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domingo, 27 de octubre de 2013

PASEAR PERROS EN LA JUNGLA DE MADRID



 
Paseador de perros
Sergio Galarza
Editorial Candaya, Les Gunyoles (Avinyonet del Penedés) 2010, 134 páginas.


   Paseador de perros es una historia construida como ampliación de un cuento, “El Mapache”, argamasado con el cemento de los muchos kilómetros que el autor recorrió por las calles y parques de Madrid. En el regalo de la posdata que nos hace desde Malasaña, nos dice que la historia de este Paseador de perros pertenece más a la ficción que a la realidad, a pesar de su intención de contar la ciudad de Madrid desde los ojos de un cronista – crítico – hiperrealista. No obstante, todos los indicios nos empujan a catalogar la novela como una roman à clef. Sergio Galarza o su innominado alter ego en el relato, llega a Madrid en compañía de su novia, Laura Song y aquí, sin visado de trabajo, da comienzo el lado B de un disco sin éxito. El lado A es su ciudad de origen, Lima, el prestigioso colegio San Agustín. Cuando lo frecuentaba, su padre, es posible que al observar a los frailes españoles que lo dirigían, le decía al hijo que se hiciera cura; así tendría dinero, comida y mujeres. En el lado A, su ciudad de origen, se protegía de los problemas bajo la brazada de la seguridad afectiva que proporciona el estar en casa. Madrid en cambio es la intemperie, sobre todo para un tipo como él, sin los papeles en regla. La historia pues que relata Sergio Galarza es la de una huída. Como la de tantos emigrantes, “peregrinos de la ruta incierta de los anhelos” (página 7). Vive en Malasaña, antes en la Latina, emparentado con los topos. Comparte vivienda con dos chicas danesas y, hasta que rompe con su novia, acompaña su hastío con la música de Baxter Dury, Nick Drake o Sr. Chinarro.
   El protagonista se inicia en el único trabajo al que un sin papeles como él tiene acceso: paseando perros, cuidando gatos y limpiando la jaula de un mapache. Siete días a la semana, desde primera hora de la mañana hasta la noche, recorriendo los barrios y periferias de Madrid por un sueldo miserable. Un oficio que aporta piernas hinchadas, trituradas de tanto caminar. Asalariado de un perro, esa es su condición. Un oficio de solitarios, como solitarios son igualmente los dueños de esos animales, pero que no deja de encerrar ciertos placeres: diseccionar la ciudad, esa jungla, la cara oculta de una urbe que no captan los ojos y las cámaras de los turistas; sus gentes, la complejidad del trasporte público, las miles de incongruencias sociales. Husmear en los pisos, establecer el perfil de los dueños de los animales, reconstruir sus vidas, sus soledades.
   Se siente como agente secreto al servicio de una sociedad que no tolera que los enfermos de locura o depresión paseen sueltos por las calles, excepto los domingos. Y los que detecta ese paseador de perros es una ciudad enferma, que sufre de todo: alzheimer, esquizofrenia, parkinson, artritis, depresión crónica, miseria existencial, llevada a extremos inimaginables; expresiones congeladas por el dolor, traiciones, infidelidades, dejadez, intentos por restablecer en la memoria un orden identificable con la felicidad. El paseador de perros, como si fuera un psicólogo, acarrea ese trabajo extra de escuchar todas esas tragedias. Por eso concluye que los escritores deberían pasear perros para conocer esa otra vida que no está encerrada en las bibliotecas.
   La trama argumental, erguida sobre una estructura serpenteante, es varias cosas a la vez. Un aprendizaje inaugural e iniciático de la vida que permite que afloren las propias frustraciones del protagonista / autor que libera así su rabia. La insatisfacción de los sueños rotos que proyecta sobre el resto de los inmigrantes, contagiándose de los xenófobos lugares comunes: los rumanos, si no trabajan en la construcción, roban casas, la rumanas o son asistentas o prostitutas. Y la letanía continúa: chinos mafiosos, moros terroristas, sudacas brutos.
  
Sergio Galarza
Una historia corriente y al mismo tiempo dotada de gran excepcionalidad. Una epopeya cotidiana, sin gran pedigrí, pero llena de rabia. Un gran mural costumbrista, hecho con las pinceladas de la música, con el tono de una voz franca, sincera, llena de ironía. Ejecutado sobre la cara oculta de una ciudad donde la soledad es el cortejo de sus moradores. Así es la mirada reflexiva de un escritor al que seguramente no leerán las chicas de la línea 2 del metro madrileño, como el mismo Sergio Galarza describe a los autores enterrados en el anonimato de la indiferencia mediática. ¿El objetivo de esa mirada? La desolación de una ciudad a la que llegan muchos hombres y mujeres con la seguridad de comerse el mundo y, como los perros con pedigrí, se verán obligados a saciar su  apetito inmigrante, comiendo mierda.

Francisco Martínez Bouzas

miércoles, 18 de julio de 2012

METAFICCIONES DE GARRIGA VELA


El anorak de Picasso
José Antonio Garriga Vela
Editorial Candaya, Les Gunyoles ( Barcelona), 2010, 132 páginas.

Bajo el sello de la Editorial Candaya, una de las casas editoriales que más están apostando por la literatura de fronteras, en la senda de las creaciones más vanguardistas y experimentales, publicó hace unos meses  José Antonio Garriga Vela una antología muy personal de cinco relatos, rotulados con el título de uno de ellos, El anorak de Picasso. El autor, especialmente después de la aparición de su novela Muntaner,38, está considerado como un escritor imprescindible de la narrativa española contemporánea, un autor que no rechaza las formas más vanguardistas y experimentales de narrar, sobre todo la metaficción en su vertiente autorreferencial.
El juicio de la contraportada de la autoría  de Juan Bonilla le hace plena justicia a este carácter metaficcional autorreferencial de los relatos de Garriga Vela: “En El anorak de Picasso (…) reúne textos que se entrelazan y que pueden ser relatos o ensayos o confesiones sin que importe mucho qué son”. Quizás no sean relatos en el sentido convencional. Non-fiction para los puristas que siguen negando el debilitamiento de las barreras entre los géneros, uno de los recursos primordiales de los posnarradores  y que los estudiosos de la narratología tienen en cuenta a la hora de definir la metaliteratura.
Los cinco relatos de El anorak de Picasso reflejan, en efecto, recuerdos personales, historias verdaderas, como el primero de la serie en el que el escritor rememora las relaciones de Santiago Rusiñol, el  Cau Ferrat y Pablo Picasso con su propia familia. También anécdotas -falsas, confiesa el escritor- de las que él mismo es sujeto activo o pasivo, convertidas en historias reales. Pequeñas parcelas o incidentes biográficos  camuflados como ficción. Finalmente, reflexiones acerca de su propia obra y sobre el proceso de gestación de la misma, como ocurre en varias de las secciones del relato “El cuarto del contador”.
Nos encontramos pues sumergidos de lleno en lo que Alter y Waugh designan con el nombre de novela autoconsciente; Linda Hutcheon, narrativa narcisista y Spires, novela autorreferencial. Literatura, en definitiva, en la que el discurso narrativo se refiere a si mismo, como proceso de escritura, de lectura o de discurso oral. Es por ello que la arquitectura compositiva del relato da razón de su carácter metanarrativo. Todos aquellos que ponen en entredicho el carácter literario de este tipo de obras, deberían recordar lo que, al respecto, escribe Darío Villanueva: “(…) la novela es el reino de la libertad, libertad de contenido y de forma y por naturaleza resulta ser proteica y abierta”. Y de este “cruce de literatura y de vida” forman así mismo parte los otros tres relatos aún no mencionados: “El teléfono del señor Permanyer”, “Días felices en Tánger” y “El kilómetro cero”. Literatura confesional, según reconoce el propio autor, que nace de “decenas de imputs que atacan precisamente cuando estamos escribiendo” (Juan Tallón, A pregunta perfecta (O caso Aira-Bolaño, página 13).
José Antonio Garriga Vela
Todo forma parte del desarrollo argumental, incluida así mismo la intertextualidad, aspecto distintivo del arte moderno en general, y del que Garriga Vela apenas echa mano, dirigiendo su mirada y el norte de su pluma sobre su propia obra, en una suerte de auto-intertextualidad. Dedicar la textualidad a reflexionar sobre la propia ficción, sobre el arte de narrar o de escribir puede ser excelente literatura cuando llega acompañada por un saber hacer narrativo perspicaz y de primera calidad y un estilo lingüístico sencillo y diáfano. El anorak de Picasso es una muestra incontestable de todo ello.
Francisco Martínez Bouzas

viernes, 6 de julio de 2012

NARRATIVA NO FICCIÓN SOBRE EL TERREMOTO DE CHILE

8.8: El miedo en el espejo
Una crónica del terremoto de Chile
Juan Villoro
Editorial Candaya, Avinyonet del Penedés (Barcelona), 2011, 110 páginas.


La muy selecta Editorial Candaya edita para España -Alamadía ya lo había hecho antes en México-  8.8: El miedo en el espejo. Una crónica del terremoto de Chile. Su autor, Juan Villoro (México D.F.) es uno de los narradores con mayor pedigrí  desde el momento en que ganó premios tan prestigiosos como el Xavier Villarrutia, el Herralde de Novela y el Premio Internacional de Periodismo Rey de España. Pero Juan Villoro es sobre todo uno de los grandes renovadores de la literatura latinoamericana; miembro de esa generación de escritores que tomaron el testigo después del agotamiento creador de los autores del boom. Una línea claramente experimental, una literatura del desencanto, basada en la revisión estructural del relato, en el distanciamiento, en la ironía crítica, substituyen en la obra de Villoro a la imaginería tropical.
Se ha dicho que este libro sobre las “lecciones del abismo” que nos muestran que es posible el mal absoluto, llega tarde. Pero el mismo Juan Villoro, al que el impulso o el azar le hizo vivir en Santiago de Chile el terremoto de 8.8 de intensidad que sacudió el país en la madrugada del 27 de febrero de 2010, nos advierte que las réplicas más fuertes de un seísmo son las psicológicas. Y ante la conciencia de esa parálisis mental, él mismo le confesó  a una colega periodista que no podía escribir sobre el terremoto mientras le temblaran las manos. No es posibles construir  teorías express  ante los escombros porque -de nuevo es Villoro el que habla- “¿Hasta dónde es posible reconstruir la experiencia de espanto sin distorsionarla con argumentaciones ajenas a lo que se vivió como caos y marasmo?”  (página 15).
Sin embargo a Villoro le dejaron de temblar las manos y narra la destrucción en una crónica fragmentaria, que reconstruye sobre todo un microcosmo vital: las existencias de aquellos chilenos que vieron como el miedo se asomó en el espejo o estuvieron a punto de extinguirse aquella fatídica noche del 27 de febrero. Y lo hace de la forma más efectiva y enriquecedora, no imaginando la catástrofe sísmica desde la inmovilidad de su escritorio, sino pasando por ella.  
Juan Villoro había llegado a Chile, “el país de las primeras ocasiones”, para participar en el Congreso Internacional de Lengua y Literatura Infantil. Un impulso vital y literario le encaminaba al país andino para cumplir con una oculta cita que el destino le había presagiado. Y allí vivió el terremoto. Esta crónica-testimonio, narrativa no ficción, es el relato no sólo de los largos e interminables minutos del espanto y sus consecuencias y las experiencias humanas de los que con él compartieron la tragedia en el hotel, sino algo más. Al lector se le informa de las premoniciones de los psíquicos, de esa “luna mocha” que lucía con un tono amarillo y le faltaba un pequeño trozo, del agua que contempla el escritor Fabían Skármeta y que mana hacia fuera. Y es testigo a través del relato de Villoro de lo sucedido: ese seísmo de magnitud 8.8 que modificó el eje de rotación de la tierra, con sus siete minutos de duración, percibidos como una eternidad. Del sabor amenazante de la muerte que el escritor vive, no como gritos de pánico, sino vestida de pijamas -los pijamas y camisones en los que el escritor reparó al salir de la habitación-; los mexicanos varados en la capital chilena porque “como el día se acortó una milésima de segundo, nuestra burocracia ya no tenía tiempo para nada y no hubo modo de apoyarnos” (página 45); la generosa solidariedad de los chilenos  y mil fragmentos más sobre la incertidumbre y el miedo al monstruo invisible; también la sorpresa de salir vivo. Las réplicas psicológicas y las incontables migajas del desastre reunidas en cientos de sentencias que compendian una experiencia telúrica (“Los mexicanos tenemos un sismógrafo en el alma”) y que son altamente eficaces y expresivas.
Secciones especialmente destacables de este pequeño libro son el capítulo dedicado a relatar el caso de una mujer en coma que elude la tragedia gracias a un sueño del que nunca despertará. Así como el dedicado al relato de Heinrich von Kleist, “El terremoto de Chile”, una fábula moral escrita en el siglo XIX que inquiere sobre los dilemas morales que plantea un terremoto: ¿las víctimas omitidas, lo son por azar o por designio?
Testimonio, pues, contra el olvido que convierte este libro en algo íntimamente personal del propio autor. En el relato nos acompañan sus vivencias, su familia, amistades, su experiencia con los temblores, su forma de dormir, las historias que le transmitieron y, por encima de todo, esos pijamas que abren y le ponen el broche al libro, como metáforas de un terremoto de magnitud 8.8.

Francisco Martínez Bouzas



Juan Villoro



Fragmento

Los argentinos estaban condenados al más terrible aftershock: ninguno de ellos llevaba mate. Unos días antes, empacar hierba rumbo a Chile hubiera sido un regionalismo un tanto ridículo. A fin de cuentas, se trataba de un viaje de cinco días. Sin embargo, en el momento de conversar sobre lo que había sucedido y descubrir que la supervivencia constaba básicamente de largos ratos de espera para encontrar un autobús rumbo a Mendoza, los sobrevivientes argentinos supieron que el miedo y la sorpresa y las anécdotas requerían de un inexistente producto de primera necesidad: el mate.
El podio de la calma triunfal se completa con otra argentina, la escritora Elena Dreser. Cuando el temblor terminó, supo que debía bajar ala calle. Escogió la ropa para la ocasión y reparó en un hecho curioso: nunca se había vestido sin bañarse antes. «Hoy no es la excepción», decidió.
Fue al baño y descubrió que la ducha estaba llena de escombros. Esto no alteró su sangre fría ni su ímpetu higiénico. Se dirigió a un cuarto vecino, se presentó y pidió permiso para la ducha.
Media hora después era la persona más elegante en el banquete de la Alameda”

(Juan Villoro, 8.8: El miedo en el espejo, páginas 73-74)

lunes, 20 de febrero de 2012

LA ESCRITURA TRANSGENÉRICA DE SERGIO CHEJFEC

Baroni: un viaje
Sergio Chejfec
Editorial Candaya, Les Gunyoles ( Avinyonet del Penedés) 2010, 191 páginas.

Confiesa Sergio Chejfec que para él la literatura fue un verdadero acto de voluntad. Sus orígenes familiares son polacos y judíos, pero el yiddish fue en su niñez una lengua fantasma, un muro que le impedía comunicarse con sus hermanos. Además en su familia no se leía. Pero decidió ser escritor, expresar mediante una lengua que no traicionara sus orígenes, lo que deseaba exponer. Y hoy en día se ha convertido en uno de los escritores más originales e innovadores de las letras latinoamericanas. Su literatura refleja en buna medida sus vivencias como emigrante: argentino de origen polaco, emigrante en Venezuela y asentado ahora en Nueva York. Y sus personajes comparten esa condición de perpetuo desplazamiento. Personajes flotantes que deambulan de un sitio a otro, caminantes. Su literatura es ajena al realismo, aunque las novelas que escribe ahora, al contrario de sus primeras creaciones, no están ancladas exclusivamente  en la ficción. Incorporan discursos no narrativos, tomados de los distintos saberes humanos, y con una fuerte presencia de objetos enigmáticos, sobre todo obras de arte, como si la realidad nos estuviera mirando. El vínculo con esos objetos es el motor de arranque de muchas de sus historias.
Baroni: un viaje comparte en buena medida estos postulados. Es ante todo una novela híbrida: ensayo, crónica, anotaciones diarias, testimonio, combinación de anécdota y experiencia. Novela, biografía, reflexión y diálogo con el arte y con los objetos artísticos. En este texto no hay ningún núcleo diegético; la historia es un desplazamiento y en ese viaje se concentra el relato. En el viaje y en un personaje: Baroni. Mas Baroni es un personaje vivo, real, una mujer, excéntrica artista popular en su ancianidad, talladora de imágenes policromadas, convertida en centro de la novela. Rafaela Baroni, una artista popular venezolana que habita los pedregales y hondonadas de Boconó, estado de Trujillo,  en las estribaciones andinas venezolanas. Talla figuras de madera con motivos religiosos, digiere mitos populares, es víctima de episodios de catalepsia, muere y resucita con cierta frecuencia, cura enfermos, lee el futuro de las personas, se casa de mentiras.
Rafaela Baroni, siendo joven, había huido de la casa de sus padres, después de abandonar a sus hijos de corta edad por temor a asesinarlos en uno de sus arrebatos de locura. Permaneció escondida en el cementerio de Boconó, durmiendo entre las tumbas porque, “con la muerte había establecido un vínculo más habitual de lo que cualquiera en Boconó pudiera suponer” (página 36). Y comienza a tallar figuras que Chejfec interpreta como rastros de su pasado. Tal es el caso de la figura de una mujer en la cruz: la juventud apagada, la feminidad cautiva, el cuerpo crucificado.
Pero la novela no se yergue sobre la peripecia existencial de la protagonista, sino sobre los pensamientos y cavilaciones del narrador ante lo que transmiten las figuras de Baroni: silencio pero también existencia, porque poseen esa engañosa capacidad de conferir vida. Sergio Chejfec sigue el rastro de esta mujer por los caminos de Venezuela, la observa también atentamente en sus tallas. La novela se convierte así en una suerte de incursión a las interioridades del ser de las personas y de sus obras.
El relato, como ya señalé, se concentra en el viaje por los caminos, ciudades y pueblos de Venezuela y en ese personaje singular al que mira, analiza y lo sitúa en los diversos tiempos de su estadía existencial.
Sergio Chejfec
Libro complejo y a la vez perturbador. Indigerible para aquellos paladares que se alimentan con banales aventuras y best – sellers. Pero, a la vez, narración profunda y vanguardista, sobre todo porque rompe con las fronteras genéricas. En sus páginas conviven la ficción, el ensayo, una suerte de bitácora de viajes e incluso análisis de obras de arte. La sola ficción, como confiesa el escritor, no sirve para entender los misterios del alma de un personaje tan singular como esta anciana que esculpe tallas policromadas, manifestaciones autónomas e incluso divergentes, de unas pocas existencias capaces de replicarse. Esto es Baroni: un viaje. Un periplo por pueblos y ciudades del altiplano venezolano, una poética del paisaje, un homenaje así mismo a poetas y a pintores raros y desconocidos, y sobre todo un encuentro con un personaje capaz de recuperar vida y cultora de la muerte.

Francisco Martínez Bouzas
El Santo Médico y mujer crucificada, escultura de Rafaela Baroni