Mostrando entradas con la etiqueta Editorial Periférica. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Editorial Periférica. Mostrar todas las entradas

sábado, 26 de enero de 2013

"JAMÁS EL FUEGO NUNCA", NOVELA DEL DERRUMBE


Jamás el fuego nunca
Diamela Eltit
Editorial Periférica, Cáceres, 2012, 212 páginas


   Diamela Eltit, aunque relativamente poco conocida en España, es hoy en día una de las grandes voces de la literatura latinoamericana y, circunscribiéndonos a su país, se puede decir que ha ganado casi todos los premios literarios que en Chile se otorgan a los valores literarios, no a las ventas, en lo que la aventaja sin duda Isabel Allende. Rompedora de esquemas tradicionales en literatura, lo que a veces convierte en ambiguos o complejos sus textos. Si actitud permanentemente revolucionaria se traduce en una escritura avasalladora que envuelve al lector por todos los lados. Lo sorprende, lo deja sin aliento. Ella misma nos brinda las claves personales que nos permiten entender esta novela: “Pertenezco al conjunto de escritores chilenos que vivió en el país durante la dictadura de Pinochet y como una acción de salvataje  cultural constituimos el «inexilio» o exilio interior. A lo largo de los años –más de 30- pasamos desde la violencia como situación cotidiana a la violencia del mercado producida por un neoliberalismo verdaderamente intensificado…” Y sobre ello, entre encomios y rencores escribe Diamela Eltit.
   No son pocas las marcas textuales que la autora dejó impresas en este libro. Comenzando por el epígrafe: dos versos del poeta peruano César Vallejo (“Jamás el fuego nunca /  jugó mejor su rol de frío muerto”) que le sirvió a la escritora para rotular su propia novela. Ese fuego, que no es otra cosa que las utópicas energías revolucionarias congeladas en el tiempo del frío y la decepción con un saldo de miles de muertos y por el señorío absoluto y omnipresente de ideologías que suplantaron a las de los soñadores que fueron torturados o  a os miles de personas muertas o desaparecidas por escrutar rendijas de libertad.
   El argumento de la novela es aparentemente muy sencillo: la historia cotidiana de una pareja de militantes de izquierda que en su día formaron parte de una célula revolucionaria en lucha contra la dictadura y que, caída esta, siguen viviendo en la clandestinidad, en un tiempo que ya no es su tiempo, recluidos en una habitación, prácticamente atados a una cama, que no es un espacio erótico, sino una tumba y desde allí rememoran la fútil decepción de su aventura y el cúmulo de tragedias que les tocó vivir.
   Al final la novela de Diamela Eltit se convierte en una historia de cuerpos: cuerpos humanos y el cuerpo político. Cuerpos humanos en declive, mascando la derrota, sujetos a la enfermedad y  a la muerte y transformados en metáfora de los cuerpos políticos, cuyo sistema más pequeño es la célula, en este caso una célula política revolucionaria, agotada, demolida, rozando las fronteras de la descomposición y que ha quedado reducida a solo dos cuerpos, dos personas: la narradora cuya voz queda tamizada por la claustrofobia y por una ideología dogmática que ha generado células que no han sido capaces de forjar una sociedad liberada, sino guetos que funcionan como cárceles.
   Una narradora, pues, que construye su escritura sobre las ruinas de la realidad, amalgamando delirios paranoicos, soledad, miseria, decrepitud, traiciones, derrotas. Historia de sumisiones y de sometedores  en constante intercambio de roles. Los roles de una pareja convertida en biología, en órganos envejecidos, huesos doloridos, paralelo perfecto del derrumbe de un proyecto revolucionario.
   La novela sutura otros muchos contenidos de significación. Aspectos textuales tales como la vehemencia de la voz narradora en primera persona con la que se dirige a su compañero de cama; una constante confusión temporal, buscada a propósito, metáfora de un tiempo caótico, ambiguo y fragmentado, el otro tiempo fuera del tiempo al que no ha llegado la pareja de enclaustrados, anclados a un tiempo definido por los conceptos del materialismo histórico en su versión más dogmática. De ahí las numerosas citas de Marta Harnecker. En la novela Diamela Eltit asume plenamente un discurso narrativo basado en el monólogo. Una voz femenina que monologa  con un lenguaje preciso, duro y despojado de cualquier asomo lírico. En el solipsismo del monólogo se incuba el germen de la absoluta soledad y el desamparo de una generación de chilenos izquierdistas que han sido despojados de todo, de sus emociones, de su ideología, de sus esperanzas e incluso de sus palabras, porque el usurpador, aunque sin uniforme militar aún sigue vivo. Por eso concluyo con las rotundas palabras de Vicente Luís Mora: “Se han hecho más intensas que nunca las formas del silencio ante el poder, frente a los cuales se levanta arisca y atronadora esta novela brutal.”

Francisco Martínez Bouzas



Diamela Elitit

Fragmentos

“Somos, así lo pactamos, una célula.
Lo hicimos después de que se  hubo de consumar la muerte, no te muevas, ni la cabeza ni menos los brazos, no ahora porque era una muerte que nos competía y nos desgarraba. No lo llevamos al hospital, no parecía posible. Mis súplicas, lo sé, eran una mera retórica, una forma de disculpa o de evasión. No podíamos acudir con su cuerpo mermado y agónico acezante y agónico, macilento y agónico, amado y agónico, al hospital, porque si lo hacíamos, si trasloábamos su agonía, si la desplazábamos de la cama, poníamos en riesgo la totalidad de las células porque caería nuestra célula y una estela destructiva iría exterminando el amenazado, disminuido campo militante.”

…..


“Yo había caído, atrapada como un animal salvaje o un animal de circo, en plena vía pública, cercada y capturada. Después ibas  a caer tú. Una suma implacable, la célula completa: los diez. Sobrevivimos siete. (Los tres muertos están aquí, enhiestos, decorativos, rutilan en la obscuridad). Antes de mi salida, caíste. Cuatro meses ni vivo ni muerto. Finalmente hubimos de reencontrarnos. Lo hicimos entrampados en una aguda perplejidad. Mi estado te obligó a suspender tu dolor, tu agravio, la suma de humillaciones. El terror.
No, dijiste, no.”

…..


“Tengo que levantarme de la cama, ir  ala cocina, preparar el arroz, poner en el plato dos panes, sólo dos. Tengo que volver a la pieza y pasarme la peineta por la cabeza rota, apaleada, tengo que inventarme unas manos porque no debo salir asía la calle, no quiero delatarte, no es oportuno ni necesario. Me pongo el abrigo. Miro el montón de células que ya están en un avanzado deterioro, me detengo en tus células tiñosas y me dan unas ganas infinitas de decirte: levántate, o decirte: resucita de una vez por todas y salgamos ala calle con el niño, el mío, el de dos años, mi amado niño y llevémoslo al hospital. Debemos llevarlo porque, después de todo, ya no tenemos nada que perder.”

(Diamela Eltit, Jamás el fuego nunca, páginas 84-85, 153, 211-212)

miércoles, 7 de noviembre de 2012

"EL NUDO", EN LA RED DE UNA NOVELA METAFÓRICA

El nudo
Rodrigo Soto
Editorial Periférica, Cáceres, 2011, 197 páginas.


Rodrigo Soto (San José de Costa Rica, 1962) es uno de los narradores centroamericanos más reputados. Representativo así mismo de la literatura más vanguardista. Autor de una obra exigente, tanto en prosa como en verso, y renovador de la narrativa centroamericana. Editorial Periférica reedita ahora su novela El nudo, aparecida ya en el año 2004 en Ediciones Perro Azul con una tirada muy limitada.
Cabe leer El nudo como una novelita entretenida y agradable. De hecho así se ha leído. Como algo ligero, ameno, bien contado. Una novela que no estorba en el territorio de la literatura juvenil. Pero resumir El nudo a la peripecia y devenir de un grupo de adolescentes, enmarcados por un hecho azaroso que les aconteció un día, equivaldría a no superar la epidermis de una novela rica y compleja. El nudo  narra en efecto la historia de unos adolescentes  que durante un viaje a una playa costarricense encuentran un alijo de cocaína. Casi sin saber como, se quedan con la droga y  a partir de ese momento, de una forma paulatina pero radical, van a cambiar sus vidas y las de las personas -las muchachas de su edad- que, como satélites, giran a su alrededor.
Un libro que pretende ser, y de hecho lo es, una narración sobre la responsabilidad y las consecuencias que se derivan, casi por azar y necesidad, de nuestras decisiones y acciones y sobre las muchas vidas que contiene cada vida y las muchas historias encerradas en cada historia (página 15). Después de efectuar una genealogía de los personajes principales, tres muchachos y dos muchachas de su edad, la narración se detiene en el encuentro, conocimiento y amistad de estos adolescentes, sus amores e ilusiones, años de aprendizaje en la amistad y en el amor, sus afinidades y simpatías, rechazos e identificaciones. Hasta que el encuentro de los paquetes de cocaína, sin saber cómo salir del enredo y tentados constantemente a cortejar con ella, trastoca la llanura de sus presentes y, sobre todo, convierte sus futuros en una catástrofe.
Este es el núcleo diegético de El nudo, pero la novela es mucho más. Lo que primero salta a la vista es el pacto narrativo, el contrato implícito que la novela demanda entre el narrador y los lectores, sus receptores. Este pacto de lectura actúa de forma explícita y muy fuerte en el arranque narrativo. Debido a dicho pacto aceptamos la omnisciencia absoluta del narrador. Es él el que toma en sus manos el poder del relato y se lo deja muy claro al lector: “Aquí sucede lo que yo escribo”, reiterándolo más adelante:”Así está escrito y así sucedió” (página 72). Se trata, no obstante, de una omnisciencia autorial ubicua, omnipresente, pero mostrenca y estéril, si no existiera un receptor lector. Alguien ha escrito que El mundo es una novela sobre la construcción de lo real. Debe, a mi juicio, matizarse esta aseveración  del narratólogo costarricense Carlos Cortés. La novela construye efectivamente lo real, pero solo lo real simbólico que no existiría sin el lector. Es el lector con su deseo y con su acto de lectura el que yergue la novela como realidad significativa. De nuevo las palabras del primer párrafo son altamente ilustradoras: “pero sin tu ayuda nunca llegaremos al final…Sólo tu deseo y mi palabra, o tu palabra y mi deseo, o lo que nace de su encuentro, puede dar inicio al tiempo, poner en movimiento los hilos de la trama” (página 11).
En definitiva, la “interacción fructuosa” que constituye la esencia del pacto narrativo y que da lugar aun interesante juego literario autor-lector, con múltiples giros y saltos en el tiempo para contarnos, desde una cierta distancia de los acontecimientos, el cuarto de siglo posterior al hallazgo de la droga en la vida de los protagonistas masculinos y de sus satélites femeninos con curiosas y arriesgadas prolepsis y analepsis en el tiempo de la historia. Esta interacción narrador-lector y el proceso de creación de la narración que acaba siendo ficcionalizado, abre la dimensión metanarrativa de la novela.
El texto de Rodrigo Soto desde su título hasta el párrafo final esta sabiamente hilvanado con los hilos de una profunda metaforización. Ya en si el título es una gran metáfora presente en todo el relato: como trama, como red que une y atrapa a los personajes en su adolescencia y en los años posteriores. Así mismo, como nudo gordiano que hay que vencer, materializándose en la historia de la paulatina ruptura de los vínculos amistosos de los jóvenes protagonistas, pero que continúa anudando sus vidas a través del tiempo, en una trama invisible, pero tan eficaz como ese trasmallo de pescador del párrafo final, del que son incapaces de liberarse los caricacos.
He aquí pues, al lado de una trama entretenida e incluso ilustradora sobre las consecuencias de las decisiones humanas, sobre los caminos en el filo de la navaja y el juego infinito de los límites, sobre el torbellino que arroja al abismo a unas vidas que tanto prometían y sobre los fragmentarios micro y macrocosmos costarricense, otras dimensiones que hacen de El nudo una interesante muestra de la literatura más innovadora, que nos llega además sorteando el criterio de traducibilidad al español de España, algo que es preciso aplaudir en esta edición de Editorial Periférica.

Francisco Martínez Bouzas




Fragmentos

“-¿Sabe qué, primo? Ser piedrero es tuanis, es lo que se dice toda. Si no ¿por qué cree usté que tanta gente se va así, resbaladita en esto? Si fuera una mierda nadie se embarcaría, ¿verdá? No siente como que, ¿ya? Como que así debería ser siempre, como que la vida de veras, la vida de verdad, como tiene que ser legítimamente la vida para que sea vida y no muerte, es así, ¿me entiende? Y todo lo demás es cuento, es hablada, es mentira, es…¿Ya? Pero lo pior es andar arratado. ¡N’hombre, eso si es feo! Se siente uno peor que una rata y quiere palmarse. Idiay, mejor se muere y ya. ¿Cómo le dijera? La vara empieza aquí, en la garganta, o si no en el estómago, pero de ahí se pasa rapidito a todo el cuerpo. Es como si anduvieras zompopas por dentro. ¿Me entiende? Y después comienzan la nervia”
…..

“Era como si el nudo silencioso que tejieron más de veinte años atrás continuara ahí, entrelazando sus vidas en una trama invisible de la que ninguno de ellos llegaría nunca enterarse, y de la que por eso mismo nunca se podrían librar, o como si las incesantes ondas que se originaron en una época remota de sus vidas, tocaran ahora el límite y rebotaran en la orilla del estanque, iniciando el regreso hacia el punto de origen; en su viaje se encontraban con las que todavía estaban en camino, encimándose y superponiéndose en leve confusión.
Pero si el principio es dudoso, el final no lo es menos, y la vida de todos nuestros personajes seguirá su curso durante muchos años, después de que concluyan los hechos de esta narración”

(Rodrigo Soto, El nudo, páginas 17-18, 195)

domingo, 26 de agosto de 2012

LA METAFICCIÓN DE LOLITA BOSCH

Ahora, escribo
Lolita Bosch
Editorial Periférica, Cáceres, 2011, 197 páginas.

Lolita Bosch, pese a las reticencias de ciertos lectores y críticos que ignoran que el mundo se mueve constantemente, es una de las voces más originales de la  narrativa  que se escribe actualmente en español. Autora de referencia para aquellos otros cercanos a la literatura hoy en día más vanguardista. También para escritores que practican la postnarrativa. En una de las metanovelas más subversivas del actual sistema literario gallego (A pregunta perfecta. O caso Aira-Bolaño), su autor, Juan Tallón escribe lo siguiente: “Lectura de Tres historias europeas de Lolita Bosch. Trátase dunha nouvelle e dous relatos. Pingüinos, título da nouvelle, vai permanecer moito tempo na miña memoria. Seino. A súa arquitectura e dialéctica narrativas, baixo as que se procede a dividir en cachos inteligentes o feito temporal, presentando os acontecementos do pasado e do futuro en orde indistinta, confusa, pero que non impide unha lectura natural e emocionante, achegan o texto ao que chamaría unha pequena obra mestra”.
“É a primeira obra que leo desta escritora. Comézase a consolidar unha nova xeración de narradores que avanzan en dirección non tanto ao bo, que é algo difuso, como ao novo” (páginas 28-29). Entre esa generación de narradores que avanzan en dirección a lo nuevo, se halla en efecto Lolita Bosch. Natural de Barcelona, su vida, sin embargo, se ha desparramado hasta ahora en el Bajo Ampurdan, EE.UU., la India y, sobre todo, México, donde completó su formación académica y se empapó de lo bueno y de lo malo de la atmósfera mexicana, reflejada en alguna de sus obras. Entre las más conocidas  (Tres historias europeas, 2005, La persona que fuimos, 2006, Esto que ves es un rostro, 2008, y La familia de mi padre, 2008). Ha sido traducida a varios idiomas.
Ahora, escribo es precisamente la narración o correlato de su última novela, La familia de mi padre. Según un texto de Walter Benjamin (El narrador), analizado por Scott Lash, en los actos de escritura ficcional se yuxtaponen dos tipos de textos: por un lado, la novela; por otro, el narrador y su historia. Con ello se evaporan de golpe muchas de las concepciones de la narratología clásica. La narración corresponde a un modo de experiencia personal que precede a la novela o acontece mientras esta se fragua. Lolita Bosch nos introduce, pues, en Ahora, escribo en su “taller de escritora”. En el taller de la escritora durante el proceso de su obra anterior, La familia de mi padre, como ya he dicho. Una novela que confiesa la autora, la dejó exhausta y sumida en un verdadero descalabro emocional. La familia de mi padre es el viaje a la intimidad y es así mismo la demolición de los muros de silencio que ella misma había levantado a su alrededor, tras el fallecimiento del padre en México, sin que pudiera llegar a tiempo a su sepelio. Al finalizar aquel libro, se sintió bloqueada en su profesión de escritora.
Ahora, escribo es  un “ancla transparente” con la que la escritora intenta volver entrar en el mar de la literatura, desde el vacío de la no-escritura. “Ahora no. Ahora la escritura no ha logrado evitar ni construir nada. Porque ahora la escritura es la muerte” (página 79). No es de extrañar, pues, que varias secuencias del libro comiencen con el ritornelo, “Casi se de nuevo caminar” (páginas 93, 127, 130), que, más allá de la anécdota de la rotura del menisco de la rodilla saltando en una cama elástica, el lector, en diálogo con este libro, pueda interpretar  como una recuperación de la libertad para poder volver a escribir.
A lo largo de las tres secuencias que componen este libro, Lolita Bosch va desgranando una narración que echa a andar desde el dolor y esa extrema relación con la literatura, sobrevenida tras La muerte de mi padre. Nos hace partícipes de sus miedos tras preguntarse qué ha sucedido e intenta entenderse a sí misma, para llegar finalmente a la aceptación y a comprensión de que un texto literario es tan incomprensible como un ser humano.
Historia íntima de una escritora, de un lenguaje escrito (página 53), que dan fe de la condición metaliteraria, y al mismo tiempo “intraliteraria” de esta obra de Lolita Bosch, con una clara autorreferencialidad del yo, tal como lo entiende Spires (Beyond the Metafictional mode. Directions in the Modern Spanish Novel), en este libro-narración y una lematización del acto de escribir. Escritura que se refiere a si misma contestando la tradición mimética del arte, para interrogarse sobre su posibilidad/imposibilidad, sobre la enfermedad, la muerte y también la vida.

Francisco Martínez Bouzas




Lolita Bosch




Fragmento

Hace apenas cuatro meses terminé de escribir La familia de mi padre (2008, Empúries / Mondadori); catalán y castellano. Un texto escrito a la vez en dos idiomas y luego, tras su primera versión, corregido como dos libros independientes. Incluso con personajes distintos y, a veces, otras conclusiones producto de espacios diferentes, construidos con otros lenguajes.
Tras entregarla a mis editores pasé un tiempo absorta que duró casi cuatro meses y luego, cuando pareció que algo que no se que fue se detuvo, tuve la sensación de que habría podido matarme, hacerme análisis médicos y descubrir que padecía cualquier tipo de enfermedad, o permanecer para siempre tumbada, fatalmente sin dormir: escondida bajo las sábanas de franela de casa de la Ciudad de México y poco a poco hacerme volátil, inmaterial, celeste.
Comencé a pensar en la historia que finalmente he contado en La familia de mi padre cuando tenía seis años. Cuando por primera vez quise contar algo completo que me habían contado. Aunque a lo mejor fue antes. Cuando pasaba temporadas en casa de mis abuelos paternos y la tata Pilar, que trabajaba pare ellos desde que mi padre cumplió dos años, me contaba quiénes éramos. Cuando me enseñaba que unas cosas son las que suceden y otras las cosas que se cuentan. Y que mi familia (nosotros) trataba desesperadamente de ser una familia a la que las cosas le sucedieran, a la que no le fuese necesario contar. Una Familia Silencio. Como si  palabra no fuera un elemento esencial para reconocer nuestro entorno y pudiera evitarse. Como si lenguaje no tuviera peso y el tiempo pudiese transcender sin consecuencias, impune”

(Lolita Bosch, Ahora, escribo, páginas 25-26)

martes, 5 de junio de 2012

LA NARRATIVA ALUCINADA DE GORDON LISH


Epígrafe
Gordon Lish
Editorial Periférica, Cáceres 2011, 156 páginas.

   Solamente los entendidos conocían su faceta como fundador de prestigiosas revistas que dieron a conocer a J. Keruac, Allen Ginsberg o Neal Cassady, entre 1969 y 1976. Y de director literario de la editorial Alfred A. Knof, en la que sería conocido como Captain Fiction  por descubrir a algunos de los autores más relevantes del sistema literario norteamericano: Raymond Carver, Richard Ford, Don DeLillo, Cyntia Ozick o David Leavitt. Todos estos créditos son “motivos erróneos”, como escribió DeLillo, para conocer a Gordon Lish. En los años noventa comenzó a circular la leyenda urbana de que la obra del icono del realismo sucio y padre del estilo minimalista, Raymond Carver, había sido ampliamente corregida por su editor, Gordon Lish. La leyenda ha sido comprobada por más de un estudioso: en la Lilly Library de Bloomington, especializada en manuscritos y primeras ediciones, se guardan los textos originales de Carver con las correcciones de su editor. Muchos de los manuscritos como el De que hablamos cuando hablamos de amor, están corregidos por su editor que eliminó hasta el cincuenta por ciento y cambió los desenlaces de muchos de los cuentos hasta convertirlos en finales antológicos, como es el caso de Diles a las mujeres que salimos.
   El editor que creó al Carver sucio, se convirtió tardíamente en narrador. Publicaría con más de cincuenta años su primera novela, Dear Mr. Capote y en 1986, Perú, traducida y editada en 2009 por Editorial Periférica. Un viaje al infierno de una pesadilla Y en 1996, otra novela perturbadora, Epigraph, traducida hace unas semanas por la misma casa editora que se ha propuesto ofrecernos toda la obra de Gordon Lish  en los años venideros.
   Epígrafe no es una novela al uso, una simple narración de hechos que desfilan ante nosotros sin remover nuestras vivencias. Exige una lectura intensa que haga abstracción del argumento y concentre la atención en cada párrafo del texto, porque lo que Gordon Lish narra, no pretende entretener, sino provocar sensaciones y hacer pensar al lector. Lectores participativos, pues, que se introduzcan dentro de la obra.
   Epígrafe yergue su arquitectura sobre un conjunto de cartas que un hombre, homónimo del escritor y cuya esposa ha fallecido después de una larga y penosa enfermedad, escribe a distintas instituciones (congregaciones religiosas, funcionarios de la Corte) y a personas, especialmente mujeres, que conocieron o mantuvieron algún contacto con la difunta. Escribe desde la angustia y la congoja. Pero lo que da comienzo como misivas de gratitud a las congregaciones religiosas y a las Personas Piadosas, poco a poco toma otros derroteros. Sus apóstrofes e insultos nos anuncian que el protagonista, desde el dolor, está recorriendo el camino que lleva a la locura. Algo se le ha metido dentro y no sabe qué es e incluso empieza a sospechar que los sueños no son suyos. En sus mensajes  hace acto de presencia, cada vez con más frecuencia, el desvarío, la incoherencia, la alucinación, hasta el punto de que llega a firmar como Jesucristo II.
Gordon Lish
   La lectura de esta prosa delirante suscita sin duda muchos interrogantes. ¿Dónde acaba la ficción y dónde empieza la realidad? Cabe una lectura autobiográfica del libro ya que Bárbara, la esposa del escritor, falleció en 1984. Sin embargo, lo más probable es que sean otros los propósitos de esta apuesta narrativa tan radical. Una aproximación al delirio a través del camino del agradecimiento y del dolor. El ser querido se ha ido, pero su fantasma permanece y provoca en el viudo una suerte de patetismo que se muestra de forma grotesca, cercana al fingimiento, al sentimiento de culpa, a la impiedad e incluso al mismo esperpento. Alguien ha escrito que quizás la intención de Gordon Lish, ese autor hasta ahora secreto, pero imprescindible en el juicio canónico de Harold Bloom, haya sido envilecer al liturgia del dolor (Francisco Solano, El País, 12 / 2 / 2011). Quizás por ahí vayan los tiros.

Francisco Martínez Bouzas

martes, 13 de marzo de 2012

"DOS MUJERES", ENTRE LA PULSIÓN SEXUAL Y EL TERROR

Dos mujeres
Elvio E. Gandolfo
Editorial Periférica, Cáceres, 2011, 124 páginas.


Dos mujeres fue editado en Argentina hace 20 años. Gracias a la cacereña Editorial Periférica llega al mercado español demasiado tarde, aunque no a destiempo, porque la buena literatura no tiene edad y estas dos novelas breves son excelente literatura y por eso no han envejecido. Alguien ha escrito que la obra de Gandolfo es tan numerosa y extraordinaria que resulta difícil de creer que durante años se haya impedido a los lectores españoles acceder a ella. Lo subscribo, como también rubrico la afirmación de Fogwill de que ni Ricardo Piglia ni él mismo eran capaces de escribir cuentos como los que escribió Elvio Gandolfo.
En efecto, Elvio Gandolfo (San Rafael, Mendoza, 1947) es, en las distancias cortas, un narrador de primer orden, un creador de historias que se suelen iniciar con una anécdota o acontecimiento realista, casi siempre banal, pero que poco a poco, va derivando hasta las fronteras de la extrañeza y terminan en auténticas narcosis de terror.
En Dos mujeres, un libro fundamental en lo que se ha denominado lo “fantástico latinoamericano” conviven dos novelas breves: “Rete Carótida” y “Escamas, piel”. Ninguna de ella está protagonizada por mujeres, pero en ambas son ellas las que representan la amenaza y el maleficio en ambientes teñidos de extrañeza, surrealismo y decorados propios de la literatura pulp. “Rete Carótida”, más que novela corta, es un relato largo. El título le da nombre a la enigmática mujer de más de ciento treinta kilos que le entrega sobres al protagonista con materiales pornográficos, cada vez con mayor grado de anormalidad y de perversidad. Poco a poco el protagonista se siente inmovilizado como  por una parálisis tetánica de terror, temiendo ser inmovilizado por esta vieja obesa y descarriada que se convierte en una pesada losa que obstaculiza el avance de la relación amorosa del personaje principal en una deriva fantastica hacia maléficos miedos y terrores.
Pero es en “Escamas, piel” donde Gandolfo luce todas sus dotes de gran cuentista, capaz de mostrar hasta la extenuación “el sentido de lo morbosamente antinatural”, que fue como definió Lovecraft, del que Gandolfo es discípulo y traductor, el género del miedo. En su texto Gandolfo teje una trama de amour fou, de amor obsesivo. Se repite el esquema ya insinuado: todo da comienzo con un hecho aparentemente trivial: Berti, a pesar de la categoría de su puesto en la ferretería en la que trabaja, es el encargado de ir a comprar a media mañana los bizcochos a una panadería cercana. Y allí la vio y comenzó a esperarla con placentera ansiedad. La sigue y va completando la imagen de la panadera. Será ella, Irene, estudiante de medicina, mujer misteriosa sobre la que recaen extrañas habladurías, la que lance la primera piedra. Así da comienzo el romance donde la pulsión erótica se convierte en algo ineludible. Y paulatinamente, sin que la atracción sexual decaiga a pesar de las advertencias, el terror hace acto de presencia en sus encuentros eróticos.
El texto de Gandolfo cuenta con todos los ingredientes de la gran literatura fantástica de miedo. Todo comienza por la trivialidad cotidiana. La escritura laberíntica del autor, poblada de elipsis, nos va acercando a una mujer que no es la imagen del miedo, sino una obsesión erótica imposible de esquivar. La intensa relación sexual termina empujando al lector hasta las fronteras de la extrañeza y es capaz de insinuar una transgresión maligna de las leyes fijas de la naturaleza (Lovecraft dixit), para suscitar la duda, la sensación de irrealidad y  con ellas, emociones tan primitivas como el miedo pánico en los momentos de “narcosis de éxtasis oscuro”.

Francisco Martínez Bouzas


Fragmentos
“Rete Carótida dejó caer su corpachón de casi ciento treinta kilos en la silla que estaba frente a mi, haciéndole crujir los travesaños, y dejó escapar un brutal suspiro de alivio por los labios encastrados de rojo, cada uno del ancho de un dedo grande. Es curioso, pero ni en ese primer instante de asombro llegué a pesar que fuera una prostituta,  a pesar de la gordura, de los colores estridentes de todos y cada uno de los adornos y prendas, de la forma exagerada en que llevaba pintados los ojos y las mejillas. Me sentí abrumado por un asalto en masa de superficies. Cada plano de su rostro, las manos, las uñas pintadas casi de violeta oscuro, parecía abarcar una superficie no sólo mayor sino infinitamente mayor que la de cualquier otra mujer. Me fue imposible asignarle una edad”
…..
“Ahora en cambio, la segunda etapa empezó a pasar a otra, con el rostro de ella contorsionándose como en un potro de tormento. Berti empezó a temer, porque nunca había pasado antes, pero sentía que también el sexo de ella sufría un proceso de cambio, arrastrándolo en un remolino imposible de interrumpir con palabras: sólo un movimiento brusco, feroz de todo el cuerpo podría cortarlo, como una cuchillada. Sabía sin embargo que aquel era el desafío que se ocultaba en el caminar de la mujer, en la mirada entre ansiosa y temerosa, que empezaba a liberar lo que tenía en sí misma. En ese momento la mujer había empezado a dejar de ser simplemente Irene. En vez de apartarse, Berti, que estaba debajo de ella, apretó las piernas, y sintió los brazos de la mujer estrechándolo más, mientras gemía como si algo -no el sexo de Berti, sino algo innominado y oscuro, perteneciente a ella misma- la estuviera desgarrando por dentro.
Berti la besó, buscó su lengua, enredándola y tocándola apenas con los dientes, sin llegar a morderla. Ella apretó aún más el abrazo y Berti cerró los ojos. Hubo un gemido aún más agudo, fino, casi en el límite de lo audible, y entonces lo invadió una ola de terror extremo en la obscuridad de los ojos cerrados. Porque sintió que lo que lo envolvía no era la piel casi blanca de Irene, ni los brazos de la mujer que amaba, que compraba pan en la panadería, sino otra cosa múltiple, enorme, vigorosa, distinta hasta la repulsión de la que quería separase ya, para correr hasta interponer la máxima distancia posible, en el tiempo y en el espacio”

(Elvio E. Gandolfo, Dos mujeres páginas 7-8 y 111- 112)