sábado, 22 de septiembre de 2012

EL FARO POR DENTRO, HOMENAJE A LA LUZ Y A LA SOMBRA

El faro por dentro
Menchu Gutiérrez
Ediciones Siruela, Madrid 2011, 174 páginas.

   La autora de este libro, Menchu Gutiérrez (Madrid 1957), narradora, traductora y poeta, vivió  durante más de veinte años en el vientre de un faro de la costa norte de España. Y con la misma sensación de vivir un paréntesis temporal con que había llegado a la casa del faro, tuvo que abandonarla un día. El libro que ahora publica Ediciones Siruela, yergue su estructura sobre la fortaleza de dos textos: “El faro por dentro”, relato del último día de estancia de la autora en el faro, su particular homenaje  a la luz que de alguna manera sutura en uno solo a todos los faros, y “Basenji”, un relato más narrativo y ficcional que recibe su rótulo del nombre de una raza de perro africano que jamás ladra. Es el perro mudo que le hace compañía al farero y que se adecua “a una historia que congrega las preguntas esenciales lanzadas por el faro y a la vida que naufraga junto a la luz” (página 11).
   En el primer relato, el punto de partida es la experiencia del faro como un ser vivo, “un animal inmovilizado por un hechizo”. Y de esa experiencia surge el sentimiento de extranjería, la aprensión de estar usurpando un espacio ajeno que no le pertenece. Repasa en esos instantes de despedida los recuerdos de la vida en el faro, pero no los halla en las estancias del edificio sino adheridos a los ojos que buscan en las superficies marinas señales que sean capaces de dar sentido al día. Y de forma vertiginosa, del recuerdo del primer día, regresa al último. Lo que percibe entonces es que todo lo que había estado expuesto a la luz, ahora está dormido. Alrededor, el mar tiránico en el que terminaban ahogándose todas las miradas. También en ese último día de despedidas surgen los sueños, alimentados en las noches del faro: las olas gigantes y amenazadoras avanzando hacia la playa como un regimiento de ballenas. Y a las pupilas de su memoria vienen  finalmente las noches, las más de siete mil noches pasadas en el faro, condensadas ahora en una noche en la que todos los faros encendidos son el faro del fin del mundo. Prosas breves, alimentadas por una fuerte pulsión poética, por los trazos de un lirismo metafísico que encuentra en la luz esa realidad que no sólo ilumina, sino que transciende las esencias terrenales.
   De datación anterior es la novela corta “Basenji”, revisada por la autora y recuperada ahora por Siruela. Es una ficción que nace y crece así mismo como criatura de un faro. El protagonista del relato es un farero que habla en primera persona. Basenji es su perro. Lleva el nombre de una raza de perros  africana. Es un perro desalmado y mudo como las piedras. Atemoriza con sus patas de color cobre y su cabeza en suspenso. No duerme; utiliza la noche para absorber energías. Es capaz de mirar el acantilado como un frío matemático, sin pizca de vértigo. El perro acompaña la soledad, el alcoholismo, las angustias y pesadillas del farero, entre temporales marinos y tormentas del alma. Pero Basenji, un pero desprovisto de emociones, también mata y sobre todo, como perfecto mensajero, trae, como en el antiguo Egipto, los mensajes del mundo de los muertos. Mientras tanto, el faro parece estar anegado de aguas abisales.
Menchu Gutiérrez
   Voz potente y radical la de Menchu Gutiérrez para narrar el viaje alucinado de un hombre hacia el estado obsesivo en el que percibe la realidad lo y los que le rodean, como  peligro y misterio. Un texto con una delgadísima diégesis, nutrido sin embargo de gran fuerza simbólica (el faro, el farero y el perro, descendiente de la raza canina de los jeroglíficos egipcios). El pacto que esta narración demanda, es una lectura poética en la que el lector quiera y sea capaz de asumir toda la carga simbólica del texto y de la escritura de Menchu Gutiérrez. Un libro, pues, que nada tiene que ver con las lecturas convencionales, con los textos comerciales de la literatura de kiosco o de escaparate, sino con experiencias profundas, repletas de haces de luz y también de profundas sombras. Como los territorios de un faro.

Francisco Martínez Bouzas

jueves, 20 de septiembre de 2012

LA ENFERMEDAD DEL LADO IZQUIERDO

La enfermedad del lado izquierdo
Esteban Gutiérrez Gómez
Editorial Eutelequia, Madrid, 2011, 107 páginas.



Otra editorial independiente, llegada del este con “el buen propósito” de aunar arte, filosofía y narrativa, todavía con una parca carta de navegación, pero con un futuro prometedor porque edita de forma exquisita, nos acerca a la narrativa de Esteban Gutiérrez Gómez, un “ser disociado” que publica poesía bajo pseudónimo, imparte talleres literarios y siente simpatías por cuentos escritos por rockeros. La enfermedad del lado izquierdo es su tercer libro. Una novela breve estructurada en dos partes (Morbus e Medeor), que el paratexto diferencia mediante un cambio de numeración de los capítulos: creciente en la primera, decreciente en la segunda.
Una voz testimonial en primera persona narra lo que aparentemente se nos presenta como una pequeña odisea: un viaje de ida y de vuelta de un hombre común, anodino, manipulable. Desde un cuchitril en una buhardilla desde la que avista en el horizonte la montaña azul, el protagonista nos hace partícipes de su particular caída, su descenso y su encierro en la jaula que le prepara su mujer nada más casarse. Convive durante años junto a una mujer desconocida y a unos hijos-pájaro. Norma, la mujer, le reprocha constantemente y en un cuaderno de hule azul, marca las normas: decide los hijos que van a tener, los coitos anuales (once en todo el año), las horas de la ducha, las veces que se tendrá que afeitar por semana. Todo programado. Él intenta hacerse insumiso  y buscar resquicios, pero en el fondo traga con todo, guardando una mudez sacramental. Sin más azul que el de las inalcanzables montañas, su camino por la vida es un dejar de ser, una caída en la rutina, una vida gris que se somatiza en progresivas dolencias en el lado izquierdo de su cuerpo.
Y cuando todo parecía perdido, encuentra el otro lado de la montaña, comienza a romper las cadenas y a ser lo que debería haber sido, anunciado desde el principio por la cita de George Eliot (“Nunca es tarde para ser lo que deberías haber sido”). Es la cura, el tratamiento de una enfermedad según las reglas, en cuyo proceso juega un papel fundamental la figura de otra mujer, África, símbolo de la naturaleza, de la fuerza sanadora del amor. De este modo, este personaje al que una existencia deshumanizada enferma la parte de su cuerpo que aloja el corazón, irá descubriendo el verdadero sentido de la vida: la amistad, el amor, el compañerismo e incluso una nueva relación con sus hijos.
Esteban Gutiérrez Gómez
La novela, sobre todo en esta segunda parte, es una huida del mundo artificial, de la locura financiera, del consumismo desaforado, de la vida esclavizada por reglas que no son las emanadas de la naturaleza. Y un canto a la positividad, a los saltos hacia el futuro, a los viajes hacia lo desconocido. Una búsqueda de la felicidad en culturas ancestrales, e su espiritualidad. En definitiva, otra filosofía de la vida: aquella que nos dice que la verdadera sabiduría se encuentra dentro de uno mismo. Y en buena medida, sobre todo para aquellos que son fieles al curso de la materia, esta novela es también una deriva hacia realidades que se sitúan entre la magia y un cierto misticismo laico. Una mística alienación en la que Esteban Gutiérrez Gómez sumerge al lector por medio de una prosa límpida, ágil, vaporosa, dispuesta en capítulos cortos que se leen con suma facilidad.
                                        
Francisco Martínez Bouzas

miércoles, 19 de septiembre de 2012

"BAHÍA BLANCA", EL IDIOMA DE LAS OBSESIONES

Bahía Blanca
Martín Kohan
Editorial Anagrama, Barcelona, 2012, 276 páginas.


   Martín Kohan (Buenos Aires, 1967), estudioso y docente de Teoría Literaria, es como narrador no una promesa, sino una realidad consolidada, especialmente desde que en 2007 su novela Ciencias morales se hizo merecedora del Premio Herralde de Novela. Un narrador que se mueve como pez en el agua abordando uno de los grandes temas de literatura: los conflictos psicológicos, las relaciones anímicas a las que observa en sus obras desdoblándose y con la suficiente frialdad como para ser capaz de observar el panorama interior de sus criaturas, de sus héroes o antihéroes, especialmente aquellas pulsiones refrenadas que nos atormentan.
   Lo acomete con brillantez en esta novela compleja, pero al mismo tiempo muy rica en su elaboración, novela de amor, pero sobre todo de secretos y obsesiones. Para ello, Martín Kohan, partidario de la épica del abandono y solidario con los perdedores, ha elegido una ciudad: Bahía Blanca, en el sur de la provincia de Buenos Aires (un sur de cerca de setecientos kilómetros!), puerta de acceso a la Patagonia, una ciudad negativizada, paradigma de la ciudad maldita, hasta el punto de que sus habitantes, en un juego de iniciales y para no nombrarla, la llaman Brigitte Bardot. Atraído por la mitología de una ciudad hasta tal extremo maldita, Martín Kohan sitúa la primera parte  y el desenlace de su novela en Bahía Blanca, porque le interesaba para levantar su edificio narrativo todo aquello que se cobija bajo el principio de la negación, el lugar optimo para alguien que precisa olvidar, anular, negar.
   Ese alguien es Mario Novoa, un héroe/antihéroe en soledad como los personajes dostoievskianos en la visión de Georg Luckács, que viaja a Bahía Blanca con el aparente propósito de recoger datos sobre el escritor argentino Ezequiel Martínez Estrada. Deambula por la ciudad buscando evadirse, alejar sus obsesiones, anular la colección de sus fijaciones, que nos transcribe en un diario escrito en primera persona, en el que apunta sus desconcertantes e insubstanciales vivencias, pero en el que, sin embargo, no anota los oscuros secretos que configuran su neurótico drama interior. Hasta que la aparición, en un inesperado encuentro, de una figura del pasado, introduce la figura de Patricia, ex mujer de Mario, cuyo marido había sido brutalmente asesinado, meses atrás. La referencia, en la charla entre ambos, a este personaje como “el marido de tu mujer”, convence al protagonista de que poco importa que ella lo haya abandonado hace siete años: él la sigue amando y ella es su mujer.
   El secreto que el protagonista le confía al amigo recién encontrado, genera un giro de ciento ochenta grados en la narración. Martín Kohan nos introduce en una nueva historia: la historia de un perdedor que hace de sus obsesiones un verdadero personaje, especialmente en la última parte de la novela, donde cambian la rutinas de Mario Novoa, pero no así su obcecación, la fijación por una historia de amor/desamor escondido, no resuelto en su momento, que arrastrará al protagonista a una drama personal y a la pérdida definitiva del bien más preciado, cuya desaparición contempla sin pena ni gloria.
   Para Martín Kohan Bahía Blanca es una novela de amor que aparece escondido, precisamente porque para el protagonista el amor es lo fundamental y no soporta que haya habido un tercero, al que justamente por eso se lo excluye. Como lector interpreto la novela como un deslizamiento entre un relato de amor fou y una inmensa y desmedida obsesión de que todo puede llegar a revertirse.
   Pero sea como fuere, Bahía Blanca es el triunfo de la narración, porque Martin Kohan, sin caer en los tópicos empalagosos de la queja tanguera, retrata en su escritura reiterativa el mundo de las obsesiones de forma muy notable. El registro que el protagonista hace de forma precisa de los mil detalles de la ciudad, en la que el principio de la negación lo rige todo, o en Buenos Aires, con su seguimiento de calles, es una optima arma narrativa para sumergirnos en la desgarradora obstinación de un perdedor que hasta el final no asume su derrota.

Francisco Martínez Bouzas


Martin Kohan

Fragmentos

“-Viste, ¿no? -dice Ernesto.
-No sé, ¿qué cosa? -yo.
-Lo que pasó, ¿sabés? -Ernesto
-No sé, depende -espero yo.
-Que se murió, ¿no es cierto? Que lo mataron en un robo. Al marido de Patricia, digo. De tu mujer, quiero decir -dice-. Se murió, ¿sabías? Lo mataron en un robo. Ya sabías, ¿no?
-Sabía, sí.
(…)
-Qué raro, ¿no? -consulto-. ¿No es raro?
-Qué cosa, no se -se confunde Ernesto.
-Esa manera de decir, como dijiste vos: «el marido de tu mujer».
-¿Dije así?
-O parecido.
-No dije así.
-Es parecido. Pero está bien -lo calmo-; solamente suena raro. Porque parece una frase absurda, ¿no?, un contrasentido lógico: «el marido de tu mujer». ¿Quién podría ser el marido de mi mujer? Si es mi mujer, que es lo que dice la frase, ¿quién podría ser el marido? Tendría que ser yo, ¿no es cierto? En un sentido lógico, quiero decir, puramente lógico, ¿no tendría que ser yo?”

…..

“Perfectamente, sí, ¿por qué no decirlo? ¿Por qué no decir, si es la verdad, que fue acá, en este auto, en este asiento, en este auto que ahora manejo, en este asiento que ahora ocupo, donde di muerte (dar muerte es dar algo también) al remoto Luciano Godoy? ¿No iba acaso sentado acá, desatento a lo que sucedía en torno? ¿No tenía una carterita repleta de dinero justo ahí, ahí donde ahora Patricia duerme y se deja llevar? ¿No pasé mi brazo y mi mano, y en mi mano un terrible cascote, por esa misma ventanilla que tengo ahora abierta apenas, tan sólo lo necesario para que el aire del habitáculo no se envicie (…)?”

…..

“Lo que digo, me parece con balbuceos, tiene este sentido aproximado: que podríamos intentar, por qué no, estar los dos juntos de nuevo (digo así: «estar los dos juntos de nuevo»).
Patricia me responde, palabras más palabras menos, que a ella le parece que no.
Le digo más o menos esto: que ya han pasado algunos años, que seguramente este tiempo nos ha servido para entender los errores cometidos, que podríamos perfectamente hacer el intento (digo así: «perfectamente»).
Patricia me responde de nuevo, palabras más palabras menos, que a ella le parece que no.
Le insisto aproximadamente así: que hemos crecido y madurado, que debemos haber comprendido sin dudas todo eso que hace años no comprendimos, que evitaríamos sin duda alguna cometer todos esos errores que hace años cometimos, que si volviésemos a intentarlo, porque ella está sola ahora y yo estoy solo también, nos saldría bien fuera de dudas, nos saldría perfectamente bien (digo así: «perfectamente bien») fuera de toda duda.
Patricia replica más o menos esto: que no, que no quiere.
Yo le digo más o menos esto otro: que por qué, que por qué.
Patricia responde más o menos esto: que no, que no quiere, que no me quiere”

(Martín Kohan, Bahía Blanca, páginas 129-131, 255, 266)

lunes, 10 de septiembre de 2012

EL AMANTE DE LOS CABALLOS

El amante de los caballos
Tess Gallagher
Editorial Anagrama, Barcelona, 2011, 202 páginas.

   Detrás de este libro, en la intrahistoria de su gestación, hay otra historia de influjos amorosos y literarios, simbolizada quizás por una palabra-símbolo: el vocablo “colibrí”. Su autora, Tess Gallagher conoció a Raymond Carver, uno de los grandes mitos de la literatura en América, padre del realismo sucio y una de las vigas (trabes)  de oro del minimalismo, en 1978. Su vida en común fue, a partir de entonces, inmensamente placentera. El fluir de la relación amorosa significó para Carver el fin de la servidumbre al alcohol, diez años de propina en su vida, y para la poeta Tess Gallagher, un impulso para iniciarse en la ficción narrativa. Juntos escribieron y vivieron días de gran plenitud y hasta descubrieron que podían volar al revés como el colibrí del poema que Carver  concluye con estos versos: “Cuando abras / mi carta recordarás / aquellos días y cuánto / cuantísimo te quiero”.
   La edición norteamericana de El amante de los caballos fue la primera experiencia de Tess Gallagher en la narrativa. Fue, como he dicho, su tercer marido quien le dio el impulso para escribir ficción. Una prueba de fuego en la que Tess Gallagher se experimenta a si misma como narradora y en la que demuestra poseer riñones tan poderosos como los que ya había exhibido  como poeta. Muchas de las historias a las que Tess Gallagher  da vida ficcional en estos doce relatos, presentan matices aparentemente autobiográficos: las experiencias vitales de una joven mujer en el teatro del noroeste americano. Es el mundo provincial y provinciano del sur y del noroeste de los Estados Unidos, lugares del alma más que concreciones geográficas, el que actúa de telón de fondo de estas doce historias de existencias comunes y turbadas de forma irreparable por la irrupción de la violencia, las crisis y las contradicciones. Cuadros muy realistas de la vida de la clase media contemporánea.
   Entre las más notables e impactantes menciono a la que rotula la colección, “El amante de los caballos”: el protagonista o  la protagonista -el relato no muestra su condición genérica- rememora la figura del bisabuelo y del padre y acaba por reconocer que él mismo perteneció al infame mundo de los bailarines, borrachos, ludópatas y amantes de los caballos, rasgos “genéticos” de su estirpe familiar. Un relato, pues, sobre la identidad familiar y de la reinvención en el presente de vivencias del pasado. “El Rey Muerte” reconstruye la pesadilla del encuentro de una pareja con un vagabundo alcohólico, que decide habitar en el patio de su casa. En “Las gafas”, el lector asiste a los ilusorios esfuerzos de una niña para que le receten unas gafas. En “El pelele”, una crisis familiar le permite  a una mujer tener una nueva visión de su marido, al que ahora considera un hombre pacífico y bueno. Pero, sin ninguna duda, la mejor pieza de esta colectánea es “Chicas”. Es así mismo la historia más conmovedora. Una anciana visita a una amiga de la juventud. Mas, tras la larga separación, la amiga incapacitada por una dolencia cerebral, no la reconoce. El inexorable olvido se supera con un acto preñado de  fuerte simbolismo: se acuestan la una al lado de la otra y eso le permite verlo todo de color verde. Un eficaz y adecuado final para cerrar un libro que tematiza sobre la inconsistencia de las relaciones humanas.
Tess Gallagher y Raymond Carver
   Fragmentos de vida de seres triviales con un tono autobiográfico -“la autobiografía es la historia de los pobres desdichados”- había declarado Carver, hilvanados desde una poética minimalista, aunque no en la puridad absoluta que observamos en la narrativa del escritor con el que América más asocia al minimalismo. El estilo de Tess Gallagher economiza recursos, huye de los ornamentos formales como la metáfora o el símil. Pero es sugerente, meditativo y la carga emotiva del relato surge del todo, del conjunto de pequeños incidentes que sugieren significados y nos aproximan a una galería de personajes, de hombres y de mujeres, en su profunda y a veces dolorosa y desolada humanidad.

Francisco Martínez Bouzas

sábado, 8 de septiembre de 2012

EL AMOR Y SU CONDICIÓN INVERTEBRADA

El final del amor
Marcos Giralt Torrente
Editorial Páginas de Espuma, Madrid, 2011, 163 páginas.

                                         
                                   
                                                  
   Con El final del amor el escritor Marcos Giralt Torrente obtuvo el pasado mes de marzo el II Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero, el de mayor dotación económica (50.000 euros) para un libro de este género de todas las letras hispánicas. El autor de París (Premio Herralde de Novela en 1999),  con los cuatro relatos que edita Páginas de Espuma vuelve al “antifaz” de la ficción después de  la agobiante inmersión confesional y autobiográfica en las complejas relaciones con su padre de su último libro, Tiempo de vida. Estas “azarosas catas en torno al amor” son su vía de escape de aquel clima asfixiante de las relaciones familiares, convertidas en trama ficcional.
   Cuatro relatos, pues, unidos por un  similar motivo temático, que viene sugerido por el título: el naufragio amoroso. Sobre el amor puede orbitar la narrativa de múltiples maneras, dejando de lado los lugares comunes y trasnochados efluvios románticos: el amor como monoteísmo, que, en alianza quizás con el deseo, justifica toda una existencia. Es el amor y todos sus hechiceros conjuros, milagros y aberraciones. O el envés del amor, en esa otra cara que conduce al desamor,  a su condición invertebrada, desarticulada en la lejanía irreparable, que con mucha frecuencia, incluso sin percibirlo conscientemente, comienza a extenderse entre los amantes.
   “Nos rodeaban palmeras” inaugura editorialmente estas lejanías. Un narrador homodiegético en el viaje que, con su propia pareja, realiza a una isla del Índico africano. Su matrimonio había alcanzado esa llanura en la que todo resulta demasiado trivial. Ellos dos se comportaban como dos náufragos en tierra que rehúyen mirarse para no tener que reconocer en los ojos del otro su propia condición. Pero sí miran a una pareja de alemanes que con ellos comparte la excursión, intentando captar en la ajena la misma degradación afectiva que carcome su propia convivencia como pareja en claro deterioro. El relato además está aderezado con una constante sensación de amenaza y desasosiego, como el mal de Kurtz, el sonido de la selva, lo irracional.
   El amor puede convertirse en un cautiverio. No hacen falta paredes ni cadenas. Basta la ausencia de pasión, un amor invertebrado, que se deja llevar como el que provoca el lento quebranto de las vidas en común de una pareja que, tras un largo peregrinar por medio mundo, termina viviendo en un cigarral toledano. El divorcio de espacios es una elocuente metáfora de ese otro divorcio más perturbador que destrozó sus vidas. Un primo y confidente de la mujer es el discreto narrador y testigo de la ruina.
   Solemos ser injustos con los amores que nos han hecho sufrir, confiesa Marcos Giralt en una de sus múltiples y sutiles matizaciones que proliferan en el relato “Joana”, para mi gusto el más logrado de la serie. En esta historia, el amor muestra su condición invertebrada en un querer de adolescencia. Un hombre maduro, de nuevo narrador homodiegético, evoca un amor de verano, cuyo recuerdo persiste a lo largo de los años, pero marcado, desde el inicio, por una inexorable fecha de caducidad. La empatía lectora no la provoca en esta historia la juvenil pasión amorosa, más platónica que real, sino las agudas y finas observaciones acerca de las interferencias familiares -la abuela, la madre y el hermano de la chica-, así como el inesperado y perturbador desenlace final.
   Finalmente en “Última gota fría”, un adolescente con la afectividad deteriorada por las roturas sentimentales de sus progenitores, fantasea con el engañoso espejismo de la posibilidad de un reencuentro de sus padres, cuya relación nunca se ha roto del todo.
   Cuentos que desafían el formato del relato breve y se acercan al de la novela corta. El tejido narrativo es de gran calidad. Prosa cuidada que se recrea muchas veces en prolijas matizaciones y sutiles observaciones. Historias contadas por narradores implicados en la acción y, en un caso, por un observador externo, pero muy unido a la pareja al borde del colapso amoroso. Esta densidad de la prosa de Marcos Giralt disfraza posiblemente el momento epifánico de la historia narrada -a diferencia del minimalismo americano- en una sobreabundancia de análisis, observaciones y matizaciones, pero su misma hondura y la calidad del texto hacen posible que los lectores se recreen no solo con estas tramas de amores no convencionales, sino también con la silueta de personajes complejos y con tejido de climas, sobre todo familiares, preñados de incógnitas

Francisco Martínez Bouzas



Marcos Giralt Torrente

Extracto

“Entonces se remontó a la estrecha relación que su padre mantenía con su propia madre, su abuela, y su sospecha de que fue esta la que lo había iniciado en las costumbres contra natura que reproducía con sus hijas, y me habló de una hermana de su padre, a la que nunca conoció, que, según le había relatado una vieja tata que aún vivía en Fort-de-France (Fort-de-France, me aclaró, la capital de Martinica), había consumido la totalidad de su corta vida huyendo de él. Hasta que, a punto de casarse con dieciocho años, horas después de descubrir en la cama de su madre a quien iba a ser su marido, había rasgado una sábana de esa misma cama, había atado un extremo a sus cuello y otro al balcón y había saltado”
(Marcos Giralt Torrente, El final del amor, páginas 124 –125)

domingo, 2 de septiembre de 2012

LOBISHOMES EN BRAÑAGANDA

Brañaganda
David Monteagudo
Acantilado, Barcelona, 2011, 282 páginas.


David Monteagudo, natural de una aldea de la Galicia profunda, debutó tardíamente en el mundo literario con la novela  Fin (2009). A esta le siguió Marcos Montes (2010). Brañaganda es su tercera novela y está basada en las creencias y leyendas derivadas de la licantropía. La licantropía o teriantropía, si queremos ser más exactos, es la creencia, transmitida por leyendas populares, en el poder de ciertos humanos para transformarse en un animal carnívoro, por lo general el más importante de la zona. En España y en buena parte de Europa ese animal es el lobo. Los casos reales y claramente documentados de licantropía revierten en síndromes psiquiátricos que provocan episodios de alucinación en la persona afectada a la que hacen creer que se transforma en ese animal carnívoro.
El lobo, como han puesto de manifiesto los antropólogos, es un personaje destacado en la literatura popular gallega transmitida a través de leyendas orales, que esconden una gran carga simbólica polivalente. Símbolos que, como escribió Paul Ricoeur, dan que pensar, mas solamente en la medida  en que seamos capaces de afrontar sus desafíos radicales y añadirles una interpretación coherente. Sin embargo, la figura del lobishome o el “lobo da xente” se ha resuelto frecuentemente a  base de tópicos, como demuestran la novela de Carlos Martínez Barbeito, El bosque de Ancines o la película de Pedro Olea, El bosque del lobo en la que José Luís López Vázquez encarna al hombre lobo de Allariz que muerde a las señoritas en la garganta.
En la Galicia recóndita, retratada en la novela de David Monteagudo, el lobo protagoniza historias en las que actúa como animal feroz o se funde con personas malditas o locos. Es en este último caso cuando se puede hablar con propiedad del lobishome y de las “peeiras dos lobos” (mujeres que amamantan o cuidan de los lobeznos). En esos mitos y tópicos que nutren una buena parte de la literatura oral gallega, se asienta Brañaganda, la novela de David Monteagudo, que no es una novela de ciencia ficción, sino una pieza de aventuras que pretende crear una gran intriga basada en las fantasías y supersticiones del lobishome.
La novela retrata la vida de una aldea gallega, perdida entre las montañas, pocos años después de la Guerra Civil, una sociedad rural que vive en un mundo aislado, con una economía de subsistencia. En ese caserío sus pobladores se sienten amenazados ante los asesinatos cometidos por un pretendido lobishome. El narrador y protagonista del relato, Orlando, ve interrumpida su tranquila existencia, poco después de que su padre se hubiera convertido en guardabosques, porque aparecen muertas varias mujeres en extrañas circunstancias, víctimas de violentos asesinatos. El rumor popular atribuye las muertes al brazo ejecutor de un misterioso lobishome que actúa como juez moral, castigando  ciertos pecados sórdidos que se habían cometido en la aislada Brañaganda. Solamente el marido de la maestra local busca explicaciones racionales a lo que sucede, pero la gente del pueblo rechaza sus pesquisas, atribuyendo esos asesinatos a lo sobrenatural. En la novela, no obstante, hay mucho más: amores prohibidos, actuaciones prepotentes y arbitrarias de la guardia civil, corrupción y espurias  alianzas de poder, silencios que destilan veneno sobre lo acontecido en la Guerra Civil. Y sobre todo, la presencia del mal y del terror.
Es aquí donde, en mi opinión, flaquea la novela de Monteagudo. Al autor le falta el coraje del que dio sobradas muestras en Fin para apostar por esa alta literatura de miedo a la que Lovecraft le asigna la tarea de resolver las dudas del hombre racional con relación a su lugar en el mundo. Función catalizadora de pulsiones reprimidas, refuerzo de la conciencia racional, con un imprescindible ensamblaje de contenidos y expresión, de tal manera que todos los elementos formales estén al servicio del factor terrorífico. En Brañaganda, poblada por descripciones muy elaboradas y construidas con un alto estilo literario, se echa en falta una mayor madurez técnica, capaz de suscitar el miedo en la narración, no por medio de la historia, según la tesis de Todorov, sino por la constelación de imágenes que el discurso va superponiendo y que preparan el terreno para la aparición de lo extraño en el momento en el que debe aparecer: en el clímax.
Las carencias de esta propuesta, me hacen rememorar la excelente novela de otro narrador gallego: Alfredo Conde que en Romasanta. Memoria incierta del hombre lobo (2004, edición conjunta en gallego, español y ruso) acaba con  invenciones mágicas y pseudocientíficas de la licantropía y nos presenta a un “amadamado” asesino, el execrable “home do unto”, “home do saco”, el despiadado “sacamantecas” que mataba para hacerse rico traficando con la manteca que extraía de sus víctimas, grasa que solidificaba posteriormente y vendía a un farmacéutico del norte de Portugal.
Francisco Martínez Bouzas



David Monteagudo

Fragmento

“El retrato de Cándida fue pintado trece o catorce meses después de que apareciera muerta en la gándara Sarita la de Couceiro; y cinco antes de que encontraran, en el mismo lugar y con el mismo ensañamiento, el cuerpo de Rosalía de La Veiga, la cuñada de Cosme. El porqué de ese lapso de un año y medio entre la primera y la segunda víctima del lobishome, entre el primero y el segundo de sus orgasmos de sangre y de muerte, es algo que nunca podremos llegar a saber, y que resultaba cuando menos chocante a la luz de lo que vendría. Porque a partir de su segunda víctima, empezó a actuar puntualmente con cada luna llena, desatando una oleada de temor, de recelo y desconfianza que atenazó el valle y sus habitantes durante un interminable otoño de miedo y superstición. Pero ya anteriormente, cuando se supo que las dos mujeres habían muerto en idénticas circunstancias, cuando se conocieron algunos detalles escabrosos acerca del estado en que fueron hallados sus cuerpos, se empezó a hablar abiertamente de la posibilidad de que el autor de aquellos crímenes fuera un alobado: alguien que llevaba una vida normal -tal vez un vecino de la garganta- pero que se transformaba bajo el influjo de la luna llena y salía por los caminos a saciar torpemente su inaplazable necesidad de carne humana”.

(David Monteagudo, Brañaganda, página 127)

miércoles, 29 de agosto de 2012

EL FRÍO AZUL


El frío azul
Ramón Caride
Traducción: Juan Rodríguez Pastor
Grupo Anaya, Madrid, 2011, 99 páginas.



Esta novela en su versión original en lengua gallega se hizo merecedora en el año 2007, del Premio Lueiro Rey, uno de los más prestigiosos en narrativa corta de los que se convocan en Galicia. Su autor, Ramón Caride, es un escritor todoterreno, con una amplia y consolidada obra literaria en todos los géneros, y reconocido como tal por la crítica y por los lectores. Poeta destacado, cuyo género le inició en la literatura, autor de una amplia y variada producción de literatura infantil y juvenil, marcada casi siempre por los problemas ecológicos. Sin embargo, en mi opinión, es en la literatura para adultos donde Ramón Caride luce toda su fuerza fabuladora y una gran riqueza como expresión de la lengua. Una narrativa que se centra principalmente en su trilogía De sombras e de lumes. Es muy probable, sin embargo que los lectores de Ramón Caride se sientan aún más fascinados por algunos de sus numerosos relatos breves y no tan breves. Por ese desenlaces inesperados y cortantes que se iniciaron en el año 1990 con el volumen, Os ollos da noite. Incontables relatos que son prolongación de ese gran macrotexto que Ramón Caride escribe desde siempre. Esas historias profundas y dolientes en las que se anclan sus dos grandes obsesiones: la contingencia de la felicidad y la imposibilidad encerrar en el  determinismo de leyes y teorías el mundo de sus héroes y personajes. Una obra, pues, que rebosa trama, fabulación, máxima comprensión sobre todo en el relato corto, finales inesperados en los que se reitera la fascinación por las trampas del azar. Buena parte de esta narrativa, tanto de su literatura para adultos como la infantil y juvenil, se encuentra traducida al español y a otras lenguas.
En la misma línea, aunque abordando por primera vez una temática hasta entonces inédita en la obra del escritor, es preciso adscribir El frío azul. En el año 1985 el poeta gallego Manuel María escribía como parte del prólogo de uno de los primeros poemarios de Ramón Caride, unas líneas que nos descubren la huela de lo que, muchos años más tarde, terminaría siendo esta novela breve: “CEA DAS PANADEIRAS es una tierra sobria, hermosa, contenida y amparada por la Sierra Martiñá y por la leyenda monástica de Oseira”. Y en efecto, El frío azul es una novela injertada en la leyenda del monasterio de Oseira. También una novela histórica, pero solamente en el sentido de que se halla ambientada en el siglo XVI. En nada se asemeja a ese género de novela histórica que se acostumbra ver en los escaparates de muchas librerías y que no pasa de ser banalidad comercial.
El escritor nos sumerge, durante su recorrido ficcional, en la leyenda y en la historia. Las leyendas del Monasterio de Oseira, así como una leyenda muy popular de la comarca del Courel, se hallan en las bases de una trama que se inicia con la llegada de un viajero al Monasterio de Oseira, en el medio de una intensa nevada. Desde el inicio, el lector percibirá que, detrás de todo ello, hay un misterio, un enigma que se irá desvelando, como si tirásemos de un ovillo, a medida que avanza la trama. La sutura de historia y de leyendas y la voluntad de desvelar el misterioso bagaje, hacen del relato una novela itinerante que transcurre en distintos lugares de la geografía española, y de manera significativa, sobre todo por su valor simbólico, en Extremadura, en los pueblos de la “fala” del Valle del río Ellas, donde se habla una variante del gallego.
Ramón Caride
No son pocos los temas recurrentes en la producción literaria anterior del escritor que hacen acto de presencia en El frío azul. De forma muy significativa, la intolerancia y los abusos del poder, la postergación de la mujer, la destrucción de la naturaleza, fenómeno representado por la presencia invasora del poder eclesiástico. Creo pues que es legítimo concluir que en su relato, Ramón Caride echa mano de leyendas y vestimentas históricas que aún perviven, para acercarnos historias reales, verdaderos dramas, insólitas aventuras, corazones heridos y, sobre todo, personas de carne y hueso, portadoras de una biografía en su pretérito y con un futuro, que, como la dicha, nunca será unidimensional ni sencillo, sino enmascarado por las sombras y repleto de interrogantes de difícil respuesta.
El alto valor literario de su prosa, la cuidada construcción de los personajes, la tensión dosificada de una trama que viaja a siglos pasados, la correcta contextualización del argumento en la filosofía y en la teología (platonismo y epicureismo, sobre todo) son así mismo alicientes que convidan a leer El frío azul en la versión de Juan Rodríguez Pastor.

Francisco Martínez Bouzas

domingo, 26 de agosto de 2012

LA METAFICCIÓN DE LOLITA BOSCH

Ahora, escribo
Lolita Bosch
Editorial Periférica, Cáceres, 2011, 197 páginas.

Lolita Bosch, pese a las reticencias de ciertos lectores y críticos que ignoran que el mundo se mueve constantemente, es una de las voces más originales de la  narrativa  que se escribe actualmente en español. Autora de referencia para aquellos otros cercanos a la literatura hoy en día más vanguardista. También para escritores que practican la postnarrativa. En una de las metanovelas más subversivas del actual sistema literario gallego (A pregunta perfecta. O caso Aira-Bolaño), su autor, Juan Tallón escribe lo siguiente: “Lectura de Tres historias europeas de Lolita Bosch. Trátase dunha nouvelle e dous relatos. Pingüinos, título da nouvelle, vai permanecer moito tempo na miña memoria. Seino. A súa arquitectura e dialéctica narrativas, baixo as que se procede a dividir en cachos inteligentes o feito temporal, presentando os acontecementos do pasado e do futuro en orde indistinta, confusa, pero que non impide unha lectura natural e emocionante, achegan o texto ao que chamaría unha pequena obra mestra”.
“É a primeira obra que leo desta escritora. Comézase a consolidar unha nova xeración de narradores que avanzan en dirección non tanto ao bo, que é algo difuso, como ao novo” (páginas 28-29). Entre esa generación de narradores que avanzan en dirección a lo nuevo, se halla en efecto Lolita Bosch. Natural de Barcelona, su vida, sin embargo, se ha desparramado hasta ahora en el Bajo Ampurdan, EE.UU., la India y, sobre todo, México, donde completó su formación académica y se empapó de lo bueno y de lo malo de la atmósfera mexicana, reflejada en alguna de sus obras. Entre las más conocidas  (Tres historias europeas, 2005, La persona que fuimos, 2006, Esto que ves es un rostro, 2008, y La familia de mi padre, 2008). Ha sido traducida a varios idiomas.
Ahora, escribo es precisamente la narración o correlato de su última novela, La familia de mi padre. Según un texto de Walter Benjamin (El narrador), analizado por Scott Lash, en los actos de escritura ficcional se yuxtaponen dos tipos de textos: por un lado, la novela; por otro, el narrador y su historia. Con ello se evaporan de golpe muchas de las concepciones de la narratología clásica. La narración corresponde a un modo de experiencia personal que precede a la novela o acontece mientras esta se fragua. Lolita Bosch nos introduce, pues, en Ahora, escribo en su “taller de escritora”. En el taller de la escritora durante el proceso de su obra anterior, La familia de mi padre, como ya he dicho. Una novela que confiesa la autora, la dejó exhausta y sumida en un verdadero descalabro emocional. La familia de mi padre es el viaje a la intimidad y es así mismo la demolición de los muros de silencio que ella misma había levantado a su alrededor, tras el fallecimiento del padre en México, sin que pudiera llegar a tiempo a su sepelio. Al finalizar aquel libro, se sintió bloqueada en su profesión de escritora.
Ahora, escribo es  un “ancla transparente” con la que la escritora intenta volver entrar en el mar de la literatura, desde el vacío de la no-escritura. “Ahora no. Ahora la escritura no ha logrado evitar ni construir nada. Porque ahora la escritura es la muerte” (página 79). No es de extrañar, pues, que varias secuencias del libro comiencen con el ritornelo, “Casi se de nuevo caminar” (páginas 93, 127, 130), que, más allá de la anécdota de la rotura del menisco de la rodilla saltando en una cama elástica, el lector, en diálogo con este libro, pueda interpretar  como una recuperación de la libertad para poder volver a escribir.
A lo largo de las tres secuencias que componen este libro, Lolita Bosch va desgranando una narración que echa a andar desde el dolor y esa extrema relación con la literatura, sobrevenida tras La muerte de mi padre. Nos hace partícipes de sus miedos tras preguntarse qué ha sucedido e intenta entenderse a sí misma, para llegar finalmente a la aceptación y a comprensión de que un texto literario es tan incomprensible como un ser humano.
Historia íntima de una escritora, de un lenguaje escrito (página 53), que dan fe de la condición metaliteraria, y al mismo tiempo “intraliteraria” de esta obra de Lolita Bosch, con una clara autorreferencialidad del yo, tal como lo entiende Spires (Beyond the Metafictional mode. Directions in the Modern Spanish Novel), en este libro-narración y una lematización del acto de escribir. Escritura que se refiere a si misma contestando la tradición mimética del arte, para interrogarse sobre su posibilidad/imposibilidad, sobre la enfermedad, la muerte y también la vida.

Francisco Martínez Bouzas




Lolita Bosch




Fragmento

“Hace apenas cuatro meses terminé de escribir La familia de mi padre (2008, Empúries / Mondadori); catalán y castellano. Un texto escrito a la vez en dos idiomas y luego, tras su primera versión, corregido como dos libros independientes. Incluso con personajes distintos y, a veces, otras conclusiones producto de espacios diferentes, construidos con otros lenguajes.
Tras entregarla a mis editores pasé un tiempo absorta que duró casi cuatro meses y luego, cuando pareció que algo que no se que fue se detuvo, tuve la sensación de que habría podido matarme, hacerme análisis médicos y descubrir que padecía cualquier tipo de enfermedad, o permanecer para siempre tumbada, fatalmente sin dormir: escondida bajo las sábanas de franela de casa de la Ciudad de México y poco a poco hacerme volátil, inmaterial, celeste.
Comencé a pensar en la historia que finalmente he contado en La familia de mi padre cuando tenía seis años. Cuando por primera vez quise contar algo completo que me habían contado. Aunque a lo mejor fue antes. Cuando pasaba temporadas en casa de mis abuelos paternos y la tata Pilar, que trabajaba pare ellos desde que mi padre cumplió dos años, me contaba quiénes éramos. Cuando me enseñaba que unas cosas son las que suceden y otras las cosas que se cuentan. Y que mi familia (nosotros) trataba desesperadamente de ser una familia a la que las cosas le sucedieran, a la que no le fuese necesario contar. Una Familia Silencio. Como si  palabra no fuera un elemento esencial para reconocer nuestro entorno y pudiera evitarse. Como si lenguaje no tuviera peso y el tiempo pudiese transcender sin consecuencias, impune”

(Lolita Bosch, Ahora, escribo, páginas 25-26)

miércoles, 22 de agosto de 2012

"EL LIBRO DE DANIEL", HORROR AL VACIO EN UN TIEMPO DE ANGUSTIA

El libro de Daniel
E. L. Doctorow
Traducción de Carlos Milla e Isabel Ferrer
Miscelánea Editores (Roca Editorial del Libro), Barcelona, 2009, 383 páginas.


Algunos de los críticos más reputados, entre los que cabe citar a Frederic Jameson o Edward Said, han dicho que Ewdard Lawrence Doctorow (Nueva York, 1931) es un de los pocos y auténticos escritores de izquierdas que existen en nuestro tiempo, si bien las implicaciones políticas de sus narraciones nunca son obvias, claras y contundentes. El libro de Daniel no es una excepción, porque Doctorow es capaz de casar su ideario político (“pensar en términos de lo que es justo e injusto”) con algo que es consustancial  con el mundo de la ficción: la ambigüedad, amago para eludir una literatura panfletaria.  En lo que no cabe ninguna duda es que Doctorow es un de los grandes escritores del siglo XX en lengua inglesa y que en EE.UU lo consideran un patrimonio nacional. Ganador de todos los premios y eterno candidato al Nobel igual que Philip Roth, Thomas Pynchon o Cormac McCarthy. Él ha sabido reflejar en su prosa, quizás como nadie, la cara oculta de Norteamérica y, bajo esa perspectiva, sus novelas son un sustituto de la memoria colectiva de una nación no carente de mitos a pesar de ser un país ahistórico. Doctorow aborda esos mitos y como efecto colateral los devuelve al terreno de la historia.
El libro de Daniel (1971) figura en el canon occidental de Harold Bloom y, como muchas de las otras obras de Doctorow, es una recreación literaria de personajes y de acontecimientos históricos. La novela, en efecto está basada en las figuras de Ethel y Julius Rosenberg, condenados a cadena capital por traición (acusados de espionaje) y ejecutados en 1953. Los Isaacson son sus alter ego en la novela, recreación literaria del libro Atom Spy Trials. Ambos formaban parte  de la “Young Communist League”. El origen del juicio que terminó con la condena a muerte, se sitúa en la filtración de secretos nucleares a los rusos en plena guerra fría. Mas el juicio a que ambos fueron sometidos, distó de ser justo. Se buscaba a toda costa chivos expiatorios en un momento en que el ambiente anti-comunista y el miedo, generado por el “Mccarthismo” y la guerra fría, a un inminente  enfrentamiento con la Unión Soviética hacía furor en los EE. UU.
Paul Isaacson, un pequeño comunista de barrio y reparador de radios, fue capaz, según la acusación, de dibujar complejos y elaborados planos nucleares, reducirlos hasta el punto de poder acomodarlos a la lámina de una radiografía dental y hacérselos llegar a los soviéticos. Los historiadores actuales, sin embargo, en su gran mayoría, están convencidos de que estas acusaciones fueron falsas, pero en su día el Departamento de Justicia hizo que tomase fuerza la imagen de Paul como jefe de espías. Una cita textual, apócrifa por supuesto de Max Krieger, nos permite conocer el punto de vista de Doctorow: “La historia recoge con vergüenza la persecución y la infame condena a muerte en los Estados Unidos de América de dos ciudadanos estadounidenses, marido y mujer, padres de dos niños pequeños, que a lo sumo eran culpables de cruzar la calle imprudentemente por sus ideas izquierdistas sostenidas con orgullo”.
Sin embargo, la figura central de la novela no son los Rosenberg/Isaacson, sino su hijo Daniel Lewin (apellidos del padre  adoptivo). Desde su infancia, su carrera cursada con una beca y su matrimonio con una mujer que lo ama profundamente y la redacción de sus tesis de final de carrera, recuperamos todos sus recuerdos y sobre todo los fundamentales: la vigilancia de FBI a su padre, la detención de sus progenitores, el juicio, el alejamiento y la traición de los amigos, la visita a sus padres en el corredor de la muerte y la crueldad de la ejecución en la silla eléctrica.
Doctorow escribió esta novela en 1971 y en ella se muestra como una adelantado del fragmentarismo  vanguardista. Su narración es discontinua, se dejan sentir varias voces (abuelas inmigrantes, negros que viven en sótanos, comunistas hippies, policías, jueces, fiscales, judíos ortodoxos…). Una prosa envolvente, pero en esta novela cortada, desquiciada, seca, a veces brutal, violando la gramática, rompiendo párrafos, enlazando múltiples oraciones subordinadas sin detener la progresión narrativa para profundizar en esta herida abierta y todavía no cerrada, en un país donde la culpabilidad o la inocencia se situaban y se siguen situando en horizontes utópicos.

Francisco Martínez Bouzas




E. L. Doctorow


Fragmentos

“Descuartizamiento. Esta particular forma de ejecución era la preferida del gobierno monárquico inglés para todos excepto el círculo aristocrático más cercano, al que se concedía la dignidad de la simple decapitación. Para todos los demás, el método era el siguiente: el transgresor era ahorcado y descolgado antes de morir. Entonces lo castraban y destripaban, y echaban sus entrañas al fuego ante sus ojos. Si el verdugo era misericordioso, extraía el corazón del cuerpo, pero en cualquier caso se llevaba a cabo el último acto del ritual, cortar el cuerpo en cuatro partes, y los cuartos se arrojaban después a los perros. La traición era el delito habitual para este castigo, establecida su definición por los tribunales del rey y a conveniencia del rey”

…..

“Cuando fue vista por última vez, vestía su abrigo negro con el dobladillo suelto y su casquete negro. Cuando mi madre fue vista por última vez, lucía su minúsculo reloj en la muñeca, una muñeca delgada y bonita con su prominente hueso y unas preciosas venas finas y azules. Dejó atrás una casa limpia, y en la nevera un bocadillo de mantequilla de cacahuete y una manzana para la comida. Por la tarde, me tomé la leche y las galletas. Y ella no volvió”

…..


“Tampoco la muerte es lo que parece. Cuando la clase dominante impone la muerte a quienes teme, descubre que la propia muerte pude vivir. Es una paradoja. Ma Ludlow vive. Joe Hill vive. Crispus Attucks vive. Incluso Leo Frank, ¿por qué me viene  a la cabeza Frank colgado de su árbol en Georgia, balanceándose? Pero vale, incluso Frank. Los dos italianos hablan y se mueven y sonríen y levantan el puño en la mente de la historia. Soy su camarada, es a mi a quien hablan, es a mi a quien Sacco dirige su declaración.
Sócrates fue juzgado. Lo declararon culpable. Lo obligaron a beber cicuta. Mediante esta acción, sus acusadores lo elevaron a la vida eterna y se relegaron a la muerte real y a la total oscuridad de los perseguidores de todas partes”

…..

“Pocos minutos después de retirar el cuerpo de mi padre en una camilla, y fregar el suelo, y camuflar el olor orgánico de su muerte con el aroma amoniacal del detergente, condujeron a mi madre a la cámara. Llevaba el vestido gris y amorfo de la cárcel y unas zapatillas de toalla. Sabía que mi padre estaba muerto. En su rostro se dibujaba una sonrisa irónica, estudiadamente serena. Dirigió una mirada tranquila a cada uno de los testigos hasta que apartaron la vista. Algunos, al ver que su mirada se acercaba a ellos, sencillamente la eludieron. De pronto mi madre posó los ojos en el rabino de la cárcel. Era el mismo cuyas atenciones había rechazado durante las últimas cuarenta y ocho horas.
-No lo quiero aquí- dijo (…)
Poniéndose de espaldas a la silla, mi madre rechazó con desdén toda ayuda. Abrazó a la celadora que la había custodiado durante su solitaria estancia  de dos años en el corredor de la muerte de mujeres. Habían entablado una estrecha amistad. La celadora  lloró y salió corriendo de la cámara. Mi madre, todavía con su peculiar sonrisa, se sentó en la silla eléctrica y observó el proceso de sujeción de correas como un pasajero en un avión preparándose para el viaje. Cuando le pusieron la capucha, tenía los ojos abiertos. Cuando accionaron el interruptor, inició la misma danza, enarcándose, zumbando y chisporroteando. Desconectaron la corriente. El médico se acercó al cuerpo desplomado y auscultó el latido con su estetoscopio. Manifestó su consternación. El verdugo salió de su nicho e intercambiaron unas palabras. El alcaide estaba muy nervioso. Los tres periodistas conversaron en susurros apremiantes. El verdugo regresó detrás del muro y volvió a recibir la indicación, y volvió a activar la corriente. Después dijo que la primera «dosis» no había bastado para matar a mi madre, Rochelle Isaacson”

(E.L. Doctorow, El libro de Daniel, páginas 53, 168, 327, 377- 78)