lunes, 22 de octubre de 2012

"SUNSET PARK": VIAJE A LA DESESESPERANZA


Sunset Park
Paul Auster
Editorial Anagrama, Barcelona 2010, 278 páginas.

 

 Me considero un incondicional de Paul Auster, fan  de un narrador que para mi no sólo es ya un mito, sino el autor de novelas como Leviatán, El Palacio de la Luna o La música del azar en las que hallé, desde la década de los 90, magníficos materiales para la didáctica de la Filosofía. El escritor de Brooklyn, considerado por muchos el maestro posmoderno de la narrativa, lleva más de tres décadas brindándonos notabilísimos  mundos ficcionales, pero también impresionantes bajones de calidad, fruto quizás de esa “relación adulterina” con el cine, como comentó en su momento Jorge Herralde, su editor en español. Sobre todo en algunos de sus últimos libros, que no obstante no le han hecho perder lectores incondicionales. Paul Auster sigue estando de moda. En España se le edita como un autor de culto; en América, igual que lo que acontece con su compatriota John Updike, lo siguen vendiendo como el reverso de la otra cara de los millonarios fabricadores de best sellers.
   Regresa ahora, traducido a varias lenguas peninsulares, con Sunset Park. No es una novela comparable a alguna de sus grandes creaciones, pero vale la pena leerla. Porque es una buena novela. Una novela que conduce a la modernidad, como tantas otras producciones suyas y a que sea calificado su autor como escritor de élites. Él, sin embargo, se considera simplemente “escritor universal”, deudor, como no podía ser menos, de la tradición literaria de otras geografías y de otras épocas. “No tendríamos  a García Márquez sin William Faulkner, ni a Faulkner sin Joyce, ni a Joyce sin Flaubert” afirmaba el escritor de Newark. Y retorna desde Brooklyn y  a Brooklyn, su territorio sagrado. Desde su santuario, en un pequeño estudio del barrio newyorkino y al corazón del mismo barrio,  donde se levanta la casa destartalada de Sunset Park, convertida en comunidad de okupas  y en cuyo centro y alrededores se desarrolla toda la novela, con excepción de los tres primeros capítulos.
   ¿ De qué trata la novela? De lo que siempre ha interesado al escritor, sean cuales sean sus argumentos: de la condición humana, de las arduas y difíciles relaciones entre las personas y con esos hilos invisibles gobernados por la ruleta azarosa de la existencia que nos brinda caminos jamás imaginados y que convierte la vida en algo caótico, capaz de nos sumergir en la más profunda y tenebrosa soledad o de agasajarnos con pequeños instantes de felicidad.
   Sunset Park está ambientada en el aún cercano 2008, en  el post 11 de Septiembre y en el pre – Obama. Y en una breve sinopsis  argumental, diremos que sigue la estela de Miles Heller, un joven que lleva años desvinculado de su familia, tras la muerte accidental de su hermanastro de la cual se considera responsable. Ahora, después de deambular por varios Estados, vive feliz en Florida. Forma parte de un equipo que se dedica a limpiar viviendas de desahuciados por insolvencia e impago y se ha propuesto documentar con su cámara los últimos rastros de esas vidas. En un encuentro puramente casual, conoce a una chica de origen cubano, de la cual se enamora y con la que cohabita. Pero ella es menor de edad y una de sus hermanas le amenaza con darle el soplo a la policía si no le trae objetos que los inquilinos expulsados dejaron en sus casas vacías. El chantaje le obliga a aceptar la invitación de un amigo hasta que su novia cumpla la mayoría de edad. Regresa pues a Nueva York y en Sunset Park convive con un grupo de amigos que han ocupado una vivienda abandonada. A partir de aquí se desencadena verdaderamente la trama novelesca que sigue el guión de las estructuras narrativas de Paul Auster y que le hacen justicia de ese calificativo de escritor posmoderno.
   Siendo como es Sunset Park una narración de personajes, se convierte de inmediato en una novela coral y metaliteraria, porque el encuentro con cada uno de estos seres que pueblan el relato, genera de inmediato otra nueva historia  y ésta, otra. Cada personaje del libro origina la suya, pero estos pequeños bocetos de historias se amalgaman y finalmente se funden en el borrador de la historia del protagonista principal. Historias llenas de historias, un verdadero juego literario en el que se mezclan realidad y ficción. De todos modos, en Sunset Park se produce un cierto adelgazamiento en los juegos metaliterarios y en los trucos que emplea Auster, especialmente en lo referente al papel del azar. Ese mundo ateorizable donde los significados fortuitos  se convierten en destino, surge apenas en el primer capítulo, si bien el mismo autor se encarga de definirlo en la página 55: “Sólo otra jugada de dados, entonces, otra bola que ha salido del negro bombón metálicos, otra chiripa en un mundo de casualidades y eterno caos”.
Paul Auster
   Pero en cambio el lector hallará, y en abundancia, muchos de los ejes temáticos que ya hemos visto en anteriores obras: personas cultas, víctimas de acontecimientos dramáticos y complejos; un entorno de elementos literarios y metaliteraios (libros, editoriales, películas…). También los tópicos que suele utilizar el autor: disputas y desencuentros familiares, en especial los paterno – filiales; los relatos colaterales sobre el béisbol y sus jugadores famosos, como estabilizador social de América y metáfora de la vida. Mas lo realmente novedoso de esta novela reside en su envoltorio temporal: año 2008, una época muy concreta en la que la crisis económica comienza a morder en los ciudadanos de las clases medias y bajas. Un mundo que se viene abajo, abrumado por la ruina económica y por la crisis inmobiliaria y la rabia de los desposeídos, metaforizado todo, ya desde el principio, por el trabajo que realiza el principal protagonista: vaciar las viviendas de los desahuciados  que no pudieron seguir pagando su hipoteca; chicos llenos de ilusiones y con excelente preparación académica, incapaces de hacer frente al alquiler. Todos, y así cierra Auster la novela, están ahora sin hogar, las construcciones  perdidas, las manos perdidas, un porvenir en el que no hay futuro y que lo único que permite, es vivir el ahora, el instante fugaz. Un amargo viaje, pues, hacia la desesperanza, magistralmente relatado.

Francisco Martínez Bouzas

miércoles, 17 de octubre de 2012

UN CANTO FÚNEBRE POR KATERINA HOROVITZOVÁ

Una oración por Katerina Horovitzová
Arnost Lustig
Traducción de Patricia Gonzalo de Jesús
Editorial Impedimenta, Madrid, 2012, 160 páginas.

 
    Irónica quizás como ha señalado alguna crítica, pero sobre todo aterradora. Así es esta novela Una oración por Katerina Horovitzová del galardonado escritor checo, Arnost Lustig (1926-2011). Probablemente una de las obras que muestra de forma más plástica y viva las atrocidades de la “Solución final”, seguramente porque el mismo escritor vivió en su juventud la experiencia traumática de los campos de exterminio nazis.
   La trágica ironía de esta novela sobre el Holocausto está confinada en poco más de ciento cincuenta páginas, pero a pesar de su brevedad es una de las mejores novelas sobre la Shoah. Desde la primera página hasta la última, el lector capta de inmediato que  el texto o mejor dicho algunos de  personajes principales en él retratados, en especial el que tiene el poder, dicen cosas aparentemente sin ironías, pero sus palabras significan todo lo contrario. Y el resto de los personajes, las víctimas, esperanzadas por la posibilidad de comprar la vida y saldar la muerte, caen fácilmente en el engaño. Pero el lector sospecha todo desde el principio y por eso no se produce el efecto sorpresa, sino un “in crescendo” del drama, ya que desde las primeras líneas captamos que el grupo de judíos que creen viajar hacia una libertad comprada a base de sus caudales, corren en realidad hacia la muerte.
   Para comprender todo este irónico dramatismo será preciso acercarnos a la trama argumental. La novela sigue el periplo de un grupo de acaudalados hombres de negocios judeoamericanos de paso por un campo de concentración nazi en Polonia. Pertrechados en sus pasaportes norteamericanos y en su dinero, reciben la promesa de su repatriación, intercambiados por otro grupo de altos mandos del ejército alemán. Su interlocutor, guía y extorsionador es un alto oficial de la SS. Ya en la primera escena leemos que la bella y joven judía de diecinueve años, Katerina  Horovitzová, contradiciendo por primera vez a sus padre en el anden del ferrocarril de la muerte con las palabras “Pero yo no quiero morir”, provoca la compasión del portavoz de los prisioneros judíos, Herman Cohen, que consigue a cambio de dinero que Katerina se una al grupo, mientras sus padres y hermanas, sin ella saberlo, son gaseados.
   Y así comienza un viaje sin retorno en un tren que debería llevarlos al lugar del intercambio. Poco apoco pero sin pausa, la retórica verborrea revestida de irónica ironía del oficial alemán que les acompaña y la ceguera del Sr. Cohen, irán extorsionando al grupo, haciéndoles firmar cheques, a cobrar en bancos suizos, por todos los gastos hasta el más mínimo detalle y muchos de ellos inventados, del viaje y del intercambio. También poco a poco comprenden que la suya no es una operación de rescate sino un verdadero expolio y que las ingentes cantidades de dinero comprometidas son el precio de su supervivencia. Pero el lector sabe que se trata de algo mucho más siniestro desde el momento en el que la expresión “la solución final” aparece cada vez con mayor frecuencia y con macabro significado. Van y vienen. El tren les lleva de un lado para otro, sometidos a crecientes extorsiones y siempre regresan al campo matriz donde están las cámaras de gas y los crematorios.
   Al final les espera el abismo que todos presentimos desde el comienzo y cuyos contornos desde la lejanía se habían ido adaptando para moldear sus expectativas, haciéndoles creer que el dinero era capaz de comprar la vida y liquidar las cuentas de la muerte.
   Es mérito del narrador el saber jugar hábilmente con esa información que el lector sospecha desde la primera página, pero no así los prisioneros, sombríamente ciegos por el ansia de vivir. Cuando el expolio de sus bienes se hace palmariamente evidente, Lustig con gran pericia y realismo refleja el terror de los protagonistas que quieren negar la evidencia. Llegará un momento el que unos se dejan dominar por el pánico, mientras otros conservan vanas esperanzas y colaboran con sus verdugos. Solo Katerina reacciona como una heroína, nunca pierde su dignidad y su comportamiento se incrusta  en el mito y en la leyenda de las grandes protagonistas de los dramas del pueblo hebreo, merecedora por consiguiente del impresionante canto fúnebre del el rabino, igualmente prisionero, que incinera los cuerpos gaseados.
   La novela avanza por un cauce regular, aderezada  por un tono fantasmal que Lustig refleja desde el principio con gran lirismo, un lirismo escalofriante, fatalista con alegorías que hielan la sangre (El viento que corre por el campo no es viento, sino ceniza). En definitiva una obra narrativa que de forma magistral reproduce el encuentro y la colisión entre la razón y la barbarie, entre un mundo gobernado por la  brutalidad de la bestia, que se considera a si misma raza superior, que anula cualquier mecanismo humano, y unos pobres hombres desarmados incluso de su dignidad y que, más allá de toda esperanza, siguen confiando en huir del reino de los muertos.

Francisco Martínez Bouzas



Arnost  Lustig

Fragmentos


“Después de contemplar la multitud tras las alambradas y la humeante chimenea de detrás de las vías, su padre acababa de decirle: «Hemos venido aquí a morir». En la familia Horovitz nunca había estado bien visto contradecir al cabeza de familia. Ella tampoco era aún lo bastante independiente como para permitírselo. Sin embargo, se apeó del tren exhausta y espantada; en su interior no compartía la opinión de su padre, y por fin se atrevió a expresarlo en voz alta. Puede que fuera su mirada o su flexible paso de bailarina, su orgullo o, en definitiva, su abierta súplica (nadie lo supo nunca con exactitud y, en vista del resultado, tampoco importaba) lo que animó a Herman Cohen a reclamarla como mediadora entre Bedrich Brenske y el grupo. Fue en el instante en el que ella dijo a su padre sin tapujos y con franqueza: «Pero yo no quiero morir…»

…..

“No alcanzaba a escuchar la voz del sastre repitiéndose para sus adentros que también los pulmones del señor Brenske, y el tórax del señor Herman Cohen, y los pechos de la  propia joven, y hasta las vías respiratorias del sargento Emerich Vogeltanz, todos estaban henchidos de aquella ceniza, y que ella, mucho más que ninguno de ellos, estaba inhalando las cenizas de sus seis hermanas, de su madre, de su padre y de su abuelo; pero no le estaba permitido descubrirlo a través de palabras, sino solo leerlo en sus ojos. Habían sido, serían y permanecerían estigmatizados por aquella ceniza.”

…..

“Al día siguiente, al amanecer, y por orden de Bedrich Brenske, se expuso el cadáver de la bailarina judía de diecinueve años, Katerina Horovitzová en el almacén contiguo al crematorio, donde (como ya se ha dicho ya) se dejaba secar el pelo que se cortaba a las mujeres ejecutadas en las cámaras de gas. Todo el proceso se cuidaba con la más esmerada atención. Una parte de los hombres del comando especial, ayudándose con mangueras, regaban a las gaseadas con chorros para limpiar sus céreos cuerpos de todo lo que se mezclaba con ellos: la sangre que esputaban los pulmones enfermos, la sangre que era muestra de la salud de las muchachas y de las mujeres en edad de concebir, o la sangre que fluía de las uñas que se clavaban en los cuerpos de sus propios dueños o en los de sus inmediatos vecinos.”

…..

“El rabino Dajem de Lódz acariciaba sin descanso el cabello y el rostro de Katerina Horovitzová como había hecho en cientos de ocasiones anteriores, repitiendo sin cesar:
-Mi pequeña, mi tierna, mi valerosa criatura. Alabado sea tu nombre, antes que el nombre del Señor. Valiente, luchadora. Alabado sea mil veces tu nombre.
Más tarde contempló cómo su cuerpo se hacía cenizas después de que lo hubieran desprendido de su cabello, mientras repetía entre cánticos que ni Bedrich Brenske, ni su ayudante, ni ninguno otro comprendía:
-Cien veces valerosa, cien veces bondadosa, mil veces justa, mil veces bella…”

(Arnost Lustig, Una oración por Katerina  Horovitzová, páginas 11, 55, 156-157, 160)

lunes, 8 de octubre de 2012

"EL VIGILANTE DEL FIORDO", ENTRE EL MIEDO, LA ALUCINACIÓN Y EL SARCASMO


El vigilante del fiordo
Fernando Aramburu
Tusquets Editores, Barcelona 2011, 184 páginas.



Cuando se tiene en las manos un nuevo volumen de cuentos de Fernando Aramburu (San Sebastián, 1959), uno de los narradores españoles más notables y singulares  de las últimas décadas, resulta inevitable que surja en la memoria lectora la experiencia estremecedora de su otra colección de relatos, Los peces de la amargura (2006). Entre otros motivos porque El vigilante del fiordo  se sutura temáticamente con las historias patéticas y con el extrañamiento y la alucinación de Los peces de la amargura. Aunque posiblemente -y así lo reflejan algunos críticos-  no con la fuerza e intensidad del libro de referencia, como si Fernando Aramburu hubiese optado intencionadamente por una escritura menos directa, más elusiva, distanciada o desdibujada y sin la coherencia y homogeneidad temática que se hacía patente en Los peces de la amargura.
El vigilante del fiordo, en efecto, junto a relatos que nos retrotraen al terror provocado por el delirio criminal de los homicidas terroristas, temas muy reconocibles para los lectores del escritor, bucea en otras geografías delimitadas por el desvarío y la extrañeza o por una suerte de ironía sarcástica, con tintes de humor surrealista y de esperpento. La misma ruptura de la homogeneidad se deja entrever en la elección de las modalidades narrativas, con el ensayo incluso de experimentos y variantes genéricas. Al lado de relatos en los que prevalece la narrativa tradicional propia de las fórmulas canónicas de la novela o del cuento, el lector se encuentra con otras de distinta hechura: textos dialogados a semejanza de la literatura dramática y de la modalidad epistolar. Y técnicas narrativas que utilizan el recurso de la concatenación o sucesión de distintas anadiplosis -secuencias que finalizan y empiezan con la misma palabra- con las que el autor experimenta una arriesgada pero plausible elaboración estilística.
El miedo y la obsesión de la vida cotidiana, en un entorno que no es el suyo, del matrimonio que protagoniza “Chavales con gorra”, inaugura el volumen. El mundo hostil, sus vidas rotas ante la amenaza terrorista se ha convertido en un infierno de terror que ofusca su percepción de la realidad. Por el mismo derrotero, bordeado de drama y obsesión, caminan quizás los dos mejores relatos de la colección: “Carne rota” y el que le da el título al libro: “El vigilante del fiordo”. En ambos se hace presente la huella del terrorismo. “Carne rota” es un relato estremecedor, una excelente recreación literaria de los atentados islamistas del 11-M desde la experiencia de las víctimas. Ellos son los protagonistas. El protagonismo de los heridos en sus cuerpos y en sus almas, de  los familiares de los fallecidos, de los seres repentinamente alejados de sus quehaceres diarios. Ellos y ellas en el escenario de los atentados, rememorando la tragedia o exhibiendo sus secuelas en los momentos posteriores. En breves secuencias concatenadas por el recurso poético de la anadiplosis, Fernando Aramburu nos  presenta un encadenamiento de damnificados, victimas del atentado. Los ínfimos detalles (la musiquilla alegre del móvil que suena y vuelve sonar…), los gestos, las palabras solidarias destilan una profunda carga poética y forman parte de una esmerada arquitectura teñida de terror y de sangre que narra con inusitada eficacia literaria los atentados de marzo de 2004 en Madrid. Un grito dolorido surge de la lectura abrumada de tanta “Carne rota”, un relato en el que el escritor se olvida de eludir la tragedia y la retrata a corazón abierto.
“El vigilante del fiordo” es sin duda el relato de más compleja elaboración de la serie, pero es igualmente abrumador. El relato amalgama técnicas narrativas distintas: diálogo teatral y relato en tercera persona. En ambas modalidades hacen acto de presencia igualmente el dolor, la angustia y las heridas que jamás cicatrizan, provocadas en las víctimas por la violencia terrorista. Un funcionario de prisiones enloquece, víctima de un sentido obsesivo de culpa, y viaja a Noruega para alertar de la presencia de terroristas en la zona. Eso es lo que parece, porque, en realidad, la bomba dirigida contra él que mató a su madre, hizo explotar su cordura mental y ahora vive extraviado en las obscuridades de su mente, que contrastan con la luminosa belleza del paisaje nórdico y con la atmósfera claustrofóbica del relato.
El volumen incluye otros cuentos con otras y dispares inquietudes y que nada tienen que ver con las lacras terroristas. Son las incursiones de Fernando Aramburu en esos contornos delimitados por el desvarío y la alucinación, tales como “La mujer que lloraba a Alonso Martínez”, o por una mezcla de de tragedia, farsa y humor sarcástico, como “Mártir de la jornada”, “Lengua cansada”, “Nardos en la cadera” y “Mi entierro”, una original perspectiva narrativa de alguien que, entre alucinado y atónito, narra su propio entierro.
Una recopilación de relatos no homogéneos, como ya he dicho, con tratamientos novedosos, pero unificados por la maestría de una prosa muy elaborada, de primera calidad, una profunda caracterización de los personajes con la economía de unos pocos trazos y la facilidad para recrear escenarios colindantes con las pesadillas de la tragedia o con los ambientes surrealistas, absurdos o teñidos de un fino humor.

Francisco Martínez Bouzas







Fernando Aramburu


Fragmento

“La mano era lo único que asomaba por el borde de la manta. Una mano bien proporcionada, con las uñas pintadas de rojo y una sortija verde de bisutería. La chica aún se movía cuando la depositaron en el suelo. El rumano no le prestó apenas atención. Bastante tenía con lo suyo. Siguiendo las indicaciones de la policía, había venido por su pie con otros heridos al Centro Deportivo Daoiz y Velarde (…) Entre dos sanitarios depositaron minutos después a la chica como a unos dos metros de donde él se encontraba. El pelo le ocultaba la cara. Al principio la chica se movía. Las piernas. La espalda. Un poco. Un ligero temblor. Cada vez menos. Luego dejó de moverse. Vinieron a atenderla. La voltearon con cuidado. No había nada que hacer. Al rato fue tapada con una manta que sólo dejaba al descubierto una de sus manos. Una mano delgada, bonita, inmóvil para siempre. Los sanitarios se dirigieron al siguiente cuerpo tendido. Al rumano, recostado contra la pared, se le cerraban los párpados. Los abría con esfuerzo. Se le cerraban. Los…Se le…L…S… De repente lo sobresaltó la musiquilla de un móvil. El rumano miró en rededor hasta ubicar la melodía alegre a dos metros de él, debajo de la manta. Vaciló un momento. La melodía de notas agudas y saltarinas no cesaba. No venía de su teléfono. Él ya había dado cuenta a sus familiares de lo ocurrido. La musiquilla persistía con una insistencia de súplica en medio de aquel desbarajuste de sanitarios y cuerpos malheridos. Se acercó a la manta, alzó un borde, allí estaba el teléfono móvil, medio a la vista en un bolsillo del abrigo chamuscado. Al otro lado de la línea una voz de mujer entrada en años articulaba palabras en un idioma desconocido para el rumano. Quizá polaco o ruso. Se dio cuenta de que no lograba hacerse entender. Y la voz se alarmaba repitiendo lo que parecía un nombre, el nombre de la depositada en el suelo. Bombas en tren. Señora, bombas. Bum , ¿comprende? El rumano pulsó la tecla de desconexión, volvió al sitio que los sanitarios le habían asignado junto a la pared. Segundos después sonó otra vez el móvil de la chica bajo la manta. El rumano no se movió. Bastante tenía con lo suyo. La musiquilla alegre siguió sonando un rato largo debajo de la manta”

(Fernando Arámburu, El vigilante del fiordo, páginas 53-54)

sábado, 6 de octubre de 2012

MICROSUEÑOS HECHOS PALABRAS

Microsueños
María Elena Lorenzin
Ediciones Asterión, Santiago de Chile, 77 páginas.


Desde las antípodas australianas, vía Singapur, me llegó hace unas semanas este pequeño pero exquisito obsequio literario. Su autora, María Elena Lorenzin. Argentina de Jáchal, con residencia en Adelaide (Australia del Sur). Enseña lengua y literatura española en la Universidad de Flinders, donde, sin duda, sus alumnos y alumnas levitan con sus sueños convertidos en primoroso verbo español.
Setenta y cinco relatos recompilados en un pequeño volumen dan fe del dominio superlativo que la autora posee sobre el arte de la compresión, en el género de la recompensa inmediata. A María Elena Lorenzin, cualquier cosa o pequeño detalle le provoca una historia que su imaginación convierte en sueño y su habilidad con la lengua en hermosas palabras que nos ayudan a nosotros a recuperar nuestros sueños.
Puede ser el viejo reloj que un día se queda dormido y se despierta aterrado, sin que nadie hubiera reparado en el pequeño retraso. Pueden ser los zapatos que solo esperan la hora de marchar, metáfora del inamor, o el cazador que, frustrado por no haber logrado cazar ninguna pieza, se sitúa a la sombra del manzano, se queda dormido y nunca tuvo mejor caza, pero ahora no sabe qué hacer con Eva. Sueños en blanco y negro, reflejo de vidas anodinas. Hasta sueñan los koalas, sueñan que tienen alas que les permiten volar, pero el golpe a tierra les quiebra esos miembros soñados.
Sueños de escritores a los que les falla la memoria, porque acarrean demasiadas soledades juntas. ¡Hasta cien años de soledad! O de ángeles con alas ortopédicas que les obligan a renunciar a su condición angélica. También sueños encerrados en jaulas para que no se nos escapen.
La fantasía de María Elena Lorenzin se entretiene así mismo con realidades cotidianas. Son unos zapatos, un gato, una rana, una liebre que saltan de los microrrelatos de un joven escritor y le hacen soñar que pertenece a esas especies animales, pero hay días que se siente gata y eso le preocupa. O los consuelos de la mujer infeliz a la que el Espíritu Santo la gratifica con maltratos maritales solo los fines de semana y feriados.
Y así hasta la página final, derrochando imaginación, ingrávidas y agudas ocurrencias, juegos de palabras… porque la autora, aunque se alimenta de sueños, no se le escapan los manjares de la fantasía, ni precisa robarlos para vivir y no morir de anemia.
La brevedad, la concisión, el ingenio que fluye  a borbotones, marcan la línea de esta antología de relatos breves, escritos con un personalísimo acento. María Elena Lorenzín, desde la brevedad, homenajea al idioma. Su dominio de la gramática del microrrelato (títulos que ejercen eficazmente su función orientadora, economía lingüística, núcleos diegéticos explícitos o implícitos altamente condensados) suscitan en el lector la sorpresa, la sonrisa, la placidez y el deseo de elaborar su propia historia a partir de las bellas condensaciones de esta perseguidora de sueños, contratada  incluso para atrapar pesadillas.
Francisco Martínez Bouzas




Fragmentos

Atrapada
“La mujer intentó con mucho espero construir un enorme cazador de sueños. El suyo sería diferente de todos los que había conocido en su larga vida. Consumió años en la búsqueda de sus preciados materiales, plumas de quetzal, de cacatúas, de kiwuis, pero le faltaba la imprescindible: la pluma de águila. Su cazasueños aguardaba ahí, en el centro, incompleto. Un día, debilitada, decidió terminarlo aún sin la pluma de águila. Desde entonces, en algunos de estos atrapasueños se pueden vislumbrar en el fondo la silueta de la mujer”

El secreto de confesión
“Esto de ser mujer y encima virgen, es algo tremendo, te lo puedo asegurar, María Magdalena. No se lo deseo ni al más pintado. Fíjate que ni siquiera figuro en los diccionarios. En los altares soy segundota, primero está siempre el Hijo y los santos y demás beatos. La virginidad pasó a la historia. Tú sí que tienes posibilidades”

DefiSueños
“El sueño de Dios es un sueño eterno. El de los hombres un eterno sueño”

Allium ascanolicum
“la escogió con esmero, ni tan grande ni tan pequeña que no pudiera cumplir su función. Cuando llegó a casa, sin hablarle, las dos manos y comenzó a quitarle el ajustado ropaje. Finalmente, después de mucho forcejeo, el hombre la cogió con voluptuosidad y la puso así desnuda como estaba, encima de una gran tabla en la mesa de la cocina. Ella no pudo hacer nada, sólo hacerlo llorar mientras la picaba con destreza de un chef”
Estatua
“Que hoy me caguen las palomas. Que hoy no me caguen las palomas. Que hoy no me caguen las p…”
Consecuencias
“Se casaron un lunes de luna llena. Ahora no saben qué hacer con tantos lunares.”

(María Elena Lorenzin, Microsueños, páginas 11, 28, 34, 47, 49, 57)

miércoles, 3 de octubre de 2012

VIAJES A LOS MUNDOS DE LA LOCURA

Males de cabeza
Fran Alonso
Faktoria K de libros (Editorial Kalandraka), Vigo, 2007, 219 páginas.

  

En su versión original gallega  Males de cabeza significó el retorno de Fran Alonso al territorio literario que le vio nacer como creador, al margen de su trabajo en el periodismo de naturaleza cultural. Males de cabeza se suma, en la trayectoria del escritor como narrador a títulos como Trailer ( 1991 ), Premio Blanco Amor de Novela, Cemiterio de elefantes ( 1994 ), Silencio ( 1995 ), O brillo dos elefantes ( 1999 ), Cartas de amor ( 2006 ). Títulos de un escritor todo terreno en lengua gallega a cuyo perfil es preciso sumar sus obras poéticas y sus incursiones en el reportaje periodístico.
   En Males de cabeza escuchamos la voz de un narrador singular e innovador dentro del sistema literario gallego. En un reciente estudio sobre la narrativa gallega de finales del siglo XX, se etiqueta a Fran Alonso como visitante ocasional de lo que la autora considera narradores heterodoxos metaficcionales que reniegan de las categorías narratologicas fundamentales, como la del narrador o la del personaje. La misma construcción de la novela, traducida al español por Faktoria K de libros, fue atípica. El autor puso el texto en un portal de Internet a disposición  de los internautas para que actuaran sobre el mismo. El mismo título del libro ya proporciona indicios de su núcleo diegético. Sus páginas, en efecto, son un muestrario de las incontables locuras a las que somos arrastrados los seres humanos en tiempos y espacios muy propicios para la gestación de desatinos. La idea central de la propuesta narrativa de Fran Alonso, idea que actúa además como hilo conductor de la narración, no es otra  que la afirmación de que la demencia es un sombrero que se quita y se pone a conveniencia de los habitantes del mundo exterior. El sombrero permanece incrustado de forma permanente y definitiva en la cabeza de los locos oficiales. Ellos constituyen los universos dementes que nuestra sociedad, pudorosa y sanadora, esconde detrás de los muros, hoy quizás de cristal, de los modernos manicomios. Es la locura de los auténticos locos que el relato de Fran Alonso nos permite visitar, guiados por un maestro de ceremonias muy común: un loco que se presenta bajo las credenciales de gato, un gato triste y solitario. Desde el periscopio de su demencia divisamos los territorios de las diversas esquizofrenias, psicosis y paranoias.
   En el recorrido encontramos de todo. En relatos muy breves que el autor rotula con el mismo título ( “La Locura es un sombrero” ), el lector descubrirá el abanico polimorfo de las distintas locuras con estatuto propio: los locos de la unidad de agudos que se consideran perros, verdaderos bulldogs, aficionados compulsivos del botín criminal. Los paranoicos que juzgan y ajustician a los demás desde su baluarte alienado; los infieles neuróticos que patalean en ese océano grasiento e inmenso que llamamos psiquiátrico; a los obsesos del sexo, pequeños cánidos, moradores de las cavernas más profundas y totalmente desquiciados por violar a los felinos. En fin… a aquellos que ni siquiera saben quiénes son.
Fran Alonso
   Pero como la locura es un sombrero que, a conveniencia, se quita y se pone, luce también en la cabeza de los habitantes del mundo exterior. En veinte relatos de formato mayor, el autor nos muestra el mapa de las locuras cotidianas, las llamadas demencias de baja intensidad. En la actualidad nadie se libra de alguna de ellas. ¡Ni siquiera las vacas son capaces de evitarlas! Es en la recreación literaria de estas locuras cuotidianas  donde Fran Alonso luce sus armas de excelente narrador. El autor recrea ficcionalmente la existencia humana con sus derrotas, sus viajes hacia la nada de la demencia o hacia los interminables caminos de la angustia y del infortunio diario. Son prosas extremas que basculan entre lo carnavalesco y lo infinitamente humanos y en las que el autor luce sus armas de excelente narrador. Historias esperpénticas, mordaces, vitriólicas, estremecedoras, sumamente tiernas. De todo hay – los modelos de las locuras cotidianas  son infinitos – en este libro que se yergue sobre  una estructura dicotómica, que le hace justicia a las dos modalidades de demencia que la novela detalla, y  que recibe las influencias de la tradición literaria y cinematográfica comenzando por la intertextualidad con sus poemarios Tortillas para os obreiros y Pedramol e outros nervios. Motivos recurrentes que ya aparecían e su primera novela: la soledad, la incomunicación, el desengaño, la incomprensión y que en estos relatos nos son servidos bajo la indumentaria de la locura.

Francisco Martínez Bouzas

lunes, 1 de octubre de 2012

LOS RELATOS EUROPEOS DE MARIO MARTÍN GIJÓN

  
  
Inconvenientes del turismo en Praga y otros cuentos europeos
Mario Martín Gijón
RKK Ediciones, Oviedo, 2012, 209 páginas.

 
Hay buenos o incluso excelentes originales a los que una mala edición, una edición cicatera convierte en malos libros. Y estos ocho textos de Mario Martín Gijón, de tamaño medio, cercanos algunos a la novela breve, son un buen ejemplo. Más de doscientas páginas que exploran con la ficción los mapas europeos y lo hacen de forma más que notable, terminados de imprimir el día en el que se conmemora el cuadragésimo aniversario de la proclamación de las libertades de prensa en Praga -una ciudad de estas geografías-, no pueden ni deben hacer presente su recepción y consumo en un formato editorial de mini libro ni con un minúsculo tamaño tipográfico.
   El paratexto editorial no arruina sin embargo el libro de Mario Martín porque su escritura es de las que se defienden por si solas. En mi opinión, en efecto, estamos ante un narrador que ficcionaliza con soltura y profundidad una carga diegética de gran calado y que es preciso leer teniendo en cuenta sus dos grandes referentes: cuentos enmarcados en ciudades europeas, en la Europa gloriosa, continente adelantado de derechos y libertades y en la Europa que esclaviza a las personas, hace que se vendan o que por ella transiten como  seres clandestinos. Un registro culto, rebosante de connotaciones de la literatura y de la cultura europea, es otra marca de la casa de estos ocho relatos de Mario Martín.
   El libro, como digo estructura su bagaje diegético en ocho historias, cuya centralidad corresponde, en mi opinión, a la que rotula la publicación: “Inconvenientes del turismo en Praga”. Huyo de la tentación de convertirme es “spoiler” de esta historia de gran calidad y riqueza literaria. Simplemente apunto que es un relato sobre el desencanto: el artista escultor transita de decepción en decepción, hasta perder el rumbo y sentir la necesidad de convertirse en otra persona, por la Checoslovaquia comunista, por la ciudad de Praga donde parece que estaba surgiendo algo nuevo, por el Chile de Salvador Allende, por el capitalismo con el conformismo y la poca originalidad. Desencanto semejante al de una mujer española, sumida en una crisis sentimental, de turismo en Praga. Ambos personajes confluyen en el desenlace.
   Mas hay otros relatos de Mario Martín que merecen igualmente ser resaltados. Tales como “El último guerrillero” que  evoca un doble exilio: el del luchador antifascista español que rememora las jornadas inolvidables en que, cargado de tristezas, se ve obligado a abandonar la España republicana, los atentados a su dignidad y  a la de tantos compatriotas en Argelès-sur Mer donde fueron considerados por los franceses como “heces de la anarquía mundial” y su regreso a España con la fortaleza intacta para continuar una inútil lucha.  “Morir en Lisboa” es un viaje en tren a la ciudad de Lisboa para recuperar los recuerdos, la nostalgia y realizar un ejercicio de expiación tras lustros de olvido. “El destierro en Bugibba” es a su vez la historia de otro naufragio existencial, matrimonial, de enfrentamientos con el angustiado mundo interior del protagonista desterrado en Malta, con un final feliz que convierte el destierro en una esperanza, regalo de aniversario quizás de la esposa desaparecida. Y del Mediterráneo la escritura de Mario Martín nos trasplanta a otras cartografías y ambientes que conoce muy bien: Saint Avold, una villa de la región de Lorena en la que presenciamos los problemas y dificultades de enseñar alemán, provocados por los recuerdos de las pasadas afrentas germánicas y las conmociones del protagonista ante  los adolescentes. Es la historia del relato “Cuestiones de literatura alemana”.
   De semejante hechura, aunque localizados en otras ciudades o ambientes europeos (Oxford, Alemania, Polonia), el resto de los relatos anclados en geografías literarias, pero con protagonistas emergiendo de las mismas con sus historias de renuncias, trampas, esperanzas…
   Mario Martín orquesta  un ambicioso trabajo de esmerilado, no exento de connotaciones o pequeños guiños metaliterarios (un autor a veces autorreferencial que habla de si mismo, aunque disfrazado de traductor). El resultado son ocho láminas de historias de naufragios vivenciales, familiares, de seres enfrentados con su angustioso mundo interior.
   Sorprende la habilidad y agudeza con las que se formulan las grandes cuestiones del ser humano: la derrota, la esperanza, el desencanto, el deseo, el sometimiento, las trampas a las que los pobres emigrantes sucumben en la Europa rica…cobran vida en los personajes de estos relatos, hasta el punto de permitirnos vernos retratados en ellos. Las incorporaciones intertextuales que concentra el texto con referencias a la cultura europea y a la música, más sin estorbar, los fulgores de una prosa cristalina y muy elaborada convierten estas narraciones de Mario Martín en un producto literario de gran calidad, apto sobre todo para paladares que saben degustar la verdadera literatura.

Francisco Martínez Bouzas


Mario Martín Gijón

Fragmentos

“Pero qué digo. No me siento con fuerzas para criticarla ni culparla de nada. Desde esta habitación, cierro los ojos y me traslado de nuevo a la playa de Caparica por donde ayer paseé mi fracaso antes de regresar derrotado a este hotel donde agonizo. Veo las olas rompiéndose una y otra vez contra esos negros roquedos, y pienso que la marca del tiempo acaba por erosionar las convicciones más firmes y amenaza desmoronar los pilares sobre los que construimos nuestras vidas. Seguramente, si viviéramos doscientos o quinientos años, como según Philippe harán los hombres del futuro, no quedaría ninguna convicción incólume y cada persona se volvería ajena a lo que fue en su siglo anterior de vida. Si antiguos comunistas se convirtieron en reaccionarios, quizás con el tiempo se hicieran revolucionarios de nuevo. La fe  de las personas más convencidas terminaría por tambalearse, y los ateos más fervorosos quizás se estremecerían ante la duda”.

…..

“Nunca pensé que la libertad tuviera este rostro. Esta frase, patética, desencantada, quizás algo cursi para un escultor, suscita una cadena de preguntas. ¿Cuál? ¿Qué rostro? ¡Con qué facciones, con qué expresión? Por más que me esforzaba no lograba encontrar la expresión que convenía a la libertad que nos había llegado. Después de esperarla tanto no la reconocíamos, y hablo en plural porque creo que no era el único que se sentía confuso. (…)
Los rusos se habían ido, pero vinieron otros extranjeros, cuya presencia ruidosa y avasalladora impedía ver en qué nos íbamos convirtiendo nosotros. Nuestra Praga, la Mater Urbium en la que habíamos pensado como una princesa a la que había que rescatar del ogro soviético, parecía ahora una chica fácil y aburrida, deseosa de venderse a los visitantes. Las chicas praguenses  que en nuestra Primavera del 68 provocaban con picardía y desprecio a los toscos invasores militares habían dado paso, tras nuestra revolución de terciopelo, a las prostitutas de los innumerables clubs a los que acudían patanes con libras o marcos a gozar de una belleza inasequible en sus países. La melancolía y la resignación fueron arrolladas por una ola de chabacanería”.

(Mario Martín Gijón, Inconvenientes del turismo en Parga y otros cuentos europeos, páginas 39, 99-101)

domingo, 30 de septiembre de 2012

ROUMELI: GEOGRAFÍAS LITERARIAS DEL NORTE DE GRECIA

Roumeli.Viajes por el norte de Grecia
Patrick Leigh Fermor
Traducción de Dolores Payás
Acantilado, Barcelona, 2001, 339 páginas.


Cualquier persona experta o simplemente aficionada  a los libros de viajes reconoce en la figura de Patrick Leigh Fermor un referente mundial en la literatura de rutas y caminos. Y no me refiero a la autoria o fabricación de guías que se limitan a señalar centros turísticos que conviene visitar, sino a esa otra escritura que nos sumerge en verdaderas geografías literarias. Libros escritos además con impronta y voluntad de estilo literario y quizás con páginas preñadas de melancolía. Es la literatura de viajes, en cuyos inicios figuran las bitácoras de conquistadores y expedicionarios, tales como las crónicas de los viajes de Marco Polo o las de los conquistadores españoles por tierras americanas, que se caracterizan por presentar la visión del escritor que suele actuar como personaje principal de una experiencia de descubrimiento de determinados lugares del planeta.
Pueden, por lo tanto, ser considerados como muestras de la “literatura del yo”, pero de un yo transitivo que dialoga y enriquece su propio acervo cultural y vivencial en contacto con otros yos, con otras formas de vida, con otras culturas, con otros paisajes. Una herramienta literaria, en definitiva, que no es autobiografía ni diario ni memorias en sentido estricto. Pero es autoficción, narrativa autorreferencial; subjetividad desde luego, pero abierta, capaz de transferir experiencias concretas del individuo.
Como dije, Patrick Leigh Fermor es un modélico maestro en este tipo de literatura. Este audaz guerrillero en Creta durante la Segunda Guerra Mundial, viajero de mil singladuras y erudito de caminos, falleció en Inglaterra el 10 de junio de 2011. Una fatal casualidad hizo que la editorial Acantilado terminara de imprimir la traducción de Roumeli. Travels in Northern Greece tan solo unos días después de su fallecimiento. La lectura de este libro y otros de su autoría es la mejor manera de recordarlo, de despejar el olvido que es de lo único que de verdad se muere.
De la mano pues de las experiencias vivenciales y siguiendo la estela de Patrick Leigh Fermor, nos adentramos por las zonas más remotas y menos conocidas de Grecia. En ese Roumeli, que desapareció de los actuales mapas de Grecia y es una denominación coloquial  de una región cuya ubicación y extensión han variado de modo impreciso, pero que, a grandes rasgos, señalaba hace tiempo el norte del país.
El viaje se inicia en Alejandrópolis, en la Tracia, donde traba contacto con los sarakatsáni, pastores nómadas que habitan efímeros poblados de conos de mimbres y juncos entre peñascos y desfiladeros, “siluetados contra el cielo”, intangibles como un espejismo, evanescentes personajes casi míticos. Con los valacos seminómadas arrumanos, orgullosos  de su lengua propia de origen latino que, como los sarakatsáni consideran los pastos de verano como su verdadero hogar. El autocar lleva después al viajero a Meteora, con inmensos tambores de piedra, con pilares y estalagmitas ascendiendo hacia el cielo, y en cuya cima, cual nido de águilas, se asientan los muros y los campanarios de monasterios habitados por monjes y monjas, “los atletas de Dios” y cuya vida, a diferencia de monaquismo católico, funciona de modo azaroso e improvisado. Arrulla al lector para prepararle ante su teoría del dilema heleno-romaico: dentro de cada griego conviven dos personajes opuestos: el romiós y el heleno, la práctica y la teoría por fijarnos únicamente en dos características antagónicas.
En la singladura de Fermor hay un desvío a Creta, un epítome de Grecia, cuyas montañas jamás estuvieron enteramente sojuzgadas, ni durante la ocupación turca ni en la invasión alemana de 1941. Las costumbres ancestrales empujaron a mujeres, ancianos y niños a resistir a toda costa la ocupación, mas también les dejaron una herencia salvaje: el robo de ganado sigue estando a la orden del día, los matrimonios se inician con el secuestro a mano armada de la novia.
Prosiguiendo la ruta hacia el norte del golfo, arriba el viajero a un pueblo de pescadores que lleva el nombre griego de Langosta, pero donde no hay langostas porque no existe la costumbre de salir a pescarlas. Sin embargo, en Missolonghi, una ciudad cercana, se verá envuelto en la aventura de perseguir las huellas -también las babuchas- de Lord Byron. Finalmente el finísimo oído literario de Fermor reproduce los “sonidos” del mundo griego y nos ilustra sobre los problemas y circunstancias de la herencia bizantina y los vestigios de la dominación turca.
El periplo “fermoriano” se convierte en un fresco multicolor, iluminado por los fulgores de una prosa esplendorosa, de elevada calidad, rebosante de detalles, de erudición, armonía, frescura, así como destellos melancólicos de una cultura inmemorial y de un pasado esplendoroso. Libro pues de intensas experiencias vitales, de evocaciones, capaz de suturar la memoria viajera con la memoria literaria.

Francisco Martínez Bouzas



Patrick Leigh Fermor

Fragmentos

“Llegamos a la parada de Sikaráyia. Era un pueblo entero de bonitas cabañas sarakatsáni parecidas a colmenas gigantes que se hincharan y luego contrajeran gradualmente. Los tejados estaban hechos de cañas, y las hileras de bejucos cortados se solapaban con la precisión del blindaje de un armadillo de siete franjas. Estaban coronadas por cruces de madera, y alrededor de ellas caracoleaba el fino humo que escapaba entre las grietas del cañizo. Los sarakatsáni vestidos de negro se agruparon a los pies del furgón nupcial, y la novia descendió, de nuevo en volandas, a tierra. Todo el cortejo se dirigió hacia la pequeña iglesia entre coros de gritos, saludos y salvas de mosquetes. El tren expelió un silbido, seguido por su obligada respuesta en forma de vapor, y después se perdió bamboleando valle abajo”

…..
“Los olivares de Anfisa, sus terrazas de vides y maíz, son las notas que cantan los pájaros. El Pindo es una fanfarria; los cencerros de las cabras y el peculiar caramillo del pastor.
Arcadia es la flauta doble. Arachova, el golpear de los martillos en las cuerdas del salterio. Roumeli es una canción klepta interrumpida por ladridos de perros y silbidos estridentes. Espiro es el ruido de los pasos de los elefantes, las huellas pírricas, el choque de talones en la danza tsámiko, el suspiro de las encinas de Dodona, el trueno y la lluvia de Acroceraunia.
Meteora remonta el vuelo serpenteando hacia el cielo, igual que una letanía bizantina atraviesa la concavidad de una bóveda y asciende en cuartos de tonos hacia el pantocrátor.
(…) Bassae y Sunio son el sonido trepando por los pilares acanalados como una flauta de Pan. Namea es el fragor de una columna que se desploma. Naoussa, el golpe sordo de una manzana que cae. Edesa, un cascada. Kavala, la caída de una cuenta de ámbar. Metsovo es una piña que arde. Samarina, una voz vlaca. Avdela, el campanilleo de un venado
(…) Los mares de Grecia son la odisea cuya música no podremos conocer jamás. Las ilimitadas extensiones y los latidos de la métrica, el flujo y reflujo de los hexámetros barridos por vientos y corrientes, acompañados por su escolta de acentos”

(Patrick Leigh Fermor, Roumeli. Viajes por el norte de Grecia, paginas 21, 309-316)

jueves, 27 de septiembre de 2012

"FAMILIAS COMO LA MÍA": NARRATIVA ANTI-LECTORES INDOLENTES

Familias como la mía
Francisco Ferrer Lerín
Tusquets Editores, Barcelona 2011, 332 páginas.

  

   No caben medias tintas. A Francisco Ferrer Lerín se le ama o se le odia. Me refiero, por descontado, a la obra de un hombre que tiene la sensación, él mismo, de haber sido devorado por la leyenda. Su fama de escritor de culto, de raro de la literatura, generador del fenómeno poético de los Novísimos, amigo y compañero de generación de Pere Gimferrer y de Félix de Azúa -hubo un tiempo en el que su nombre fue identificado como heterónimo del primero- jugador de póquer, aunque nunca se consideró un tahúr, pero si que desplumó a no pocos pichones, verdaderos maleantes de la sociedad catalana, todo esto, repito, contribuyó a agrandar la leyenda. Un bien día, fascinado por las aves necrófagas, dejó atrás sus amistades y se convirtió en un bartleby, aunque siguió escribiendo a la sombra y sin darle demasiado valor a lo que hacía, porque escribir le resultaba extraordinariamente fácil. Los lectores le hicieron regresar a la poesía y en el año 2010 su poemario Fámulo se alzó con el Premio de la Crítica de poesía en español. Pero antes, en la primavera de 2005, aparece publicada en una editora aragonesa su autobiografía, Niquel. Familias como la mía, es, en su primera parte, la versión revisada de Niquel, una novela vinculada a la leyenda de experto jugador de póquer, de trasiego clandestino de carroña, a su dedicación a la defensa y cuidado de las grandes aves necrófagas y a otros menesteres menos gloriosos y cuya verosimilitud suscita muchos interrogantes.
   La lectura de Familias como la mía  me produce la impresión de estar no ante un autor raro, sino de haber chocado de frente con un escritor sumamente inteligente. Uno de esos seres aventajados que han optado por una actividad anómala -así define Ferrer Lerín la escritura-, cuyas propuestas ganan lectores incondicionales para toda la vida y claudicaciones en la tercera página entre los indolentes o livianos.
   No resulta arduo reproducir en una sinopsis el contenido de la novela. Partiendo del hecho, reconocido por el escritor de que la novela es su propia autobiografía, si bien dulcificada, el lector reconocerá de inmediato en el protagonista, Pablo Amatller Moragas, a un alter ego de Ferrer Lerín. Un miembro de la burguesía catalana, mal estudiante de medicina, decide escribir un diario secreto. Y a través de esa bitácora nos enteramos de su prehistoria como jugador de naipes en las timbas barcelonesas del tardofranquismo, su despertar a la pasión literaria a través del falangista Ernesto Giménez Caballero. Abandona los estudios al desaparecer su padre y empieza una temporada de “suculentas cenas, suculentas hembras, suculentas timbas”. Es testigo de los días  en los que se comienza a hablar catalán en Barcelona y está agradecido  a los trasportes públicos por el amplio abanico  que le ofrecen para desarrollar las técnicas de frotación con mujeres que le permitían aliviarse. Le sobreviene el servicio militar y con él, un cúmulo de pillerías, pero también el encuentro con ciertos peonajes que marcarán su existencia futura: la pasión por las aves necrófagas y el inicio en los secretos del espionaje en el tardofranquismo, lo que le permite vivir de cerca el atentado que acabó con la vida de Carrero Blanco. Y más tarde, hasta 1986, al servicio de la Fundación América, eufemismo que encubre el espionaje norteamericano. El personaje Pablo Amatller es una suerte de pícaro del pasado siglo, un ser que vive en el filo de la navaja, entre timbas, muladares, sexo y esa pasión “redentora” por las aves necrófagas.
   Mucho más difícil será categorizar la novela. En cuanto al contenido, Ferrer Lerín habla de autobiografía dulcificada. Por las razones que sea -él las identifica con la “cobardía ante los riesgos que acarrearía la relación objetiva de los hechos”-  elude el relato de muchos acontecimientos o simplemente los cercena. Está en su derecho, porque Familias como la mía es ficción, no biografía. Y lo mismo acontece con los numerosos episodios sexuales que salpican el texto, endosados por razones de comercialidad. Un erotismo finísimo y muy intenso que se expresa entrevelado, a escondidas, en una época pacata, o sexo abultado, grotesco, llevado al esperpento y que recuerda la estética valleinclenesca..
   La implicación semiforzosa en los servicios secretos del franquismo agonizante nada en la ambigüedad y, desconocedor como soy de la biografía real de Ferrer Lerín más allá de lo que cualquiera puede leer en Internet, coloco entre interrogantes su verosimilitud, aunque, reitero, esa condición poco importa en una obra de ficción como esta.
   La forma de la novela: compleja, indigerible para esos lectores indolentes a los que me he referido. Ferrer Lerín narra rompiendo cánones, pautas y modas. La construcción de la novela semeja huir intencionadamente de la perfección narrativa, de las vertebraciones canónicas, y optar por describir escenas o retratar personajes con un nivel de escritura elevadísimo, engordada por la excelente y minuciosa descripción del detalle. Aquí es, sin duda, donde la prosa de Ferrer Lerín adquiere una tonalidad de color difuso pero muy eficaz, que le convierte en autor de culto. El carácter fragmentario del discurso en Familias como la mía, induce así mismo a hacerle merecedor de dicho epíteto.

Francisco Ferrer Lerín

Adenda: hasta el momento no he señalado que Familias como la mía articula una segunda parte: “Nora Peb”. Es otro libro, inconcluso. Apuntes, información o galería de personajes, “almacén de vocablos, expresiones y atmósferas”, para ser usados por el propio escritor, o un legado a las nuevas generaciones de escribanos, fotógrafos, cineastas, artistas plásticos. Poco que ver, pues, con la primera parte, aunque en sus páginas divisemos, de vez en cuando, la presencia de ese tahúr que se gana la vida a costa de malhechores y alimenta las aves carroñeras con cuerpos descompuestos.

Francisco Martínez Bouzas