sábado, 21 de julio de 2012

"EL NEGRERO": VIDA NOVELADA DE PEDRO BLANCO FERNÁNDEZ DE TRABA


El negrero
Lino Novás Calvo
Tusquets Editores, colección Fábula, Barcelona, 2011, 296 páginas.


El Diccionario de literatura española e hispanoamericana dice que a Lino Novás Calvo se le considera uno de los iniciadores del realismo mágico. Pero el escritor gallego es sobre todo el fundador del uso literario del habla cubana y especialmente del habla habanera con muy poca vigencia en la literatura cubana. Nacido en As Grañas do Sor (A Coruña), en 1905, Lino Novás emigró a Cuba con siete años, realizando los más insólitos y variados trabajos. Viajó a Nueva York de donde regresó dominando otro idioma, lo que le permitió traducir a Hemingway, Faulkner, Huxley y Lawrence. Y se hizo escritor de forma autodidacta. Como periodista de un diario cubano, recaló en Madrid en 1931, donde colabora periódicamente  en Revista de Occidente y gana la amistad de Valle Inclán y Unamuno. Fue un hombre de existencia novelesca y en la Biblioteca del Ateneo madrileño recoge abundante documentación sobre la trata de esclavos, que le permitirá publicar en 1933, El negrero. Vida novela de Pedro Blanco Fernández de Trava. Es su única novela, rescatada por Tusquets Editores en 1999 y reeditada ahora en la colección Fábula. No obstante, su gran aportación a la literatura cubana se compone de cuentos que pueden ser considerados obras maestras.
El negrero es una novela de “extraordinarias historias de aventuras verídicas”, vividas casi todas en el mar y en las costas africanas, principalmente en Sierra Leona y en Gallinas (entre Liberia y Sierra Leona), donde funda su gran factoría para el comercio de esclavos.
Su héroe es Pedro Blanco y la novela recrea la historia de la piratería a partir del reprobable contrabando de esclavos negros y las complejas relaciones establecidas entre negreros, marineros, jefes tribales, autoridades coloniales y los hacendados americanos. Pedro Blanco nació en Málaga en 1795. Ingresa en la Escuela Náutica, pero al poco tiempo abandona sus estudios  por desavenencias con su padrastro y debido a un incesto cometido con su hermana, y se mete de polizón en un barco, iniciando su vida de peripecias y aventuras que le llevará del Mediterráneo a Terranova, para enrolarse posteriormente en barcos negreros. Cruzando el Océano se curte en todo tipo de navíos y sobrevive no solo a la dureza del mar, sino también a las epidemias, persecuciones de los cruceros -a comienzos del siglo XIX se habían promulgado las primeras leyes contra la trata de esclavos-, traiciones, motines de los esclavos y actos de piratería. Mas Pedro Blanco aspira a más y en las costas africanas crea  su propia factoría en la que ganó incontables riquezas, entre salvajes guerras tribales, asesinatos, magias e inverosímiles episodios de crueldad, salpicados por algún acto de ternura.
El protagonista de esta vida novelada es un blanco que tiene el alma negra, teñida por el oficio de negrero. Por eso la novela es un cruel libro de aventuras que tiene en el mar su espacio privilegiado. Por consiguiente, el encuentro con piratas, las persecuciones, los motines, la escasez de alimentos, el agua corrompida con gusanos y miasmas, grandes tormentas y calmas chichas son sus temas recurrentes. Pero hay algo más: Pedro Blanco Fernández de Trava (el mongo de Gallinas) es un ser atroz, digno de figurar con otros negreros o dueños de factorías de la trata en esa historia universal de la infamia, cuyos primeros capítulos inició Borges. Los  asesinatos, robos, naufragios, abordajes, violaciones, toda clase de oprobios, episodios de espeluznante verismo como el lanzamiento de cargamentos humanos al mar para rehuir la persecución de la justicia, logran indignar al lector, reivindicando así la rebeldía de los oprimidos, del negro que estalla por medio de la fuga o de la venganza.
En El negrero sucede de todo porque su autor analiza agudamente una época en la que se cometen algunas de los episodios más despreciables y aterradores jamás vividos (el comercio de unos hombres por otros). Pero en el fondo Lino Novás muestra el horror de un mundo que continúa siendo el nuestro, porque el racismo sigue estando ahí, protagonizando sucesos vergonzosos. Un escritor pues y un libro para rescatar del olvido.
Lino Novás penetra en la corriente negrista del indigenismo iberoamericano a través de una gran intuición y de una increíble capacidad de síntesis  de la documentación sobre el tráfico de esclavos, fundiendo muchos datos bibliográficos con los hilos y la magia de la ficción. La prosa de Lino Novás, de apariencia desmañada, ansiosa, tirante, de frases cortadas y poca descripción, se mueve en breves ondulaciones adornadas por el deleites sensual de los retratos corporales de la raza negra, especialmente de las mujeres de piel oscura que aparecen en la novela en abigarrados harenes y en su reluciente desnudez del color de la selva.

Francisco Martínez Bouzas



Lino Novás Calvo



Fragmentos

“Los compradores eran hacendados, con piedras de Minas Gerais y grandes vegueros en la boca, o damas de igual rango. Junto a Pedro y sus compañeros pasó una gran dama con una larga capa roja, sombrero de fieltro sobre un turbante blanco y zapatos bordados. Era la hermana de Pedrâo. Al andar recogía la capa y mostraba la puntilla del refajo. Caminando era como un barco con galeno sobre un mar tranquilo. Aquel porte parecía pesar más que sus años. Había venido a la feria a caballo escoltada por una guardia de negros y mulatos. Se llamaba Modesta y manejaba su hacienda como una amazona. Al acercarse a ella el primer esclavo, brindado por una cigano, Modesta se desprendió de su altivez y comenzó a examinar minuciosamente, tentando sus músculos, llevando a la lengua el dedo impregnado de su sudor -pues en el sabor del sudor se conocía la salud del negro- y llegando hasta lo más secreto. Aquello lo hacía todo comprador. El cigano sonaba el látigo y hacía bailar, hablar, cantar, correr y reír a los cautivos. Al fin de escoger mucho, Modesta se quedó con un hermoso muleque mandingo”
…..

Las leyes de los negreros prohibían a los marineros fornicar con las negras a bordo. El que lo hiciese perdía su sueldo y corría el riesgo de ser azotado. A los oficiales se les permitía, a veces, según el capitán, y cada uno solía escoger una negra para la travesía. De Buen  ponía leyes severas en esto. Los compradores pedía a veces vírgenes y otras negras por preñar o preñadas con macho elegidos por ellos.
En este viaje era difícil impedirlo. Las negras dormían en cubierta, protegidas por lonas, sobre las tablas o la obra muerta. Los marineros, favorecidos por el ocio, gateaban hacía ellas, por debajo de las lonas. Las negras no gritaban por eso. Los marineros les llevaban escudillas de aguardiente, y ellas se pirraban por los marineros. Al descubrirlo, De Buen buscó a los culpables, pero en vano”

(Lino Novás Calvo, El negrero,  páginas 72-73, 129)

miércoles, 18 de julio de 2012

METAFICCIONES DE GARRIGA VELA


El anorak de Picasso
José Antonio Garriga Vela
Editorial Candaya, Les Gunyoles ( Barcelona), 2010, 132 páginas.

Bajo el sello de la Editorial Candaya, una de las casas editoriales que más están apostando por la literatura de fronteras, en la senda de las creaciones más vanguardistas y experimentales, publicó hace unos meses  José Antonio Garriga Vela una antología muy personal de cinco relatos, rotulados con el título de uno de ellos, El anorak de Picasso. El autor, especialmente después de la aparición de su novela Muntaner,38, está considerado como un escritor imprescindible de la narrativa española contemporánea, un autor que no rechaza las formas más vanguardistas y experimentales de narrar, sobre todo la metaficción en su vertiente autorreferencial.
El juicio de la contraportada de la autoría  de Juan Bonilla le hace plena justicia a este carácter metaficcional autorreferencial de los relatos de Garriga Vela: “En El anorak de Picasso (…) reúne textos que se entrelazan y que pueden ser relatos o ensayos o confesiones sin que importe mucho qué son”. Quizás no sean relatos en el sentido convencional. Non-fiction para los puristas que siguen negando el debilitamiento de las barreras entre los géneros, uno de los recursos primordiales de los posnarradores  y que los estudiosos de la narratología tienen en cuenta a la hora de definir la metaliteratura.
Los cinco relatos de El anorak de Picasso reflejan, en efecto, recuerdos personales, historias verdaderas, como el primero de la serie en el que el escritor rememora las relaciones de Santiago Rusiñol, el  Cau Ferrat y Pablo Picasso con su propia familia. También anécdotas -falsas, confiesa el escritor- de las que él mismo es sujeto activo o pasivo, convertidas en historias reales. Pequeñas parcelas o incidentes biográficos  camuflados como ficción. Finalmente, reflexiones acerca de su propia obra y sobre el proceso de gestación de la misma, como ocurre en varias de las secciones del relato “El cuarto del contador”.
Nos encontramos pues sumergidos de lleno en lo que Alter y Waugh designan con el nombre de novela autoconsciente; Linda Hutcheon, narrativa narcisista y Spires, novela autorreferencial. Literatura, en definitiva, en la que el discurso narrativo se refiere a si mismo, como proceso de escritura, de lectura o de discurso oral. Es por ello que la arquitectura compositiva del relato da razón de su carácter metanarrativo. Todos aquellos que ponen en entredicho el carácter literario de este tipo de obras, deberían recordar lo que, al respecto, escribe Darío Villanueva: “(…) la novela es el reino de la libertad, libertad de contenido y de forma y por naturaleza resulta ser proteica y abierta”. Y de este “cruce de literatura y de vida” forman así mismo parte los otros tres relatos aún no mencionados: “El teléfono del señor Permanyer”, “Días felices en Tánger” y “El kilómetro cero”. Literatura confesional, según reconoce el propio autor, que nace de “decenas de imputs que atacan precisamente cuando estamos escribiendo” (Juan Tallón, A pregunta perfecta (O caso Aira-Bolaño, página 13).
José Antonio Garriga Vela
Todo forma parte del desarrollo argumental, incluida así mismo la intertextualidad, aspecto distintivo del arte moderno en general, y del que Garriga Vela apenas echa mano, dirigiendo su mirada y el norte de su pluma sobre su propia obra, en una suerte de auto-intertextualidad. Dedicar la textualidad a reflexionar sobre la propia ficción, sobre el arte de narrar o de escribir puede ser excelente literatura cuando llega acompañada por un saber hacer narrativo perspicaz y de primera calidad y un estilo lingüístico sencillo y diáfano. El anorak de Picasso es una muestra incontestable de todo ello.
Francisco Martínez Bouzas

martes, 17 de julio de 2012

HISTORIAS DE SILENCIOS Y FANTASMAS

Hombres
Laurent Mauvignier
Editorial Anagrama, Barcelona 2011, 247 páginas.


La guerra colonial de Argelia (1954 -1962) fue durante mucho tiempo un asunto tabú en Francia. Un tema doloroso del que todavía hoy la gente rehúsa hablar. El trauma fue tan profundo que los sucesivos gobiernos franceses no han admitido hasta hace poco que se trató de una guerra de independencia. La literatura, con muy pocas excepciones, también se ha sumado al silencio. Una de esas contadas excepciones es Laurent Mauvignier. En todas sus novelas aparecen personajes que, directa o indirectamente, están relacionados con esa contienda colonial. Hombres es, sin embargo, la única dedicada de forma expresa y exclusiva a literaturizar ese conflicto bélico y colonial.
Y lo hace Mauvignier apoyándose en las vivencias de dos personajes principales, dos primos hermanos que, como soldados de reemplazo, son enviados a Argelia a combatir al FLN, la guerrilla independentista. Son ellos Rabut y Bernard. Ambos quedaron marcados por la crueldad y los horrores que presenciaron, cometidos por uno y otro bando. Señalados con las mismas marcas de la derrota y de las heridas del alma que laceró a los ex – combatientes norteamericanos en Vietnam  o en contiendas y aventuras bélicas más cercanas como la guerra del Golfo. El olvido forzado llegó a silenciar a los casi tres millones de jóvenes franceses que fueron enviados a la colonia a mantener el orden. Silenciados ellos y también los harkis, los argelinos musulmanes colaboracionistas y los pies negros, argelinos de origen europeo o judío, dejados a su suerte y a los horrores de la venganza tras los acuerdos de Evian que reconocían la independencia de Argelia. Al regresar a Francia, es como si Argelia no hubiese existido. Pero ellos han visto el terror en el rostro de los argelinos torturados o en los guripas, como el que encuentran degollado de madrugada con los genitales en la boca.
El acierto de Mauvinier ha sido el de haberles cedido la palabra a dos de esos antiguos combatientes, ahora sesentones, para hurgar, desde el pasado, en la “herida secreta”, como escribe Jean Genet en la cita que abre el libro.
Hombres narra veinticuatro horas en la vida de Bernard y de Rabut. Este último sobrelleva la existencia de una forma aparentemente normal. Su primo Bernard es, en cambio, un deshecho humano. Un episodio banal de tintes racistas abrirá los diques de los recuerdos. Recuerdos de la niñez y de la adolescencia. Y de pronto camino de Argelia, vestidos de soldados. Ya no serán más que el número de la chapa que cuelga de sus cuellos. Ahuyentan el miedo pensando en Verdún  y en que en Argelia hay burdeles. Se les ha inculcado que están en la colonia por algo que tiene que ver con un ideal, por un proyecto de civilización. Pero lo que allí encuentran es el horror, la más inhumana crueldad cometida por ambos bandos. Y remolinos de miedo a todas horas que Mauvignier metaforiza elocuentemente mediante la sed constante, el silencio y la soledad (“No está solo, están solos todos juntos”, página 111).
El título que rotula la novela, hace justicia a la idea central que sirve de hilo conductor del relato: son hombres los que matan y descuartizan al médico francés. Son hombres los que han visto el horror en el rostro de los argelinos torturados, arrojados al mar con una mole de cemento fraguado entre sus pies. Todo lo que en Argelia ocurrió lo hicieron hombres, hombres sin piedad que mataron a hachazos, abrieron el vientre  de las mujeres o degollaron con la “sonrisa cabilia”.

Laurent Mauvignier

Mauvignier entrelaza presente y pasado para explicar el hoy en función de lo acontecido antaño. Noveliza de forma muy verosímil este drama humano que marcó determinantemente  la historia de Francia en la segunda mitad del siglo XX. No rehúye los momentos de extrema crueldad y violencia, el naufragio moral, relatados sin embargo como en un esbozo, de forma oblicua. Y puesto que Argelia es un drama del que nunca se habla, el escritor echa mano del monólogo interior, en el que participa una polifonía de voces, entre las que sobresale la de Rabut, para reflejar de una forma intimista, fragmentada y con el ritornelo de múltiples repeticiones, la tortura, la humillación, el miedo que hiela la sangre de unos personajes que jamás encuentran la paz, porque el pasado despliega sus tentáculos hasta el presente y ya es demasiado tarde para comenzar a vivir. Sin embargo, la lectura de este libro “sobre la guerra que prosigue después de la guerra” no resulta ser una plácida diversión, porque el discurso salta de un personaje a otro, de un tiempo a otro, sin ningún aviso, especialmente  en las cien primeras páginas de la novela. Y sobre todo porque Laurent Mauvignier ha huido de la novela bélica al uso, evitando los personajes tópicos, para centrarse en las repercusiones psicológicas y emocionales que supuso aquel delirante derroche de horrores, ejecutados por hombres.

Francisco Martínez Bouzas

domingo, 15 de julio de 2012

EN LA REALIDAD EXTREMA DE MÉXICO


La señora Rojo
Antonio Ortuño
Páginas de Espuma, Madrid 2010, 106 páginas.

  

   Antonio Ortuño, “escritor y opositor de casi todo” según su propia autobiografía en twitter, es una de las últimas revelaciones de la narrativa mexicana. Después de su primera novela, El buscador de cabezas, elegida como mejor debut en la literatura mexicana de 2006, y del éxito de la segunda, Recursos humanos, finalista del Premio Herralde, publicó en Páginas de Espuma un prometedor libro de relatos, El jardín japonés. Traducido a varios idiomas, fue elegido por la Revista Granta entre los veinte y dos mejores narradores jóvenes en español. Y Jorge Herralde no tiene reparos en compararle a Michel Houellebecq, por su humor negro y su “mala leche”. Ambas categorías de calificativos hacen acto de presencia en este nueva antología de cuentos, rescatados de distintas publicaciones y que ahora podemos leer en una edición sencilla, pero a la vez elegante y con cuidada impresión de Páginas de Espuma.
   Al concluir la lectura de estos trece cuentos a este lector le queda el mismo ácido sabor de boca que impregna esta escritura, porque de la pluma de Ortuño salen a borbotones la ironía, el humor negro, la burla íntima, historias en cuyo centro de gravedad se encuentra el cinismo, la frustración, temas y personajes extremos y la realidad reflejada e iluminada con el calidoscopio del delirio.
   El libro estructura su rica carga diegética en dos secciones. La primera, rotulada “La carne”  es un muestrario  de historias individuales en las que existencias anónimas viven su cotidianidad entre el drama y la irracionalidad. Historias que pueden suceder en cualquier parte pero que hallan en la realidad extrema del México actual un humus perfecto. Historias ásperas y crueles de las que está desterrada la clemencia y cualquier resquicio compasivo. Historias a veces cercanas al expresionismo, otras al esperpento. Familia pobres – pobres, con refrigerador vacío, pero con agua corriente lo que permite limpiar la sangre que le escurre al hermano cuando se despeña por la escalera. La farsa de la felicidad llevada hasta el extremo de colocar en la lápida de la cripta familiar de una pareja mal avenida la leyenda “Fueron felices y dieron felicidad”. O la cruel venganza que hallamos en el relato “El Día del Amor”: ve a su novia traicionándole con el profesor de fotografía, le regala un cachorro de perro y cuando ella se encariña con el animal, lo mata, lo destroza y le toma un montón de fotografías que le hace llegar. La protagonista del relato “La Señora Rojo” es una inmensa tortuga que agoniza en el jardín del ficticio narrador, en medio de ruidos que complican el sueño. Logra deshacerse de ella, pero detrás de ésta, aterriza un batallón de congéneres, igualmente vomitivas. La imposición del absurdo y del delirio arruinando el sosiego familiar. “El Grimorio de los vencidos” da comienzo con una frase que marca el tono de la prosa de Antonio Ortuño: “Ciertas desgracias favorecen el alma. Perder a los padres ennoblece: nos hace adultos que nunca más recurrirán a nadie”. A continuación, un relato que bascula entre la fantasía y la credulidad popular porque, al final, la Hierba del Santo Casto le regresa a su mujer de los brazos de un mago que hace nevar, pero cada vez que la posee, el aire de la habitación se congela y en algunas ocasiones hasta está a punto de nevar (página 50).
   Los relatos de la segunda parte (“El mundo”) transcienden lo individual para internarse en la realidad latinoamericana y de otros países  con regímenes totalitarios. En ellos se elude la crítica política directa, pero no el sarcasmo a la hora de retratar poderes corruptos, formal y exóticamente democráticos, pero que son ellos mismo nidos de horrores o permiten ser invadidos por gente rubia y muy admirada.
   La culpa de las revueltas es obviamente de los revoltosos, no del profesor desquiciado que elimina a tiros, uno tras otro, a sus alumnos por el simple hecho que querer reunirse en asamblea. Fuera espera la policía que había recibido la orden  de no mover un dedo mientras los muertos fueran estudiantes. En otros como “Historia” o “Héroe” narra Ortuño de forma paródica y distorsionada las guerras o la historia de un país que soñó con ser un Imperio pero “A quién se le ocurre llamar Imperio, su imperio a nuestro pantano, escribe Ortuño en muestra inteligente de ironía y de esa mala leche de la que habla Herralde.
   Es sin embargo en “Pavura” donde el narrador nos golpea la cara cuando parodia y pone en solfa la actual paranoia de los gobiernos por la seguridad de los aeropuertos debido al miedo al otro. El mal, la delincuencia infinita están ahí, pretenden colarse en nuestras entrañas y hacen que el protagonista del cuento – asesor de seguridad aeroportuaria -  se convierta en orgulloso planeador de las técnicas más demenciales, invasoras de nuestra intimidad hasta el punto de confesar lo que sigue, que copio como muestra del sarcasmo  de la pluma del escritor tapatío:
Antonio Ortuño
  
“Disfruto, si, de las líneas de seguridad en cada aeropuerto que visito; gozo cuando soy detenido y maltratado, cuando soy orillado a desnudarme, a despojarme de zapatos y calzoncillos frente a los compañeros de fila, cuando mis documentos personales no son tomados por verdaderos, se me escolta a un cuarto cerrado y se me empuja y escupe. Procuro dejarme encima anillos, cadenas, hebillas, todo lo que sea metálico y haga saltar las alarmas. He conseguido un arma y la oculto entre los calcetines o camisetas para ver si la descubren” (página 99)  
   Una antología de relatos breves que se inscriben en una línea  muy actual, pero a la vez con acento personalísimo, que rompen fronteras geográficas y nos permiten gozar de los usos locales del idioma porque Páginas de Espuma no ha impuesto sobre estos cuentos, escritos en México, ese discutido criterio de “traducibilidad” que suele exigir la industria editorial española.

Francisco Martínez Bouzas

viernes, 13 de julio de 2012

"SIETE AÑOS", CRÓNICA DE ABISMOS Y DERROTAS

Siete años
Peter Stamm
Traducción de José Aníbal Campos
Acantilado, Barcelona, 2011, 262 páginas.


Es imposible que sea de otro modo: la literatura que jamás desperdicia nada no podía dejar de tematizar el amor y el desamor, la condición no estática ni definitiva de los sentimientos, las relaciones interpersonales que siempre han estado en el subsuelo, alimentando los manantiales de la ficción. Pero también algo más novedoso y tan actual como la crisis económica y laboral de nuestros días que enturbia e incluso sepulta esas relaciones entre seres humanos más profundas como pueden ser las relaciones sentimentales.
Todo ello, unido a la dicotomía de una relación con dos mujeres, es aprovechado por Peter Stamm (Weinfelden, 1963) para construir no solo una novela muy actual, sino una buena novela. Una novela sobre seres humanos y sus mutuas relaciones.
La novela  en la que se producen alteraciones de tiempos y se desarrolla en el Munich de finales de los 80 y comienzos de los 90 del pasado siglo, con unos protagonistas que estudian, flirtean, se enamoran -o eso parece-. Y en la actualidad, víctimas, villanos o héroes, de la crisis económica, siempre inmersos y a veces superados por marañas y cascadas de sentimientos y pulsiones eróticas, destinados al fracaso.
En Siete años Peter Stamm le concede la voz a Alex que, como narrador autodiegético, nos cuenta en primera persona la confesión que le hace a una
amiga de su esposa durante una visita. En esta confesión, el lector se encuentra con la historia de una pareja de jóvenes, brillantes y exitosos arquitectos, alejados sin embargo entre si por aspiraciones vitales dispares y con un caos interior difícil de llenar.
La vida del protagonista masculino discurre sometida a la atracción de dos mujeres: Sonja, una bella mujer y brillantes arquitecta -la mujer perfecta- con la que se casará y con la que crea un exitoso estudio de arquitectura. E Ivona, una emigrante irregular polaca, paradigma del desorden y de la vulgaridad. Sonja adopta frente al enamoramiento una actitud fría y racional: baraja  como posibles parejas hombres en los que vislumbra posibilidades de realización profesional. Ivona, en cambio, es sumisa, se conforma con las pequeñas alegrías, desperdicia su vida por un hombre que no la ama, alimenta la necesidad de una vida mejor con novelitas rosa, le ama incondicionalmente y en eso consiste su felicidad. Para Alex, el protagonista masculino, es únicamente una obsesión sexual y una sensación de libertad, de entrega absoluta que no ha podido encontrar en Sonja.
La novela de Peter Stamm discurre alternando dos tiempos: el presente del relato en el que el matrimonio parece haber resuelto sus problemas profesionales y conyugales y el pasado que se remonta a los años estudiantiles en los que el azar hace que se encuentren Alex e Ivona. Cada mirada retrospectiva significa un cruel purgante que le hace experimentar un macabro sentimiento de culpa y le presenta una memoria  rebosante de culpas y de vejaciones. A través de sus palabras salen a flote las mutuas infidelidades de la pareja, el humillante trato al que somete a la ocasional amante polaca, el egoísmo del  acaudalado matrimonio que fuerza a la inmigrante polaca a realizar la oblación más dura para una mujer.
No es sin embargo la dicotomía de las dos mujeres, sino la tensión y la insatisfacción personal y profesional de Sonja, unidas a la crisis económica lo que hacen que la novela experimente distintos giros autodestructivos y bajadas a los infiernos, antes de un final que significa tanto un vacío como una liberación.
Siete años es un drama contemporáneo que plantea múltiples incógnitas. Entre otros, la naturaleza de las relaciones amorosas. Alguien dice en la novela que el amor pasional es una forma inferior de amor. Pero el gran interrogante es el  concepto y el ideal de felicidad. ¿Consiste en alcanzar constantemente  objetivos materiales, sabiendo que una vez logrado uno ya se está perfilando otro? ¿O en las pequeñas alegrías, en los pálpitos de quien cree con fe ciega en el enamoramiento incondicional? La novela es además un perspicaz retrato sociológico de la clase media alta alemana, con su búsqueda desenfrenada del éxito, la ausencia de moralidad, su caos existencial, la decepción, la abulia, la ruina de las pasiones.
Peter Stamm construye con maestría sus personajes, sobre todo el del protagonista masculino. Tanto él como su esposa Sonja no son personajes planos, evolucionan a lo largo de un relato que Peter Stamm escribe de forma concisa, con gran claridad, sin afectaciones. Una vía perfecta para que sus interrogantes hieran nuestras conciencias y nos fuercen a meditar sobre este maremágnum  de abismos y derrotas.

Francisco Martínez Bouzas



Peter Stam

Fragmento

“Había confiado en que algún día me aburriría de Ivona y podría librarme de ella, pero aunque el sexo con ella me interesaba cada vez menos, y aunque a veces sólo hablábamos y ni siquiera nos acostábamos, no conseguía librarme de ella. No era el placer lo que me unía a aquella mujer, sino una sensación que no había vuelto a tener desde la niñez, una mezcla de protección y libertad. Era como si el tiempo no transcurriera cuando estaba junto con ella, pero, precisamente por eso, aquellos momentos tenían tanta importancia. Con Sonja me sentía construyendo algo que jamás quedaba terminado del todo. Pretendíamos construir una casa, tener un hijo, contratábamos empleados, comprábamos un segundo coche. Apenas alcanzábamos un objetivo, ya se perfilaba otro, y jamás conseguíamos estar tranquilos. Ivona, por el contrario, no parecía tener ambiciones. Ella no tenía citas de trabajo, su vida era sencilla y regular. Se levantaba por las mañanas, desayunaba y se iba al trabajo. Que fuera un día bueno o malo dependía de muchas pequeñas cosas: del estado del tiempo, de ciertas palabras amables en la panadería o en algunas casas en las que hacía la limpieza, de la llamada de una amiga con la que iba a tomar algo o al cine después  de trabajar. Cuando yo estaba con ella participaba durante una hora en esa vida y me olvidaba de todo: las presiones de las citas, mi ambición, los problemas en las obras. También el sexo, debido a ello cobraba un cariz distinto. A Ivona no tenía que hacerle un hijo, ni siquiera tenía que dejarla satisfecha. Ella me aceptaba sin expectativas y sin exigencias”

(Pter Stamm, Siete años, páginas 148-149)

jueves, 12 de julio de 2012

CHEQUEO A LA NOVELA EN LATINOAMÉRICA


18 escritores.
La novela latinoamericana contemporánea
Paz Balmaceda
Ediciones Barataria, Barcelona, 2010, 246 páginas.


Este libro tiene su germen en un artículo que Lolita Bosch publicó en El País el año 2009. La escritora se había propuesto leer cien autores latinoamericanos que escribieran en lengua española. Pero, tarea imposible. Los libros de esos escritores no están ni en librerías ni en bibliotecas públicas ni en centros de estudio. En efecto, más allá de los escritores del boom, desconocemos casi por completo la buena literatura que se hace en la lengua común en otras latitudes. Aquella que no se ha hecho merecedora de los premios nacionales o que no haya logrado la apuesta de algún editor independiente. Es un mundo entero por descubrir y en el que zambullirse.
Pero el prólogo de Lolita Bosch es sumamente revelador: los buenos lectores y escritores de otras tradiciones desconocen por completo lo que se escribe en otros países hermanados por la lengua. Apenas existen vislumbres narrativos o poéticos que superen los horizontes nacionales o “el tajante filo de las editoriales españolas”. Vivimos pues sin una ansiada y necesaria globalización literaria entre países hermanos y hermanados por el mismo idioma y tradición cultural. Y todo ello a pesar de ese canal transoceánico que es Internet. La literatura no viaja o viaja muy poco. Solo la de aquellos escritores que escriben literatura de kiosco o de las grandes superficies comerciales y la de los grandes narradores posteriores al boom, Bolaño, Piglia, Pitol, César Aira, entre otros.
La chilena Paz  Balmaceda (Santiago de Chile, 1983) recogió el guante implícito en la propuesta de Lolita Bosch: reunir a escritores latinoamericanos de distintas estéticas y que pudieran aportar una perspectiva muy personal. El colectivo FU, constituido por lectores y con sede virtual en Barcelona, seleccionó a dieciocho autores para un encuentro, Fet a Amèrica, que se celebró en Cataluña en 2010, con la finalidad de que dialogaran sobre la narrativa contemporánea que, en lengua española, se escribe en América.
Aquel encuentro apareció hace unos meses convertido en libro y pone en diálogo a varias generaciones de escritores originarios de catorce países distintos. El aglutinante unificador fue el hecho literario en sus diversas dimensiones, y por parejas estos narradores dialogan con Paz Balmaceda buscando puntos de confluencia. Así pues un estimulante libro de conversaciones conducido por Paz Balmaceda, sobre algunas de las encrucijadas de la actual novela hispanoamericana:
“El contexto social como eje del mundo literario” (Israel Centeno y Luis Humberto Crosthwaite); “¿Cómo ser uno mismo sin repetirse? La identidad literaria” (Tomás González y Antonio José Ponte); “Tradición y modernidad” (Inés Bortagaray y Slavko Zupcic); “La reflexión literaria” (Pola Oloixarac y Marta Aponte Alsina); “La manipulación del tiempo” (Javier Vásconez y Lina Meruane); “La fragmentación ideológica en el lenguaje” (Diamela Eltit y Horacio Castellanos Moya); “Lo complejo y lo simple en la novela” (Sergio Chejfec y Carlos Velázquez); “La lectura: Cómo usamos lo leído en el texto” (Iván Thays y Giovanna Rivero); “La ternura y la crueldad en el discurso narrativo” (Yuri Herrera y Pablo Ramos).
Temas de gran calado, interpretados por nombres que apenas nos suenan, pero que están ahí, hacen buena literatura, experimentan. El diálogo, en general, fluye a buen ritmo, otras veces, de forma más pausada. Pero, sobre todo, permite  descubrir las inquietudes, temas, estilos y los ejes reales sobre los que orbita una parte muy importante de la narrativa de formato largo que se escribe actualmente en español.
Y con conclusiones poco alentadoras en algunos temas: las lecturas de referencia suelen ser, no las obras escritas en su misma lengua, sino la de los escritores norteamericanos; casi ninguno de los entrevistados conoce a sus propios contemporáneos nacionales y, en mucha menor medida, a los de los países de la órbita hispánica. Y los textos en los que fundamentan sus propia intertextualidad  acostumbran ser los que se cuecen en Argentina, España y sobre todo los “made” in USA que han alcanzado estatuto canónico.
Concluyo con una modesta llamada para repetir encuentros de esta naturaleza en otros géneros y subgéneros, tendentes a romper fronteras geográficas. El relato breve, por ejemplo, tiene hoy en Latinoamérica su campo de cultivo más fértil y dinámico. Un encuentro que reuniera a Lilian Elphick, Rosy Paláu, Antonio Ortuño, Rogelio Guedea, María Elena Lorenzín, Ana María Shua, Paola Tinoco, Jorge Volpi, Isabel Mellado, Eduardo  Berti, entre otros rompería igualmente lindes nacionales y permitiría conocer la realidad del otro en el género de la recompensa inmediata o del premio a corto plazo.

Francisco Martínez Bouzas



Paz  Balmaceda



Fragmento

-“Paz (Balmaceda): ¿Les interesa lo que se escribe actualmente? ¿Siguen la literatura contemporánea? ¿Qué otras expresiones artísticas les llaman la atención?

-Lina (Meruane): Hay escrituras que me interesan y otras que no, pero lo importante es poder acceder a los libros que se escriben o circulan en otros lugares para poder encontrar esas escrituras propositivas, porque siempre las hay. No siempre son las más visibles, no siempre son las más comentadas, pero una pertenece a una comunidad de lectores que recomiendan, que envían, que regalan o prestan libros. Así he ido encontrando autores que se han mantenido o incluso complejizado su propuesta, y también he encontrado jóvenes completamente nuevos para mí que me han llegado a fascinar.
Los talleres literarios son otro espacio que puede ser interesante. De pronto surgen grupos o individuos muy talentosos, y poder entablar un diálogo con sus propuestas siempre resulta desafiante y enriquecedor. Con esto quiero decir que la literatura, la capacidad de la ficción, sigue estando presente como zona de reflexión sobre el mundo, la ficción sigue diciendo a su manera muchas verdades actuales, planteando interrogantes necesarios”

(Paz Balmaceda, 18 escritores. La novela latinoamericana contemporánea, páginas 141-142)

miércoles, 11 de julio de 2012

UN ESTREMECIDO VIAJE ENTRE EL PASADO Y EL PRESENTE


Un amor único
Johanna Adorján
Editorial Seix Barral, Barcelona 2011, 157 páginas.

   “El 13 de octubre de 1991, mis abuelos se quitaron la vida. Era domingo. Verdaderamente, no es día propicio para suicidarse”. Un excelente y estremecedor comienzo que solo en parte nos hace olvidar la desafortunada elección de un mal título, que suena a sentimentalismo cursi y, en este caso, también en el original alemán (Eine exclusive Liebe). Y a fe que se trata de un libro sentimental, conmovedor que destila por igual una gran pena, pero también una gran paz. La recreación ficcional de la existencia de Vera e István, dos judíos húngaros, sobrevivientes al holocausto nazi, fugitivos de la represión soviética en Hungría en 1956, refugiados en Dinamarca donde rehacen sus vidas. Envejecen juntos y juntos se suicidan. Él, médico, ochenta y dos años, con una enfermedad terminal que pautaba sus días y con la muerte en el horizonte inmediato. Ella, una mujer hermosa, setenta y un anos, perfectamente sana, pero ha tomado la decisión de no sobrevivir a su hombre. Un pacto, un juramento que se habían hecho mucho tiempo atrás, al final de la segunda Guerra Mundial.
   Su nieta Johanna Adorján, dieciséis años después, reconstruye la vida de sus abuelos, en un viaje al pasado de la pareja desde el día del suicidio que nos anticipa esa prolepsis que inaugura el texto. Y desde su propio presente, echando mano del testimonio de familiares, amigos, conocidos y haciendo incluso hablar a los objetos que acompañaron a la pareja en sus últimos días. A través de todo ello se reconstruye en la mente del lector el carácter y la determinación de esta pareja que juntos superaron dificultades y juntos afrontan un suicidio compartido, explicable, a primera vista por una única razón: lo publicado en la esquela mortuoria de un periódico danés: “Su gran amor es la respuesta”.
   Pero la misma autora se pregunta si hay algo más, si toda la verdad queda reflejada en esas palabras. ¿Quizás el miedo de una mujer a no ser amada, a quedar sola, abandonada en una residencia de ancianos? ¿O quizás el triunfo de los nazis medio siglo después, como afirma Michel Onfray, contra la tesis bienintencionada pero de nefastas consecuencias de Adorno? En buena medida el texto de Johanna Adorján no desecha esa tesis. En su reflexión sobre la identidad judía, se pregunta si no será típicamente judío suicidarse cuando has sobrevivido al holocausto. De hecho muchos supervivientes de los campos de exterminio se han quitado la vida: Primo Levi, Arthur Koestler, Jean Amery, Bruno Bettelheim…Pero además esta biografía – novela alude a otra respuesta: la incapacidad de comunicar el pasado infernal sufrido en los campos de exterminio nazis. Mauthausen y Gunskirchen en el caso de Istvan. La familia nada sabe de lo que el abuelo soportó en el campo de aniquilamiento. Solamente que tuvo que aprender a dormir mientras caminaba, so pena de que le pegaran un tiro. A veces la memoria es piadosa y no retiene según que cosas, concluye  Adorján.                    
   La autora juega con dos hilos para conducir la trama que, a su vez, coloca en tres momentos temporales distintos. El último día en la existencia de los abuelos, descrito minuto a minuto; lo que hacen, lo que piensan, lo que ven estos dos seres desde que se levantan hasta que se entregan a la muerte. Produce escalofrío leer como cortan las cápsulas que contienen el polvo blanco, la preparación del suicidio siguiendo las pautas de Final Exit, un manual de instrucciones para acabar sin dolor con la propia vida, como si fuera un sueño sin un despertar. El pasado de la pareja desde que se conocieron en 1940 en Budapest. Y el propio presente de la nieta reconstruyendo el pasado, desde ese salto a un bucólico  paisaje austriaco entre laderas verdes, en cuya cima se alza “como un fuerte de juguete, el antiguo campo de concentración de Mauthausen”, hasta  el informe de la policía danesa sobre el fallecimiento de los abuelos.

   Hilos conductores y dimensiones temporales perfectamente engastadas en este debut de Johanna Adorján, sin duda sorprendente. Memoria estremecida de una gran historia de amor, teñida de nostalgia más que de sentimentalismo. Un amor tan fuerte, tan perdurable, que se impone incluso a la muerte.

Francisco Martínez Bouzas

domingo, 8 de julio de 2012

"LOS AÑOS DEL VERDE OLIVO": DONDE RENACEN LAS UTOPÍAS


Los años del verde olivo
José Picado Lagos
EUNED, San José, Costa Rica, 2010, 61 páginas.


Lo recordaba Lolita Bosch en el año 2009: desconocemos casi por completo lo que se escribe en otros países hermanados por la lengua. Apenas existen vislumbres poéticos o narrativos que superen los horizontes nacionales. Vivimos sin esa ansiada globalización literaria entre países hermanos y hermanados por el idioma y por una buena parte de la misma tradición cultural. La literatura centroamericana es prácticamente invisible tanto en España como en otros países latinoamericanos. Los canales para la distribución bibliográfica no existen o están clausurados. De uno de esos países, Costa Rica, me llega a través de una mano amiga, Los años del verde olivo, un pequeño libro publicado por una editorial estatal costarricense, con el que debuta en la literatura José Picado Lagos, brindándonos su experiencia vital en las luchas antifascitas, liberadoras del continente.
Y hoy me siento honrado por traer a esta página la obra literaria de un hombre, sobre todo de acción, de un luchador en las mil batallas y empeños liberadores en Nicaragua y en El Salvador. José Picado Lagos es en si mismo y en su peripecia vital, un relato, un macrorrelato en el que la realidad supera a la ficción. Ausentes sus años vestido de verde olivo de las referencias oficiales, incluso de las digitales, el amigo costarricense Ronald Bonilla me introduce  -mi voz vicaria hace los mismo con relación a los lectores- en el peregrinaje existencial de José Picado Lagos, un incansable luchador desde 1970 contra ALCOA, organizando a los pobres de Chacarita en Puntarenas,  a los sindicatos campesinos, luchando como Segundo Comandante de la Brigada Internacional que ingresa en Managua junto con Edén Pastora. Combatiente más tarde del Frente Farabundo Martí por la Liberación Nacional de El Salvador. Pero no solo lucha con el fusil y las granadas, sino también en labores de alfabetización e integración social, labor que continúa ahora en su país natal, Costa Rica. Este es el perpetuo luchador en busqueda de esa orilla liberadora “donde florecen las utopías” que soñó y sigue soñando con Martin Luther King, Camilo Torres, con El Che, Sandino o Jac Palac.
Los años del verde olivo, una colectánea  de cinco relatos, está escrita desde el futuro como “testimonio de alguien que combatió” en la guerra contra la tiranía, pero con la ametralladora ardiendo todavía de deseo. Cinco cuentos que son retazos de la historia centroamericana de los años 70 y 80. Como telón de fondo, “espacios de nostalgia”: Las Segovias, montañas asentadas entre el mito y la magia, donde crecen rústicas margaritas silvestres; La Vía del Transito, el lago-río morada de filibusteros; los frescos y solitarios parajes de Masaya.
 La técnica narrativa: relatos hilvanados desde los hilos del recuerdo, que recuperan la memoria histórica que en Centroamérica tejieron otros hilos: los de la rebeldía e insurgencia revolucionaria contra los tiranos. Relatos testimoniales y escritos en primera persona, con una escritura sencilla, huyendo de artificiosas solemnidades y con un común leitmotiv: la participación de los internacionalistas costarricenses en la revolución sandinista y en el posterior combate contra la Contrarrevolución.
“La Vía del Tránsito” inaugura el libro. Mezclando ficción y realidad, relata la voz narradora -alter ego del autor- el asalto, con la participación de revolucionarios costarricenses, del puerto lacustre de San Carlos, que fue el pistoletazo de salida de la vía insurreccional en Nicaragua. Posiblemente el relato refleja fielmente los hechos, excepto el sorprendente final, porque, como diría o mejor dicho escribió Gabo, es preciso vivir para contarla. En “Asalto al cielo” asistimos al inicio del odio a la Guardia somocista y  a la conversión del protagonista, casi sin darse cuenta, en militante del  FSLN,  a su participación en el hostigamiento al cuartel de Masaya, a su clandestinidad, a la toma del Palacio Nacional de Nicaragua, en la Operación Chanchera, bajo las órdenes del Comandante Cero (Edén Pastora) y la Comadante Dos (Dora María Tellez). Relato de hechos históricos que cambiaron el rumbo de Nicaragua. En “La guerra es de colores” presenciamos el arranque del Frente Sur, con el ataque y toma de Peñas Blancas. “El Gato Peña” es un relato escalofriante en el que el protagonista ejecuta la sentencia de muerte contra varios guardias somocistas, asesinos y violadores. Es sin duda la más dramática de las prosas de José Picado Lagos ya que termina con el cumplimiento de la venganza, porque en las guerras la piedad también es una utopía.
El relato más literario de la antología es, en mi opinión, “Los años del verde olivo” Un grupo costarricense combate al lado del Ejército Popular Sandinista a la Contrarrevolución. La voz relatora es, en este caso, la de una mujer, homenaje, sin duda, a todas las mujeres que en Centroamérica lucharon y luchan contra los tiranos. Forman la Brigada Mora y Cañas, una escuadra “pura vida”.
José Picado Lagos fabula para todos aquellos, hombres y mujeres, que en Centroamérica dieron y siguen dando la vida por la libertad. Sus relatos nos sumergen en una ficción que es la realidad de estos países y lo hace -y se lo agradecemos- con los localismos orales del español de Centroamérica. La hermandad idiomática nos permite disfrutar de aquellas expresiones (“estaría jefeando”, “pangueros, “humazón”, “sangrerío”, “rengueo”, “chavalo”, “vergeo, “sabemos en puta”…) que enriquecen la lengua común y expresan su rica diversidad y dinamismo,

Francisco Martínez Bouzas




Fragmentos

“Un silencio pasado rodeó la panga y a sus ocupantes. El compa encargado de amarrar los mecates continuó con su tarea, sin encontrar ninguna resistencia de parte de los sobrevivientes y, cuando terminó, me lo hizo saber con una seña.
El resto ya se lo pueden imaginar. La sentencia de muerte fue cumplida. Los guardias escogieron lanzarse al agua para no recibir un tiro en la cabeza y se fueron lanzando con la misma cadencia que el pescador tira las boyas de señalización de su trasmallo. Todos terminaron en el fondo del lago, arrastrados por las grandes piedras y, posiblemente, de sus cuerpos se sirvieron los tiburones: los únicos tiburones de agua dulce del mundo. (…)
Y le dije a mi padre, el Gato Peña:
-Gato, cuando me enteré en abril del año pasado, que una patrulla de la genocida había llegado a buscarme en la casa que tenemos en Papaturro y que, al no encontrarme, lo habían sacado a usted, para tirotearlo en media calle y meterle más de veinte tiros en el cuerpo y un balazo de garand en cada ojo y que luego de asesinarlo los miembros de la patrulla entraron en casa y abusaron de mi mamá y de mis hermanas y las degollaron, para no hubiera testigos, yo me prometí vengarlos. Dios me permitió cumplir con esa palabra y por eso le doy gracias.
-Creo que de ahora en adelante me dedicaré a vivir como siempre lo he hecho, como un buen cristiano, sin rencores ni odios. Quiero encontrar a una mujer con las cualidades de mi mamá y tener hijos para educarlos como usted me educó. Me hubiera gustado mucho que la familia pudiera disfrutar de la vida sin Somoza, pero, bueno no ha podido ser”

(José Picado Lagos, Los años del verde olivo,  páginas 43-44)

sábado, 7 de julio de 2012

"NIÑOS EN SUS CUMPLEAÑOS": L PÉRDIDA DE LA INOCENCIA



Niños en sus cumpleaños
Truman Capote
Traducción de Juan Villoro
Nórdica Libros, Madrid 2011, 61 páginas.


   Originario del profundo Sur de Norteamérica, Truman Capote fue un ser extravagante, un bo vivant, que conscientemente puso fronteras en su vida, corriendo juergas y frecuentando francachelas; muchas de ellas en aquel permisivo Tánger de los años dorados, donde se dieron cita intelectuales y escritores tan relevantes como Tennessee Williams, Paul Bowles, Gore Vidal, Patricia Highsmith, Jean Genet. Ellos convirtieron la ciudad marroquí en la capital del mundo gay, pero también en un centro de intercambio e irradiación de energías y proyectos artísticos. La pluma extraordinaria de Truman Capote supo radiografiar las contradicciones de una sociedad en la que sus protagonistas conviven con existencias extrañas y situaciones profundamente complejas, en medio de climas inquietantes, reflejos, no obstante, de la cotidianeidad. Los sentimientos más encontrados habitan no solo en las grandes obras que le catapultaron a la fama (A sangre fría, Desayuno en Tiffany’s), sino también en sus obras menores, en sus cuentos.
   El desencanto, el miedo, la obsesión, mas también la ternura se dan cita en las páginas de extraordinaria calidad que le convierten en uno de los excelsos maestros de la literatura norteamericana del siglo XX. Uno de los pocos, como dijo William Styrom, que tenía el don de hacer cantar y bailar a las palabras.
   Niños en sus cumpleaños, que ahora nos permite leer Nórdica Libros en su colección “Minilecturas”, en traducción de otro maestro de la lengua, Juan Villoro, fue uno de los relatos  preferidos del autor. La trama argumental del cuento relata un año en la vida de dos amigos, dos adolescentes, habitantes de un pueblo de Alabama. Es el verano de 1947, de oxidada y polvorienta sequía, y a ese pueblo en el que nunca sucede nada, el autobús de las seis trae a una niña delgada que caminaba como una persona adulta. Es Miss Bobbit que llega con su madre que nunca habla. El pasmo inicial de los dos amigos ante la niña que llega con los labios pintados, vestida como un florero y que miraba como una dama, da lugar a la absoluta obnubilación de Billy Bob y Preacher Star, dispuestos a cortar todas las rosas de China para depositarlas a los pies de la recién llegada y despertar así su atención.
   El trágico desenlace, anunciado ya en la frase gélida que inicia el relato (“Ayer por la tarde, el autobús de las seis atropelló a Miss Bobbit”, página 7) cae como una inesperada  e insoportable losa sobre las expectativas lectoras. Muerte anunciada, pues, ya desde la primera página y total alteración de la vida de los adolescentes que van cambiando radicalmente sus existencias en este último periplo inocente de sus vidas.
Truman Capote
   En unas pocas páginas, Truman Capote hace gala de sus habilidades para crear espacios, convirtiendo un mundo que se agota en si mismo y en el que el hastío es su único entretenimiento, en un ambiente alterado, lleno de vida, de inquietudes e interrogantes. Con un estilo insultantemente sencillo y diáfano, apoyado en el hallazgo de la frase justa, Truman Capote desvela en este relato la esencia de su literatura. Todo, los personajes, la geografía de ese pequeño pueblo sureño, que agota su realidad en los porches, se convierten en símbolos que remiten a la visión que el autor tuvo de la sociedad americana. Espléndido relato pues sobre la infancia y la inexorable maduración de la misma, construido con pedazos de cotidianeidad, que deja presagiar un fondo perturbador, escrito por un enfant terrible de la narrativa norteamericana, cuyo nombre se asocia para siempre con la frase: “Soy alcohólico. Soy drogadicto. Soy homosexual. Soy un genio”

Francisco Martínez Bouzas

viernes, 6 de julio de 2012

NARRATIVA NO FICCIÓN SOBRE EL TERREMOTO DE CHILE

8.8: El miedo en el espejo
Una crónica del terremoto de Chile
Juan Villoro
Editorial Candaya, Avinyonet del Penedés (Barcelona), 2011, 110 páginas.


La muy selecta Editorial Candaya edita para España -Alamadía ya lo había hecho antes en México-  8.8: El miedo en el espejo. Una crónica del terremoto de Chile. Su autor, Juan Villoro (México D.F.) es uno de los narradores con mayor pedigrí  desde el momento en que ganó premios tan prestigiosos como el Xavier Villarrutia, el Herralde de Novela y el Premio Internacional de Periodismo Rey de España. Pero Juan Villoro es sobre todo uno de los grandes renovadores de la literatura latinoamericana; miembro de esa generación de escritores que tomaron el testigo después del agotamiento creador de los autores del boom. Una línea claramente experimental, una literatura del desencanto, basada en la revisión estructural del relato, en el distanciamiento, en la ironía crítica, substituyen en la obra de Villoro a la imaginería tropical.
Se ha dicho que este libro sobre las “lecciones del abismo” que nos muestran que es posible el mal absoluto, llega tarde. Pero el mismo Juan Villoro, al que el impulso o el azar le hizo vivir en Santiago de Chile el terremoto de 8.8 de intensidad que sacudió el país en la madrugada del 27 de febrero de 2010, nos advierte que las réplicas más fuertes de un seísmo son las psicológicas. Y ante la conciencia de esa parálisis mental, él mismo le confesó  a una colega periodista que no podía escribir sobre el terremoto mientras le temblaran las manos. No es posibles construir  teorías express  ante los escombros porque -de nuevo es Villoro el que habla- “¿Hasta dónde es posible reconstruir la experiencia de espanto sin distorsionarla con argumentaciones ajenas a lo que se vivió como caos y marasmo?”  (página 15).
Sin embargo a Villoro le dejaron de temblar las manos y narra la destrucción en una crónica fragmentaria, que reconstruye sobre todo un microcosmo vital: las existencias de aquellos chilenos que vieron como el miedo se asomó en el espejo o estuvieron a punto de extinguirse aquella fatídica noche del 27 de febrero. Y lo hace de la forma más efectiva y enriquecedora, no imaginando la catástrofe sísmica desde la inmovilidad de su escritorio, sino pasando por ella.  
Juan Villoro había llegado a Chile, “el país de las primeras ocasiones”, para participar en el Congreso Internacional de Lengua y Literatura Infantil. Un impulso vital y literario le encaminaba al país andino para cumplir con una oculta cita que el destino le había presagiado. Y allí vivió el terremoto. Esta crónica-testimonio, narrativa no ficción, es el relato no sólo de los largos e interminables minutos del espanto y sus consecuencias y las experiencias humanas de los que con él compartieron la tragedia en el hotel, sino algo más. Al lector se le informa de las premoniciones de los psíquicos, de esa “luna mocha” que lucía con un tono amarillo y le faltaba un pequeño trozo, del agua que contempla el escritor Fabían Skármeta y que mana hacia fuera. Y es testigo a través del relato de Villoro de lo sucedido: ese seísmo de magnitud 8.8 que modificó el eje de rotación de la tierra, con sus siete minutos de duración, percibidos como una eternidad. Del sabor amenazante de la muerte que el escritor vive, no como gritos de pánico, sino vestida de pijamas -los pijamas y camisones en los que el escritor reparó al salir de la habitación-; los mexicanos varados en la capital chilena porque “como el día se acortó una milésima de segundo, nuestra burocracia ya no tenía tiempo para nada y no hubo modo de apoyarnos” (página 45); la generosa solidariedad de los chilenos  y mil fragmentos más sobre la incertidumbre y el miedo al monstruo invisible; también la sorpresa de salir vivo. Las réplicas psicológicas y las incontables migajas del desastre reunidas en cientos de sentencias que compendian una experiencia telúrica (“Los mexicanos tenemos un sismógrafo en el alma”) y que son altamente eficaces y expresivas.
Secciones especialmente destacables de este pequeño libro son el capítulo dedicado a relatar el caso de una mujer en coma que elude la tragedia gracias a un sueño del que nunca despertará. Así como el dedicado al relato de Heinrich von Kleist, “El terremoto de Chile”, una fábula moral escrita en el siglo XIX que inquiere sobre los dilemas morales que plantea un terremoto: ¿las víctimas omitidas, lo son por azar o por designio?
Testimonio, pues, contra el olvido que convierte este libro en algo íntimamente personal del propio autor. En el relato nos acompañan sus vivencias, su familia, amistades, su experiencia con los temblores, su forma de dormir, las historias que le transmitieron y, por encima de todo, esos pijamas que abren y le ponen el broche al libro, como metáforas de un terremoto de magnitud 8.8.

Francisco Martínez Bouzas



Juan Villoro



Fragmento

Los argentinos estaban condenados al más terrible aftershock: ninguno de ellos llevaba mate. Unos días antes, empacar hierba rumbo a Chile hubiera sido un regionalismo un tanto ridículo. A fin de cuentas, se trataba de un viaje de cinco días. Sin embargo, en el momento de conversar sobre lo que había sucedido y descubrir que la supervivencia constaba básicamente de largos ratos de espera para encontrar un autobús rumbo a Mendoza, los sobrevivientes argentinos supieron que el miedo y la sorpresa y las anécdotas requerían de un inexistente producto de primera necesidad: el mate.
El podio de la calma triunfal se completa con otra argentina, la escritora Elena Dreser. Cuando el temblor terminó, supo que debía bajar ala calle. Escogió la ropa para la ocasión y reparó en un hecho curioso: nunca se había vestido sin bañarse antes. «Hoy no es la excepción», decidió.
Fue al baño y descubrió que la ducha estaba llena de escombros. Esto no alteró su sangre fría ni su ímpetu higiénico. Se dirigió a un cuarto vecino, se presentó y pidió permiso para la ducha.
Media hora después era la persona más elegante en el banquete de la Alameda”

(Juan Villoro, 8.8: El miedo en el espejo, páginas 73-74)