jueves, 21 de junio de 2012

HISTORIAS ERÓTICAS,: CUANDO EL DESASOSIEGO SE MEZCLA CON EL PLACER

Eso no
Marcelo Birmajer
Tusquets Editores, Barcelona, 219 páginas
(LIBROS DE FONDO)


En el mes de diciembre de 2003 Tusquets Editores sacaba a la luz Eso no, novela que el jurado del XXV Premio La Sonrisa Vertical había declarado finalista, a la vez que recomendaba su publicación. El jurado apreció en los relatos de Marcelo Birmajer (Buenos Aires, 1966) seis ejemplos paradigmáticos de literatura erótica, un terreno difícil y ciertamente pantanoso que admite opiniones encontradas, ya que no resulta fácil fijar las fronteras del erotismo, quizás el género más borroso y difícil de precisar. Para Vargas Llosa, por ejemplo, no existe literatura erótica, sino erotismo en grandes obras literarias y apela a dos piezas maestras donde eso acontece: La Celestina y Lolita de Nabokov. Otros escritores, entre los que me viene a la mente el nombre de Lola Beccaria, van mucho más allá. En declaraciones efectuadas cuando presentó su novela Una mujer desnuda manifestaba que es reaccionario etiquetar un libro como novela erótica. Para un jurado tan legendario como el de La Sonrisa Vertical, presidido por Luis García Berlanga desde su creación en 1977  hasta su suspensión en 2004, los buenos libros  susceptibles de hacerse merecedores del premio, han de reunir dos condiciones: tensión erótica y una satisfactoria elaboración literaria.
Ambos desafío y alguno más supera Marcelo Birmajer en esta su primera y única incursión en el controvertido género erótico. Nos brinda, en primer lugar, una obra en la que la sexualidad ocupa un espacio al menos tan importante como la trama: el relato detectivesco, el viaje en el tiempo propio de la ciencia ficción, la literatura de terror, la novela de espías, el diario íntimo y el cuento tradicional. Ese fue su reto: abordar en tono erótico algunos de estos géneros narrativos clásicos. En todos lo relatos anteriormente mencionados, que son los que componen el volumen, se centra además en un único tema erótico que tiene que ver con el lugar donde la espalda pierde su nombre. Birmajer supera esta prueba con una escritura rigurosa y de calidad literaria.
Eso no confirma sin duda a un escritor que desde hace tiempo suena como una de las grandes promesas consolidadas  de la más reciente literatura argentina. Mezcla de Woody Allen y Somerset Maughan,  es uno de los pocos narradores de su generación que se deja escuchar con voz singular. Una voz que, como en una de sus obras más conocidas, Historias de hombres casados, siempre consigue filtrar por medio de la intriga y del humor un buen contenido de preocupaciones recurrentes: los interrogantes acerca de la identidad, el irreversible paso del tiempo, la existencia de un lugar donde los valores morales cambian o desaparecen, la idea de que los acontecimientos actuales pueden alterar el pasado.
El escritor, para el que las restricciones funcionan como un motor creativo, piensa que en literatura resulta fundamental incomodar al lector, producir en él grandes desasosiegos.
Así pues, no escribe historias para representar a una generación ni para reflejar la realidad que atraviesa o coloniza su país. Ni siquiera para referir dramas históricos o conflictos personales. Escribe historias para inquietar, para producir esa extraña sensación de saber que en el período de tiempo en el que uno está leyendo, nada acontece y, sin embargo, al terminar la lectura, uno tiene la certeza de que algo sucedió en nuestro interior. Algo inexplicable y a la vez irreversible. He aquí el “darse” al lector de Marcelo Birmajer que se puede apreciar en estos relatos en los que el desasosiego se mezcla con el placer.

Francisco Martínez Bouzas



Marcelo Birmajer

Fragmentos

“Si bien es cierto que yo necesitaba atisbar los genitales del señor Tures, no era menos cierto que, por mi espejo secreto, al que ningún cliente tiene acceso, podría apreciar también las nalgas de mi nuevo y furtivo empleador. Tenía un culo redondo y lampiño. Siempre me había negado a las muchas ofertas para penetrar anos masculinos, pero debido al incremento de las mismas en los últimos meses, decidí que, de aceptar alguna vez semejante proposición -dado el cambio ontológico que significaría para mi vida-, elegiría el mejor culo que hombre alguno pueda proporcionarme. Pensaba hacerlo una sola vez, y esa debía ser, por única, la mejor comparada con todas las ofertas que me hiciesen. Reconozco que miré durante mucho más tiempo de lo que hubiera querido el culo casi femenino de mi pobre cliente, al punto que éste me llamó la atención, creyendo que me había distraído”

…..

“De todas las mentiras entre amantes, la del único amor es quizás la más efectiva, y perniciosa. Suele funcionar especialmente con las mujeres solas, sin marido ni novio, que pasan largas semanas sin follar, o follando sin escuchar una palabra de ternura. Ana Laura tenía treinta y nueve años, y era guapa, inteligente y, cuando quería, sensual. Hasta los treinta había preferido no comprometerse en ninguna de sus muchas relaciones, y después de los treinta había descubierto que ninguna de sus muchas relaciones quería comprometerse con ella. Los hombres la buscaban sólo una vez: no insistían si ella se negaba, y no la llamaban más que para follar en ocasiones. Ana Laura conocía los tonos de voz, y éstos indicaban: «Mi esposa está de viaje», «Mi novia está trabajando», «Estoy más solo que un faro», etcétera. Era una mujer suplente”.

(Marcelo Birmajer, Eso no, páginas 13, 133)

miércoles, 20 de junio de 2012

"TREN A PAKISTÁN",UN CLÁSICO DE LA LITERATURA INDIA

Tren a Pakistán
Khushwant Singh
Traducción: Marta Alcaraz
Libros del Asteroide, Barcelona 2011,246 páginas.

 

   Tren a Pakistán, una de las novedades editoriales con las que Libros del Asteroide inaugura el año 2011, surge de una experiencia. En agosto de 1947, poco antes de la partición del Indostán en dos estados independientes, India y Pakistán, Khushwant Singh, abogado en prácticas en Lahore, se dirigía a la residencia veraniega familiar, al pie del Himalaya. De pronto en una carretera controlada por los musulmanes y casi siempre vacía, se encontró con un jeep cargado de sijs, que, a voces y llenos de orgullo, le relataron como acababan de asesinar a todos los moradores de una aldea musulmana. Fue  a partir de esta experiencia y de otros testimonios como K. Singh decide escribir este clásico de la literatura india, publicado en inglés, la lengua franca del subcontinente.
   Tren a Pakistán es por supuesto ficción, pero ficción que se basa y se incrusta en la realidad histórica, en lo acaecido en el Indostán, en la colonia británica, en 1947: el terrible caos y la violencia provocados por la partición del territorio en dos países: un Pakistán musulmán y una India hindú. Lo que durante siglos había sido una convivencia pacífica entre hindúes, musulmanes y sijs de pronto estalló y se convirtió en una absoluta intolerancia que se extendió con la rapidez y virulencia del monzón. Los disturbios se multiplicaron generando oleadas de desconfianza en las tres comunidades, que se acusaban mutuamente de ser los causantes de los mismos. Millones de desplazados huyen de la muerte o son deportados a la fuerza. Y es el tren, una de las grandes imágenes icónicas de la India, el que servirá de medio para escapar de la barbarie y del horror. Pero hubo ocasiones en las que el tren se transformó en la máxima expresión del odio y del espanto: trenes cargados de musulmanes fueron asaltados por sijs, masacrando a todos sus ocupantes y enviándolo a su destino, Pakistán. Del otro lado, una respuesta igual de horrorosa y contundente: trenes cargados de sijs asesinados llegaban al territorio indio.
   Basándose en esta realidad histórica, Khushwant Singh crea un texto narrativo, inyectando ficción en la realidad histórica. Como marcador semántico que es, desde ese momento todo queda sometido a las leyes de la ficción. En rigor, pues, no es esta una novela histórica. La historia queda anulada es verdad, pero la trágica y a la vez hermosa historia que narra K. Singh, la ilustra bellamente.
   Quizás por eso el autor, en vez de narrar la partición del Indostán en términos políticos, focaliza su mirada e una remota aldea del Punjab, que todavía no se había visto contagiada por el miedo y la locura colectiva, profundizando en los acontecimientos locales y explorando sobre todo la dimensión humana de sus protagonistas, captando con aguda sensibilidad y describiendo con credibilidad todo el horror que en ese lugar perdido se producirá. Es la aldea de Mano Majra, anclada en la artificial frontera que divide  a los dos países. Sus habitantes viven a ritmo del tren que pauta sus actividades, sus sueños y despertares en pacífica convivencia. Así había sido siempre hasta ese fatídico verano del 47. En esa fecha, unos bandidos   (“dacoits”) asaltan la casa del prestamista al que roban y asesinan. Es el único hindú del pueblo, morador de una de las tres casas de ladrillo. El resto, musulmanes y sijs, viven sumergidos en la miseria A  partir de ese momento se desencadena la trama. Primero, la investigación policial y judicial por parte de los funcionarios locales, ineptos, corruptos y torturadores. Y un día, entre medianoche y el alba, arriba a la estación de Mano Majra un tren fantasmal proveniente del lado pakistaní, con un siniestro cargamento: miles de sijs asesinados. La aldea se convierte así en el cruce de caminos, de odios y en el paso del río que arrastra flotando hombres y mujeres bárbaramente destripados o mutilados.
Khushwant Singh
   Khushwant Singh, echando mano de una prosa suntuosa y envolvente y con un dominio perfecto del arte de la descripción detallada, entreteje con gran habilidad las peripecias individuales, enmarcándolas en este friso espantoso y demente. Y sobre todo nos acerca al lado humano de sus personajes, víctimas del incendio de la locura colectiva y de una estratificación social perniciosa, basada en las castas y en la religión, tal como nos muestra el siguiente párrafo: La India sufre de estreñimiento por haberse empachado de tantas tonterías. Tomemos como ejemplo la religión. Para los hindúes, significa poco más que las castas y las vacas protegidas. Para los musulmanes, circuncidarse y comer carne kosher. Para los sijs, llevar el pelo largo y odiar al musulmán. Para los cristianos, hinduismo con salacot. Para los farsi, adorar el fuego y alimentar a los buitres. La ética, lo que debería ser el meollo de cualquier código religioso, ha sido cuidadosamente eliminada” (página 230).

Francisco Martínez Bouzas

domingo, 17 de junio de 2012

LAS CINCO MUERTES DEL BARÓN AIRADO


Las cinco muertes del barón airado
Jorge Navarro
Seix Barral, Barcleona, 2011, 333 páginas.



Con Las cinco muertes del barón airado debuta Jorge Navarro en  la narrativa con mayúsculas, en la novela de formato largo y lo hace de la mano de una marca editorial de gran prestigio, la centenaria Seix Barral y en su colección emblemática: Biblioteca Breve. La novela, que comenzó siendo un relato con el que el autor obtuvo el premio literario Federico Muelas-Ciudad de Cuenca, reposaba en el cajón del escritor desde el año 1996. En aquellas fechas, Pere Gimferrer la descubrió, decidió publicarla, pero “los hados se torcieron” hasta 2009 en que definitivamente se enmendó su destino de novela impublicable.
Jorge Navarro agasaja al lector ante todo con una novela de intriga y ambientación costumbrista, que amalgama perfectamente historia y ficción, si bien con el predominio de esta última, en el turbulento final del siglo XIX barcelonés, un escenario literario privilegiado, entre dos acontecimientos que marcan fronteras: el atentado del Liceo contra el capitán general Martínez Campos y el crimen de Castelldefels. Es una época de grandes agitaciones, una época híbrida en la que conviven, en evidente disonancia, las viejas querencias de una sociedad cerrada, clasista, rebosante de temores ancestrales, odios, caciques que ejercen el poder, y lo nuevo, los nuevos fermentos generados o auspiciados por el sufragio universal, las ideologías revolucionarias, el progreso, la industrialización, el ferrocarril…
En esa precisa época (1893), sitúa Jorge Navarro una narración que pivota  entre la figura y avatares del gran protagonista de la historia, Amadeo Castellfullit y Rocafort, barón de Castellfullit, uno de los hombres más ricos y poderosos del país, personaje inventado, si bien apropiándose de ciertos rasgos, guiños y magnificencias del banquero Manuel Girona. Y el crimen de Castelldefels en el otro extremo de la narración
El barón de Castellfullit es el estereotipo de los prohombres de la rancia nobleza de la España decimonónica: prepotente, manipulador, megalómano. Par él la única ideología válida es la del dinero y el poder (página 33). Ante las autoridades eclesiásticas pasa por ser un hombre justo y virtuoso, porque sufragaba los gastos de la Iglesia. Pero su personalidad se construye sobre los cimientos de la hipocresía y la inmoralidad. Viaja a Madrid -así da comienzo la narración- con la intención de convencer a la Reina Regente y a los destacados miembros del poder y del partido conservador, de la necesidad de orquestar un golpe de fuerza (“La Gran Causa” eufemismo de una dictadura militar). Desde ese momento se convierte en un grave problema que es preciso eliminar. Pero son muchas más las personas, comenzando por su esposa, que le detestan. Todas tienen motivos para desear su muerte, que de hecho planean, aunque de forma ineficaz. En la órbita de este tirano soberbio actúan una serie de personajes de lo más variopinto. Algunos como su mujer Eulalia, Sofía Reina y el pintor Ramón Casas, coprotagonistas; otros, secundarios que se mueven en distintos  planos.
Audacia y mérito del narrador es sin duda unir, sin discordancias, esta historia ficticia con el crimen de Castelldefels, un hecho real que conmovió a la sociedad barcelonesa de entonces, causando perplejidad y estupor en la opinión pública, y que llevó al garrote vial a Joaquín Higueras / Figueras. El escritor conoce perfectamente los entresijos de este crimen y los del juicio posterior, por ser coautor del estudio El crimen de Castelldefels (1999). La novela desfigura ciertos datos, como el número de asesinados y el nombre de algunos personajes, pero, en general, es fiel a la realidad, hasta el punto de reproducir literariamente, con pequeños adornos, los discursos de los actores del juicio. Un jurado popular, manipulado por “la grandilocuencia y la chispa humorista” del Presidente del tribunal, apoyando siempre los argumentos del fiscal y burlándose de los de la defensa, condenó a muerte al inculpado, que sería ajusticiado poco después, vistiendo la misma hopa con la que fue ejecutado Santiago Salvador, el acusado del atentado del Liceo.
En la narración de este crimen y posterior juicio y ajusticiamiento del acusado se pone de relieve la hipócrita paradoja de la doble moral de la época: ciertos prohombres de aquel momento defienden y consideran aleccionadora la pena de muerte, mas, al mismo tiempo, pretenden liberarse del sentimiento de culpa, realizando súplicas humanitarias a las altas instancias de la nación.
La novela insiste en la repercusión expiatoria de Castellfullit, consciente de que se ejecuta a Higueras / Figueras para disimular errores cometidos; el más importante de todos, el hecho de que el barón siga vivo.
En el haber del debut de Jorge Navarro, subrayo desde mi punto de vista, su competencia para mantener la intriga a lo largo de más de trescientas páginas; la integración de un amplísimo número de personajes; su modulación hasta el punto de lograr personajes redondos, que evolucionan a lo largo del relato (son antológicos los del barón, su esposa Eulalia y el pintor Ramón Casas); el trabajo de documentación que le permite crear con gran verosimilitud escenarios, tiempos y, sobre todo, ese espacio costumbrista de la Barcelona finisecular. La audacia así mismo para atrasar o adelantar acontecimientos  históricos, justificable debido al carácter ficcional de una obra paradigmática desde el punto de vista de la inyección de elementos novelescos en los acontecimientos históricos. Son los “desmanes” que el escritor confiesa haber cometido, pero de los que no se arrepiente porque favorecen la “redondez” de la novela (página 332).
Y en el debe de Jorge Navarro mi lectura anota una cierta lentitud, premiosidad y sobreabundancia de detalles. Y, sobre todo, un final poco creíble: un barón airado y prepotente que, de pronto, cae del caballo y se impone una penitencia que se convertirá en venganza para toda su dinastía, no deja de ser una contrición inverosímil.

Francisco Martínez Bouzas



Jorge Navarro

Extracto

“El mayordomo la había aleccionado convenientemente la noche anterior: «Será el señor quien la desvista. Cuando el señor empiece a besarla, no tenga miedo, baje los ojos y déjese hacer todo los que el señor desee», le dijo levantando el dedo índice. «Mas un consejo le doy, señorita: no lleve nunca la iniciativa, ya  que al señor le gustan las mujeres pasivas y carentes de imaginación. La señora que me la ha recomendado afirma que usted es completamente inexperta en estas lides. Si eso es cierto y por la mañana resulta que se ha comportado como una chica obediente, se le recompensará con generosidad y se le volverá a llamar, téngalo en cuenta» (…)

   “-Es bien conocido por todos los presentes que el Excelentísimo señor Amadeo Castellfullit ha cumplido de manera espléndida el generoso ofrecimiento que le hiciera hace seis años en la silla catedralicia de construir a sus expensas la fachada de la catedral. Según los cálculos que obran en mi poder, la suma pagada hasta la fecha asciende a un millón de pesetas.
La cantidad expresada hizo que las exclamaciones de admiración llenaran  completamente el espacio de la sala. Murmuró el deán:
   -El barón es, sin duda alguna, un hombre bueno.
Musitó el canónigo magistral:
   -Un santo varón.
Manifestó con marcado acento de Vich, el chantre:
   -Un hombre justo como no los hay”

(Jorge Navarro, Las cinco muertes del barón airado, páginas 12, 59-60)

miércoles, 13 de junio de 2012

AMELIE NOTHOMB Y LOS CUERPOS OBESOS

Una forma de vida
Amélie Nothomb
Tradución de Sergi Pàmies
Editorial Anagrama, Barcelona, 2012, 146 páginas.


Es la novelista francesa menos francesa de todas las que utilizan el francés, pero sin duda alguna es la que más libros escribe al año: tres de los que publica uno, que acostumbra ser el más vendido en el país vecino. Escribe con ejemplar tenacidad, como víctima de una compulsión bulímica. Setenta y cinco libros desde sus comienzos en la escritura a los veintiún  años. De ellos se han publicado dieciocho. Ella misma cree estar habitada por el hálito de una “escritora serial” que la obliga a escribir con absoluta disciplina, a  un ritmo insostenible, todos los días del año. Se autodefine como grafómana, como una maniática de la escritura, ya que si no escribe se vuelve peligrosa.
Es Amélie Nothomb. La “sale gosse”, la chica mala de la literatura francesa se reveló en efecto en 1992 como un prodigio precoz con Higiene de l’assassin, una novela que vendió más de trescientos cincuenta mil ejemplares. Años más tarde, con Stupeur e tremblements (1999), la escritora, que tiene siempre al Japón como país de referencia, conquistó definitivamente su público. Cientos de miles de ejemplares editados y vendidos y el galardón del “Gran Pris” de la Academia francesa.
Autora de obras breves y a la vez refinadas, hoy en día Amélie Nothomb es una escritora muy popular, autora de culto para algunos y uno de los fenómenos más interesantes de las últimas décadas, porque sabe conectar con inaudita complicidad con las inquietudes de nuestra época. Las novelas de Amélie Nothomb -y Una forma de vida no es una excepción- acostumbran estar escritas alrededor de algunos de los temas que definen o agobian nuestro mundo contemporáneo, acontecimientos o hechos recientes y sus viejas y perennes obsesiones. Una de ellas tiene que ver con su propio cuerpo: fue anoréxica desde los trece hasta los veintiún años.
Amélie Nothomb es desde hace mucho tiempo epistológrafa, epistológrafa convertida en escritora y esta novela pone a prueba su talento epistolar y su destreza como narradora. Su hábito de responder a todas las misivas de sus lectores está en el origen de la trama que reproduce en la ficción de Una forma de vida.
Así mismo y como casi todas las obras de la narradora que suelen tener un fuerte componente autobiográfico, en esta novela, aún sin reproducir ficcionalmente su propia vida, se incluye a si misma como personaje principal, en una línea de autorreferencialidad del yo, con claras repercusiones en el plano enunciativo, ejercido por una narradora en primera persona cuyo nombre es precisamente Amélie Nothomb, novelista de profesión.
La novela, en efecto, da comienzo cuando la novelista Amélie Nothomb recibe y lee una carta de un soldado norteamericano, Melvin Mapple, destinado en Irak desde el inicio de la guerra. Ha leído todos los libros de la escritora e inician entre ambos un epistolario que nos descubre de inmediato la enfermedad que contraen no pocos soldados en el frente de batalla: no se trata de una vergonzante enfermedad venérea, sino de la obesidad. En los seis años de la contienda, Melvin Mapple ha engordado ciento treinta kilos. Él y otros como él comen y recomen para no morir. El lector accede a este epistolario y entra en un estado de shock porque la correspondencia perfila un relato alucinante: Melvin Mappale identifica su obesidad con Scherezade, con una hermosa mujer tumbada sobre su cuerpo, cuya suavidad de enamorada acaricia por las noches. Los soldados americanos obesos son en Irak a la vez la mejor diana y los saboteadores. Los mandos los colocan en primera línea porque son el mejor escudo humano y su presencia actúa de pararrayos (“los iraquíes pasan tanta hambre que nuestra obesidad constituye una provocación, nosotros somos los primeros a quienes desean borrar del mapa” (página 31).
Pero también se consideran saboteadores porque al ejército le salen caros: comen en cantidades espeluznantes, cada mes deben de cambiar de uniforme e igualmente en gastos de salud e incluso judiciales su factura es elevada porque son obesos por culpa de George W. Bush. La comida es pues como mejor sabotean al sistema.
El soldado Mapple  se siente culpable de lo que ha hecho en Irak, aunque no tiene la sensación de haber sido él, sino su obesidad, que es su obra: algo involuntario, pero que tiene un sentido: ser capaz de hincharse cada vez más, convertirse así, por insinuación de la escritora, en Body Art que exprese ante el mundo el horror de la guerra. Es la elocuencia de la obesidad, llevada al esperpento, que hace que el soldado Mapple alimente con su obesidad sus fantasías artísticas.
En el desenlace, el humor surrealista, la ironía brutal y grotesca del relato toma un giro inesperado y da la impresión de que es la escritora la que paga el pato. Mas no es así, simplemente porque el mitómano corresponsal convierte su infierno en otro infierno y en una “forma de vida”, ya que la correspondencia con la escritora garantizaba su historia y, gracias a ella, tuvo durante unos meses lo que antes nunca había tenido: dignidad.
Una novela para gozar hasta extremos difícilmente imaginables. Y también para meditar. Cavilar sobre el problema del cuerpo y su aceptación, sobre el Body Art, sobre el horror y el sinsentido de la guerra, sobre el papel del escritor en la sociedad. Y una reflexión sobre la escritura: ser escritora, para Amélie Nothomb significa buscar desesperadamente la puerta de salida.
Quizás la novela más metaficcional de Amélie Nothomb por su carácter autorreferencial, con una estructura epistolar que mezcla hábilmente reproducción de cartas con un relato en primera persona que las sutura y que recupera lo mejor de la escritora belga: la crítica soterrada y afilada, el humor a la vez grotesco e irónico que retrata de forma descarnada los rasgos y los tics de una sociedad cada día más alienada y enloquecida.

Francisco Martínez Bouzas


Amélie Nothomb

Fragmentos

“Somos los primeros en aborrecer la apelación de gordos, y entre nosotros nos llamamos los saboteadores. Nuestra obesidad constituye un fantástico y espectacular acto de sabotaje. Al ejército le costamos caros. Nuestra comida es barata, pero la consumimos en cantidades tan espeluznantes que la factura debe de ser considerable. Menos mal que paga el estado. En determinado momento, a consecuencia de una queja de la intendencia, los mandos intentaron hacer pagar a los que repetían. Tuvieron la mala suerte de intentarlo no con un buen muchacho sino con nuestro colega Bozo, el gordo más malo por excelencia. ¡La cara que puso Bozo cuando el guardián le entregó la factura!  No me crea sino quiere, Bozo se la hizo tragar. Y cuando se la hubo tragado, Bozo gritó: «Puedes estar contento. Si vuelves a hacerlo, te comeré a ti». Nunca más volvió a hablarse del tema”

…..

“Querida Amélie Nothomb:
Su carta me llega en el momento adecuado. Mi moral no puede estar más baja. Ayer nos enzarzamos en una discusión con los delegados del contingente. Fue durante la cena. Nosotros, los obesos, solemos juntarnos para comer: eso nos permite atracarnos sin complejos, entre nosotros y no tener que soportar miradas y comentarios desagradables. Cuando uno de los nuestros se excede atracándose más de la cuenta, le felicitamos con un comentario elogioso de cosecha propia: «That’s the spirit man!» Esta frase activa nuestra hilaridad, a saber por qué.
Anoche, sin duda debido a la falta de combates de estos últimos tiempos, los otros se sentaron alrededor de nuestra mesa con la intención de provocarnos:
- ¿Qué tal bolas de sebo, cómo os va?
Como empezaban con suavidad, no nos preocupamos, y respondimos con las banalidades habituales.
-¿Cómo os las apañáis para comer así siendo ya tan enormes? Con vuestras reservas, no deberíais tener hambre.
-Tenemos que alimentar nuestros kilos –dijo Plumpy.
-A mi me repugna veros comer así – lanzó uno de los atontados.
-Pues no mires –respondí.
-Sí, pero ¿cómo lo hago? Monopolizáis todo el campo visual. Ya nos gustaría contemplar algo distinto, pero siempre hay un gordinflón que nos lo impide”

(Amélie Nothomb, Unas forma de vida, paginas, 37-38, 44-46.

domingo, 10 de junio de 2012

"APUNTES DE MEDICINA INTERNA", LA MEMORIA PERDIDA Y LAS FALSAS APARIENCIAS

Apuntes de medicina interna
José Manuel de la Huerga
Menoscuarto Ediciones, Palencia, 2011, 198 páginas.


En cada familia suele esconderse un puzzle oculto o semioculto cuyas piezas no resulta fácil encajar, sobre todo cuando lo que salta a la vista es la historia oficial. La otra acostumbra ser invisible como la parte oculta del iceberg. Tal es el núcleo de la historia que el narrador José Manuel de la Huerga (1967) traslada a los lectores en este Apuntes de medicina interna, que en realidad nada o muy poco tienen que ver con la medicina sino con una historia familiar. Dos fechas (abril-octubre de 1993) jalonan temporalmente esta historia que el escritor nos ofrece en un relato sin fisuras.
En la primera de ellas un recién titulado en medicina se establece en una vieja casona familiar, en El Castril,, un pueblo costero de Cantabria. Acude allí con la excusa de preparar el examen del MIR. En realidad, sin embargo, solo desea estar al lado de una amiga de juventud, un amor adolescente, la chica del bar. Ella será una de las mujeres decisivas a través de las que se canaliza el relato, a la vez que, incluso sin pretenderlo, arrastra al recién titulado por paisajes inquietantes y estancias adúlteras. Y junto con su suegra enciende en él la chispa que le fuerza a investigar la vida del abuelo, eminente médico rural de la comarca.
El protagonista busca desde ese momento la hebra del pasado y, a través de la conversación con estas dos mujeres, irá descubriendo la versión oficial de la vida del abuelo, un médico de la montaña, de mineros y de pescadores y, que a pesar de ser afecto al Régimen, atendía en sus invernales a los enfermos o heridos del maquis que apenas aparecen en la novela, pero que cuando lo hacen actúan como elemento simbólico, como la balanza en la que contrastan su moral los miembros de la familia, y actúan de preanuncio de las falsas apariencias, de las realidades familiares escondidas en las sombras y que nadie quiere ni se atreve a destapar.
El encuentro con un hermano de su madre, la bestia negra de la familia, contagiado  con el Sida, comienza a poner en entredicho la sacrosanta biografía oficial del abuelo. Aparece entonces otra mujer, Sarah, que ayuda al protagonista a encauzar sus sentimientos y deseos y sobre todo esos apuntes familiares en los que se ha convertido su estudio del MIR. Será así como el protagonista comience a descubrir  la otra parte de la vida del abuelo, aquella que no aparece enmarcada en la orla de honor familiar. Su parte más íntima. La relacionada con las pasiones, la parte de cintura para abajo, que nadie quier ver porque puede enturbiar un expediente profesional y personal impoluto. Es la parte sumergida en la que entran las ausencias del hogar, la dejación de las funciones paternas y la callada afección al Régimen, que le permite auparse a las estructuras de poder.
Medio siglo pues de historia familiar en una operación de rastreo de la que surgen “héroes” de carne y hueso. “Héroes” familiares con luces y sombras y, sobre todo, con el cruce de ambas de las que sale a flote la historia extraoficial de la familia. La doble vida del abuelo, una infidelidad de dos décadas, los  tejemanejes y componendas con los poderes políticos para conseguir la dirección del Hospital Marqués de Pedreña.
La narración de José Manuel de la Huerta  avanza entrecruzando acontecimientos del presente del relato con recuerdos de la niñez. Un presente que mediante analépsis remite constantemente al propio pasado del protagonista, convirtiéndose así la novela no solo en un relato de la complejidad de las relaciones familiares y sobre las falsas apariencias, sino también en una novela de formación.
Relato que fluye pausado, sin fisuras, en un ritmo sereno, sin forzar nada y sirviéndose de un lenguaje cuidado y a la vez compresible con una plausible reproducción del habla coloquial dialectal de Cantabria, cuando intervienen personas del pueblo, que aclimata con autenticidad el relato al corazón de las montañas y marinas cántabras.

Francisco Martínez Bouzas


José Manuel de la Huerga

Fragmento

“Volví a la carga, le argumenté a Marieli que esa noticia era un bulo de El Castril, en todo pueblo tiene que haber una mentira que a fuerza de decirse se convierte en verdad. Me dio más datos, los mellizos no eran tales, mi abuela aprovechó la coincidencia de ambos embarazos, el suyo y el de Virucos, para hacer creer luego que los dos niños eran mellizos, nacidos dentro del matrimonio. Doña Tina supo de la infidelidad de su marido,  y en un calculado ejercicio de cinismo y rabia, se había quedado embarazada como último intento de mantener al esposo dentro del matrimonio. Creería que su marido se había apartado porque no le había dado ningún varón. Para que los trapos sucios se lavaran en casa, encerró a Virucos, cuando la preñez era evidente. Dormía en el cuarto de abajo, el que luego fuera de Edu. Y las dos mujeres embarazadas no salieron de casa hasta que hubo niños. Uno salió dañado, Edu, el legítimo, y otro, el bastardo, nació sin daño. Fue Berto. La noticia corrió como la pólvora, pero la abuela fue lista, no tuvo más que estar callada. La gente empezó a murmurar que el legítimo era Berto y Edu, el ilegítimo, un castigo de Dios. Para que todo quedara bien representado, Edu  fue enterrado en nicho aparte, y sólo con el apellido Rojo. Dice Marieli que incluso la abuela se lo terminó creyendo. Nunca miró para Edu. Había sido engendrado con miedo, como antídoto contra el alejamiento del esposo. También estaba marcado como ilegítimo, algo así como bastardo de pensamiento”

(José Manuel de la Huerga, Apuntes de medicina interna, páginas 168-169)

UN FASCISTA DE IZQUIERDAS CONTRA LA LLEGADA DE LA NOCHE

Guía de la kultura
Ezra Pound
Traducción de Luis Núñez Díaz
Presentación de Nicolás González Varela
Capitán Swing Libros, Madrid, 2011, 368 páginas.


Ezra Loomis Pound es uno de los grandes símbolos de la cultura del pasado siglo, una cultura que, en su caso, aúna tradición y modernidad, ingenio, lucidez y locura. Un símbolo plagado de interrogantes como tantos otros intelectuales que crecieron como pensadores o escritores en una época confusa, los años que trascurren entre las dos grandes guerras mundiales. Como Cioran, Heidegger, Céline, Mircea Eliade o Pessoa, abrazó con fascinación el fascismo. Sigue siendo una incógnita el hecho de que tantas mentes geniales se hicieran adictas o simpatizantes de la irracionalidad fascista precisamente durante ese período. Pero Ezra Pound, no lo olvidemos, furibundo antisemita, exaltado fascista, traidor a su patria y desequilibrado mental, es, al margen de adhesiones y rechazos que su persona pueda suscitar, una de las figuras literarias claves del siglo XX. Combatiente y propagandista de esa poesía “pegada al hueso”, limpia de florituras, profeta del verso libre, pero muy exigente tanto en su forma como en su contenido, como lo expresa en uno de los preceptos del manifiesto de su grupo: “Poetry must be as well written as prose”.
Ezra Pound, que pretendió ser el crítico universal de su época y el gran economista, dedujo de sus lecturas marxistas que el mal por excelencia de nuestra época era la usura a la que ataca de forma colérica en sus Cantos. No obstante llegó a la conclusión de que el héroe reformador de esa usura capitalista -sobre todo judía- era Mussolini. Para la crítica especializada, sus grandes obras poéticas, Cantos y Cantos pisanos, son productos excepcionales, marcadores de sentido. Para el lector normal, un armario revuelto, anclado en un hermetismo inconexo, nutrido de viejos tonos poéticos, referencias culturales, variadas intertextualidades, voces reales, ensayos de ideas.
En una obra poética como  la suya, repleta de oscuras ensoñaciones, es preciso leer sus apologías de la barbarie o sus vaticinios del derrumbamiento de la actual civilización (“Yo simplemente quiero otra civilización”), que hallamos en sus obras en prosa como ABC of Redding y Guide to Kulchur cuya versión española nos ofrece estos días Capitán Swing Libros.
En 1938, Ezra Pound miró en efecto a sus alrededor y lo que observó fue una “civilización averiada”. Su respuesta fue este libro inclasificable, pero con una clara misión: un grito contra el arribo de la noche. Un bramido que el escritor pretendió emitir desde un fascismo de “izquierdas”, desde la admiración por Mussolini, al que en este libro equipara frecuentemente con Confucio, una de las referencias orientales de su pensamiento.
Guía de la kultura es un anárquico libro de ensayo, muy rico en sus ideas e iluminaciones, pero carente de claridad interna, porque Ezra Pound  mezcla lo inmezclable: Mencio, Cioran, lo filósofos y líricos griegos, Joyce, Brancusi, Chaucer, Spinoza, Thomas Hardy, Confucio, Marx, Henry James… La lista se haría interminable. Genial en su inspiración y con fragmentos brillantes. Siempre hermético y a menudo airado, rinde pleitesía a la “kultur” alemana que da razón de su título en inglés: Guide to Kulchur. Es tal la falta de coherencia interna en el contenido del libro, que el mismo autor lo reconoce complacido: “el lector apresurado quizás diga que escribo esto en clave y que mi discurso simplemente salta de un punto a otro sin conexión ni secuencia. Y sin embargo, el discurso es completo. Todos los elementos están ahí y el más repugnante adicto a los crucigramas debería ser capaz de resolver este”
Ezra Pound
Guía de la kultura debería ser leído como puerta de entrada al sistema poundiano a los núcleos de su cartografía intelectual y también como un interesante y necesario poscripto a sus obra poética mayor, Cantos. Un “Novum Organum” al estilo baconiano ante una época llena de turbios presagios que anunciaban la inminente llegada de la noche, escrito desde un pathos radical, que nada tiene que ver con el narcisismo o el academicismo. Un mapa pues de carreteras, como reconocía el mismo Pound, diseñado con la intención de ayudar a alcanzar la cumbre a los que vengan detrás. Una obra, en definitiva, de difícil e incluso de imposible lectura, como decía Borges, pero de obligada lectura, ya que con ella la literatura universal toca las alturas más temerarias.

Francisco Martínez Bouzas

viernes, 8 de junio de 2012

"LA CASA DEL ARRAYAN": LA IMAGINACIÓN SIN LIMITES DE ROSY PALAU

La Casa del Arrayán
Rosy Palau
Editorial El Colegio de Sinaloa, Culiacán (México), 108 páginas.




Ante libros como esta colectánea de relatos de Rosy Palau,surge una pregunta primordial: ¿Por qué desconocidos peldaños somos capaces de ascender hasta esos hornos donde se quema una innominada lumbre que incendia nuestras noches de fantasía y que es siempre nueva, siempre se está renovando con llamas inéditas e inverosímiles?  Hay ocasiones en las que nos da la impresión de que ya todo está inventado, de que la creatividad ya no es capaz de brindarnos nuevos amaneceres,  capaces de sorprendernos con nuevos y esenciales resplandores. Este pequeño libro de prosas, fruto de la voz esencialmente poética de Rosy Palau, testimonia justamente lo contrario: que los manantiales del gran río de la fabulación no están agotados. Un poeta gallego, Luís Pimentel escribió en su día que la poesía es la gran verdad del mundo. Rosy Palau cree al contrario que la literatura es la más hermosa de las mentiras, aunque sus frutos surjan todos ellos de verdades emocionales, de los recuerdos de la infancia o de nuestros sueños de todos los días.
Con palabras ampliamente instruidas en la poesía que cultiva desde el año 1990, la autora nos fascina con sus colección de historias que posiblemente son mosaicos o absorciones de otras historias -lo es cualquier historia, si le hacemos caso a Julia Kristeva-, pero cuyo núcleo desencadenante fue mamado junto con las experiencias vitales de la escritora. Por eso las fantásticas imposturas plasmadas en este volumen de verdades emocionales y de recuerdos imaginados que surgen de la memoria, convierten la lectura de los relatos de Rosy Palau en una experiencia sumamente placentera.
Y así, acompañados por las almas que andan por ahí sueltas y que le hacen pena a la escritora, leemos los dieciséis relatos de La Casa del Arrayán. Somos espectadores, a través de la voz vicaria de la autora, de la llegada del circo venido de la China. Es el circo de las sombras que se presta a hacer su función con la Majei y el Manolo que hablan de casamiento. Escuchamos a la Lupita que se levanta de la tumba para que no sigan diciendo mentiras de que si estaba loca, que nació cuando las estrellas echaban chispas queriendo salir del cielo, que piensa que el amor no tiene mancha cuando es amor del bueno y después de la muerte le agarra el habladero y nos cuenta la promesa que la llevó al hoyo donde la tierra se junta con la tierra. También la cantinela del Dr. Singer: los fantasmas no son almas sin descanso de los muertos, sino los disfraces de nuestros deseos. Y cuando sorprende a Mercedes atravesar la pared de su cuarto, se da cuenta de que los deseos adquieren el poder de tener deseos. Y de nuevo a la Lupe que retorna en el cuento que rotula el libro para decirnos: “No se preocupes niña, al cabo todos estamos muertos” (página 63).
Y de esta guisa, dieciséis relatos, guiados por el mismo hilo conductor, excepto el titulado “Desde la luna”, una querencia de Rosy Palau, acrecentada en este caso por la intertextualidad. Historias nutridas en la tradición oral, núcleos diegéticos explícitamente anclados en es cultura mexicana en torno a  la muerte, en esa amalgama entre el aquí y el más allá que se complementan y que muchas veces confundimos con el surrealismo. Es esa sin duda lo que explica la cercana familiaridad  con los muertos en los relatos de Rosy Palau. “Los muertos ya sean alegóricos o reales de lo único que de verdad se mueren es del olvido”, piensa Rosy Palau. Y en esa interconexión entre los vivos y los muertos, cobija la narradora la mayoría de sus relatos, que nos llegan aderezados con una expresión de belleza y de colorido absorbida y expresada lingüísticamente.  Prosa muy sensual, lúbrica, cercana a la poesía y, a pesar de ello, my expresiva. Y con un plus añadido que yo siempre aplaudo: la presencia de los usos locales del español que son tan enriquecedores del idioma común. Una lengua exuberante, preñada de cromatismo, perfecto cauce expresivo para una imaginación sin límites

Francisco Martínez Bouzas



Rosy Palau

Fragmentos


“Con el sol brillante en la punta de los tabachines, los había visto venir. El carromato se abrió paso entre bolas de rama seca y ventarrones de polvo. Muñecos de trapo, bules, cazuelas, mecates enroscados, alborotaron el silencio al paso de las ruedas sobre los hoyos del camino. Ya en la entrada del pueblo, aminoraron la marcha y encendieron las bocinas. Un sonido de mil radios descompuestos sofocó la voz del anunciante, provocando que los que no estaban ahí, salieran de sus casas como si escaparan del fin del mundo. Luego se aclararon las palabras y todos pudieron entenderse. A las 5 del otro día, venido directamente de la China y aclamado por todas las naciones, el circo de las sombras daría su función”.

…..

“Me llamo Guadalupe y estoy aquí, levantada de la tumba, para que no sigan diciendo tantas mentiras, para que nadie crea esas historias de que si estaba loca, de que si andaba por las calles contando las bolitas del rosario por uno que me dejó vestida de matrimonio a las meras puertas de la iglesia. Si alguna locura me quieren achacar, es la de haber nacido ese día del eclipse en que todo se puso oscuro, como los ojos de aquellos que esperaban lo peor, esos ojos que más querían oír que ver, pegados a las paredes como los perros a las patas de los catres, deshilachándose en las sombras. A todo el espanto se le arrimó otro espanto, el de los gritos de mi madre que eran, dicen, un ventarrón que hacía temblar la lumbre de los braceros. La Dolores que salió corriendo a traer agua del patio, sólo abrió la boca para decir que por allá fuera echaban chispas las estrellas queriéndose salir del cielo. Luego, yo lloré de hambre bajo el sol entero, enterito como los mangos y la guayaba que colgaban de los árboles llenos de trapos rojos (…)
La casa siempre estuvo llena de mujeres prietas, mitoteras de querer lo que no les pertenecían. Les bastaba doblar la hoja de un tamal para armar un cuento. A mi me tenían envidia, se les veía de lejos porque yo era blanca, porque a mi me consentían hasta por no hacer nada y sin que nadie se los pidiera, se dieron a la tarea de medirme el ocio. –Se va a tullir, queriendo sacarle una canción al cacarear de las gallinas, murmuraban. Mi madre las dejaba decir y luego a las seis cerraba la tienda, tejía mis trenzas, me hacía en la frente la señal de la cruz y nos íbamos a la misa para que no nos ensuciaran los pecados”

(Rosy Palau, La Casa del Arrayán, páginas 13, 17-18)

jueves, 7 de junio de 2012

"LA OTRA MUJER", UNA NOVELA EMPROTRADA DENTRO DE OTRA NOVELA

La otra mujer
Roberto Ampuero
La otra orilla (Grupo Norma), Barcelona, 2011, 361 páginas.



Opina el escritor chileno Roberto Ampuero que cuando se acaba una dictadura como la chilena, resulta muy fácil contar historias a posteriori y crear héroes que lucharon contra ella. Es quizás la forma más trillada de bucear y recuperar la memoria histórica desde la literatura. Pero una forma no exenta frecuentemente de maniqueísmo y de cierta simplificación. Su manera de recuperar la memoria histórica de los años 70 y 80 chilenos, de acercarse a la tragedia colectiva del país donde nació, es indirecta y asentada además en las corrientes narrativas más experimentales y vanguardistas. No se pierde, sin embargo, Roberto Ampuero en artificios experimentales que, con frecuencia dificultan la lectura, ni renuncia a contarnos una trama argumental que atrapa al lector, como cualquier novela de enigma y tonalidad policiaca, aunque  en La otra mujer no existe ningún tipo de detectivismo en sentido riguroso.
Diré, para comenzar, que el tema de la novela no es trivial, pero sí  muy común y frecuente: la pareja moderna con sus amores, desamores, traiciones y celos. El desarrollo argumental, original y sumamente seductor.
La novela da comienzo con el viaje que realiza a Berlín, un profesor chileno, radicado en EE.UU. para impartir una conferencia. Al término de la misma, una mujer desconocida le entrega un manuscrito de una novela inédita e inconclusa, escrita por un desconocido escritor chileno, Benjamín Plá. El manuscrito se hallaba oculto bajo las tablas de un antiguo apartamento berlinés y está precedido de una nota inicial dirigido a una tal C. La novela hallada relata hechos supuestamente ficticios, pero con muchos visos de haber sido reales, acontecidos en la década de los 80 en Santiago de Chile y Valparaiso, en pleno régimen militar, El profesor, reacio al principio, acepta el manuscrito titulado “La otra mujer” e inmediatamente queda seducido por lo que lee: Isabel, una mujer  de clase alta, católica, cuya experiencia como chilena se reducía a ver el país desde la perspectiva de la élite (pagina 80), encuentra a su esposo muerto en la cama, al parecer, victima de una ataque cardíaco. Pero, al poco tiempo empieza a hallar indicios de una impensada infidelidad. Saber quién es esa otra mujer que ha compartido con su esposo en su propio lecho  matrimonial los últimos instantes de su vida, se convierte en una obsesión. Poco a poco, se desencadenan los acontecimientos que le permiten descubrir quién fue la amante, esa otra mujer a la que sigue y vigila con la intención de vengarse.
Es la novela de las pesquisas de Isabel, la novela dentro de la novela, porque paralelamente, el profesor se obsesiona a su vez por conocer si aquella novela es ficción o una realidad concreta, acontecida entre Santiago y Valparaíso, en medio de acontecimientos tenebrosos, responsabilidad de la represión de la dictadura. Un cuarto de siglo después de la historia de Isabel, explora, pues, el ámbito en el que se entreveran ficción y realidad. Para ello viajará a Chile y busca las huellas de la historia y, sobre todo, al misterioso autor de la misma, Benjamín Plá.
Roberto Ampuero mueve los hilos de su novela mediante una reduplicación especular, entre dos relatos paralelos. El primero, situado en el presente, se centra en el profesor y su interés, tanto académico como personal, en averiguar qué hay de verdad en ese manuscrito inconcluso, perdido durante años, una buena metáfora, según Ampuero, del tema de la memoria en Chile, que a veces es eclipsada y otras resurge con fuerza. Y dentro de este primer relato, la historia de las obsesiones de la mujer víctima de la infidelidad, que no se relacionan únicamente  con el engaño conyugal, sino también con las sombras del terror de los años 80 en Chile. Esta novela dentro de la novela es una clara muestra del nivel metadiegético de que hablaba Genette: un segundo grado de ficción, en mi opinión, con una función accional. Una novela, pues empotrada dentro de otra, una técnica narrativa que cuenta con ilustres precedentes (Juan Marsé, El embrujo de Shangai, Juan Carlos Onetti, La vida breve, Paul Auster, La noche del oráculo, Roberto Bolaño, 2666), entre otro. Recurso que el mismo Ampuero ya había abordado en Los amantes de Estocolmo. En La otra mujer desarrolla esta técnica novelesca de una forma mucho más consciente.
Resulta así mismo original el enfoque con el que Roberto Ampuero se sumerge en la memoria histórica de las décadas del terror en el Chile pinochetista. El escritor es consciente de que la guerra principal en el mundo se libra entre la amnesia y la memoria. A lo largo del desarrollo narrativo, la dictadura va haciendo acto de presencia  paulatinamente  a través de las alusiones al toque de queda y a los disparos en plena noche que escucha Isabel, para ella intranscendentes, porque es una ingenua respecto a lo que de verdad estaba ocurriendo en Chile. Pero, a medida que avanza en su investigación sobre la identidad de esa mujer y,  a pesar de que tratan de convencerla de que el mal y el bien van unidos como la luz y las tinieblas, comprenderá todo el horror de ese  período  obscuro de la reciente historia chilena. Y quedará desquiciada al enterarse de que los dedos de médico de su marido que eran capaces de salvar vidas humanas y hacerla gozar a ella, lo eran también, y al mismo tiempo, de conservar a personas para que pudieran resistir mejor la tortura y delatar a más personas. La gran novedad de la novela, bajo esta óptica, es que Ampuero desemboca en el horror de la dictadura de una forma indirecta y transversal: través de una historia de amores y de infidelidades.

Francisco Martínez Bouzas




Roberto Ampuero

Extracto

“Hablar con su suegro o sus amigos del alma lo consideraba ahora despilfarrar el tiempo, porque la existencia de ellos transcurría al margen de los temas que la agobiaban. No sólo eso, también habitaban un país diferente, que no sufría del mismo modo el toque de queda ni escuchaba con el mismo miedo las sirenas policiales ni temía el allanamiento intempestivo de sus casas por parte de los agentes, ni se veía obligado a buscar refugio nocturno bajo otros techos. Ella había abandonado para siempre ese país despreocupado, frívolo y próspero, protegido por los muros del poder, la riqueza y los abogados influyentes. Se había librado de él la clara mañana en que se había cortado el pelo como un muchacho y había comprado la indumentaria alternativa en un bazar del barrio del puerto”

(Roberto Ampuero, La otra mujer, paginas 253-254)

miércoles, 6 de junio de 2012

LA LITERATURA DE LOS HIJOS EN CHILE

Formas de volver a casa
Alejandro Zambra
Editorial Anagrama, Barcelona, 2011, 164 páginas.


Nacido en Santiago de Chile dos años después del golpe de estado de Pinochet, Alejandro Zambra pertenece a la generación de los hijos, la generación que vivió los años de la dictadura “escuchando” el silencio de los adultos. Como escritor, es uno de los narradores que, en el Chile actual, se interrogan sobre los miedos, la inocencia y la culpa y repasa la larga lista que da fe de lo que entonces, siendo niños, acontecía en el país andino. Un escritor pues que se viste con la ropa de los padres y se mira al espejo. Es su forma de recuperar, desde el presente, el pasado de los padres, de aquellos padres que sí participaron en política y se jugaron la vida y de aquellos otros que, por tibieza o por miedo, no participaron y, con ello apoyaron a la dictadura. Ya lo hizo en La vida privada de los árboles (2007), en donde un personaje recobra su infancia, y lo hace de forma mucho más explícita y contundente en Formas de volver a casa, que Anagrama acaba de editar en España y en Latinoamérica.
Formas de volver a casa es una novela enteramente chilena, lo cual no le priva de su correlato universal. Su traslación para el lector español o de cualquier otro país en el que las dictaduras se hayan sostenido por el miedo, la pasividad o esa reiterada apoliticidad de tantos ciudadanos, es obvia e inmediata. Un libro, pues, sobre Chile y sobre la generación del escritor, a la que el mismo llama la “literatura de los hijos”, que entraron en la edad adulta creyendo que la novela, la historia, las responsabilidades eran de los padres y que ellos nada tenían que contar. Pero para Alejandro Zambra es imprescindible esa literatura de los hijos, una mirada que haga frente a las versiones oficiales por parte de aquellos que, como el narrador, aprendieron a leer o escribir mientras sus padres se hacían cómplices o se convertían en víctimas o victimarios de la dictadura de Pinochet. Una mirada que no solo recuerde aquel pasado, sino que lo interprete, interpele y asuma, aunque para ello tenga que matar al padre, “enterrarlo en cal” como pretendían hacer, en sus manifiestos, los jóvenes poetas gallegos de finales de los 90.
En la senda de algún otro narrador chileno, su literatura de los hijos en Chile y su asunción  de la memoria histórica, no la ejecuta Alejandro Zambra contándonos resistencias de víctimas o la crueldad o el oprobio de los victimarios, sino con una mirada oblicua y transversal, mediante una historia cuya trama poco tiene que ver con aquellos horrores y sufrimientos, aunque, por omisión, desemboque en ellos.
En una breve sinopsis, cabe decir que Formas de volver a casa es la historia de una niña y de un niño, de sus peripecias y reencuentros. Ella, algo mayor y objeto de fascinación para el niño de nueve años, le pide que vigile a una cierta persona. Trabajo fácil y aburrido, o tal vez complejo, porque ignora exactamente el por qué y busca a ciegas. Veinte años más tarde, en el presente del Chile actual, se reencuentran y ahí se desvelan los motivos. Es entonces cuando el lector empieza a atar los cabos sueltos y comprende por qué durante la infancia los adultos les decían que no era bueno hablar de opciones políticas. Intuimos entonces el miedo, entendemos el por qué de los silencios y de las mentiras de los adultos.
Lo más llamativo, novedoso e interesante de Formas de volver a casa es la manera de abordar el hecho narrativo. Desde esa perspectiva, estamos ante un libro profundamente literario, que se estructura sobre la base de dos relatos paralelos, de dos historias contadas en cuatro tiempos. La historia inicial es la de la del niño y la niña, preocupados por sus labores de espionaje. En el capítulo segundo, plenamente metadiegético igual que el cuarto, hallamos la historia del narrador, un escritor que nos hace ver cómo la escritura de la novela influye en su existencia y en su relación de pareja. Es la “literatura de los padres”: el relator reflexiona sobre lo que ha contado en el primer capítulo, sobre si mismo y, poco a poco, va surgiendo en el relato la tragedia que vive Chile: los allanamientos, los muertos, esas cosas insondables y serias que los niños no podían saber ni comprender, obligados a vivir con pocas palabras y con el “no lo se” como respuesta universal. El tercer capítulo, la “literatura de los hijos”, es el reencuentro de los niños de los años 80, ahora adultos. Y es entonces cuando surge la mirada que hace frente a  las versiones oficiales, para abandonar aquellas verdades demasiado limpias. Por último, en el capítulo cuarto, el narrador reflexiona sobre el proceso y dificultades de creación de su libro en el día del triunfo electoral de Sebastián Piñera (“Entregamos plácida, cándidamente el país a Piñera y al Opus Dei y a los Legionarios de Cristo”, página 156).
Una vez más un escritor en su taller de escritura, sin abandonar del todo el taller de la vida presente y la de los años 80, en los que la muerte era totalmente invisible para los niños. Pero, desde ese taller, non hace llegar mensajes tan contundentes y elocuentes como estos: cualquiera frase es mejor que el silencio. El pasado nunca deja de doler. Formas de volver a casa entra de lleno en ese pasado, pero no para hablar de culpas o inocencias. Solo para iluminar algunos rincones.

Francisco Martínez Bouzas



Alejandro Zambra

Fragmento

“Lo dice para provocarme. Yo lo dejo hablar. Lo dejo decir unas cuantas frases rudimentarias y agrias. Nos han metido mano al bolsillo todos estos años, dice. Los de la Concertación son una manga de ladrones, dice. No le vendría mal a este país un poco de orden, dice. Y finalmente vine la frase temida y esperada, el límite que no puedo, que no voy a tolerar: Pinochet fue un dictador y todo eso, mató a alguna gente, pero al menos en ese tiempo había orden.
Lo miro a los ojos. En qué momento, pienso, en qué momento mi padre se convirtió en esto. ¿O siempre fue así?
Mi mamá no está de acuerdo con los que ha dicho mi padre. En realidad está más o menos de acuerdo, pero quiere hacer algo para evitar que la velada se arruine. Este mundo es mucho mejor, dice. Las cosas están bien. Y la Michelle lo hace lo mejor que puede.
No puedo evitar preguntarle a mi padre si en esos años era o no pinochetista. Se lo he preguntado cientos de veces, desde la adolescencia, es casi una pregunta retórica, pero él nunca lo ha admitido –por qué no admitirlo, pienso, por qué negarlo tantos años, por qué negarlo todavía.
Mi padre guarda un silencio hosco y profundo. Finalmente dice que no, que no era pinochetista, que aprendió desde niño que nadie iba a salvarlos.
¿A salvarnos de qué?
A salvarnos. A darnos de comer.
Pero usted tenía qué comer. Nosotros teníamos qué comer.
No se trata de eso, dice”

(Alejandro Zambra, Formas de volver a casa, páginas 129-130)