miércoles, 9 de mayo de 2012

EL SALARIO DEL MIEDO

El salario del miedo
Georges Arnaud
Tradución de Encarna Castejón
Prólogo de José Giménez Corbatón
Editorial Contraseña, Zaragoza, 2011, 2002 páginas.


El salario del miedo fue publicado en 1950. Más de sesenta años después el relato de Georges Arnaud, pseudónimo de Henri Girard, no ha perdido fuelle, sigue suscitando el interés del lector que busca saciar en la literatura su sed de aventuras. Y si el lector es un cinéfilo  y tuvo la oportunidad de ver en una pantalla aquella adaptación en blanco y negro que de la novela hizo Clouzot en 1953, con Yves Montand de protagonista, ganadora de la Palma de Oro de Cannes y del Oso de Oro del Festival de Berlín, la lectura de la novela de G. Arnaud debería significar el regreso a las fuentes escritas por un novelista tan subversivo como el cineasta francés.
Georges Arnaud se convirtió con la publicación de El salario del miedo en un escritor debutante. Precedido de oscuros sucesos (el asesinato de su familia del que fue acusado y finalmente absuelto), bohemio generoso que dilapida la fortuna familiar, emigrante en el continente latinoamericano donde desempeñó dispares oficios, entre ellos el de camionero. A su regreso a París publica El salario del miedo que se convirtió de inmediato en un gran éxito editorial.
Georges Arnaud patentiza en El salario del miedo lo que él mismo llama “la poética del riesgo asalariado”, sobre todo cuando el salario es la recompensa de un trabajo sumamente peligroso: conducir un camión cargado de nitroglicerina desde un supuesto poblado guatemalteco (Las Piedras) hasta un pozo de una compañía petrolera norteamericana que ha explotado y no cesa de arder. Urge llevar la nitroglicerina hasta el lugar de la explosión ya que se considera que su detonación es la única forma de sofocar las llamas. Al anuncio en el que se solicitan camioneros expertos, se presentan numerosos voluntarios dispuestos a jugarse la vida por los mil dólares (el salario del miedo) que la compañía petrolífera ofrece por cada viaje. Son aventureros que malviven en lo que antes era un pequeño y limpio puerto de mar y ahora es un lodazal, rodeado de desolación, traficantes, prostitutas, alcohólicos… que esperan en vano una oportunidad.
Cuatro son los elegidos, no entre conductores expertos sino entre suicidas, entre tipos dispuestos a afrontar cualquier vicisitud con tal de lograr el dinero y escapar de aquel lugar.
Encerrados en los camiones, este cuarteto de perdedores transportan la nitroglicerina por carreteras erosionadas y territorios abruptos, imposibles. Uno de ellos es Sturmer. Viaja en compañía de un rumano, asesino confeso de su mejor amigo, que solo le ocasiona problemas. Las jornadas del viaje se harán interminables, obligados a luchar contra mil adversidades, pero sobre todo contra el miedo.
Porque, aunque en esta novela hay múltiples actantes, seres amorales que basculan entre la bajeza y la camaradería, lo que realmente se deja sentir es el protagonismo prácticamente exclusivo del miedo, como con acierto apunta el prologuista. En una narración sin resquicios, el miedo se hace omnipresente. El miedo, un miedo unas veces líquido, incoloro, insípido, otras, un miedo sólido, que pesa, aplasta, petrifica, modula y gobierna la conducta de los personajes. Se anuncia tan pronto como el cartel de la Crude and Oil Limited reclama camioneros expertos. Se reitera en la tasca prostíbulo del poblado de Las Piedras cuando alguien que consume sus días al margen de cualquier perspectiva, señala como “muertos” de antemano a los camioneros seleccionados. Y el miedo despliega sus alas y aprieta sus garras sobre todo en el viaje, en el transporte del explosivo.
A la par del miedo conviven en la narración de Georges Arnaud la insensibilidad y la degradación moral, así como un retrato muy crítico del capitalismo feroz de las empresas extranjeras que explotan Latinoamérica, buscando márgenes de rentabilidad al margen de cualquier consideración ética y de los posibles daños colaterales que su insaciable hambre depredadora provoque.
El pequeño y túrbido  microcosmos en el que nos introduce Arnaud es una amalgama de egoísmos entre explotados, despojos viriles, marginación, desgracia. Con escasos personajes femeninos si exceptuamos la omnipresencia de la muerte y la de la sumisa prostituta nativa que también está en la cola de las redenciones imposibles.
Los más de dos millones de ejemplares de El salario del miedo vendidos en Francia dan fe de las apetencias de un argumento para un lector interesado en la aventura, cuando esta se encuentra acompañada de calas meditativas, exentas no obstante de moralismos, erguida a través de una estructura en la que tiene cabida una perspicaz presentación de la acción, con las oportunas pausas para incrementar la tensión y una prosa sobre todo efectiva, intencionadamente descuidada, poblada con buenas dosis de argots del hampa de estos perdedores que, en su bajada a los infiernos, nos demuestran que pueda haber una poética del pico y pala, tesis que Arnaud sostiene en la “Advertencia” que precede al texto.

Francisco Martínez Bouzas


Escena de la película "El salario del miedo" dirigida por Clouzot (1953)

Fragmentos

“Las voces resonaban con fuerza en el salón del Corsario Negro, el antro de Las Piedras, y no obstante parecían provenir de un altavoz. Al oírlas nadie pensaba en el espectáculo de los aficionados de pie en los tendidos; había que buscar con la mirada el aparato de radio que captaba, entre interferencias, la retransmisión de una corrida. Quizá era por culpa de la húmeda niebla que flotaba tanto en la ciudad como dentro del local. Los habitantes de Las Piedras la llamaban aliento de caimán, a causa de los innumerables cocodrilos que infestaban el delta”

…..

“El irlandés exhaló una gran bocanada de humo y continuó:
-He querido hablaros personalmente para que no haya malentendidos. Necesito cuatro conductores para llevar a la torre Dieciséis dos camiones cargados con mil quinientos kilos de nitroglicerina. Los camiones son corrientes, sin amortiguadores compensados, sin dispositivo especial de seguridad, en excelente estado, nada más.
Los hombres escuchaban son prestar demasiada atención. Hasta el momento, se estaban aburriendo. Estos yanquis eran todos iguales: locos por los discursos familiares redactados según los métodos de Dale Carnegie para una entrega de premios. El colmo…”

…..

“Ha caído la noche sobre Las Piedras, sobre las playas y orillas del Guayas. En el campamento de la Crude se han apagado las luces de los despachos y se han encendido, al unísono, las luces de los bungalós privados.
La ciudad tiene miedo. Al caer la tarde ha corrido el rumor del transporte previsto para la noche, y las casas que bordean la carretera han quedado vacías. Luego el pánico se ha apoderado del resto de la población, y se ha iniciado un éxodo hacia las partes altas. Solo se han quedado algunos viejos.
-Si pasa algo, será el fin del mundo. No vale la pena irse, será igual en todas partes”

…..

“El miedo. Está ahí, sólido, presente y estúpido, no hay manera de escapar. Fuego en el culo y  no poder correr. Solo que el miedo se puede rechazar; una carta de recomendación del Diablo, y se rechaza. Pero sigue esperando en el umbral. Se acomoda detrás en el tanque de nitroglicerina, y acecha desde allí. Se lleva bien con esa sopa de muerte repentina. Como un par de gatos, una pareja de tigres  que fingen dormir para elegir mejor el momento. Pero, si el explosivo salta primero, el miedo se verá burlado, tendrá que irse con las manos vacías, habrá llegado demasiado tarde. Y sin embargo allí está, agazapado a tu espalda, con las ruedas traseras bajo su vientre de  animal azul, de verdadero Apocalipsis; allí está, dispuesto a saltar”

(Georges Arnaud, El salario del miedo, páginas 51, 76-77, 96-97, 104)

martes, 8 de mayo de 2012

ATRAPADOS POR EL VENENO DEL MAL

El mar y veneno
Shusaku Endo
Ático de los Libros, Barcelona 2011, 200 páginas.


Shusaku Endo (1923 – 1996) es uno de los grandes escritores japoneses del pasado siglo. Candidato al Nobel de literatura en el año 1994, premio que no obtuvo en parte por las presiones de los católicos japoneses – Shusaku Endo fue católico -  ofendidos porque en una de sus novelas un personaje pisotea la imagen de Cristo. El mar y veneno, su primera gran novela, editada en el idioma original en 1958, ve ahora en Ático de los Libros su primera versión al español. La narrativa de S. Endo refleja en buena medida algunos dilemas de su fe católica, especialmente la responsabilidad del ser humano ante sus acciones, elecciones y omisiones, cuando estas provocan resultados trágicos. Su preocupación por el problema del mal establece sin duda una red de diálogos con Dovstoyevski o Graham Greene.
El mar y veneno está basada en hechos reales que tuvieron lugar durante la segunda Guerra Mundial: los horrorosos experimentos médicos llevados a cabo sobre prisioneros norteamericanos capturados por los japoneses, que culminan con la fría y metódica vivisección pulmonar de uno de ellos hasta producirle la muerte. Tales experimentos tenían por objeto determinar el límite cuantitativo de solución salina normal que se puede inyectar en las venas del prisionero antes de que muriera; evaluar el volumen de aire que igualmente se puede inyectar en las venas de otro prisionero a partir del cual el sujeto fallece. Y finalmente, el tercer experimento pretendía establecer el límite hasta el que se puede seccionar la masa pulmonar antes de que el prisionero fallezca. Todos estos experimentos, realizados sobra cobayas humanas, se consideraban de gran transcendencia para la medicina de guerra.
La novela nos acerca a esos brutales asesinatos desde el punto de vista de algunos de los personajes que participaron en los mismos. La acción transcurre en el hospital universitario de Fukuoka, reflejo de una nación derrotada, que vive entre la extrema miseria, el nihilismo y el hundimiento de unos valores considerados básicos y eternos tanto en la ética budista como en la cristiana: los prisioneros son unos bastardos, nos han bombardeado todo lo que han querido, ya están sentenciados a muerte. Poco importa de qué manera los ejecutemos. Por lo mismo son, junto con ciertos pacientes japoneses, marionetas en las manos de algunos cirujanos que experimentarán con ellos para medrar profesionalmente.
Con una estética muy personal y en un texto muy efectivo, aunque narrado con gran ahorro de medios, Shusaku Endo narra, no los aspectos macabros de las vivisecciones, sino la lucha interior que producen en Suguro, un estudiante de medicina, interno en el hospital, después del ofrecimiento del jefe de los cirujanos para que  participe en las mismas. Y las reacciones, conectadas a sus pasados, vivencias y entornos, de otros protagonistas activos de los experimentos.
El inicio de la novela se centra acertadamente en la enigmática personalidad del doctor Suguro, ejerciendo su profesión en un barrio residencial, en un consultorio obscuro, con olor  a falta de limpieza y las cortinas siempre cerradas. Una efectiva analépsis  traslada la acción hacia el pasado y nos lo muestra en su trato compasivo con los enfermos tuberculosos de Fukuoka y en sus dudas existenciales. Cuando se le propone participar en el experimento con los prisioneros no sabe porqué no reaccionó; simplemente dijo que si, dormitando después en una negritud de pesadillas. Es su lucha contra la pregunta por el porqué.
Otros protagonistas de los experimentos (“Los que serán juzgados”) son atrapados sin más por el veneno del mal, sin ningún remordimiento, ni sentido de culpa. Es el caso de la enfermera Ueda, una mujer profundamente herida, sin nadie en quien apoyarse. Acepta, aunque no le importa nada ni su país, ni el avance de la ciencia. O el interno Toda, verdadero paradigma de una moral heterónoma. No se considera una persona con la conciencia paralizada, aunque carece en absoluto del sentido de la culpa y del pecado y es capaz de contemplar, sin perturbarse, el sufrimiento y la muerte agónica de otra persona  mientras nadie se lo reproche.
Son los personajes secundarios de los asesinatos, capturados en sus complejidades emocionales, en sus contradicciones, e el juego de celos profesionales. En el infierno de unas vidas destrozadas por la guerra y negativas experiencias vitales anteriores. Insensibles, excepto Suguro, a cualquier sentido de culpa, en su mentes la idea de que estaban cometiendo un asesinato no había tomado forma ni había despertado ningún sentimiento. Ansiaban la puñalada del remordimiento, pero no sentían nada: ni dolor ni pena.
Shusaku Endo dibuja, como he dicho con una gran economía de medios, un fresco aterrador sobre esa zona obscura de la condición humana, capaz de convivir con crímenes abyectos, inmune ante el veneno del mal. Fuera, y como ruido de fondo, el rugido turbador de un mar igualmente obscuro. Es quizás ese rugido, metáfora de la obnubilación moral, el que ahoga las presadillas antes de que afloren en la conciencia.

Francisco Martínez Bouzas

                                                 
                                           Fragmento

“Quería sentir remordimiento. Ansiaba la puñalada fría clavándose en su pecho, la que arranca el corazón y destroza el alma. Pero aunque había vuelto a la sala de operaciones en busca de esos sentimientos, no sentía nada. A diferencia de los civiles, estaba acostumbrado a los hospitales y sus frías salas de operaciones. En más de una ocasión había estado solo después de una operación. ¿Qué diferencia había entre esas veces y ésta? Si existía era incapaz de darse cuenta.
En ese lugar se quitó la chaqueta. Repasó con insistencia en su mente los movimientos del prisionero, uno por uno, y esperó en vano que el dolor del remordimiento retorciera su corazón”
(Shusaku Endo, El mar y veneno, página 188)

lunes, 7 de mayo de 2012

EL PERRO QUE COMÍA SILENCIO

El perro que comía silencio
Isabel Mellado
Editorial Páginas de Espuma, Madrid 2011, 126 páginas.


La autora, Isabel Mellado, es una ciudadana chilena, becada para estudiar con el Concertino de la Orquesta Filarmónica de Berlín. Comparte su espacio vital entre Granada y otras ciudades europeas en cuyas orquestas actúa con frecuencia como violinista. En su debut como narradora en solitario, los pentagramas, filigranas y arpegios musicales dejan su impronta en la trama de algunos de sus relatos breves y quizás también en las melodías formales, especialmente en las numerosas sinestesias que convierten su estilo en una constante armonía, no exenta, sin embargo, de solos y de solistas que nos tramiten el placer de la lengua. Porque también en prosa es dado hacer arte con las palabras.
Isabel Mellado articula su opera prima, esta antología de textos de recompensa inmediata, en tres partes:”Mi primera muerte”, “La música y el resto” y “Huesos”. Las dos primeras se nutren de prosas en las que la autora deja constancia de sus sueños, su especial relación con la realidad y las querencias de su profesión como música.
Los quince relatos de la primera secuencia están transitados por un cierto animismo: los objetos y los animales hunden sus raíces en una esencia semejante a la nuestra. Así el cuento que le sirve de rótulo al libro: el perro bautizado como Croqueta, pero al que todo el mundo llama chucho, que reflexiona sobre el significado y veracidad de los silencios humanos. No olvidemos que sus silencios preferidos son los de los huesos y los de los enamorados, que huelen a bistec y a anhelos, mientras que los de los cónyuges son turbios y estrechos. “Carne de espejo” es la historia de amor entre el protagonista y su espejo, al que trata como su alter ego, como un ser humano. A veces, más que reflejarle, se vacía en él, se hunde en su carne, lo siente, lo suplanta. En “Cuatro horas al cubo” la escritora reflexiona sobre los cambios de identidad en función de los acompañantes y de los trenes que se toman. Y es que cuatro horas al cubo dan para ser algo y su contrario, en una terapia, como si mudásemos de piel. En “Eternidad 77 x 53” nos compadecemos de una Gioconda vencida por el cansancio de tantos siglos de soledad, “Mona solita como la una”. Tan derrotada está, que ha aprendido a dormir con los ojos abiertos. Paradigma, pues esta Gioconda, de la absoluta soledad, a pesar de tantos visitantes y admiradores, algunos incluso celosos y posesivos. Destaco, por último en esta primera parte  los relatos “Me enamoré de un pez” y “Ombligo o(m)bligar”. El primero nos enfrenta con una prosa surrealista que radiografía ciertas historias de amor y de sexo: sin darte cuenta, te acuestas con alguien resbaladizo como un pez. Al final, comprendes que no queda nada, solo una historia de sábanas y de escamas. El segundo es un “divertimento”  sobre los ombligos. Lavar  el ombligo produce vértigo, ya que es como enjabonar el origen. Múltiples son sus anatomías: pentatónicos, herméticos, quijotescos, en los que, al escarbar, no solo se halla hollín, sino también viejas corcheas, minutos que se creían perdidos, lágrimas fosilizadas.
En los relatos de la segunda parte, aflora la pluma eminentemente musical de Isabel Mellado. Son todos ellos protagonizados por músicos, instrumentos o notas musicales. Un brevísimo esbozo de dos de ellos, muetra su peculiar aire de familia. En “La nota larga”, Isabel Mellado nos permite conocer al violinista que ha perdido a su esposa y toca sin parar – la nota larga -, como si pretendiese enseñarle piedad a Dios. “El concierto (La otra historia)” nos acerca a la experiencia sentida, sufrida y gozada de los músicos de una orquesta, antes y después del concierto. Sus horas previas preñadas de miedo, de rituales (“nada de café, ni de sexo, eso si, la patita del conejo en el bolsillo”). Después, el tránsito del miedo al gozo catártico, al concluir la sinfonía.
El libro se completa con una tercera parte, prescindible a mi juicio, compuesta por una constelación de frases cortas, catalogables entre el aforismo, la greguería y el haikus. Algunas ingeniosas (“El que ríe último, ríe solo”). Otras que en mi non han sido capaces de dejar la huella de ninguna emoción.
Isabel Mellado
En una valoración del conjunto de esta narrativa breve de Isabel Mellado, yo diría, ante todo, que no estamos ante relatos excesivamente narrativos. Lo más importante en la mayoría de estas prosas no es la carga diegética, el mundo ficticio que constituye la historia narrada. Tampoco la condensación. Isabel Mellado apenas acepta el reto del microcuento, del hiperbreve. Encerrar estructuras narrativas completas en muy pocas palabras. Su acento personal, con el que pretende conseguir del lector el efecto perseguido, lo esconde bajo el manto de la invención, de su hacer literario entre lo melifluo y lo melancólico y en el que las referencias musicales y los hallazgos formales (metáforas, sinestesias, comparaciones insólitas) construyen un juego poético que nos produce asombro, una lágrima o una sonrisa.
                                         
Francisco Martínez Bouzas

viernes, 4 de mayo de 2012

PRUDENCE GUADAGNI TIENE SU JARDÍN

El Jardín
Constance Fenimore Woolson
Traducción de Israel Centeno
Ilustraciones de Ximena Maier
Editorial Periférica, Cáceres, 2010, 93 páginas.


Constance Fenimore Woolson (1849-1894) es una escritora norteamericana totalmente desconocida en España. Sobrina nieta de James Fenimore Cooper, autor de El último mohicano. Se inició en la escritura con relatos en dos prestigiosas revistas americanas. Con aproximadamente cuarenta años, se trasladó a Europa en donde cultivó una gran amistad con Henry James, amistad que dio pie a que se hablara de que existía un romance entre los dos. Como consecuencia directa o indirecta de una depresión, falleció en Venecia, al tirarse o caerse de o por una ventana. Como escritora se hizo popular con su serie Relatos de los Grandes Lagos, la novela For the Major (1883) y otras narraciones de diversa extensión publicadas póstumamente, entre ellas Front the Yard, editada por primera vez en España con el título de El Jardín. Editorial Periférica nos brinda una excelente edición. Todo lo que configura el paratexto (ilustraciones, papel, cubierta) es de primera calidad.
El Jardín narra la vida en Italia de una mujer de New Hampshire que, con cuarenta y cinco años, llega a este país  apara acompañar y ayudar a un primo lejano, inválido y adinerado, que muere repentinamente al poco tiempo del arrivo. En vez de regresar a Nueva Inglaterra, Prudence, la protagonista, cae presa del amor de un apuesto e inesperado galán italiano, Tonio, con el que se casa. Viven en la Umbría en un pueblecito de montaña. Y allí se siente feliz, a pesar de las calles empinadas, una disparatada beatería y una incontable caterva de niños y familiares, a los que tendrá que cuidar. A los veinte meses fallece el esposo y Prudence se queda “sola” en el mundo, con un escaso peculio, ocho niños y otros familiares a su cargo, que explotarán afectiva y económicamente a la cándida norteamericana.
Mas, a pesar del agobio que le produce el cuidado y sustento de esta familia extensa, la protagonista suspirará y ahorrará con todas sus fuerzas para tener un jardín. Pero dinero ahorrado, dinero que es devorado por el insaciable apetito de algunos de los familiares. Al final de sus días, no obstante, puede contemplar el jardín imaginado: el gran paisaje que ocultaba el establo, la amplia llanura de Umbría, con los árboles, los ríos y los desperdigados y minúsculos pueblecitos brillando en las colinas.
Constance Fenimore Woolson
El Jardín refleja perfectamente la mentalidad del campesinado italiano y la percepción negativa que de él tiene la autora (“Pero la señora de Tonio Guadagni sabía del tradicional salvajismo de Asís y que aún había bastantes salvajes entre los campesinos del pueblo de montaña y sus alrededores”, página 43). Constata así mismo el amor, la generosidad, la abnegación y la candidez de la protagonista. Una lectura en clave actual -mucho más si se lee desde el feminismo-  descalificaría con toda probabilidad este relato anclado entre una visión arcaica y patriarcal de la mujer, ese ser abnegado que se entrega sin límites, y sus parcos sueños, a los que debe de renunciar debido a una incorrecta lectura del sentido del deber.
Relato intimista y a la vez costumbrista, adornado con precisas y detalladas descripciones y un buen dominio del ritmo narrativo. Todo ello cobijado en una encomiable y sagaz estructura narrativa que nos permite leer con cierto placer este pequeño fresco de un mundo que, hace ya muchos años, dejó de ser el de hoy.

Francisco Martínez Bouzas

miércoles, 2 de mayo de 2012

"EL SINDROME E ", UN NOIR IMPACTANTE EN LA ERA DE LA TECNOCIENCIA

El síndrome E
Franck Thielliez
Traducción de Joan Riambau
Ediciones Destino, Barcelona, 2011, 568 páginas.


No podía ser de otro modo. Los imparables avances tecnológicos tenían necesariamente que estar presentes en la literatura, ese arte que todo lo aprovecha y hace suyo. Nunca el ser humano ha estado tan sujeto al determinismo. Leyendo El síndrome E el lector llegará a la conclusión de que un sencillo mando a distancia es capaz de desencadenar o inhibir la violencia, que es factible modificar la estructura cerebral de un individuo a través del impacto de  imágenes y sonidos tan violentos que le obliguen a obrar de forma predeterminada. Es la evaporación de lo que la tradición filosófica llamaba libre albedrío, libertad psicológica.
Franck Thilliez nos lo hace patente de forma superlativa. Este ingeniero francés, especialista en nuevas tecnologías, se pasó a la escritura en el año 2003 con Train d’enfer pour Ange rouge, pero su salto a la fama le llegó en 2010 con Le síndrome E, traducido ahora al español por Ediciones Destino en “Áncora y Delfín”, su colección emblemática. Su pasión por la ciencia y el hecho de haber devorado durante muchos años las novelas de Stephen King -“¡Veo thrillers, leo thrillers y vivo con thrillers!”, es su grito de guerra- operó el milagro.
En El síndrome E Franck Thielliez le da forma a una trama en la que los avances tecnológicos, los experimentos neurocientíficos con cobayas humanas, llevados a cabo por la CIA en los años 60, constituyen el hielo conductor de esta novela negra que nos sumerge de forma realmente impactante en las razones y mecanismos que están o pueden estar en el origen del mal. Sus héroes son una pareja de policías, duros y bravucones aparentemente, pero se muestran ante el lector en su extrema fragilidad, tan vulnerables como cualquier otro ser humano. Son los detectives Franck Sharko y Lucie Henebelle. Ambos están obsesionados con sus respectivos casos hasta el punto de abstraerlos de la realidad. Films con imágenes subliminales pornográficas y violentas, brutales asesinatos, cadáveres de los que han sido extraídos cerebros, ojos, manos y dientes, redes de intriga y traición, violencia histérica, tendencias sádicas… son los ingredientes que rodean sus pesquisas y que les abocan a la conclusión de que es el proceso conocido como “síndrome E” el que permite convertir a los seres humanos normales en alucinados asesinos.
Así pues, auténtica novela negra, novela del mundo profesional del crimen, como la definió Raymond Chandler, que desemboca en un thriller impactante que conjuga acción, ciencia y neurología, sin que falte la investigación que genera los hechos delictivos, ni esa arquitectura misteriosa típica de la novela-enigma que conduce al lector hasta el desenlace sin concederle el más mínimo reposo. Trama que cumple además  con ese requisito de la mayoría de las novelas negras: una narración itinerante que describe ambientes, personajes variopintos, mientras se persigue el fin de la investigación policial.
La investigación es el elemento estructurador del relato de Franck Thilliez. Sin embargo no estamos únicamente ante una novela-enigma, una novela “Whodunit” en la que la gramática del relato se centre exclusivamente en descubrir quién lo hizo. En El síndrome E se privilegia el misterio y, sobre todo, la temática del peligro tecnocientífico que la convierte en una novela impactante, plenamente de nuestro tiempo sobre los fenómenos de la violencia colectiva. Mas que el lector no busque primores ni exquisiteces literarias en una novela que lo que pretende, por encima de todo, es impactar, no con propuestas literarias vanguardistas exquisitas, sino con la contundencia de un relato rotundo. Ese es su perfil: literatura comercial cuyo objetivo no es construir belleza con la palabra, sino arrebatar la atención del lector, sumergiéndolo en un torbellino de acción e impactantes novedades tecnocientíficas.

Francisco Martínez Bouzas


Franck Thielliez


Fragmento

“Eran casi las tres de la madrugada. Atiborrado de imágenes de espionaje y de guerra, remató su interminable sesión de proyección con aquel cortometraje desconocido, increíblemente preservado. Aparentemente, se trataba de una copia. Esos films sin nombre a veces desvelan auténticos tesoros o, con suerte, obras perdidas de célebres cineastas: Meliès, Welles, Chaplin… Como a todo buen coleccionista, le gustaba soñar. Al desenrollar el inicio de aquella película anónima para engranarla en el proyector, Ludovic leyó en el celuloide: «50 imágenes por segundo». Era extraño, pues la norma habitual de 24 por segundo ofrecía una velocidad suficiente para crear la impresión de movimiento. A pesar de ello, cambió la velocidad de obturación de su aparato para fijar el valor aconsejado. No era cuestión de ver un film al ralentí.
De inmediato, la blancura de la pantalla dio paso a una imagen oscura, velada, sin título ni créditos. En el ángulo superior  derecho apareció un círculo blanco. Ludovic se preguntó, en un primer momento, si acaso no se trataría de un defecto de la película, como a menudo sucede con las bobinas antiguas.
Y la película comenzó.
Ludovic cayó pesadamente mientras corría hacía la planta baja.
No veía nada, ni siquiera con luces encendidas.
Se había quedado ciego”

(Franck Thilliez, El síndrome E, páginas 14-15)

martes, 1 de mayo de 2012

LA LUZ ESENCIAL DE LA NARRATIVA ULTRACORTA DE ROGELIO GUEDEA

Cruce de vías
Rogelio Guedea
Menoscuarto Ediciones, Palencia 2010, 92 páginas.

   Microrrelato, cuento breve, microcuento, hiperbreve, minirrelato, narrativa ultracorta…No importan los nombres, sino el reto, la apuesta de aquellos escritores que se atreven con esta quintaesencia de la literatura, que no es un fenómeno nuevo, pero si arduo y que demanda escritores con riñones poderosos. Condensar estructuras narrativas completas en muy pocas palabras. Hay quien establece el límite en ciento cincuenta caracteres. Casi como esos mensajes que enviamos por móvil.
   Rogelio Guedea, un escritor en las antípodas, mexicano residente en Nueva Zelanda, asume el reto y demuestra su maestría en este pequeño volumen, “un espacio en el que las fronteras de la expresión se disuelven, donde pongo en juego todos los recursos estilísticos habidos y por haber”.
   Menoscuarto Ediciones nos ofrece esta pequeña y singular joya, que el autor estructura en tres partes. Las dos primeras, “Andenes” para el escritor, “La literatura del guardagujas” y “Portaequipajes”, se nutren de prosas en las que Rogelio Guedea deja constancia de su filosofía vital y de sus principios filosóficos y estéticos. En pequeñas piezas reflexivas, R. Guedea nos habla de los destinos humanos, destinos marcados, como los senderos de las hormigas, para no perdernos. Nos grita palabras contra la represión, palabras contra los que maniatan las palabras contra la represión. Nos hace partícipes del sentimiento de extranjeridad (“había entre su sombra y su prójimo una red de cristal”, página 17). Enjuicia la vida como sucesión de encuentros y desencuentros ateorizables, con la percepción de la realidad tantas veces emborronada, como cuando un paño de vaho se extiende ante nosotros. Y llega a decir que somos un perro ciego que llevamos nuestros zapatos hacia ninguna parte. Varios de estos textos pueden leerse como series conexionadas de forma explícita o implícita. La sutura es obvia  en “El oficio”, que se prolonga en tres minirrelatos. Es menos explícita en otras narraciones, hechas del vivir diario y de esos momentos de prosas delicadas, familiares, en las que trae a escena la relación con su hijo.
   Pero será preciso alcanzar el tercer andén y su “Vía libre” para darnos de bruces con una explosión de belleza y de emoción, absorbidas y expresadas lingüísticamente. Textos igual de breves, pero mucho más narrativos. Con prosa torrencial, a veces dura, otras muy sensual, lúbrica, capaz de seducirnos siempre, Rogelio Guedea nos regala cuentos concentrados al máximo, hermosos y precisos como teoremas, muy cercanos a la prosa poética y en los que encierra ese momento de luz esencial de una historia pensada o vivida. Que el lector no pase por alto esa reescritura de una fábula de Kafka del relato “La mujer que compraba botones para la camisa rosada”; el terror contado en catorce líneas del relato “Torturas”; el amor que viaja en el carrito de compras del relato “Supermercados”. Y sobre todo los seis relatos seriados de “Mujer portátil”. Un homenaje a la mujer. Ante su lectura quizás resuenen de lejos aquellos ecos del Libro de los Proverbios que Fray Luis de León tradujo en dos versos: “Mujer de valor, ¿quién la hallará / Raro y extremado es su precio”. Mas sin encintar los úteros y precintar los deseos y escritos con tal expresividad que nos hace sentir un nudo en el estómago:
  
“Mujer que se orine en el imperialismo yanqui / Mujer que nunca diga no:mejor. Una mujer que traiga siempre una bolsa de aire. Y un destornillador. Mujer con llave maestra en las caderas: mujer con un vino rosado para cada ocasión. (…) Mujer sin esquinas: para que nunca termine de empezar. Mujer que no llore por su país. Que ella misma sea un país y que habite. Mujer tuerca o perno. Mujer que me haga falta día y noche, como este día y esta noche que no termino de cantar. (…) Mujer sin distancias, sembradío de chiles verdes, rábano y papayas ( sobre todo papayas sus maduros senos como dos luciérnagas bajo la noche de abril ). Mujer que sepa a mar y mar que no termine en sus espaldas. Una mujer con un piano en los ojos y un testamento en blanco que no quiera firmar” (Páginas 78, 81, 88)
Rogelio Guedea
 
 No cabe duda alguna que Rogelio Guedea domina la gramática del microrrelato: títulos perfectamente elegidos que ejercen con eficacia su función de “dirección”; economía de medios, núcleos diegéticos explícitos o implícitos, textos sugerentes que le encomiendan al lector la tarea rellenar lagunas y elaborar su propia historia. Y una correcta geometría de las palabras para conseguir del lector el efecto pretendido. Por todo ello, Rogelio Guedea es ya una realidad consolidada de la actual literatura latinoamericana, del que sin embargo cabe esperar nuevos y exuberantes frutos.

Francisco Martínez Bouzas

viernes, 27 de abril de 2012

"EL ASIENTO DEL CONDUCTOR", UNA COMEDIA QUE SE TRANSFORMA EN THRILLER


El asiento del conductor
Muriel Spark
Traducción de Pepa Linares
Prólogo de Eduardo Lago
Contraseña Editorial, Zaragoza, 2011, 127 páginas.


Precedida de un buen prólogo de Eduardo Lago, que nos proporciona las claves biográficas y literarias de Muriel Spark, una escritora muy poco conocida en España, Contraseña Editorial pone  a disposición del lector una novela corta, cuya proteica y perturbadora trama se ajusta a las intenciones de la escritora escocesa:”aterrorizar deleitando”. Una rápida aproximación a la figura de Muriel Spark, permitirá hacer más familiar la figura de Muriel Sarah Camberg, que firmó su obra escrita con el apellido de su esposo. Nacida en Edimburgo de padre judío y madre anglicana en 1918, falleció en 2006, a los ochenta y ocho años en la localidad Toscana de Civitella della Chiana. Un año antes, vio la luz su última pieza literaria, The Finishing School , en la que retoma las obsesiones que impregnaron su literatura: la envidia y el proceloso mundo de los internados. En 1938 se casó y con su marido se afincó en Rodesia. Se divorcia a los siete años y regresa en 1944 a Londres donde trabajó en el contraespionaje británico de forma muy eficiente. Fue allí donde conocería a Graham Greene que le brindará su apoyo en un momento de profunda crisis  existencial y de salud. En la década de los setenta se trasladó a vivir a Italia que, desde entonces, se convierte en epicentro de su vida. Primero en Roma y al poco tiempo en la localidad Toscana, donde le sobrevino la muerte.
Su universo literario es inclasificable, debido a su diversidad temática, pero todo él, está tamizado por su tendencia a amalgamar lo trágico con lo cómico y lo grotesco. Entre sus obras más representativas cabe destacar La plenitud de la señorita Brodie (1961), The Finishing School (2004), Curriculum Vitae (1993) y por supuesto El asiento del conductor (1970). La mirada fría e intelectualizada de Muriel Spark pone en evidencia el lado más obscuro y absurdo del comportamiento humano, señala el prologuista Eduardo Lago. Sus novelas rebosan de acontecimientos y crímenes que la escritora narra en un tono indiferente y sin emitir juicios puritanos acerca del bien y del mal, porque es consciente de que Dios no pone orden ni justicia en el mundo narrativo. La omnisciencia divina nada tiene que ver con la omnisciencia ficticia de la novela.
El territorio narrativo en el que mejor se mueve Muriel Spark, es el de la media distancia, en la que una prosa rápida y precisa no deja nada sin diseccionar. El asiento del conductor es su perfecto paradigma. Una enigmática narración, cuyo final nada tiene que ver con lo preanunciado al comienzo, da cuenta de su competencia y nos introduce en esa casa encantada, ajustada definición de John Updike de la narrativa de Muriel Spark. Novela negra, rebosante de intriga y tensión que destroza las pautas canónicas del género y nos enfrenta con unos personajes perturbados y una trama inesperada, en la que la autora rompe las expectativas del lector con el que juega mediante con un intratable sentido del humor.
Es preciso dejar al margen nuestros conceptos tópicos de asesinos y víctimas, ya que en El asiento del conductor nada es lo que parece, hasta el punto de que la supuesta víctima, a la que percibimos como cebo propiciatorio de algún perturbado asesino, se metamorfosea a lo largo del relato de tal modo que, en la mente lectora, surge la convicción de que es ella la verdadera asesina. Una asesina que actúa de forma vicaria y, tras su deambular por la ciudad, encuentra al que resulta ser su verdugo.
La narración da comienzo de forma a la vez grotesca e hilarante. Iniciamos la lectura y nos quedamos boquiabiertos, al igual que los dependientes de la tienda que vende vestidos a prueba de manchas, ante el excéntrico comportamiento de Lise, la protagonista. Y para curar sus paranoias, su jefe la “obliga” a tomarse unas vacaciones. Embutida en vestidos psicodélicos, Lise, que sostiene no ser de ningún sitio en concreto, viaja al sur, un sur colorista y luminoso que tiene todos los indicios de ser el sur italiano.
Se ha iniciado la comedia preñada de un salvaje y sardónico sentido del humor. Así, por ejemplo, es antológica la escena de la seducción interactiva en el interior del avión entre Lise y el Iluminado Maestro macrobiótico que precisa un orgasmo diario como parte esencial de su dieta. Pero muy pronto el deleite de la farsa se transmuta en una historia de intriga y tensión, cuyo desenlace, en forma de asesinato en la penumbra de un parque, la autora no tiene reparo en revelar recién iniciado el relato de la trama. Mas nada es lo que parece y Lise no es la mujer desvalida, cosida a puñaladas por un maníaco sexual. Es ella la que ocupa el asiento del conductor, la que guía una historia, la verdadera criminal que encomienda  a otra persona la comisión de un asesinato, cuya victima será ella misma.
La comedia ha cambiado de rostro y se ha transformado en trhiller de una forma perturbadora. Y Muriel Spark ha sabido hacerlo combinando la amenidad, técnicas de entretenimiento y un estilo directo, claro y escueto. Un marco textual sutil, de fácil lectura para revelar el fondo perturbador e inquietante que se oculta en la novela. De este modo, Muriel Spark entra a formar parte de la nómina de los pocos autores que han sido capaces de anular las distancias entra las llamadas bajas y altas literaturas.

Francisco Martínez Bouzas



Muriel Spak


Fragmento

“(…)Lise desenfunda el abrecartas, comprueba el filo y la punta y comenta que no son muy cortantes, pero que servirán.
-No te olvides que es curvo.
Mira la funda grabada en su mano y, con indiferencia, deja que se le escurra entre los dedos.
-Cuando lo claves, cerciórate de tirar hacia arriba para que penetre bien.
Le hace una demostración con la muñeca.
-Te cogerán, pero te queda la ilusión de poder huir en el coche. Así que al
acabar no pierdas tiempo mirando lo que has hecho, lo que acabas de hacer.
Se tumba en la grava y coge el abrecartas.
-Antes átame las manos –dice, cruzando las muñecas-. Átalas con el pañuelo
Él le ata las manos y Lise le recuerda con voz apremiante e imperiosa que coja la corbata y le ate los tobillos.
-No –dice él, arrodillándose sobre ella- los tobillos, no.
-Nada de sexo..Puedes hacerlo después. Me atas los pies, me matas y se
acabó. Los que vengan por la mañana lo recogerán.
Pese a todo, se hunde en ella al mismo tiempo que levanta el abrecartas.
-Mátame –dice y repite ella en cuatro idiomas.
Cuando el cuchillo desciende hasta su garganta, lanza un grito. Es evidente que ha percibido has qué punto es definitivo el final. Grita y la garganta deja escapar un gorjeo cuando él la apuñala con un giro de la muñeca, siguiendo al pie de la letra las instrucciones. Después, clava donde le apetece, se levanta y contempla su obra”.

(Muriel Spark, El asiento del conductor, paginas 125-126)

jueves, 26 de abril de 2012

"GRUPO ABELIANO", UNA FICCIÓN TRANGRESORA DEL CONTRATO SOCIAL

grupo abeliano
Cid Cabido
Tradución de Sara Cid Cabido
Alianza Editorial, Madrid, 154 páginas
(LIBROS DE FONDO)


El lector que se acerca a los primeros párrafos de grupo abeliano, comprenderá de inmediato que en la novela de Cid Cabido acontecen cosas inauditas. Y si a continuación sigue leyendo y entra en el universo propio y singular e esta propuesta narrativa, en su atípica lógica, pacta con el autor y se mantiene fiel a la alianza, disfrutará con este libro como pocas veces habrá tenido ocasión de hacerlo. Su autor, Xosé Cid Cabido, o simplemente Cid Cabido es uno de los creadores de ficción más singulares del sistema literario gallego, padre del “Evidencialismo”, uno de los pocos movimientos literarios “made in Galicia”. Panificadora fue la primera novela evidencialista, “una novela evidencialista de clase”. De la misma forma grupo abeliano es preciso interpretarla dentro de las coordenadas del evidencialismo que no es ciertamente una colectánea de “paridas” , más o menos risibles, sino una forma de escritura que, subrayando de forma humorística y corrosiva lo que se oculta, tiene que ver con el desenmascaramiento social. Escritura por supuesto nutrida de evidencias de las que grupo abeliano es una excelente muestra, que debemos situar, en su plano diegético, en el universo propio de la novela y en la peculiar dialéctica narrativa de su autor.
Con relación a ese plano diegético, las 154 páginas de esta “novela larga de tipo breve” deberían producir en el lector una de las sensaciones más exultantes y divertidas que se pueden experimentar, como ya quedó apuntado. Este libro encierra en su mundo ficticio una historia revolucionaria, por ser absolutamente imprevisible, como diría Alain Badiou, y porque quebranta -y para colmo de forma exitosa y a la luz del día- nuestras convenciones sociales más sagradas. Una acción revolucionaria  y desconcertante, narrada en la bruma de una cierta incerteza y que tiene éxito sin que haya respuestas, como si los poderes establecidos quedasen paralizados ante tanto atrevimiento paradójico.
La trama argumental de la novela narra seis o siete días -tampoco esto queda claro- en la vida de un grupo definido por el anonimato e por la conmutatividad entre sus miembros.Seis o siete días vagando por las calles y durmiendo en cualquier cama prestada de una ciudad cualquiera y, como dije, actuando contra toda norma social. Se trata de un grupo indefinido, seis o siete hombres a los que alguna vez se les junta una rara lavandera, nombrados únicamente por la acción. En la novela, en efecto no hay nombres sino expresiones que remiten a acciones (“Aquel de nosotros que tiene el vicio de consumir cigarros puros”, “El de nosotros que destaca por su fuerza de convicción”…). En el interior del grupo funciona una solidariedad preconsciente e instrumental, especialmente a la hora de actuar, mas no como una forma de contestar el mundo de islas de la modernidad, porque en las acciones del grupo no existe ningún plan, se dejan llevar por la intuición. Todos andan al unísono sin haberse puesto de acuerdo, convencidos de que se puede sobrevivir sin programaciones previas, sin ninguna filosofía, excepto ciertas ideas de grupo afianzadas en las más diáfanas evidencias. Por ejemplo, que sin trabajar no se vive, pero hay mucha gente en el mundo que  lo pasa de maravilla sin dar un palo al aire; que comer de la basura da mucho trabajo, casi tanto como trabajar, o que atracar tiene sentido porque todo cuanto nos rodea, funciona sobre esa base.
Esta lógica atípica divertirá al lector, sobre todo al comprobar que el grupo obtiene excelentes resultados actuando con un cinismo inocente. Dos ejemplos: cogen “prestado” un coche de la policía y posteriormente les parece increíble que se puedan tergiversar de tal manera las cosas que les acusen de robo. Entran en un cine sin pagar -para relajarse con la máxima relajación- y le argumentan al portero que la cinta se iba a proyectar tanto si ellos entraban como si no. Sin embargo, protestan del mal estado del film en nombre de los consumidores, que tienen sus derechos, para eso pagan, pues, si solamente se quejan de las guerras los que las padecen, estas no terminarían nunca. La ficcionalización de este comportamiento tan marginal como insólito, concluye con un final surrealista, igualmente genial. Sucede una vez lo increíble porque el caos se convierte en esta novela en cosmos. El mundo no es coherente ni incoherente. Es una nube irreducible a la irracionalidad.
Para  comprender y gozar plenamente con las “proezas” de estos personajes anónimos, que tienen únicamente una identidad grupal, práxica y verdaderamente abeliana (son conmutables entre si), quizás es necesario situarse en un dominio de inteligibilidad de la realidad distinto del clásico, basado, por decirlo de alguna manera, en el principio de la causalidad lineal. En la narración de Cid Cabido funciona un tipo de dialógica en la que se integran recursivamente loe eventos aleatorios, el orden y el desorden. Por eso mismo grupo abeliano nos recuerda los universos del absurdo, mundos kafkianos pero al revés, sin que en el relato se deje de cuestionar, como quien no quiere la cosa o de forma explícita y combativa, los poderes establecidos, llámese Telefónica, las autopistas o el modo de producción capitalista.
Poco que observar con relación a los elementos estructurales y formales de la novela. Una estructura canónica, en absoluto compleja que se desarrolla de forma lineal en una secuencia diaria. Una curva descendente de “proezas”, como prólogo del clímax del final de la narración. Un registro lingüístico alejado de todo lirismo y artificio. Cid Cabido no describe, solamente narra. Pero en mi opinión, eso precisamente es lo que exige el corazón de la historia que nos quiere contar. ¿Cómo se va a detener el relato en la descripción de ambientes y personajes cuando, por definición, la trama novelesca sucede en una ciudad cualquiera, sin espacios privilegiados y sus héroes son seres anónimos que se definen únicamente por la acción. Con otra técnica y otros recursos grupo abeliano dejaría de ser lo que es: una novela insólita, transgresora, pero cautivadora.

Francisco Martínez Bouzas



Cid Cabido


Fragmentos

“Solicitamos audiencia con el gobernador y nos la concedió, no íbamos armados, de modo que fue muy fácil superar los controles de seguridad que había en el vestíbulo.(…)
Nos sentamos ante el escritorio del gobernador, rodeando su ángulo de visión en un semicírculo de radio variable; detrás de la puerta había gente armada, eso lo sabíamos. Tal vez reconoció a uno de nosotros, que es lo que se dice un chico de buenas familias, también contábamos con eso como tarjeta de presentación.(…)
El  primero en hablar fue uno de los nuestros, quiero decir que el gobernador no inició la conversación con cualquier frase hecha; nos quedamos un momento en silencio después de tomar todos asiento, reuniendo las sillas que había repartidas por el despacho, y de repente escuchamos la voz de alguien que dijo:
   Señor gobernador, qué le parece se abandona su puesto y lo deja todo en nuestras manos.
Él no reaccionó, en apariencia, se limitó a recostarse contra el respaldo del sillón al mismo tiempo que cruzaba las manos sobre el pecho y nos observaba uno a uno con mucha serenidad.(…)
Alguien de nosotros habló de nuevo:
   Señor gobernador, recoja sus cosas y váyase. Haga el favor, abandone el Gobierno.
No sucedió nada, pero al cabo de unos segundos respondió el gobernador:
   ¿Debo entender que tienen ustedes autoridad para destituirme?
   Por supuesto, dijo uno de nosotros, con firmeza, está usted destituido, querido amigo.
Se produjo entonces uno de esos largos paréntesis de tensión que un director de cine avezado aprovecharía para sacar el máximo partido a la capacidad interpretativa de sus actores. (…)
Finalmente, el gobernador inclinó la cabeza en un gesto leve, casi imperceptible, y los hombres se retiraron.
Empleó  poco más de una hora en recoger los bártulos y al despedirse nos rogó que si encontrábamos algo suyo tuviéramos la deferencia de enviárselo a casa”
…..
Llegamos a unos minicines y estuvimos dando un vistazo a la cartelera, que, la verdad, no nos resultó muy atractiva, pero al final como no teníamos ganas de estar sentados (…) decidimos entrar a ver la película que nos pareció  menos repugnante.
El pequeño inconveniente que se nos presentó fue que el portero del cine quiso impedirnos la entrada porque decía que primero había que pasar por taquilla y pagar siete u ocho entradas, a lo cual uno de nosotros respondió que sólo pretendíamos sentarnos con la máxima relajación (ese jacket de butaca) y ver una película que de todas formas iban a proyectar tanto si nosotros entrábamos como si no, y que así también ayudábamos a crear ambiente en el cine y que siendo como era día del espectador bien podían hacer una excepción. Finalmente accedió el portero a dejarnos entrar con la condición de que al menos durante los primeros quince minutos no ocupáramos ningún asiento fuera de la primera fila de butacas..Entonces lo que hicimos fue comprar palomitas de maíz y meternos en la sala a entumecer las piernas -quinta fila por supuesto-, por otra parte la película era tan mala que algunos de nosotros aprovechamos para descabezar un largo y profundo sueñecillo. Al terminar la sesión, la lavandera y el nuestro amigo -los únicos que la habían visto entera- nos comentaron que la película podía pasar(…) . Solamente se quejaban del efecto que producía en la vista permanecer atentos noventa minutos a una imagen que no dejaba de vibrar y además estaba muy desenfocada, así que al salir se lo comentamos al portero que nos remitió al maquinista (… ) le dijimos que por aquella vez podía pasar pero que en lo sucesivo se abstuviese de proyectar copias defectuosas, o con máquinas viejas o en mal estado, porque los consumidores tenían sus derechos, y que por eso pagaban. Esto último lo escuchó el portero y se acercó al grupo para decir que ya era el colmo que después de pasar gratis aún tuviésemos la cara de protestar, a lo cual uno de los nuestros respondió que protestábamos por nosotros y por cualquiera, tanto si había pagado como si no, porque la obligación de la empresa propietaria del cine era dar las películas en buenas condiciones, cosa que el portero acabó reconociendo pero añadió que tampoco era muy razonable por nuestra parte insistir en la queja cuando los que habían pagado no habían dicho ni mu, a lo cual respondió uno de nosotros que si únicamente se quejaban de las guerras los que las padecían así se explicaba que continuase habiendo guerras, y entonces el portero se retiró y no volvió  a decirnos nada”
…..
“Sois muy jóvenes, decía Xaquín (a él se lo parecíamos), y por eso no sabéis aún lo que queréis.
Suponiendo que lo supiéramos, dijo uno de nosotros, el que mejor especula y polemiza -losdemás nos callamos y permanecimos atentos a la evolución de la charla-, suponiendo que prefiriéramos no saber lo que queremos o incluso sin querer nada, ¿en que cambia eso las cosas?
Un hombre, dijo Xaquín, tiene que hacer algo en la vida. Xaquín  no estaba influido por las nuevas corrientes de igualación hombre-mujer en el habla, o simplemente no las conocía, y por eso decía hombre para refereirse en general a cualquier persona.
¿Por qué?, preguntó el nuestro
Porque si no hace nada es un inútil.
Por definición, creo que pensé yo
¿Y qué más da?, el nuestro
¿Qué más da ser un inútil?, pero si estáis en lo mejor de la vida ( Por un momento pensé que, gustándole tanto el vino, Xaquín diría «en la flor de la vida».) Yo, en cuarenta años, no hice otra cosa que trabajar, y no me daba pereza (…)
Trabajar hay que trabajar, dijo Helena
¿Pero por qué? El nuestro
Porque si no trabajas no comes, hijo
Nosotros comemos y no trabajamos
Porque trabajan vuestros padres, argumentó Helena (…)
Estuvimos dándole vueltas a lo mismo durante un buen rato. Y ninguno de nosotros, excepto el que polemiza, intervino demasiado en la conversación, porque todos coincidíamos con lo que él estaba diciendo. Sin trabajo no se vive, ¡pero hay tanta gente en el mundo que vive de maravilla sin trabajar! De manera que nosotros decidimos, por otra parte sin haberlo comentado ni mucho no poco, esperar a que todos trabajen para sumarnos. Mientras haya quien vive mal trabajando y quien vive como un rey sin dar golpe, somos partidarios de mantenernos a la expectativa”

(Cid Cabido, grupo abeliano, páginas, 11-13, 31-32, 101-103)