre los cojones”

(Alicia Giménez Bartlet,  Donde nadie te encuentre, páginas 245-247)

viernes, 3 de febrero de 2012

"EL TEMBLOR DEL HÉROE", PREMIO NADAL DE NOVELA 2012



El temblor del héroe
Álvaro Pombo
Ediciones Destino, Barcelona, 2012, 222 páginas.
(AVANCE EDITORIAL)

La eficacia, diligencia y buen hacer del Departamento de Prensa y Comunicación de Ediciones Destino (quiero mencionar  especialmente  a Alba Fité Navarro y a Cristina Castillón, dos de sus responsables), me permiten tener en mis manos, a  las pocas horas de su publicación, la novela de Álvaro Pombo, El temblor del héroe, Premio Nadal de Novela 2012, seguramente el más prestigioso de los convocados en España, a pesar de su relativamente modesta dotación económica. Lo avalan otras razones y merecimientos de indudable peso: es el más antiguo de los premios literarios españoles (concedido desde el año 1944) y, entre sus ganadores, figuran escritores, tanto de España como de Latinoamérica,de gran categoría literaria. En la actualidad, el Premio Nadal no tiene como objetivo descubrir nuevos valores, sino premiar figuras consagradas. Y figura consagrada es a todas luces Álvaro Pombo, que une su nombre al de los ganadores de los últimos años: Fernando Marías, Ángela Vallvey, Andrés Trapiello, Antonio Soler, Pedro Zarraluki, Eduardo Lago, Felipe Benítez Reyes, Francisco Casavella, Maruja Torres, Clara Sánchez, Alicia Giménez Bartlet.
Ocasiones habrá para volver sobre El temblor del héroe, una novela  sobre la cobardía y la indiferencia, y ofrecer mi personal valoración crítica sobre la última obra literaria de un escritor que hace de la improvisación una sorpresa y un juego lingüístico y que nos ha deleitado con piezas como El héroe de las mansardas de Mansard, Donde las mujeres, La fortuna de Matilda Turpin  o Una ventana al norte. Vaya por delante, por el momento, este avance editorial sobre El temblor del héroe.

Sinopsis:

“Román es un profesor universitario jubilado al que invade la nostalgia de los días luminosos de la pedagogía en que fascinaba a sus alumnos despertándoles el amor por el saber y ayudándoles a alcanzar una vida más noble y más alta.

Entre sus antiguos alumnos están Elena y Eugenio, una pareja de médicos a los que todavía trata y con los que ha establecido complejas relaciones en lo intelectual y en lo sentimental.

Por otra parte, halagado por el interés hacia su persona que demuestra un joven periodista, Héctor, permite que éste entre en su vida sin sospechar que el pasado torturado del nuevo personaje le atrapará en una situación en la que es incapaz de tomar decisiones, de comprometerse con el drama al que asiste.

Con una escritura tensa, vibrante, que deslumbra tanto por los hallazgos plásticos como por la indagación filosófica,
El temblor del héroe es a la vez un acto de fe en la literatura como territorio donde plantear los grandes asuntos: la confianza y la traición, la posibilidad de arrepentimiento, la culpa, la cobardía, el valor, el sentido de la existencia” (Presentación editorial).

El autor:


Álvaro Pombo  (Santander, 1933), es miembro de la Real Academia de la Lengua. Licenciado en Filosofía y Letras (Sección Filosofía) por la Universidad de Madrid y Bachelor of Arts en Filosofía (Birkbeck College, Londres). Es uno de los maestros indiscutibles de la literatura española de nuestros días. Además de sus libros de poesía (Variaciones y Protocolos 1973-2003 que recoge toda su obra poética) y de su antología de artículos periodísticos (Alrededores), su obra narrativa toca tanto la novela como el relato. En su haber como narrador figuran títulos como El héroe de las mansardas de Mansard (Premio Herralde de Novela 1983), El metro de platino iridiado (Premio de la Crítica 1990), Aparición del eterno femenino contado por S. M. el Rey, Donde las mujeres ( Premio Nacional de Narrativa y Premio Ciudad de Barcelona 1997), La cuadratura del círculo( Premio Fastenrath de la Real Academia Española 1999), El cielo raso (Premio de Novela José Manuel Lara Hernández 2001) , Una ventana al norte, Contra natura (Premio Salambó y Premio Ciudad de Barcelona 2005), La fortuna de Matilda Trurpin (Premio Planeta 2006), Aparición del eterno femenino contado por S.M. el Rey, Telepena de Celia Cecilia Villalobo, Virginia o el interior del mundo, La previa muerte del lugarteniente Aloof. Ha publicado así mismo colecciones de relatos: Relatos sobre la falta de sustancia y  Cuentos reciclados.

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Fragmento

“Hace frío esta tarde de noviembre. Huele  a cerrado en casa de Román. A través de un ventanal sin cortinas, viene una luz de escenario expresionista. Están sentados frente a frente con una mesa entre los dos. Sobre la mesa libros y papeles y un teléfono anticuado de baquelina negra. Los papeles, los folios, escritos a mano, dan la impresión de llevar ahí mucho tiempo. Esa mesa ordenada da la impresión de usarse poco últimamente. Hay en toda la estancia un orden frío, escénico, que no invita al diálogo. Tampoco invita al descanso. Recuerda los despachos departamentales de la facultad. Y las librerías de madera recuerdan las estanterías de la biblioteca de un departamento. No hay detalles personales. Es un lugar sin clase”
…..

“Es mediodía en ese Madrid de oficinas y ejecutivos gimnásticos. Un Madrid menos desconcertado por la crisis económica. Solo las muy buenas secretarias conservan sus puestos. Nekane ha conservado el suyo de sobra. Tiene una cara larga y vasca que enmarca eficazmente un pelo negro, como la cara de un caballo incierto. El canalillo que separa sus dos grandes senos vencidos, ostenta unas perlas de sudor y el final de una bisuta cara mexicana, un lapislázuli. Diez años mayor que Elena, siempre se han querido. Se han llevado bien. Se conocieron en el Madrid posmoderno, desvencijada ya la movida casi del todo. Se entendieron bien a la primera. Nekane dijo desde el primer momento: voy a ser tu puta madre, solo que mejor. Elena contestó: si vas a ser eso, no me vendrás mal. Mi madre, pobre, fue muy insuficiente. No por su culpa, desde luego, bastante tuvo con aguantarnos a todos y a mi padre. Con ella no podía hablar de mi misma ni de casi nada. Y dijo Nekane: pues conmigo hablarás más que una cotorra. Y más que tú, todavía, hablaré yo, juntas las dos cotorras, conversaciones de mujeres. ¡Eso son los chats y no la mierda de hoy en día, digital! ¡Nosotras inventamos los chats y ahora los tíos que se empalman mal medio nos copian!”

(Álvaro Pombo, El temblor del héroe, páginas 7, 25-26)