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jueves, 3 de enero de 2013

UN TRIÁNGULO LÍRICO Y EPISTOLAR

Cartas del verano de 1926
Marina Tsvietáieva
Borís Parternak
Rainer Maria Rilke
Editorial Minúscula, Barcelona, 2012, 435 páginas.


   Editorial Minúscula recupera para los lectores en español uno de los más importantes encuentros epistolares -también líricos- que tuvieron lugar en el siglo XX: la correspondencia cruzada entre Marina Tsvietáieva, Borís Pasternak y Rainer Maria Rilke. Misivas que podemos leer bajo el título Cartas del verano de 1926. Epistolario de un verano inolvidable que jamás retornará porque Rilke fallecerá a finales de ese año 1926. Marina Tsvietáieva jamás superó la desaparición del amigo y ella misma se suicidó en agosto de 1941, terriblemente hostigada por la miseria y el estalinismo: marido fusilado y sus dos hijas, muerta una de hambre y prisionera la otra en un Gulag. La vida fue más compasiva con Borís Pasternak. La persecución del régimen no impidió que escribiera El Doctor Zhivago, una de las grandes novelas del pasado siglo, ni que la Academia sueca le concediera el Nobel de Literatura en el año 1958.
   Tanto Borís Pasternak como Marina Tsvietáieva experimentaron una verdadera adoración por Rainer Maria Rilke, adoración que en Marina se confundía con el amor, velado quizás, pero real y muy fuerte. En el encuentro de esta admiración con otra similar por la poesía y su fuerza mágica tuvo lugar el origen inmediato de esta correspondencia. Pero hay un origen remoto en la historia de las relaciones que generaron este epistolario. En abril de 1899 Rilke viaja a Rusia, un viaje iniciático, porque veía en Rusia el pueblo elegido por Dios. La Rusia patriarcal se situaba en el polo opuesto de la civilización occidental, viciada por el racionalismo y por la “ausencia de Dios”. Le acompaña la escritora Lou Andreas-Salomé y su esposo, el orientalista Friedrich Carl Andres. Allí conoce al pintor Leonid Ósipovich Pasternak. El viaje se repite al año siguiente y por azar coincide con L. O. Pasternak a cuyo lado estaba su hijo, Borís, de nueve años, que retendrá aquel encuentro como un acontecimiento memorable. La poeta Marina Tsvietáieva, por su parte, penetra en la existencia literaria de Pasternak en 1922. En ella admira  su clarividencia lírica y su potencia poética. Ese mismo año se inicia la correspondencia epistolar entre ellos y se prolonga más allá de una década. El nombre de Rilke aparece repetidamente en este carteo. Pero no fue hasta la primavera de 1926, después de recibir de Rilke los Sonetos de Orfeo y las Elegías de Duino cuando los sentimientos de Marina Tsvietáieva explotan al ver en la poesía de Rilke la encarnación de la más alta espiritualidad. A partir de ese momento la comunicación entre los dos jóvenes poetas rusos y el gran lírico en lengua alemana es intensa y en ella se percibe en primer lugar la soledad espiritual en la que vivían su arte, porque la guerra del 14 había roto la estructura espiritual de Europa y la expresión poética era considerada como un anacronismo carente de utilidad.
   Los tres poetas se interrogan sobre el sentido y los frutos de la poesía después del infierno bélico. Es la suya una correspondencia descarnada, de elevada categoría artística y de una profunda intensidad humana. A tres bandas. Y en ella reflexionan, comentan, envían poemas. Cartas contenidas las de Rilke que tiene que gobernar el frenético torrente admirativo de Pasternak y la idolatría de un romanticismo amoroso, aunque liberado de su envoltura corporal -los “grilletes terrestres”- de Tsvietáieva. La muerte de Rilke, el Poeta con mayúsculas, no interrumpirá el intercambio epistolar entre ambos, siendo Rilke el referente central.
   La edición que nos ofrece Minúscula, con un prólogo general contextualizador y abundantes anotaciones igualmente contextualizadoras de cada una de las cartas, nos permite penetrar de lleno en la substancia más profunda de tres mundos poéticos de suma relevancia en la lírica europea de la primera mitad del siglo XX. Nos sumergimos en su fuerza testimonial y en su calidad literaria transcurrido el plazo que Marina Tsvietáieva había fijado para que estas cartas vieran la luz pública, “cuando los cuerpos hayan quedado reducidos a polvo y la tinta haya palidecido”

Francisco Martínez Bouzas



Marina Tsvietáieva, Rilke y Pasternk

Fragmentos

De M. I. Tsvietáieva a R. M. Rilke

“Rainer Maria Rilke:
¿Puedo llamarlo así? Usted, poesía encarnada, por supuesto debe saber que su nombre por sí solo es un poema. Rainer Maria, resonancia eclesiástica -infantil- caballeresca. Su nombre rima con el tiempo -viene del pasado o del futuro- de siempre. Su nombre lo quiso  y usted eligió el nombre. (…)
Usted no es mi poeta más querido («más»- grado. Usted es un fenómeno de la naturaleza que no puede ser mío, que una no ama sino arrostra, o (¡no es todo aún!) el quinto elemento encarnado: la poesía misma, o (no es todo aún) aquello de donde nace la poesía y que es más grande que ella (que usted).”

…..

De M. I. Tsvietáieva a R. M. Rilke


(…) Mi amor por ti se desintegró en días y cartas, en horas y líneas. De ahí el desasosiego. (¡Por eso me has pedido sosiego!) Una carta hoy, una carta mañana. Tú vives, y yo quiero verte. Un trasplante del siempre al ahora. De ahí el tormento, la cuenta de los días, la depreciación de cada hora, la hora solo como un escalón -hacia la carta. Ser en el otro o tener al otro (o querer tener; en general -querer ¡lo mismo). Al darme cuenta, guardé silencio.”

…..

De R. M. Rilke a M. I. Tsvietáieva

“Y así mi pequeña palabra, que tú levantaste frente a ti, ha provocado esta enorme sombra en la que incompresiblemente te ausentaste de mí, Marina. Algo incomprensible y ahora comprendido. Que yo la escribiese, mi frase, no se debía, como explicaste a Borís, a una…sobrecarga, no, Marina, estaba libre y ligero, pero (tu misma lo reconoces) (…)
¿Todo ha de ser como tú lo imaginas? Probablemente. Eso que estás anticipando entre nosotros: hay que llorarlo o acallarlo con el júbilo? Hoy te escribí todo un poema entre los viñedos, sentado sobre un cálido muro (que por desgracia no siempre calienta ahora) y retenido a las lagartijas con la eufonía del poema. Ya ves que he vuelto. Pero en mi vieja torre aún tienen que trabajar los albañiles y otros operarios.”

(Marina Tsvietáieva, Borís Pasternak, Rainer Maria Rilke, Cartas del verano de 1926, páginas 136, 219, 220-221)

jueves, 16 de agosto de 2012

"GILGI, UNA DE NOSOTRAS", RETRATO DE UNA FEMINIDAD AUTÓNOMA

Gilgi,una de nosotras
Irmgard Keun
Tradución de Carlos Andreu
Editorial Minúscula, Barcelona, 2011, 216.


Hay novelas cuya buena arquitectura las redime de convertirse en productos desechables o anticuados. Gilgi, una de nosotras es una de ellas. Y eso que a primera vista la novela de Irmgard Keun parece un caos, porque la narración amalgama, de manera aparentemente anárquica, los pensamientos y las cavilaciones de la protagonista que habla en primera persona, con la voz de un narrador omnisciente que se convierte en dueño absoluto del relato.
Quien narra de esa forma  omnisciente es Irmgard Keun (Berlín, 1910-Colonia, 1982), cuyas peripecias vitales constituyen en si mismas verdaderas tramas novelescas. Escritora de éxito durante la República de Weimar, con la llegada al poder del nazismo sus libros fueron secuestrados e Irmgard Keun se vio forzada a exiliarse. Tas la separación de su pareja, el escritor Joseph Roth, regresó a Alemania donde se la daba por muerta, victima de un suicidio, y donde vivió en la clandestinidad hasta el final de la guerra.
En la década de los 80 fue redescubierta en su país y ahora Editorial Minúscula tiene el acierto de rescatar para los lectores de habla española esta deliciosa novela y otras de la escritora, porque los buenos libros nunca envejecen.
Gilgi, una de nosotras fue publicada en 1931 y supuso el debut literario de Irmgard Keun. Con toda justicia, la novela puede ser considerada como una cruda inmersión en la comprensión de la esencia de la feminidad e indirectamente y por contraposición, también de la masculinidad. Irmgard Keun, en efecto, es capaz de presentar el mundo de las mujeres en un marco narrativo alejado de los tópicos de la época. Sus  protagonistas acostumbran ser mujeres urbanas, autónomas, trabajadoras, radicalmente alejadas de una feminidad intimista y ñoña, simplona y pasmada a la que se ajustaban los roles femeninos en aquellos años de la preguerra.
Gilgi, una de nosotras es por consiguiente una inteligente radiografía de ese prototipo femenino que pretende abrirse camino en un momento histórico marcado por cambios sociales acelerados y por grandes turbulencias económicas y políticas.
Gilgi, la protagonista, es una joven de férrea voluntad y un esquema metal que se ajusta al tópico que se suele tener del carácter alemán. Se levanta muy temprano, realiza sus ejercicios gimnásticos. El agua fría de la ducha es la que acaricia su cuerpo. Trabaja como mecanógrafa en una oficina, ahorra buena parte de su sueldo y estudia idiomas. Cree fundamentalmente en si misma, en su capacidad de trabajo. Es tan independiente que con frecuencia cae en comportamientos insolidarios, que fundamenta en su lema, “Cada quien debe cuidar de si mismo”.
Pero con el amor todo se trastoca. El amor actúa en ella como fuerza transformadora y le lleva a la vez por sendas que le permiten descubrir su verdadero origen y las responsabilidades de la edad adulta.
La escritora Irmgard Keun refleja desde la omnisciencia que conduce la trama, esta transformación de la protagonista. Gilgi va evolucionando gradualmente, sin saltos bruscos. El telón de fondo de una sociedad turbia y convulsa del inicio de la década de los treinta en la Alemania atenazada por la crisis, queda alejado o suavizado en la escritura de la narradora por un sutil sentido del humor para expresar las situaciones más crudas, sin renunciar a una intachable e íntegra postura moral y política frente al nazismo, como acertadamente define a Irmgard Ken la premio nobel; Elfriede Jelinek.

Francisco Martínez Bouzas



Irmgard Keun

Fragmentos

“Sujeta con fuerza las riendas de su joven vida, la pequeña Gilgi. Se hace llamar Gilgi, aunque su verdadero nombre es Gisela. Un nombre con dos íes encaja con unas piernas delgadas, unas caderas estrechas e infantiles y esos sobreritos a la moda que se sostienen misteriosamente sobre su cabeza. Cuando cumpla los veinticinco se hará llamar Gisela. Pero para eso todavía falta tiempo.
Son las seis y media de la mañana. La pequeña Gilgi se ha levantado ya. En el frío invernal de su habitación se despereza y se frota los ojos para ahuyentar el sueño. Hace unos ejercicios gimnásticos ante la ventana abierta de par en par. Flexiones de tronco: arriba y abajo, arriba y abajo. Toca el suelo con las puntas de los dedos, sin doblar las rodillas. Así se hace: arriba y abajo, arriba y abajo.
La pequeña Gilgi hace las últimas flexiones. Entonces se quita el pijama, se echa una toalla sobre los hombros y corre al cuarto de baño. En el el oscuro pasillo se topa con una confusa voz matutina:
-Pero Gilgi, ¿cómo vas descalza, con el frío que hace? ¿Te va a dar algo!”

…..
“Él quiere que le cuente cosas sobre ella y se interesa por cada uno de los detalles. Gilgi le pinta la vida de una muchacha segura de si misma y de sus objetivos. Le habla del señor Reuter, de Pit, del despacho, de la gruesa señorita Müller y de la pequeña señorita Behrend. Incluso le habla de la búsqueda de sus padres, de los Kron y de la señora Täschler. Oh, no, la historia ya no la atormenta, no es una tonta ni una sentimental, no necesita a nadie, puede apañárselas sola. Sabe lo que quiere y cómo conseguirlo. Mientras habla sujeta con fuerza la mano de Martin Bruck, como si temiera que de pronto este fuera a levantarse y desaparecer para siempre. No puede marcharse, tiene que quedarse con ella mucho tiempo…
-¿Y no se enamora usted nunca?
Martin Bruck libera su mano para acariciarle el pelo a Gilgi, que esboza una sonrisa condescendiente. Al final, todos los hombres hacen las mismas preguntas idiotas.
-Naturalemente que me enamoro, de vez en cuando, pero una no debe tomárselo demasiado en serio, hay cosas más importantes. ¡Hombres! ¿Qué importancia tienen? –Y entonces cita a Olga- el amor es muy bonito y agradable, pero no hay que tomárselo en serio”

(Irmgard Keun, Gilgi, una de nosotras páginas 7, 79)

domingo, 1 de abril de 2012

EN HOLANDA LA CONDICIÓN HUMANA SE ADUEÑA DE SU DESTINO

Una habitación en Holanda
Pierre Bergounioux
Traducción de David Stacey
Editorial Minúscula, Barcelona, 2011, 91 páginas.


En este pequeño volumen totalmente inclasificable (relato ficcional, prosa filosófica, biografía, ensayo histórico…), Pierre Bergounioux nos recuerda que en la primera mitad del siglo XVII, época que presenció la muerte de Bacon y el nacimiento de Spinoza, un exiliado abre las inauditas posibilidades de pensar de otra manera todas las cosas, las divinas y las humanas (“res infinita”, “res extensa”), porque considera que él mismo no es nada, solo una cosa que piensa. Pero ¿por qué ese vuelco en la historia de la cultura tuvo lugar en los Países Bajos? Es el gran interrogante al que pretende contestar un hombre polifacético, de saber enciclopédico como Bergounioux.
Ese exiliado no es otro que Renato Descartes, en cuya trayectoria vital se alternan períodos de extremado retiro y concentración, con otros de vida aventurera e inestable. Ese sujeto pensante, Descartes, que tomó parte como soldado en la guerra de los Treinta Años con la intención de conocer a fondo a los hombres y al mundo, arribó finalmente a los Países Bajos, lugar que prefirió antes que a su Francia natal. Y allí, en Holanda, publicará en 1637 El discurso del método, en el que expone la necesidad de un camino seguro para garantizar el recto proceder de la razón; y Las meditaciones metafísicas (1641) con las que establece el fundamento de toda la filosofía moderna.
Pierre Bergounioux, antes de ensayar la respuesta al gran interrogante, repasa la historia de Europa de forma breve, pero amena e inteligible. Se fija en esos galos, hombres de gran cuerpo blanco, blancos como la leche, pero terribles habladores, que cultivan los claros del bosque, de cuyos árboles cuelgan cuerpos humanos desmembrados para complacer a sus dioses. En la Roma de la gens Iulia, cuyo máximo representante, César, decide conquistar la Galia para reponer esclavos. La esclavitud, conviene no olvidarlo, es el fundamento económico de la Antigüedad. Comienza entonces, en el año 58 antes de Cristo, el agitado período que concluye dos mil años más tarde con la liberación de París. Mientras tanto, el cristianismo había expulsado a los viejos dioses sanguinarios y, en un largo intermedio, llega la fase de ruralización que es la Edad Media.
Pero los vientos de la historia jamás dejan de cesar, aunque con direcciones variadas. Llegaremos al Renacimiento y a la Edad Moderna, período en el que Europa  se adueña de su destino y del mundo entero.
Mas, ¿por qué un francés cuya única ocupación es pensar, confía durante esos años un manuscrito comprometido precisamente a un editor holandés? Descartes que aceptará, como primer principio de la filosofía que él es una substancia cuya esencia solo es pensar y que para ser no necesita lugar alguno, se retirará para consolidar y darle forma escrita a sus pensamientos al lugar más indiferente, quizás el menos agradable de Europa, los grises pantanos de Holanda. El filósofo no ofrece ninguna explicación. Borgounioux, sin embargo, las adivina: Holanda reúne  ciertas ventajas -paz relativa, tolerancia entre papistas y reformados, cómoda vida material, frialdad climática- que la hacían preferible a cualquier otro. Las Provincias Unidas  separan a Descartes de sus amistades, del bullicio de sus amigos, le permiten vivir acostado, absorto en sus pensamientos. Es la extrema soledad, la expatriación en Holanda la que hace posible que Descartes construya metódicamente esa primera verdad indudable, clara y distinta -“cogito, ergo sum”-, sobre la que construir el edificio de toda su filosofía. Con ello el hombre moderno ya posee las armas para adueñarse del mundo.
Esta es la mirada de Pierre Borgounioux sobre Descartes. Una mirada quizás fugaz, pero pulcra, elaborada con prosa erudita, elegante, cristalina y en absoluto pretenciosa, proyectada sobre Decartes, sobre el hombre y el pensador, diana hoy, por separar la “res cogitans” de la “res extensa”, de los dardos del pensamiento complejo, multidimensional y de ciertos feminismos que creen que el edificio del cartesianismo conceptualizó el mundo de forma jerárquica y redujo a la mujer a naturaleza y separándola de la cultura. No olvidemos, sin embargo, que e esa fría habitación de Holanda, en la expatriación de la extrema soledad se redibujó el mundo y se liberó a la humanidad del obscurantismo de la tradición y de los poderes ajenos a sus propia subjetividad.

Francisco Martínez Bouzas



Pierre Bergounioux
Fragmento 
“El realismo indirecto que Descartes elabora, solo, desconocido, extranjero en los Países Bajos, posee un poder de seducción comparable al de las obras de ficción más temerarias de aquel tiempo, al errar del escuálido hidalgo que Cervantes pasea por lo áridos caminos de la Mancha,  a las extravagancias de los príncipes dementes, al menos en apariencia, que Shakespeare pone al frente del escenario. El inglés, el español, el francés son hermanos. Anuncian a la vez, sin conocerse, que un niño ha nacido. Si algo difiere de sus antecedentes históricos  es en su ser consciente de sí mismo, capaz incluso en los peores ataques de furia o de desesperación, en el exceso de su alegría o al sufrir afrentas, de mantener, como en el ojos del huracán, la imperceptible distancia respecto a todo y respecto a si mismo (…) Cervantes, que cuenta el final de las épocas encantadas, es todo lo razonable que se puede ser. Como no posee fortuna personal, tiene que ejercer un empleo. Trabaja en las oficinas de la marina preparando la expedición de la Armada Invencible, que la flota inglesa y la tormenta, en el mar del Norte, echarán a pique. Del otro lado de la Mancha -no la provincia española, el paso de Calais-, Shakespeare, a menos que se trate, a la sombra de ese hombre de paja, el Chancellor Bacon, da a luz a Hamlet, a Macbeth y, por boca suya, a las sentencias que formulan la duda inherente a nuestra condición, el irreparable dilema que, ahora, nos atraviesa: «Ser o no ser.» «El mundo entero es un teatro» «La vida es un cuento narrado por un idiota, lleno de ruido y de furia y desprovisto de significado»”

(Pierre Bergonioux, Una habitación en Holanda, páginas 75-76)

miércoles, 8 de febrero de 2012

RELATOS DE KOLIMÁ, UN TESTIMONIO ESENCIAL DE LA TRAGEDIA

Relatos de Kolimá
Volumen IV. La resurreccióndel alerce
Verlám Shlámov
Tradución: Ricardo San Vicente
Editorial Minúscula, Barcelona, 2011, 357 paginas.


Editorial Minúscula prosigue con la publicación de los Relatos de Kolimá de Verlam Shalámov (1907-1982), posiblemente el escritor que mejor ilumina la oscura ignominia de la época estalinista. El presente volumen, el cuarto de la serie, reúne treinta relatos surgidos de manera dispersa y sin tener en cuenta el orden cronológico. En su conjunto representan una de las grandes epopeyas del siglo XX, la epopeya de la supervivencia bajo los hielos perpetuos. Verlam Shalámov fue detenido en Moscú el año 1929 y condenado  a tres años en un campo de trabajo en la región de los Urales por difundir el testamento de Lenin, crítico con las brutalidades del estalinismo. De regreso a Moscú, escribe poemas y relatos y en 1937 fue condenado de nuevo a cinco años de trabajo en la  región siberiana de Kolimá. Acusado de nuevo de propaganda antisoviética en 1943 fue enviado otra vez a Siberia donde permanecerá diez años. Logró sobrevivir gracias a su trabajo como enfermero en el gulag.
Además de su magna obra, Relatos de Kolimá, Shalámov escribió ensayo y poesía. Escribir poesía en las pavorosas condiciones de Kolimá -un pedazo de papel podía suponer una nueva condena- da fe del temple moral de un hombre que, junto con Aleksandr Solzhenistsyn, Boris Parternak y Nadezhda Mandelstam, ilustra el coraje de vivir y el espíritu de resistencia a pesar del horror de los trabajos forzados en uno de los lugares más inhóspitos del planeta..
Los Relatos de Kolimá fueron publicados en Occidente a partir de 1966, con consentimiento del autor, según los editores occidentales. Sin embargo, en 1972, Shalámov, presuntamente por presiones del régimen soviético, escribió una carta retractándose de los mismos y renunciando a su publicación en el extranjero.
Verlam Shálámov
Los Relatos de Kolimá constituyen un ambicioso proyecto narrativo que se convierte en testimonio de una vergonzosa realidad: la de la existencia de los campos de concentración y la vida en los mismos en condiciones extremas. Los treinta relatos de este cuarto volumen son variaciones inagotables que, basándose únicamente en la fuerza de la narración y huyendo de cualquier concesión a lo sentimental y panfletario, constituyen un testimonio esencial de la tragedia. Para los lectores de hoy en día, una recuperación de la memoria histórica, alegato contra un período nefando, construido como una radical expresión literaria de un creador que da fe de lo que vivió. Historias protagonizadas por seres humanos, pero también por animales o dedicadas a los elementos climáticos o incluso a libros -el cuarto tomo de Guermantes de Proust- y delineadas con una prosa sencilla, lacónica, contundente, emotiva en alguna ocasión, pero sin caer nunca en lo lacrimógeno. A través de ellas es posible aproximarse al dolor humano, un dolor exponencial, y captar la inapelable denuncia, tal como el mismo Shalámov escribía en 1971: “Cada uno de mis relatos es una bofetada al estalinismo y, como toda bofetada, se rige por leyes de carácter simplemente musculoso. Así se escribieron mis mejores relatos. En ellos no hay composturas y en cambio hay determinación. Cada uno de ellos es una veracidad absoluta, es la veracidad del documento”

Francisco Martínez Bouzas
                                           

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Fragmentos

“Uno de los principales sentimientos que se experimenta en el campo es el de comprobar lo ilimitado de la humillación, el de consolarte con el hecho de que, en cualquier situación, sean las que sean las circunstancias, siempre hay alguien que está peor que tú. Esta gradación es muy variada. Este consuelo es salvador, y quizás en él se esconda el mayor secreto del hombre. Este sentimiento…Este sentimiento es salvador, como una bandera blanca, y al mismo tiempo representa la conciliación ante lo inconciliable”
…..

“El alerce es el árbol de Kolimá, el árbol de los campos de concentración.
En Kolimá los pájaros no cantan. Las flores de Kolimá -brillantes, presurosas, burdas- no tienen olor. Un corto verano -como un aire frío, sin vida-, un calor seco y el frío de la noche.
En Kolimá solo huele la uva espina, el escaramujo de la montaña, con sus flores de rubíes. No huelen ni el rosado y rudo muguete, ni las enormes violetas, ni el fibroso enebro, ni el eternamente verde stlánik.
Sólo el alerce invade los bosques con su vago olor a trementina. Al principio se diría que se trata de un olor a descomposición, de un olor muerto. Pero si uno presta atención, si inspira hondamente este olor, comprenderá que es el olor de la vida, el olor de la resistencia al Norte, el olor de la victoria.
Por lo demás, en Kolimá los difuntos no huelen: están demasiado consumidos, desangrados, y además se conservan congelados entre los hielos perpetuos.
No, el alerce no es un árbol bueno para las romanzas, sobre esta rama no hay modo de cantar, de componer una romanza. Aquí las palabras tienen otra hondura, calan en otras profundidades de los sentimientos humanos”

(Varlam Shalámov, Relatos de Kolimá, Vol. IV. La resurrección del alerce, páginas 87 y  355-356)