jueves, 19 de abril de 2012

FUGAS SIN DESTINO, POR TIERRA DE NADIE

Hoteles
Maximiliano Barrientos
Editorial Periférica, Cáceres, 2011, 126 páginas.



Por mucho que les duela a ciertos críticos, incapaces de comprender que el mundo se mueve, la literatura, sus rutas narrativas se renuevan constantemente. La literatura vivió y seguirá viviendo giros copernicanos. Hasta hace poco era ininteligible una novela en cuya trama apenas existiera acción, aventura externa, anécdotas. Hoy, en cambio, soplan nuevos vientos, renovadores vientos de cambio, que, en el caso de las letras hispánicas, nos llegan sobre todo del otro lado del océano. De Juan Tallón tomo prestadas unas palabras de Darío Villanueva que, de alguna manera, retratan lo que está sucediendo: “En los acontecimientos más vulgares llegan a producirse las auténticas revoluciones”.
Tal es el caso de la narrativa de Maximiliano Barrientos (Santa Cruz de la Sierra, Bolivia, 1979), uno de los escritores jóvenes más relevantes y, más que promesa, ya realidad de la nueva literatura latinoamericana. Editorial Periférica ha corregido y refundido sus dos primeros libros (Los daños, 2006 y Hoteles, 2007) en los volúmenes Fotos tuyas cuando empiezas a envejecer  y Hoteles, un texto breve, pero no carente de intensidad interna.
La narrativa de Hoteles, sin apoyarse en el fragmentarismo o sumergirse en la metaficción o en la autorreferencialidad, navega, sin embargo con la escritura posmoderna porque lo que en ella prima es la aventura psicológica y la captación y transcripción de la misma. M. Barrientos relata así mismo un mundo inconexo, incoherente, en el que nada cuadra. Un mundo como el que transitan tres de las voces de Hoteles, dos voces adultas y una infantil. Actores de cine porno los adultos huyen de su pasado intentando en vano volver a comenzar. Un Chrysler Imperial negro los lleva, junto a la niña, en una huida del propio pasado, como quien pretende escapar de si mismo. Un viaje donde el destino es lo que  menos importa, por carreteras idénticas, abrasadas por el sol y abrumadas entre paisajes inhóspitos, los paisajes de los países pobres (página 9) Y en esa huida, van  llegando y van partiendo a y de pueblos insignificantes. Un inacabable viaje-huida  sin destino en el que recuperan -ven- el pasado personal y familiar.
Un constante transitar, pues, de sitio en sitio, sin que importen los nombres de los pueblos y de las ciudades, idénticas entre si, como idénticos son los hoteles en los que se hospedan, hoteles con piscina. Hasta que llega un momento en el que ya no se hablan y ni siquiera tienen tiempo para preservar algo del pasado. Viajes pues con destino cero, solo como acto de desesperación.
A la par de sus voces, la de un director de documentales que nos sitúa en el presente en el de los actores porno y en su propio presente en el que también hay amores deseos, infidelidades, sentimientos, abandonos y nos hace reflexionar sobre cuánto puede habitar de estos personajes, cuyo paisaje es la carretera, en nosotros mismos.
Todo lo dicho podría hacer pensar al lector que estamos ante una “road-movie” a la americana. Sería, sin embargo, una interpretación errónea, porque los personajes de Hoteles no huyen de nadie. Se fugan sí, pero de si mismos y su constante circulación por carreteras desoladas, hoteles, bares, lavanderías… escenarios de tránsito, se convierten en la escritura de M. Barrientos en una gran metáfora de la vida, también tránsito y lugar árido y monótono, repleto de insatisfacciones, privaciones, sueños abortados, un gran vacío.
Se ha dicho que Maximiliano Barrientos es “un maestro de las imágenes profundas”. Imágenes que nos remiten, más que a la trama, a los personajes, al protagonismo interior de sus héroes o antihéroes. Y lo hace mediante una prosa rápida, concisa, desnuda de artificios y de emociones. Un leguaje preciso al que el escritor priva de protagonismo justamente para poder capturar las experiencias y emociones. Escritura, pues, directa, implacablemente visual, para meternos por los ojos el desarraigo que se disfraza tras esa fuga sin destino, transitando por una carretera que es siempre la misma, siempre vacía, habitada únicamente por el sol cegador y los parajes inhóspitos.

Francisco Martínez Bouzas



Extracto

“Carreteras, estaciones de servicio. Nos quedábamos sin combustible en mitad del camino y bajaba y llenaba el tanque con las reservas. El sol deterioraba la pintura del auto.
Perdía el conocimiento y luego volvía, igual que algunos recuerdos que había olvidado hacía años. Mi padre recopilaba madera por las tardes. Tenía un tatuaje de un barco en el brazo izquierdo. Sudaba mucho. Tenía cuatro años, lo veía desde la ventana. Mamá fumaba, leía revistas. Hablaba por teléfono.
Encontrábamos cadáveres de animales en el camino y Andrea me hacía detener el auto y bajaba a inspeccionarlos.
Olvidábamos los nombres de los pueblos y de las ciudades. Empezamos a quedarnos callados con más frecuencia, pasaban horas sin que abriésemos la boca. Andrea comenzó a hablar sola o con gente que inventaba. Abigail no le prestó mucha importancia.
Veía que agarraba el teléfono y no decía nada. Todos los pueblos se parecían, la mayoría de los hoteles tenían piscina. Me encerraba en la habitación o revisaba el motor del coche. Me masturbaba pensando en el paisaje: el color de la  carretera, la arena, el cielo sin nubes”
“Cruzamos paisajes desolados. Andrea duerme, Abigail lleva gafas negras. Escuchamos rancheras. Estoy al volante desde hace tres horas, bebo agua de tanto en tanto. Chocamos contra un caballo que aparece de la nada, damos vueltas, el mundo gira y el sol es un pedazo de cielo visto a través de un parabrisas destrozado”

(Maximiliano Barrientos, Hoteles, páginas 91-92, 96)

martes, 17 de abril de 2012

"NIÑOS FEROCES", VOLUNTARIOS PARA LA CATÁSTROFE


Niños feroces
Lorenzo Silva
Ediciones Destino, Barcelona, 2011, 395 páginas.


Si el lector se interroga por la naturaleza estructural de lo que acaba de leer, no cabe duda de que concluirá que Niños feroces es metanarrativa: la novela de una novela. En efecto, la dimensión metaficcional se hace presente de principio a fin en la misma arquitectura compositiva de la novela. Lázaro, un joven de casi veinticuatro años quiere ser escritor, aunque lo que escribe le parece siempre una pamplina y no consigue pasar de los doce folios. Por eso se apunta a un taller de narrativa. Pero allí nadie es capaz de hacer otra cosa que encadenar links porque han recibido un relato fragmentario de la realidad. No es ese el caso de Lázaro: lo que a él le hace falta es una buena historia. Su profesor le regala una. Y así se inicia una propuesta narrativa por la que se interna Lorenzo Silva que, echando mano de otro de los recursos de los postnarradores, el debilitamiento de las barreras entre los géneros, amalgama fuentes documentales, testimonios personales, ficción e intertextualidad. Todo ello para contarnos y hacernos reflexionar sobre el hecho de que siempre son los jóvenes los que van a la guerra y lo hacen en primera línea, por ideales, por dinero o por un permiso de residencia. Y asumen la hombría o la culpa, mientras otros, desde las poltronas del poder en retaguardia, toman las decisiones de enviarlos hacia el horror y se absuelven sin ningún remordimiento o recurren a versiones de misiones estrictamente humanitarias, contradichas por los hechos.
La novela está narrada en tres espacios históricos, los años cuarenta, el otoño del 89 y la actualidad y se desarrolla en varios espacios geográficos: el frente de Leningrado, la batalla de Krasny Bor, los Cárpatos rumanos, Postdam y finalmente Berlín, la defensa de Berlín, empuñando las armas contra los rusos en 1945. Como historias interconectadas aparecen otros hechos bélicos o reivindicativos: la guerra de Afganistán, la de Irak (Nayaf, Diwaniya) y el movimiento  de los Indignados del 15-M en la Puerta del Sol de Madrid.
Pero el hilo conductor de la novela es Jorge García Vallejo. Una cuenta familiar pendiente de la Guerra Civil española y una frase de Torrente Ballester adulatoria de José Antonio (“La revolución es la tarea de una resuelta minoría inasequible al desaliento”), marcan en su existencia un antes y un después. En el verano del 41 se una a la DEV (la División Azul) con un único objetivo: derrotar al comunismo. Y con el valor y el miedo en permanente conflicto, se hace hombre  en la cruenta batalla de Krasny Bor. Pero cuando España se retira de la guerra, se convierte en rebelde, en miembro de una unidad apátrida de la SS y con ella participa en diferentes batallas y finalmente en la defensa de Berlín. El ideal anticomunista le había convertido en un niño feroz, voluntario para la catástrofe, porque aquellos niños, como Jorge, quizás tenían conciencia del despropósito atroz del que formaban parte, pero su sentido de la lucha -la defensa de Europa y la indignación por la cobarde deserción de Franco- les hizo resistir hasta el final, hasta que Hitler se pega un tiro en la cabeza.
Niños feroces no es una novela de nazis o sobre nazis en la que son ellos los que nos hacen comulgar con su punto de vista o en la que aparecen retradaos sin más como los malos de la película. Es otra cosa. Un alegato contra el belicismo y una novela sobre la juventud empujada como peones al campo de batalla. Su energía, en vez de ser canalizada como motor de progreso y edificación de futuro, acaba siendo transformada en potencial de muerte y destrucción. Por eso al final de una novela que avanza mientras lo más mugriento de la Historia renace una y otra vez, se nos muestra la inapelable contradicción de los que, en plenitud de juicio, en circunstancias favorables, deciden la guerra y se absuelven sin remordimientos como Albert Speer y Tony Blair y aquellos que yerran desde la inmadurez o la ofuscación ideológica y aceptan en cambio su responsabilidad, como los jóvenes protagonistas de la novela o
Imbricados en el relato aparecen una serie de escritores, o mejor dicho, una determinada concepción de la literatura. Es el difícil magisterio de aquellos autores a través de los cuales se define Lorenzo Silva (Walter Benjamin, Kafka…) y referencias a actitudes, gestos y citas de otros escritores (Torrente Ballester, Edith Stein, Imre Kertesz. Jorge Semprún, Michael Herr, Marinetti…) oportunamente referidos. Las lúcidas cavilaciones bejaminianas, sobre todo, nutren la intertextualidad que forma parte de la esencia de este libro, así como los acontecimientos que tuvieron lugar durante el proceso de escritura. La novela finaliza, y no aleatoriamente, el 11 de junio del presente año, víspera del levantamiento de la acampada de los Indignados en la Puerta del Sol de Madrid, un atisbo de una juventud manipulada que se rebela y cuya energía se está trasladando a varios países. Jóvenes o ciudadanos no tan jóvenes -como los protagonistas de la novela-  que se resisten  en convertirse en partidarios de otro tipo de catástrofe que directamente nada o poco  tiene que ver con el militarismo, sino con las paradojas y mentiras sociales, políticas y económicas de los últimos años, la eterna catástrofe de los dominantes y de los dominados.

Francisco Martínez Bouzas



Fragmento

“-Mi primer contacto con el combate de verdad, ese en el que ves los ojos de enfrente -recordaba Jorge-, me descubrió su rostro aterrador, que no es el de la amenaza particular que pueda suponer el enemigo, sino la sensación de que en cualquier momento y desde cualquier lado puede venirte cualquier cosa. La capacidad que tiene que desarrollar el combatiente es la de convivir con esa sensación sin salir corriendo, o sin tirar el arma al suelo y dejarse matar a la primera ocasión. Lo que más te ayuda es haberte adiestrado en los movimientos más mecánicos, y concentrarte en ellos. Yo busqué, en medio de los rusos, el punto más denso, y allí, en una fracción de segundo, escogí mi primera víctima. Apreté el gatillo, lo vi caer. Y a partir de ahí seguí, uno tras otro, repitiendo la operación. Cerrojo, apuntar, fuego, cerrojo, apuntar, fuego…”

(Lorenzo Silva, Niños feroces, páginas 199-200)

sábado, 14 de abril de 2012

"SANTA MARÍA DE LAS FLORES NEGRAS", ÉPICA Y TRAGEDIA DE LOS SALITREROS PAMPINOS


Santa María de las flores negras
Hernán Rivera Letelier
Seix Barral, Buenos Aires, 238 páginas
(LIBROS DE FONDO)


 A Lidia Silva Gaete que me ha hecho llegar este libro                        desde el Sur del Mundo.


Santa María de las flores negras, una novela poco conocida en España, cierra lo que se ha llamado el “imaginario del salitre, un macrotexto literario que rescata la identidad pampina, surgida de la convivencia, a principios del pasado siglo, de los salitreros chilenos, peruanos y bolivianos,  bajo el yugo esclavizante del gringo (en esta caso oligarcas europeos, ingleses sobre todo), dando lugar a historias rebosantes de épica y finalmente a la mayor masacre cometida contra el proletariado. Su autor, Hernán Rivera Letelier, un icono en Chile, escritor autodidacta que ha vivido en propia carne experiencias similares a las que relata, porque en su niñez y preadolescencia experimentó las duras inclemencias de la pampa nortina chilena, así como la inhumana dureza de la vida de los trabajadores del caliche. Por eso mismo, confiesa Rivera Letelier, ahora que en España se ha comenzado a premiar su narrativa: “Basta con verme la cara para comprobar que no soy un intelectual…Mi rostro es la cartografía del desierto”.
Santa María de las flores negras es a la vez epopeya y tragedia y sobre todo un rescate del olvido de un hecho histórico al que es preciso remitir para entender la magnitud épica y trágica del relato de Rivera Letelier. La colonización española dejó profundas huellas en Latinoamérica, calvo de cultivo para la descolonización: la gran riqueza en materias primas de la mayoría de los países latinoamericanos fue explotada por el poder y el dinero de empresas extranjeras, a costa de una mano de obra barata y sumisa, que, sin embargo, luchaba por la supervivencia soñando con mejores condiciones de vida. Ese sueño comenzó a convertirse en reivindicación en la región pampina de Chile. Los trabajadores del salitre vivían en condiciones de semiesclavitud: jornadas de trabajo de catorce horas, en condiciones pavorosas, sin derecho a asistencia médica, sin medidas de seguridad, ni siquiera en los denominados cachuchos (zonas donde el salitre hierve a más de 100º C). Los trabajadores y sus familias vivían en casas propiedad de las empresas y eran remunerados con fichas que los obligaba a comprar en las pulperías de las mismas compañías u oficinas que vendían a un precio excesivo y lo que querían, sin tener en cuenta las necesidades del empleado.
Fueron estas precarias condiciones de vida las que actuaron de fuerza impulsora para organizar a los obreros, que empezaron a reclamar el pago del jornal a dieciocho peniques, la eliminación del sistema de fichas, cubrir los cachuchos para evitar los accidentes mortales y balanzas y varas de medir en las pulperías. A partir de diciembre de 1907, los trabajadores de las distintas oficinas calicheras pampinas se declararon en huelga y comenzaron a afluir a la ciudad portuaria de Iquique. Después de varias negociaciones, miles de trabajadores con sus mujeres e hijos son atrapados en la escuela Santa María. Hasta que el 21 de diciembre las tropas militares, al servicio de la oligarquía, iniciaron una salvaje matanza, asesinando a más de tres mil obreros.
Estos son los hechos históricos documentados sobre los que Rivera Letelier teje una  historia que nos sitúa en el corazón de esos sucesos teñidos por la épica y la tragedia de una masacre de miles de personas indefensas. Fueron más de diez mil personas, entre hombres, mujeres y niños, caminando deshidratados por el desierto -“sentíamos como si en vez de sangre nos corriera salitre ardiendo por las venas” (página 17)-. Es el gran río, esta vez árido y extenuante que brota del desierto, como ha escrito hace muy poco Jorge Edwards y que termina e un inmenso y espantoso drama.
Todo ello narrado desde el punto de vista de un viejo calichero, Olegario Santana, que nunca vio una mujer de verdad, pero que vive con dos jotes sobre las planchas de calamina de su mísera vivienda en medio del desierto y que se suma a la protesta pero sin creer que las cosas vayan a cambiar. Será él quien nos cuente la historia, como un calichero más, puesto ahí como anónimo testigo para registrar todos los detalles y convertirse en la memoria histórica de aquellos hechos.
La novela es la literaturización de aquella gran marcha, un gran sueño de unidad de una heroico y desarrapado tropel de seres humanos confluyendo, a través del desierto, hasta la ciudad de Iquique. Esa épica social, expresada frecuentemente con un “nosotros” comunal que emplea el narrador, al cantar el recorrido por el desierto y las horas y los días del conflicto colectivo, se amalgama con las historias de las experiencias vitales de los personajes de ficción, en las que sobresale un profundo sentido social y humano, pero también contradicciones, celos, rencillas y solidaridad. La solidaridad del hombre, quizás rudo y primitivo. También sus amores y desamores, algunos, especialmente el de la pareja de jóvenes Liria María e Idilio Montaño, descritos en clave quizás un tanto folletinesca, uno de los puntos débiles de la novela.
El narrador finalmente nos sitúa en el trágico desenlace en el que las ametralladoras del general Roberto Silva Renard acorralan y siegan las vidas de miles de seres humanos. También ambientes y escenarios de terror, en la culminación nefasta que el lector comienza a presagiar muy pronto, forman parte de una novela épica en la que no hay héroes individuales. El héroe es todo un pueblo, los hijos del salitre.
En la novela de Rivera Letelier, narrada con un lenguaje claro, directo, aunque muy rico en la terminología de la industria calichera y en el habla popular pampina del Gran Norte, están así mismo presentes el humor y el sarcasmo, referidos a veces de forma carnavalesca. Y sobre todo el espacio físico, las geografías austeras, desoladas pampinas, el sol, la sequedad. Así como la idiosincrasia de sus habitantes, seres escépticos y desengañados que consuelan su explotación y su miseria en los prostíbulos y en las cantinas. Y ¡como no!: tampoco faltan los símbolos: esos jotes carroñeros que han sido interpretados como agoreros de la muerte, pero que el autor quiere ver como emblemas de la explotación.

Francisco Martínez Bouzas


Hernán Rivera Letelier

Fragmentos

“Ya fuera del pueblo, en plena pampa rasa, siguiendo siempre la ruta de la línea del tren, iluminados por antorchas y chonchones de carburo, apuramos el paso animosos y llenos de esperanza por nuestro cometido. En realidad, nos parecía increíble la gran epopeya que estábamos viviendo. Y es que, de pronto, nos dábamos cuenta de que ya no éramos sólo un puñado de obreros de la oficina San Lorenzo, mendigando un aumento de salario al gringo de la cachimaba, sino que de la noche a la mañana, conformando una gran masa de gente soñadora, nos habíamos convertido en una especie de ejército salitrero libertador, en una épica y desharrapada caravana de hombres, mujeres y niños que atravesaban uno de los parajes más inclementes del mundo para exigir por sus justos derechos laborales”
…..

“-Soñar ya es luchar de alguna manera, don Olegario. Alguien dijo por ahí que todos los sueños son insurrectos.
-Es que usted no sabe, doña Gregoria, aquí nos pueden matar a todos como carneros.
-Se podrá matar al soñador, pero no al sueño- respondió ella con voz altiva”
…..

“Eran las tres y cuarenta y ocho minutos de la tarde del sábado 21 de diciembre -el viento del mar aún no comenzaba en Iquique- cuando el general Roberto Silva Renard, desde los alto de su cabalgadura blanca, bajó el brazo dando la orden de fuego.
Al instante, el piquete del O’Higgins hizo su primera descarga hacia la azotea de la escuela en donde, de pie, frente a la plaza, rodeados de banderas y estandarte, con la actitud serena de los que luchan por algo justo, permanecían unos treinta dirigentes del Comité Central. A la descarga de la fusilería varios de ellos cayeron sobre el tumulto que cubría la puerta y las rejas del patio exterior…Era tal la confianza nuestra y la de toda la gente respecto de que el ejército chileno jamás cometería el crimen de disparar sus armas sobre sus compatriotas indefensos, que mientras los de adelante, muchos con el cigarrillo humeante en los labios, caían perforados por los tiros de los fusileros, los de más atrás gritaban a voz en cuellos, convencidos sinceramente de sus palabras, que no había de que asustarse, hermanitos, que sólo eran balas de fogueo”
…..

“Mientras Olegario Santana camina en el apretujamiento tratando de amarrarse el pañuelo en la herida del hombro, y pensando que todo eso no puede ser real, un hombre joven que camina a su lado se ofrece a ayudarle. Mientras le ata el pañuelo, el hombre comienza  a hablar diciéndole que hay que grabar firme en la mollera cada detalle de los que está sucediendo; estarcirlo a fuego en la memoria. Que después los madamases van a querer echar tierra sobre la masacre horrenda, pero ahí estarán ellos entonces para contársela a sus hijos y a los hijos de sus hijos, para que estos a su vez se lo transmitan a las nuevas generaciones”

(Hernán Rivera Letelier, Santa María de las flores negras, páginas 39, 145-46, 215, 224)

miércoles, 11 de abril de 2012

"EL TEMBLOR DEL HÉROE", LA FALTA DE SUSTANCIA

El temblor del héroe
Álvaro Pombo
Ediciones Destino, Barcelona, 2012, 222 páginas



¿Puede ser la literatura ese territorio donde plantear los grandes asuntos que atarean o agobian al ser humano, tales como la traición, la culpa, el arrepentimiento, la cobardía o el mismo sentido de la existencia? Estamos ante una pregunta claramente retórica. Un personaje de Milan Kundera se servía de una sola arma para defenderse del mundo, de la zafiedad que le rodeaba: los libros que le prestaban en la biblioteca. Al igual que dicho personaje, la novela de Álvaro Pombo ganadora del Premio Nadal 2012, que profundiza en los mecanismos del engaño, en las consecuencias trágicas de pasar por el mundo resbalando, deslizándose sobre la superficie de la realidad, sin comprometerse con nada, es una nueva prueba de que la literatura es una infinita cosmografía en la que cabe todo, si detrás de la pluma que escribe está esa rara avis que es Álvaro Pombo con  su “poética del bien”. Álvaro Pombo, filósofo empedernido -esta novela es una prueba fehaciente-, contorsionista de las palabras, defensor de la libertad e inventor de tramas que encauza a través de un peculiar método literario, por él mismo bautizado como psicología-ficción, cuyo primer postulado es la falta de sustancia, abordado de forma magistral en esta novela.
Pombo es un creador superdotado, un creador pleno como lo definen los académicos, aunque quizás más para ser leído por escritores que por el gran público. Ya en 1992, cuando aún no estaban amasadas sus grandes obras (Donde las mujeres, La cuadratura del círculo, El cielo raro, Contra natura…) hubo críticos que catalogaron a Pombo junto con Javier Marías como los dos narradores más interesantes de los últimos veinte años. La lengua prodigiosa, mezcla de barroquismo, espontaneidad y capacidad inventiva de este genio que anda suelto (Jorge Herralde) hacen de Álvaro Pombo el mejor estilista, el gran fascinador verbal y uno de los grandes creadores contemporáneos en lengua española.
El temblor del héroe es una prueba sobreabundante de cuanto digo y confirma además la querencia del escritor por explorar en el interior de los universos humanos. Sin embargo, que nadie se confunda: El temblor del héroe no es una novela comercial, de consumo rápido. Se trata, al contrario de una pieza narrativa compleja, densa, rebosante de reflexiones y disquisiciones filosóficas, también de citas en latín y en otros idiomas, pero no una pieza obscura, sobre todo a medida que se avanza en la lectura. Tampoco experimental a pesar de algún que otro comentario metanarrativo de un narrador omnisciente.
Pombo, como ha escrito Ángel Basanta, solo se parece a Pombo, se ha especializado -y en esta novela lo hace de forma brillante- en la fabricación de estructuras narrativas penetradas de cultura, de ideas, combinando sabiamente reflexión, narración, descripción y diálogo, con la presencia de personajes complejos que el escritor explora en sus más ocultos recovecos y sinuosidades.
En una breve sinopsis argumental, cabe decir que la novela nos presenta de entrada a Román, un profesor universitario jubilado, invadido por la nostalgia de los días luminosos de la pedagogía en los que fascinaba a sus alumnos, inculcándoles el amor  a la sabiduría y estimulándoles para alcanzar una vida más noble y más alta. Todo aquello se evaporó de repente. Dos de ellos, sin embargo, una pareja de médicos, comparten su amistad y con ellos ha entablado complejas relaciones intelectuales y sentimentales. En un momento determinado, entra en su vida un joven periodista (Héctor), arrastrando una niñez de abuelos aturdidos por los hijos drogadictos y una adolescencia torturada por las violaciones de un pederasta (Bernardo), un ser demoníaco, una rémora vampiresca, que consigue así mismo incluirse en la vida de esta celebridad menor con perfil de Wikipedia.
Es  a partir de este momento cuando los fantasmas del pasado reaparecen a la vez que los mecanismos del engaño, la cobardía, la insensibilidad y la falta de compromiso para reaccionar ante el dolor ajeno provocan un trágico final en una novela cuyo núcleo diegético se reduce sin embargo a un trío con un conflicto amoroso no resuelto en un ambiente de relaciones homosexuales, amores líquidos y chaperos, con sentimientos de culpa y muchos vaivenes. Con vidas agobiadas por lo que el autor llama una razón aburridamente posmoderna: la falta de sustancia en seres incapaces de sustentar una ética autónoma, aletargados que pasan por la vida patinando, deslizándose, sin involucrase en nada más allá de lo que les dicta la cobardía.
Una novela con trasfondo turbulento, perturbador que se desarrolla en un burdo tiempo democrático y sin héroes, con un gran problema verbalizado en las palabras del profesor jubilado: no sentimos nada y por eso mismo somos insensibles ante el dolor y el sufrimiento ajenos. Y si alguna vez lo percibimos, la cobardía, la inacción o ese insustancial escurrirse por el mundo, nos impide comprometernos con los demás.
Novela pródiga de comentarios y digresiones filosóficas (el motor inmóvil aristotélico, el entendimiento agente medieval…), con citas y referencias de numerosos pensadores desde Platón a Roland Barthes, pasando sobre todo por Kierkegaard; con el uso de variados registros: un nivel culto sobreabundante en terminología filosófica y otro que se alimenta de jergas juveniles y de neologismos (por derivación y acronimia sobre todo) y expresiones de propia cosecha, sin que falte la barroca pedantería de alguna frase típicamente pombiana (“Tenía el don predigital del uso transtextual de los textos”, página 130)

Francisco Martínez Bouzas


Álvaro Pombo

Fragmentos

Román está en su sesión de meditación. Lleva años practicando. Hace la mayoría de los ejercicios muy automáticamente, con considerable perfección, elasticidad… pero puede hacerlo sin prestar atención o reflexionar. Esto no está bien. Hoy es uno de esos días. Puede desbaratarlo todo ahora mismo. Desbaratarse y desahuciarse. Y desea darse esta extremaunción, el descabello. No, no está muerto aún. Aún no es inane, pero le ronda la inanidad como una mosca cojonera. Recuerda las clases que él daba. Y cómo se fue adrede desligando de las relaciones.Fue debido todo a una elemental decencia de maestro, de profesor, rodeado de gente muy joven”
…..

“Una vez más, al hablar ahora con Héctor acerca de Bernardo, en estos nuevos términos amistosos, Román da vueltas a lo que ha dado en llamar, para su capote, el misterio de la víctima. Cómo es posible que Héctor, víctima de la violencia sexual de Bernardo cuando era un niño todavía, haya, en poco más de quince años, trasformado todo aquello en admiración y afecto  por su victimario. A Román no le ha convencido del todo la explicación que Héctor ha dado desde un principio, que le quería, que no tenía familia propia y que Bernardo hizo las veces de su familia, su madre, su padre, sus hermanos. La sexualidad no tenía ningún perfil específico, era parte de la ternura que los dos sentían el uno por el otro”
                                               …..

“- ¿De dónde has sacado ese dinero?
  -Se lo he sacado a un tío que me ligó la otra noche.
  -Déjate de bromas.
  -Es la verdad, no son bromas.
  -¿Qué le diste a cambio?
  - Lo normal, lo que suele venderse en estos casos: mi cuerpo. Fue agradable. Fue una experiencia agradable, me hubiera dado el dinero de cualquier manera, el pobre maricón, pero yo le garanticé la mercancía. Hice lo que me pidió, ¿te parece mal?
  -No te creo.
 - Dirás que no quieres creerme. Que si me creyeras tendrías que aceptar que he hecho lo correcto dentro de un mundo absurdo. Reconoce que eres tú quien más gana con mi chapa. No Bernardo, sino tú. Si yo no te hubiese traído los 1.600 euros, hubieras tenido que tomar una determinación, montarle un pleito a Bernardo, echarle de casa”
(…) – Esa pena tuya, Román, es desagradablemente buenista. ¿Qué quieres decir con que si fuera verdad te daría pena? ¿Te parece mal la prostitución masculina? ¿Te parece mal la prostitución en general?¿Crees que somos víctimas insalvables de un sistema económico salvaje, un antiquísimo sistema de compra-venta, que tiene sus encantos, dependiendo, claro está, del precio que se asigne cada cual? El mío, por cierto, es muy alto. En el alterne siempre se ha considerado que el alto alterne es menos puterío  que el bajo. ¿No vende la gente otras cosas? ¿Dónde está la degradación? Hay mucho paro, tío. Mejor puto que insolvente, digo yo”.
…..

“En el momento en que los dos se levantan tras apurar sus bebidas, Héctor se da cuenta de que ha cometido una gran equivocación. El bareto les amparaba: la comunidad gay, por artificial y absurda que parezca, les contenía, aunque solo fuera superficialmente, les alojaba en su seno equívoco, en su bienestar campechano, provinciano, minitransgresor  hoy en día, reasegurado, a diferencia de la calle y los automóviles de lujo y el dinero y el intercambio comercial entre viejos y jóvenes. Todo lo incalculable estaba fuera: the truth is out there. La verdad es interior como el tiempo. Héctor sabe que lo verdadero y lo falso intercambian papeles ahora en su conciencia: lo inauténtico y lo auténtico: el no poder creer que alguien le amaba (excepción hecha de Bernardo) y el creer a pie juntillas que cualquiera le amaba. Todo el mundo le deseaba aquella tarde de otoño a la salida del bareto de Chuecas: se sintió sin embargo, indeseado, el indeseado, el jovenzuelo equívoco, que jamás lograría distenderse y desanudarse y correr los 1.500 y hacer una marca razonable”

(Álvaro Pombo, El temblor del héroe, paginas 21, 109, 178-179,198)

martes, 10 de abril de 2012

"REINCIDENCIAS", LA DORMIDA MAREA DE ANA ROSA BUSTAMANTE


Reincidencias
Ana Rosa Bustamante
Ediciones Kultrún, Valdivia (Chile), 2011, 97 páginas.


Si es verdad lo que afirma Wallace Stevens de que el poeta “crea el mundo hacia el cual nos volvemos de manera incesante e inconsciente e insufla  vida  a las ficciones supremas sin las cuales seríamos incapaces de concebir el mundo”, entonces resulta claro que el trabajo escritural de poesía de Ana Rosa Bustamante es capaz de ayudarnos a contrarrestar el laberinto de la experiencia dada, su impasibilidad, presentándonos una vívida y luminosa experiencia de aquel. Las palabras de la poeta efectúan ese milagro. Por algo los poetas de este Finisterrae desde el que escribo, repiten que la poesía es la gran verdad y el gran milagro del mundo y Roland Barthes nunca cesó de pensar que la literatura crea la realidad de la palabra.
Un saludo pues a este libro por estas “reincidencias” de Ana Rosa Bustamante que, partiendo de una actitud abierta y liberadora, no solamente expresa la emoción, sino que la absorbe lingüísticamente. Un libro que nos llega en sazón, maduro, sutil o abiertamente combatiente, todo depende de gustos y lecturas. Combate por la memoria, por la recuperación de las voces del pasado. Afirmación de la diversidad como esencia de la vida, de la sabiduría y de los bríos femeninos, de la pasión, porque en los versos de Ana Rosa Bustamante hay una inusual geografía de intensidades emocionales.
Su trabajo escritural, cuyo hilo conductor, continuidad de sus dos libros anteriores (Nuestra Piel Ancha de Fuego, 2007, Vita Clamavi, 2009), es la representación de de la visión femenina en sus múltiples formas de estar en el mundo. La mujer, sobre todo, como icono de fuerza y de voluntad, una condición heredada quizás por sus genes y de los mitos de la tierra dura e inhóspita del desierto de Atacama que acompañó sus primeros soplos de vida. La mujer, así mismo, plena de sensualidad florida y de erotismo, impronta, se me ocurre, de una geografía y de una cultura de litoral, mecida de ebriedad marina y de los febriles aguaceros de la ciudad de Valdivia, que se repiten trescientos días al año y todos los años. En la poesía de Ana Rosa Bustamante se capta la pertenencia a un lugar, o mejor dicho su sentir esa pertenencia con el valor sacramental con el que antiguamente se vivía el paisaje, preñado de signos que implicaban un sistema de la realidad que transcendía las realidades visibles.
En los versos de Ana Rosa Bustamante se halla toda la sensualidad del mundo y se expresa en la voz de la mujer a la que le han exigido multiplicidad de roles adscritos o adquiridos: la mujer-madre, la mujer-ternura, la mujer-lucha, la mujer-objeto de deseo, la mujer-sometida. Un mujer, sin embargo, que se rebela, que renuncia a permanecer recluida, a la espera, tejiendo y destejiendo, cual Penélope odiseica, y grita y se impone, porque hoy su signo y su futuro es navegar, en esa “mar ancha perla / desvestida y sola / soy su dormida marea / pero mi sangre se agolpa como esa loba / voluptuosa espuma / desnuda bajo la sombra”.
Convencido de que esta es la substancia que enciende el fuego lírico de Ana Rosa Bustamante, recorro sus versos, versos de un buen nivel sostenido y algunos ciertamente luminosos y muy sensoriales: esa amada estatua que en la senectud ya no encontramos; el murciélago invitado a mi quimera, su nido reseco en el que nos quedamos a vivir. Los poemas indómitos de la segunda parte con textos marcados en femenino. O las estrofas, testimonios del miedo y del pavor, de la tercera, una recuperación de la mujer ultrajada de todos los siglos y de todos los territorios. La mujer que también incuba deseos y fuegos y sueños de esa cuarta parte rotulada precisamente así: “Erotismo”.
Se me ocurre apelar a Proust y traer a cuento a Deleuze para ponerle el broche a esta lectura del poemario de Ana Rosa Bustamante: ella, como poeta, inventa dentro de una lengua nueva…extrae nuevas estructuras gramaticales y sintácticas. Saca a la lengua de los caminos trillados y la hace delirar. Es una vidente, una colorista y un músico porque sabe explotar la música propia de la escritura y los efectos de colores y sonoridades que se elevan por encima de las palabras (Gilles Deleuze, Crítica y clínica, página 9)

Francisco Martínez Bouzas




Poemas de Reincidencias

MEDIANOCHE

“Engalanada gocé las serpentinas como luna
en las lluvias
así mujer,
nublé los días siguientes y que nadie supiera
la rivalidad de estos huesos
con lo de otra sus huesos;
la fortaleza de incluirla madre dulce clara de sus hijos,
yo la golfa que enhebra una historia a más historias
no privé a la berma de la noche azul de su presencia
ni de los caminos retiré las piedras,
tantos baches placenteros,
porque entre la paja de una acera y los bosques del
cemento
bebí en las fuentes bebí rotunda y sinvergüenza
a pesar de las miserias
de las inertes,
de las señoras.”

IMPUNIDAD

“Así me dijo: ábrete como el loto
en la laguna
para sacarte el barro,
abre las piernas
como los pollitos en la cocina
antes de ponerlos al horno:
mis pies marcaban los hemisferios
donde el jote
escapó en mi volantín,
la calle que nunca veía las lluvias se quedó
en mis zapatos,
mis calcetines volaban en el cielo
y la sombra gemía
entre los alborotados árboles
sus dedos me enfriaban bajo la ropa
yo sentía su rasguño.
El silencio inmenso de la casa
mugía en mis sienes
las baratas arañaban los rincones
que guardarían los secretos
y la sangre usurpadora,
el impostor del dulce cuerpo
del pequeño cuerpo
se quedó en mi niñez
y yo
rompiendo caracoles
así,
cuando los machaco
esa baba escurre
y en mi oído
un resuello.”

(Ana Rosa Bustamante, Reincidencias, páginas 23 y 56)

jueves, 5 de abril de 2012

CONTRA LA AMNISTIA DE CONCIENCIAS

Los hermanos Himmler.
Historia de una familia alemana
Katrin Himmler
Traducción de Richard Gross
Libros del Silencio, Barcelona, 2011, 406 páginas.


Si algo pretende ser este libro escrito por una nieta de Ernst Himmler, sobrina nieta por consiguiente del jefe de las SS y creador de los campos de concentración y exterminio del Tercer Reich, Heinrich Himmler, es luchar contra el impenetrable telón de silencios que cayó sobre Alemania a partir de 1945. Una cortina de mutismo que envolvió a su propia familia, de la que formaban parte viva un pretendido olvido y burdas y groseras mentiras con las que pretendían pasar página y amnistiar las conciencias de los que perpetraron la barbarie o la  de sus descendientes.
A Katrin Himmler la delataba su apellido familiar, pero durante su infancia, adolescencia y juventud recibió de sus familiares una información parcial y sesgada sobre las implicaciones y responsabilidades familiares en el exterminio de millones de personas. El nombre del verdugo de las SS era una especie de salvoconducto expiatorio para el resto del clan familiar. Él había sido el gran culpable, el responsable del holocausto, quedando así condonado el débito de otros parientes cercanos. Las inmensas responsabilidades históricas del hermano más conocido, Heinrich Himmler, actuaba como escudo protector que convertía en hechos insignificantes la colaboración y el apoyo a esa inmensa barbarie de sus otros hermanos.
Pero un día, a petición de su padre, Katrin Himmler comenzó a hurgar en los secretos familiares y lo que halló en los archivos oficiales echaba por tierra esa absolución de conciencia en la que se creían a salvo los descendientes de los tres hermanos Himmler. Buceando en documentación inédita, tanto oficial como privada, la autora de Los hermanos Himmler. Historia de una familia alemana dinamita completamente el mito familiar de que los parientes ignoraban las actividades asesinas y exterminadoras.
Katrin Himmler se identificó desde joven con las víctimas y se avergonzaba de su apellido. Jamás dudó en calificar a su tío abuelo como el “asesino del siglo”, pero en este libro lleva a extremos inusitados la catarsis familiar: su abuelo Ernst y su hermano Gebhard se habían afiliado tempranamente al partido nazi y a las SS, habían  sido nazis entusiastas y cómplices de Heinrich Himmler. Además toda la familia había disfrutado de las ventajas y privilegios que se derivaban de la condición de reichführer (jefe supremo) de Heinrich, como por ejemplo, casas requisadas a polacos o muchachas de servicio, trabajadoras forzadas.
Este libro testimonio analiza la historia familiar y está escrito por una historiadora profesional que se enfrenta a la historia familiar desde dentro, derribando tabúes, reflexionando y no ocultado su dolor cuando se entera de muchos de los dramas familiares: el abuelo que muere en la huida de la capital alemana mordiendo la cápsula de veneno que llevaba escondida en la boca, la abuela que simpatizaba con los criminales de guerra nazis, a los que, al igual que a ella misma, consideraba víctimas y no verdugos. Katrin Himmler nos retrotrae hasta el patriarca del clan, Gebhard Himmler, un pedagogo riguroso, que educó a sus hijos en los ideales de la realeza bávara y en el rigor vital como máxima virtud, haciéndoles soñar con delirios de grandeza. La exaltación patriótica movió a los hijos a ingresar en asociaciones paramilitares que decidieron su destino en los negros años treinta en Alemania. La burocracia nazi les permitirá medrar, llegando a ocupar puestos privilegiados y asumiendo responsabilidades criminales dentro del nacionalsocialismo.
Libro, sobre todo sincero, escrito por una mujer que, en un momento de su vida, siente la urgencia de aproximarse a la historia para explicarse a si misma. Y libro así mismo que pone al descubierto la profunda implicación de una buena parte de la población alemana en los crímenes del nazismo. La narración biográfica familiar, rompiendo tabúes, emprendida por los nietos de aquellos criminales, son viajes de descubrimiento en las cavernas familiares, transitados a base de un gran valor personal y de un insoslayable deseo de lucha contra la amnistía de la conciencia, cuando la vecindad con los crímenes forma parte de tu propia historia.

Francisco Martínez Bouzas



Katrin Himmler
Fragmentos

“Tenía yo quince años cuando, en clase de Historia, uno de mis compañeros de curso me preguntó si yo era pariente «de ese Himmler». Asentí, con un nudo en la garganta. En el aula se hizo un silencio de piedra. Todos se quedaron intrigados y  a la espera. Pero la profesora se puso nerviosa y continuó como si no hubiera pasado nada. Desperdició una oportunidad para hacer comprender a quienes hemos nacido después de la guerra lo que aún nos unía a esas «viejas historias».
Por lo que  a mí se refiere, eludí tal pregunta durante mucho tiempo. Sabía bastante sobre Heinrich Himmler, mi tío abuelo. Conocía muy bien al «asesino del siglo», responsable del exterminio de los judíos europeos y de la matanza de millones de personas más…Consternada y desecha en lágrimas, leía sobre el levantamiento fallido de quienes resistían el gueto de Varsovia, sobre las peripecias de los exiliados y sobre niños escondidos que luchaban por sobrevivir. Me identificaba con el destino de quienes sufrieron la persecución, me avergonzaba de mi apellido y a menudo sentía una culpabilidad agobiante e inexplicable…Sin embargo, siempre evité celosamente afrontar el pasado de mi propia familia”
…..

“De acuerdo con las «costumbres germánicas» Heinrich Himmler estaba convencido de que los hombres «racialmente intachables» de las SS tenían que tener derecho a una segunda mujer. Según afirmó su paramédico Felix Kersten, consideraba que la «monogamia» era «una obra satánica» de la Iglesia católica que había que abolir. Juzgaba «intolerable» que un hombre normal pasara toda la vida con la misma mujer. Además, confiaba en que «con la bigamia, cada una de las mujeres sería un acicate para la otra» y que la competencia disuadiría a la primera mujer de «sacar las uñas». Para compensar, a esta debería dignificársela con el título de domina, que le otorgaría ciertas prerrogativas frente a la segunda.
También Hitler y otros miembros del partido reflexionaron sobre la «bigamia», aunque la planteaban para el futuro y movidos, sobre todo, por la preocupación de que el gran número de «héroes» caídos  dejara a muchas mujeres sin hombres y al Reich sin hijos. En cambio, Himmler y otros jefes de las SS no querían esperar hasta después de la guerra. La comunidad de clanes de la SS practicaba su propio estilo de vida, que se desmarcaba deliberadamente de las normas sociales vigentes. Y parece que muchas de sus mujeres aceptaron tener que compartir el marido con otra. Posiblemente consideraran que permanecer en la elite del «imperio germánico» que estaba por venir era suficiente compensación”

(Katrin Himmler, Los hermanos Himmler. Historia de una familia alemana, páginas 15-16, 284-285)

martes, 3 de abril de 2012

"LOS LIVING", UN ESPERPENTO SURREALISTA EN UNA TURBULENTA ARGENTINA


Los Living
Martín Caparrós
Editorial Anagrama, Barcelona, 2011, 430 páginas.


Una vez más un escritor latinoamericano se hizo merecedor del Premio Herralde de Novela en su vigésima novena adición. En efecto, un narrador ya consagrado, Martín Caparrós (Buenos Aires, 1957) con la novela Los Living, una propuesta narrativa ambiciosa y brillante, un texto profundamente argentino, mas a la vez universal, fue el ganador de uno de los más selectos certámenes de narrativa en lengua española.
Los Living, un proyecto narrativo consolidado, es muchas cosas a la vez: novela de formación, novela picaresca y de humor negro desde la primera página hasta la última, excepción hecha de esas páginas que el narrador nos regala a modo de epílogo y que alguien puede leer a la vez en clave fantástica o como una inmensa sátira y disparate surrealista. Y al mismo tiempo, una continua presencia y connivencia con la muerte. Y todo esto reflejado en la Argentina turbulenta de las tres últimas décadas del pasado siglo.
La novela, relatada en primera persona, apunta de una manera y acaba de otra. Comienza con el nacimiento del protagonista, Nito Remondo, en julio de 1974, el mismo día en el que se produce la gran muerte, la muerte del siglo, la de Juan Domingo Perón. De ahí el nombre, Juan Domingo, con el que le bautiza su padre, una venganza, un “chiste torcido” contra el General. Durante su niñez y adolescencia Nito sufre la pérdida de dos seres queridos: su padre y su abuelo. Desde entonces se siente cada vez más acosado por el significado de la muerte.
Mas antes de que esos interrogantes  entren en la escena novelesca, el narrador nos divierte con varios capítulos de lo que él mismo ha llamado “picaresca contemporánea”, que nos permiten conocer al protagonista incluso desde los años previos a su concepción y en los que va desgranando la presencia y la historia de cada uno de los personajes que tienen que ver con el protagonista: su concepción con el final del sexo placentero y el inicio del sexo con sacrificio, la educación en las telenovelas, el descubrimiento en la escuela de que es un niño y no un amorcito de mamá. La ausencia del padre que comienza a inquietarle. La vivencia de la guerra de las Malvinas. La llegada de la adolescencia, retorcida, cruel, hecha de aprendizajes, los escarceos sexuales, la iniciación en el sexo con mujeres de “revistas” que lo convertirán en un artista del pajoleo. Y sobre todo, su caminar en el filo del abismo, enfrentado con la muerte del abuelo y con la desaparición de su padre.
En la mente del adolescente se hace cada vez más porfiada la pregunta ¿cuál es nuestra relación con los muertos? Es a partir de aquí cuando los difuntos comienzan a acaparar todo el protagonismo hasta el punto de que la muerte se convierte literalmente en la forma de vida del protagonista, aunque sin desprenderse el relato de ese sabor de humor negro y sin abandonar la platea de una convulsa Argentina.
Cuando Nito descubre al hombre que había atropellado a su padre, brota en él  la idea de predecir la muerte, primero como venganza y posteriormente como timo muy productivo al servicio  del Pastor protestante Trafálgar que le convierte en un pronosticador de muertes futuras para atraer clientela masculina para su iglesia. Se transforma así en un ángel exterminador, en una estrella de rock predicando la muerte, lo que le permite ganar mucho dinero y descubrir el placer de pajearse no por obligación, sino por elección.
Hasta que revienta, cae del caballo y en su revelación en la que entra en escena de forma definitiva el artista Pitu Carpanta, se arrastra al lector de forma concluyente hasta la pirotecnia esperpéntica final: el invento de los linving. Los muertos no se ven, pero están con nosotros. Nos deshacemos de ellos porque nos dan miedo y porque la muerte es gratis, es dar un paso hacia ninguna parte. Mas nosotros mismo somos nuestra muerte. Víctimas y beneficiarios. Por esos es preciso tener a los muertos en los living. Surge así la Movida Living y el florecimiento de la industria del embalsamiento.
De este modo, una narración que se inicia en clave picaresca, concluye con un gran esperpento surrealista, no carente de simbolismo y de acerba crítica al país  que vio nacer al escritor. Los argentinos que solo hablaban de futbol y de que el país se va a la mierda, convivirán ahora no sólo con la memoria de los familiares fallecidos sino con sus cuerpos embalsamados.
Martín Caparrós ha señalado que su abigarrado conjunto novelesco no ha sido escrito con una notación político-social  explicita. No obstante, la novela alberga en grandes dosis un calidoscopio de un país turbulento: la guerra de las Malvinas, un embole que desaparece tan pronto como había aparecido, la benevolente acogida a ciertos fugitivos alemanes, los saqueos, los desaparecidos, convertidos únicamente en incómodos comentarios marginales, las referencias al alfonsismo, al comienzo del menismo con su fiebre de privatizaciones, el desencanto o ese dejarse llevar, como sucede cuando el anuncio del inicio de la guerra.
Desde una perspectiva formal, lo más relevante, en mi estima, dejando a parte un estilo quizás demasiado reiterativo, es el dominio que muestra el autor de una estética carnavalesca, preñada de picaresca en buena parte del relato, hasta la bifurcación final en una grotesca sátira, en una acre contemplación sobre un país y sobre su gente. La maestría de Martín Caparrós para cuestionarse, a medida que avanza el relato, las claves que definen Argentina, es incuestionable. Creo finalmente que es de justicia agradecerle al editor la conservación de los abundantes argentinismos, muy eficaces e una novela que pretende revelar al menos una porción de la argentinidad.

Francisco Martínez Bouzas


Martín Caparrós

Fragmentos

“La situación, sin embargo tenía –como todas- flancos débiles. Hubo momentos en que mi padre pensó que su mujer era una puta porque hacía cosas de puta -lo que él llamó en principio, cosas de puta- como agarrarle la pija entre sus dos manos entrelazadas y apretarla con un movimiento lento, suave, acompasado hasta que él le pedía por favor que lo dejara porque le daba miedo acabar en sus manos como un chico, o decirle al oído, en voz muy baja y aniñada, que le gustaba que se la metiera muy adentro porque era muy grandota, y alguna vez hasta le lamió el glande con la puntita de la lengua, como si quisiera meterle la puntita en el agujero de su pija y mostrarle que ella también podía entrarle en el cuerpo”
…..

“Mamá se había convencido de que no quedaba embarazada porque su marido disfrutaba demasiado de esos polvos. Ah, sí, ¿y vos no disfrutás? Yo sí, pero eso no es lo que importa: si queremos tener un hijo tenemos que hacerlo de otra forma, insistió mamá diez y cien veces y terminó por convencerlo; para marcar el cambio, cubrió el espejo de la cómoda y colgó una cruz con Jesús doliente a la cabecera de la cama: ahora no estamos haciendo nada malo, nada que el Señor no pueda ver.”
…..

“Leí, busqué, aprendí. Pero creo que tenía una aptitud innata para saber la muerte. Porque nací ese día, por mi padre, por alguna forma de destino: cualquier razón es posible y ninguna termina de ser satisfactoria. Algunos saben jugar al fútbol, otros cantan, otros resuelven logaritmos; yo sé pensar la muerte. No era una bendición; era más bien una desgracia pero gracias al Pastor, se trasformó e una desgracia afortunada: yo fui, de pronto, un inútil con don -y pude utilizarlo. Tanto tiempo sin saber qué hacer y de repente lo había descubierto”
…..
“Que todas las chicas punkies, dark, new romantic y demás de Morón Haedo Palomar Ituzaingó y alrededores enloquecieran por mí en un santiamén: mi saber sobre la muerte era imbatible para enamorar rebeldes suburbanas. Cada sábado,  a la salida del teatro, diez o veinte, me esperaban con flores pintadas en negro; me las daban y, a veces, había números de teléfono escondidos en los pétalos. Yo no las llamaba: era un elegido del Señor y no podía andar llamando a rebeldes suburbanas. Se espera de mi cierta conducta -y ésa era una razón perfectamente presentable. Pero fue entonces cuando descubrí, por fin, el placer de pajearme no por obligación sino por elección: por preferir mis manos. Nunca en mi vida -digo nunca en mi vida- tuve tan buen sexo como esos días”
…..
“Tenemos que tener a nuestros muertos con nosotros, quedarnos muertos junto a nuestros vivos, ser la presencia de la ausencia en los living de todas nuestras casas, ser los living. ¡Vamos a ser los living, los de siempre! ¡Vamos a estar ahí, junto a lo nuestros! Vamos a ser la conexión entre los mundos, sentaditos en un sillón cuando ya no haya sillones y las personas se sientan en campos de energía que les ciñan las nalgas y no se manchen ni se gasten”

(Martín Caparrós, Los Living, páginas 38-39, 50, 314, 368-69, 417-18)