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martes, 26 de noviembre de 2013

"MÚSICA DE CÁMARA", UNA PODEROSA Y CONTROVERTIDA HISTORIA DE AMOR



Música de cámara
Rosa Regás
Editorial Seix Barral, Barcelona, 2013, 317 páginas


  Un concierto de voces plurales, con un absoluto dominio de la primera persona, nos sumerge en la esencia vívida y profunda de esta Música de cámara, una lúcida narración  con la que Rosa Regás demuestra que el que tuvo retuvo, y hace gala de sus dotes de gran escritora de ficción. Escribe, en efecto, Rosa Regás (Barcelona, 1933) una novela que huele a siempre, que demuestra que la literatura, la buena literatura, es, como en su día dijo Susan Sontag, un buen modo de resistir a la triunfante ruina de la cultura porque cumple el requisito de la necesidad. Es decir, cuando encierra una historia que hay que contar y lo hace la autora de esa manera, con esa precisión de lenguaje, esa cadencia, intensidad y madurez.
   Esa historia es la de la niña Arcadia, hija de republicanos exiliados en Francia que regresa a su Barcelona natal. Con doce años, pocos recuerdos, una educación libertaria y una viola, su amparo para sobrevivir en un ambiente hostil, dominado por el fascismo y el nacional-catolicismo, la religión que esclavizó este país. En esta ciudad, triste y vieja a finales de los cuarenta, un día de forma azarosa irrumpe en su vida un estudiante de Derecho, Javier, y paulatinamente surgen entre ellos los misterios de la atracción de las afinidades electivas. Pero la familia de Javier, rica y poderosa, está en la orilla opuesta, tanto política como ideológicamente. A  Arcadia que sigue fiel a sus ideas, aunque disimulándolas, no le importa. Y un día de abril se casan, ella vestida de blanco y según los dictámenes y caprichos de la familia de Javier. Pronto, sin embargo y a pesar de los esfuerzos de su marido, se da cuenta de que se había enamorado del Régimen, de un fascista en potencia, de que viven mundos distintos. Mas su voluntad de descubrir y gozar es intensa y desconcertante. Pero poco a poco el personaje de Arcadia se convierte en un grito, muchas veces silencioso, otras con palabras explícitas contra aquella atmósfera de rancio catolicismo de la alta burguesía barcelonesa, aliada del Régimen dictatorial y bajo el control ideológico de las sotanas y el agua bendita.
   Rosa Regás describe con mano maestra este ambiente de los años cincuenta en los círculos de la alta burguesía catalana: el estraperlo de los ricos en la Barcelona fascista, la corrupción generalizada, sus grandes y fraudulentas operaciones inmobiliarias, la ociosidad de las esposas que evitan el aburrimiento a base de cotilleos, el machismo generalizado, el sometimiento de la mujer que se entendía como una artículo de fe, el influyente poder de unos curas que insisten ante los recién casados que es el marido el depositario de la autoridad en la familia y les inculcan que la sexualidad, incluso dentro del matrimonio, no tiene más razón de ser que la de engendrar hijos, que les imponen prácticas de control, formas de sometimiento a la voluntad de una Iglesia despótica, tirana, que vela por la decencia dentro y fuera del matrimonio.
   Pero más allá de este retrato de los ambientes burgueses  y eclesiásticos, la gran virtud de esta novela reside en el hecho de haber sabido plantear su autora con gran acuidad la inmensa contradicción  que tiene lugar entre una joven agnóstica y educada en ideas libertarias y antifascistas y su novio / marido, un hombre proveniente de una familia que comulga con los ideales de los sediciosos vencedores en la Guerra. Y sin embargo se aman. Una poderosa historia de amor que no impedirá la creciente soledad de la protagonista femenina. Hasta que se produce la explosión, el chantaje, la desaparición y el reencuentro veinticuatro años después, en el 84. Y en una noche más fructífera para los protagonistas que toda una década, le piden cuentas al fraude de la Transición, al sin sentido de una ley de punto final que impedirá para siempre juzgar y castigar a los culpables. Un final abierto, que a nivel afectivo y personal de los protagonistas se puede intuir como un prólogo, cierra esta excelente novela, Premio Biblioteca Breve 2013.
   Desde una perspectiva técnica y formal, Música de cámara es un verdadero modelo de cómo construir una estructura narrativa apoyada en el difícil empleo de la primera persona de varios personajes con ideologías y visiones del mundo diferentes e incluso antitéticas, que nos permiten tener un enfoque plural y contrapuesto de la realidad y adentrarnos en todos los recovecos de esta compleja historia de amor. Rosa Regás perfila además con gran acierto no solo el personaje femenino protagonista central, sino también las restantes voces que prestan su visión testimonial de aquellos años ambiguos y turbulentos. Voces en primera persona como la de la tía Inés, un personaje memorable, una adelantada para su tiempo que, desde su humildad, defiende el derecho de la mujer a hacer de su cuerpo lo que quiera. Algún monólogo interior, saltos el tiempo y el relato de secuencias amenas y timoratas, aunque propias de aquellos años de moral pacata, como las “caídas” de los amantes en el sexo frenético, la consiguiente  conciencia de pecado y la necesidad de confesarse, cada vez en una iglesia distinta -les avergonzaba que el cura los reconociera- para volver a “pecar” al día siguiente.
   Finalmente, el dominio de ese oficio de narrar que la autora ha ido forjando a lo largo de los años y que se pone de manifiesto en todo lo dicho, pero sobre todo en la “extraordinaria recreación de la atmósfera de la posguerra y del mundo de los represaliados” como señaló el Jurado del Premio Biblioteca Breve.

Francisco Martínez Bouzas



Rosa Regás


Fragmentos

“Era cierto, queríamos casarnos, debíamos hacerlo, no podíamos seguir así, tenía razón Javier. En los primeros tiempo y durante muchos días habíamos vivido en la constante  zozobra  de que tía Inés entrara en casa y nos sorprendiera desnudos o medio desnudos, arrimados a una pared o tumbados en el suelo; ni los oídos oían ni los ojos veían otra cosa que nuestros propios cuerpos hechos un revoltijo en una inmitigable búsqueda de más placer, de más unión como si la experiencia de tantos días no nos hubiera demostrado que ni tía Inés entraría sin dar señales de que iba a hacerlo ni nosotros nos iríamos sin haber conseguido un hito en cada nueva embestida. Lo sabíamos pero lo que más nos conmocionaba, nos excitaba y nos hacía buscar nuevas caricias y precipitar otros engarces era la posibilidad de que algún día olvidara que podría encontrarnos desnudos y ciegos.”

…..

“Aun así manteníamos -mantenía él porque el peso de la culpabilidad que habían intentado inculcarme en el colegio no había hecho mella en mí más que como un leve barniz superficial y transitorio- la duda entre volcarnos a lo prohibido y olvidar lo profundamente deseado. Sólo cuando ya nuestras manos y nuestros cuerpos habían acabado de su largo recorrido adentrándose en el del  otro paso  a paso, día a día, Javier decía que había que ir a confesarse. Una decisión que nos llevó a la iglesia más cercana y a arrodillarnos en el confesionario para acabar uno tras otro diciendo lo mismo. Al día siguiente volvíamos a pecar con el mismo ardor y salíamos después a la calle enlazados bajo la mirada siempre reprobadora de la portera para ir en busca de una iglesia distinta porque nos avergonzaba que el cura nos reconociera y volvíamos a confesar los mismos pecados que el día anterior -de los que ya nos habíamos arrepentido y habíamos hecho el firme propósito de no repetir-, los mismos que estábamos seguros volveríamos a cometer mañana y pasado y al otro cada vez con más ganas y con menos resistencia.”

…..

“Estaba horrorizado y escandalizado, repitió, él, el sacerdote que velaba por nuestra decencia, por el testimonio que debíamos dar ante la sociedad y el mundo, él que nos ayudaba poniéndonos reglas de pureza -«deberes» los había llamado yo riendo- : jamás ir  a unos baños públicos, jamás llevar las chicas bañadores sin falda, jamás usar el matrimonio en las semanas de adviento y cuaresma, jamás tener relaciones de amistad con personas adúlteras, jamás olvidar que el único sentido de la unión matrimonial es la procreación…Sí, lo recordaba bien, el mosén era una gran defensor de la pureza, sobre todo en las chicas, oí que decía, las chicas, que han de purificarse constantemente. Y era cierto, las que habían sido madres tenían que ir a la parroquia antes de que transcurrieran cuarenta días para purificarse del parto, como había hecho la Virgen, no porque le hiciera falta a ella, que no era impura en absoluto, sino para darnos ejemplo…”

(Rosa Regás, Música de cámara, páginas 95, 111, 177-178)

lunes, 18 de noviembre de 2013

ENTRE LA FICCIÓN Y EL ENSAYO



La luz es más antigua que el amor
Ricardo Menéndez Salmón
Editorial Seix Barral, Biblioteca Breve, Barcelona, 2013 (2ª edición), 173 páginas.

   Ricardo Menéndez Salmón (Gijón, 1971) está considerado como un autor joven pero ya consolidado en el actual panorama narrativo español. Un autor de culto, sin duda, dueño de una escritura dura y profunda que desconcierta a más de un lector carente de la receptividad necesaria para comprender cabalmente la escritura de este licenciado en Filosofía y director literario de una editorial asturiana.
   La producción literaria de R. Menéndez Salmón, y más en concreto esta su última obra, La luz es más antigua que el amor que rebosa substancias intelectuales, artísticas y filosóficas, camina a caballo entre la ficción y el ensayo, la biografía ficcionada y la crítica artística. Una ambiciosa amalgama entre la indagación existencial, la ficción y la estética. En su obra narrativa anterior, La ofensa (2007), Derrumbe (2008) y El corrector (2009), que conforman su “Trilogía del Mal”, Menéndez Salmón había abordado algunas caras de horror. Ahora, sin embargo, en un giro radical, el escritor asturiano hace gravitar su escritura en torno a un propósito central: perforar en los enigmas del arte y destapar la postura de compromiso o independencia del artista frente al poder encarnado en el mercado, la Iglesia o el Estado.
   Las tres partes de la novela están protagonizadas por un ficticio novelista, Bocanegra, alter ego del propio autor, que fusiona en su paleta ficcional la trágica realidad de tres pintores cuyas historias transcurren en tres épocas diferentes. Tres pintores, uno real y dos ficticios a los que Bocanegra aborda en situaciones existenciales muy problemáticas, tanto en sus vidas como en sus quehaceres artísticos. Así pues, cuatro historias ligadas con un tema de fondo o eje narrativo: el penoso y trágico proceso creativo, el misterio de la creación.
   La estructura de la novela se ajusta a un guión que le confiere unidad: tres historias en las que se narran esos  momentos de los pintores, seguidas de un texto en el que Bocanegra contrapuntea los distintos fragmentos y narra también tres momentos de su vida, introduciéndose así en la novela.
   La primera historia nos sitúa ante un pintor soñado: Adriano de Robertis que, inmerso en la Europa medieval tras la Peste Negra, sufre una crisis personal tras la muerte de su hijo que le lleva a pintar “una insultante pero seductora blasfemia”, una Virgen barbuda. Por boca de Pierre Roger de Beaufort, futuro Gregorio XI, es reprendido severamente por la Iglesia, su obra destruida y condenado a la invisibilidad. Mas, a pesar de morir viejo, comido por la miseria de un lazareto, su gesto es no solo un acto de rebeldía, sino también un interrogante sobre el sentido de la creación artística ante el éxito y la desolación.
   Aparece a continuación otro pintor, en este caso real, Mark Rothko, capaz, según el cineasta Michelangelo Antonioni, de pintar la nada. El pintor letón, emigrado a Estados Unidos, autor de crucifxiones desmontadas sobre el abismo, incapaz de soportar la tensión dramática de la vida y pintor de un último cuadro, “Un réquiem por la luz”, desvariado antes de suicidarse, “la máxima expresión de la voluntad por perdurar” (página 88). Y finalmente otro pintor inventado Vsévolod Semiasin. Enfrentado a Stalin, asistimos a sus derrumbe esquizofrénico y a sus reclusión en un sanatorio tras haber engullido su propia obra, cuyas razones revela en un carta escrita el 11 de septiembre de 2001, en la era del Desconsuelo.
   Y, como he señalado, entrelazando los tres episodios, las reflexiones de Bocanegra sobre el sentido del arte,  a la vez que explora las profundas coordenadas de la condición humana y la posición trágica y doliente del acto creativo bajo los poderes de la pura nada, tal como la entendió Kafka en una entrada de sus diarios. Pintar, escribir, crear en la travesía de la nada.
   Especialmente interesante es, en mi apreciación, el segundo contrapunto, “Bocanegra en 2008”, un fragmento metanarrativo en el que el escritor explica su propio proceso creativo, un tema recurrente en la narrativa actual para desconcierto de algunos lectores. Libro complejo, de gran densidad intelectual, apto para degustación no del lector consumista de banalidades, sino de una literatura ajena a la moda y cimentada en la reflexión, en historias de gran calado y con estructuras formales que se sitúan entre las experiencias más vanguardistas.

Francisco Martínez Bouzas


Ricardo Menéndez Salmón


Fragmentos

“Porque quien en el acto de componer música, pintar frescos, esculpir sobre mármol o levantar catedrales se contempla a si mismo desde la perspectiva del oficio, no puede por menos de preguntarse: «Todo este esfuerzo, toda esta lucha de vanidades, toda esta ingente escenificación, ¿para qué?» De los demonios que acechan al creador a lo largo de su tarea, ninguno tan angustioso como la carencia de sentido, acepta De Robertis bajo la mirada bobina, un tanto estúpida del pantocrátor en quien ya no sabe si cree. Porque, por definición, el sentido no es algo que se le suponga a la creación, no es algo que le sea dada ex ovo. Así, del misterio de las sensaciones e impresiones que alimentan su vida, el creador cosecha el misterio de la realización de su obra.”

…..

“Un aneurisma de aorta que en 1968 lo había retirado temporalmente de la pintura (a Mark Rohtko), dejando su salud quebrantada, la separación de su mujer, que lo engañaba con hombres mucho más mediocres (qué suplicio para un talento tan inmenso ser vencido polla, por una forma de besar, por ciertos aspectos de la ternura o de la galantería), y un creciente estado de desasosiego por una depresión latente desde hacía años se asociaron sin remedio para que sus últimos cuadros se volviesen densos y oscuros, como si ya no pudiera salir de aquel reino de penumbras y pintar la luz en la que se había refugiado durante décadas, la misma luz que iluminó al niño letón en su viaje al corazón del futuro imperio. Quizás la conciencia de que ya no podía convocarla, de que ya no podía esconderse en ella, hizo que no fuese capaz de soportar durante más tiempo la tensión dramática de la vida y, en efecto, pintase un último cuadro, un réquiem por la luz, que no era otra cosa que su autorretrato.
Un cuadro totalmente negro que lo devoró la mañana del 25 de febrero de 1970 en su estudio de Nueva York, exactamente 51 semanas antes de que yo, el autor de La luz es más antigua que el amor, naciera al otro lado del atlántico (…) Poco antes de morir proféticamente escribió:
«Mi capacidad de mirar es tal que mis ojos terminarán por consumirse. Y este desgaste de las pupilas será la enfermedad que me llevará a morir. Una noche miraré tan fijamente en la oscuridad que terminaré dentro e ella.»

…..

“Hay días en que Bocanegra se sienta a escribir y lo rodea la nada. Una larga, desalentadora nada. Una nada nada dadivosa. Una nada del tamaño del planeta. No es el famoso bloque del escritor, li la socorrida falta de inspiración, ni el consabido tedium vitae. No: es la pura nada, los poderes de l nada, los ropajes de la nada, los interruptores apagados, las circunvalaciones secas. Postración, silencio: nada.
Kafka escribió esa palabra en una de las entradas más impactantes de sus diarios: «Nada». Podría no haber escrito nada, esperar atener algo que contar y entonces hacerlo, dejarlo escrito, dar fe de ello. Pero no, un día, en medio da la nada, durante la travesía de la nada, encerrado a solas con la nada, decidió abrir su diario y escribir: «Nada.»

(Ricardo Menéndez Salmón, La luz es más antigua que el amor, páginas 31, 56,111)

viernes, 1 de noviembre de 2013

"INTEMPERIE": EL MIEDO Y LA DIGNIDAD EN MEDIO DE LA DESOLACIÓN



Intemperie

Jesús Carrasco

Editorial Seix Barral, Barcelona, 2013, 223 páginas.



   Intemperie es el debut afortunado de Jesús Carrasco, hasta ahora redactor publicitario, porque  antes de que su novela apareciese publicada en español, trece países ya habían adquirido en la Feria de Franckfurt los derechos de edición. Seix Barral, el sello editorial barcelonés está promocionando la novela en España comparándola con la riqueza de Miguel Delibes y con la fuerza de Cormac McCarthy. Todo ello, amalgamado en una voz propia, fresca y diferente. Hoy Intemperie se ha convertido en una de las grandes apuestas editoriales de Seix Barral para 2013.

   Intemperie se yergue sobre el miedo y la dignidad como temas de fondo desarrollados a través e una historia extremadamente austera y de unos actantes, un niño acosado y un cabrero anciano, prácticamente como únicos materiales. Todo lo demás es atemporal y ajeno  a cualquier geografía concreta. Solamente sabemos que ese dúo de protagonistas y sus perseguidores se mueven por un páramo calcinado por el sol y que el muchacho huye de algo, sin que se nos diga el qué, aunque sospechemos que se trata de situaciones malignas. También del desamparo.

   Todo da comienzo en un agujero en el que un niño se esconde después de haber escapado de su casa. Los vecinos lo buscan. Ese es el peligro. Cuando pasa, se encuentra caminando hacia el norte evitando senderos y perdido en una inmensa llanura de terrones de arcilla y piedra, asolados por la sequía. Hasta que se encuentra con un viejo cabrero. Uno y otro irán atravesando el paisaje hostil, sin ningún destino concreto. El niño huyendo de la implacable persecución de un alguacil de quien guarda un obsceno secreto. Ambos, el niño y el cabrero, parecen unir sus destinos porque luchan por la supervivencia en aquel paisaje desolado, atenazados por la sed, la insolación -las leyes del llano- y la violencia del alguacil y sus hombres cuando los localizan.

   A partir de aquí el relato revienta en ciertas  constantes que lo configuran: el miedo, la violencia y la presencia del mal, un mal viscoso, nunca nombrado de forma explícita, pero que ha estado esclavizando al niño. Y una cierta ética como la que impone el deber de enterrar a los cuerpos a los que se ha abatido.

   Intemperie -lo reconoce Jesús Carrasco- es una novela que forma parte de su propio proceso de aprendizaje. El referente más inmediato parece ser sin duda La carretera de Cormac McCarthy: esa itinerancia hacia el sur de un hombre y un chico en un mundo apocalíptico. Pero la novela de Jesús Carrasco  es mucho más escueta y desnuda, lo que le permite manejar con más precisión los elementos narrativos. En la novela, ni el cabrero, ni el niño, ni ningunos de los perseguidores tienen nombres. Tampoco los lugares. Todo esta difuminado en ese medio sumamente hostil y de este modo surge nítida la sustancia de la ficción: la relación del ser humano con el medio por más desolado que sea y la opción por la justicia con la toma de partido frente a la violencia. Los personajes además tienen mucho de arquetipo: ellos son la víctima propicia e inocente, el perseguidor corrupto y la frágil figura del cabrero, paradigma de una justicia primitiva. Por eso mismo, la novela transita toda ella hacia el terreno de la fábula.

   Entre los muchos méritos de la ficción de Jesús Carrasco desearía destacar ante todo lo apropiado del desarrollo narrativo, con variación de ritmos: lento cuando narra el trasiego interminable por ese paisaje desolado, quemados los protagonistas por el sol y la sed. Vertiginoso  cuando el miedo se convierte en acontecimiento real e inminente. Y junto a ello, el exquisito laboreo estilístico. El autor es un gran observador. En esa llanura desolada -“un mar de arena brava”- funcionan todos los sentidos, nuestra plena animalidad, la sensorialidad que es capaz de convertir un secarral en algo estético. Y en esa rica relación con el entorno, el escritor se siente apoyado por el rescate de una prosa tradicional -veja le llama él- que busca la palabra justa, rescatándola muchas veces de un corpus léxico de voces arcaizantes, arrancadas de la vida rural y que hoy parecen olvidadas. Con ellas, una sintaxis simple y precisas y sobrias aunque abundantes descripciones que convierten al erial desolado en protagonista así mismo de la narración, hilvana Jesús Carrasco una buena novela, en la que, si algún pero puede atribuírsele,  es un cierto desajuste al poner en boca de un niño interrogantes y razonamientos impropios de sus edad.



Francisco Martínez Bouzas








Jesús Carrasco

Fragmentos



“Descendieron por una vereda estrecha conteniendo al burro, que perdía apoyo a cada paso. Las cabras, cada una por su lado, najaban haciendo que se deslizaban sobre hachas, hasta llegar al fondo de la sima donde algunas de ellas fracturaban costillas prístinas. Huesos en todas las etapas posibles de degradación. Sedimentos de polvo cálcico, hileras de vértebras vacunas, poderosas pelvis. Arcos costillares y cornamentas. Una res sin ojos a la que todavía le aguantaba el pellejo. Un saco hediendo en medio del día que despuntaba. El faro de su descanso.”



…..



“Entendió que el viejo no sería quien le entregara la llave al mundo de los adultos, ese en el que la brutalidad se empleaba sin más razón que la codicia o la lujuria. Él había ejercido la violencia tal como había visto hacer siempre a quienes le rodeaban y ahora, como ellos, reclamaba su parte de impunidad. La intemperie le había empujado mucho más allá de lo que sabía y de lo que no sabía acerca de la vida. Le había llevado hasta el mismo borde de la muerte y allí, en medio de un campo de terror. Él había levantado la espada en lugar de poner el cuello. Sentía que había bebido la sangre que convierte a los niños en guerreros, y, a los hombres, en seres invulnerables. Creía que el viejo le haría pasar, coronado de laurel por un esclavo, bajo el arco de la victoria.”



(Jesús Carrasco, Intemperie, páginas 68, 162)

martes, 13 de agosto de 2013

LA LITERATURA, EXORCISMO CONTRA EL DOLOR



La ridícula idea de no volver a verte
Rosa Montero
Editorial Seix Barral, Barcelona, 2013, 233 páginas.

   Este libro publicado en marzo de este año, sin ser un best seller al uso ni literatura de consumo, ha llegado en tres meses a la novena edición. Rosa Montero lo escribió suturando biografía y ficción y utilizando a Marie Curie como paradigma o arquetipo de referencia en el que apoyarse para reflexionar sobre ciertos temas vividos en carne propia.
   Rosa Montero, en efecto, relata la vida de Marie Curie antes y después del duelo por la muerte de su esposo Pierre. Y relata igualmente su propia experiencia vital al lado de su marido, Pablo Lizcano, también antes y después de su fallecimiento, intentado hallar sentido a esas vivencias. Por eso este libro se convierte en un acto de creación. No debe extrañarnos pues esa frase que produce escalofríos colocada en el frontispicio del libro: “Como no he tenido hijos, lo más importante que me ha sucedido en la vida son mis muertos” (página 9). Casi al final de la publicación la autora recuerda los resultados de un estudio, según el cual los separados y los divorciados están más deprimidos que los viudos. Porque a los primeros les falta una narración convincente, un relato consolador que le de sentido a sus vidas.
   Este relato es el que Rosa Montero nos ofrece en este híbrido artefacto literario. Nos relata en efecto, sin sentimentalismos, pero con la justa dimensión de dramatismo que encierran los hechos, el truco más antiguo de la humanidad frente al dolor y al horror: transmutar a través de la literatura el sufrimiento en belleza porque -y tiene toda la razón la escritora- la literatura es un escudo poderoso frente al mal y al dolor, un poderoso exorcismo frente a la desolación  que produce la ausencia definitiva de un ser amado. Su propio dolor por la muerte de quien fue su pareja, como he dicho, amalgamado con el de la mujer Marie Curie, que no pudo despedirse de Pierre, su esposo, contarle lo que fueron el uno para el otro; y por eso escribe un diario en forma de carta, reproducido al final de este libro.
   Un libro que, no obstante, brota del sufrimiento y pivota sobre la vida de Manya Sklodowska, la física y química polaca nacionalizada francesa, que descubre el radio junto a su marido Pierre y fue la primera mujer en múltiples frentes: en recibir dos Premios Nobel, en licenciarse y doctorarse en Ciencias en Francia, la primera en tener una cátedra en la Sorbona. Una mujer que no lo tuvo fácil en ningún momento de su vida: su crecimiento en un ambiente pobre y políticamente enrarecido; su lucha contra el miedo y la oposición del mundo masculino a la visibilidad y ascensión social de la mujer; su descubrimiento del radio en un ruinoso hangar; sus despreocupada exposición a las radiaciones que le llevarán a la tumba, el fatal fallecimiento de Pierre; su ausencia que no le cabe en la cabeza; su enamoramiento a los cuarenta y dos años de Paul Langevin que le supuso un verdadero linchamiento por parte de la puritana sociedad parisina y que obscureció su segundo Nobel (año 1912). Una mujer de sobrehumana voluntad, capaz de hacer milagros, con un gran compromiso humanista, pasional y también con pequeñas mezquindades, muy dura, sobre todo contra sí misma, siempre tan triste y con un cuerpo sometido voluntariamente a una brutal radiactividad durante tantos años.
   Un libro con un acontecimiento medular: el fallecimiento de Pierre Curie que desencadena el relato de la vida de su esposa, antes y después del fatídico accidente y que le permite a la autora narrar en paralelo su propio duelo, que no es, sin embargo, un túnel cerrado a la vida, como tampoco lo fue el de Marie Curie.
   No es este libro incalificable un impúdico tráfico con el dolor, sino un intento de hallar un sentido al mal y a la congoja. Y para Rosa Montero ese sentido se encuentra en la narración. De ahí nació este torbellino de palabras, escritas con un tono confesional, que nos hablan de tú a tú, con una gran fuerza poética capaz de conmocionarnos, como cuando la autora relata que Marie Curie guardaba coágulos de sangre y trozos de los sesos de sus esposo para besarlos. Y también de horrorizarnos al hacernos ver el pavoroso desprecio para su salud con que Marie manejaba el radio.
Hashtags, fotografías que interactúan con el texto escrito, completan un libro híbrido, ambiguo y pantanoso, de lo que la misma autora es consciente: la fusión entre la realidad biográfica y la ficción. Por eso también a este libro cabe aplicarle la receta de Álvaro Pombo: la invención creativa, la ficción, como marcador semántico que es, introducido en una biografía, anula la exactitud de la realidad biográfica, por mucho que la escritora nos diga que todos los datos del libro sobre Marie y Pierre están documentados, que no hay una sola invención en lo factual. Pero ese marcador semántico no es un frívolo adorno: expresa bellamente y de forma optimista la realidad biográfica. Es la acción embellecedora y catártica de la literatura.

Francisco Martínez Bouzas




Rosa Montero

Fragmentos


“Eso es lo que hizo Marie Curie cuando le trajeron el cadáver de Pierre: encerrarse en el mutismo, en el silencio, en una aparente, pétrea frialdad. Llevaban once años casados y tenían dos hijas, la menor de catorce meses. Pierre había salido esa mañana como siempre camino del trabajo; tuvo una comida con colegas y, al volver al laboratorio, resbaló y cayó delante de un pesado carro de transporte de mercancías. Los caballos lo sortearon, pero una rueda trasera le reventó el cráneo. Falleció en el acto.
 
 Entro en el salón. Me dicen: « Ha muerto.» ¿Acaso pude una comprender tales palabras? Pierre ha muerto, él, a quien sin embargo había visto marcharse por la mañana, él, a quien esperaba estrechar entre mis brazos, esa tarde, ya solo lo volveré a ver muerto y se acabó, para siempre. (Diario)

Siempre, nunca, palabras absolutas que no podemos comprender, siendo como son pequeñas criaturas atrapadas en nuestro tiempo. ¿No jugaste, en la niñez, a intentar imaginar la eternidad? ¿La infinitud  desplegándose delante de ti como una cinta azul mareante e interminable? Eso es lo primero que te golpea en un duelo: la incapacidad de pensarlo y admitirlo. Simplemente la idea no te cabe en la cabeza. ¿Pero cómo es posible que no esté? Esa persona que tanto espacio ocupaba en el mundo, ¿dónde se ha metido? El cerebro no puede comprender que haya desaparecido para siempre. ¿Y qué demonios es siempre? Es un concepto inhumano. Quiero decir que está fuera de nuestra posibilidad de entendimiento. Pero cómo, ¿no voy a verlo más. ¿Ni hoy, ni mañana, ni pasado, ni dentro de un año? Es una realidad inconcebible que la mente rechaza: no verlo nunca más es un mal chiste, una idea ridícula.”

…..

“Hay gente que, en su pena, se construye una especie de nido en el duelo y se queda a vivir ahí dentro para siempre. Permanecen en ese lugar común, repiten el destino de vacaciones, visitan ritualmente los antiguos lugares compartidos, mantienen las mismas costumbres en memoria del muerto. Yo no creo que sea bueno, o quizá sí, quién sabe, quién soy yo para decir cómo debe uno tratar de superar una pérdida; pero, en cualquier caso, no es mi elección. Me cambié de domicilio tras la muerte de Pablo (Marie también se mudó de casa cuando enviudó) y el mundo tiene varios rincones que es posible que yo no vuelva a visitar: Estambul, Alaska, Islandia, ciertas zonas de Asturias o estas hermosísimas iglesias de madera.”

(Rosa Montero, La ridícula idea de no volver a verte, páginas 24-25, 88-89)

viernes, 9 de agosto de 2013

"LA LLUVIA AMARILLA": UN DICCIONARIO SOBRE LA SOLEDAD



La lluvia amarilla
Julio Llamazares
Editorial Seix Barral, Barcelona, 2013, 165 páginas.


   Con una extraordinaria edición conmemorativa que incluye un prólogo de Julio Llamazares y el DVD documental Ainielle, con la intervención del autor, José Sacristán y escenas de la adaptación teatral, Seix Barral celebra el vigésimo quinto  aniversario de la publicación original en 1988 de una verdadera joya de la literatura española del pasado siglo, La lluvia amarilla de la autoría de Julio Llamazares, convertida hoy en una novela de culto, en un long seller,  en una narración poética que honra a un idioma y que convirtió al escritor leonés en un clásico moderno. Se ha escrito que la obra de Julio Llamazares es un gran glosario de la soledad y por mi parte osaría afirmar que La lluvia amarilla es el calidoscopio que la proyecta de forma simétrica y agigantada hasta el infinito.
   El abandono, la desolación, la locura y la muerte, entre ese viento suave proveniente del río que con las hojas de otoño anega al pueblo abandonado de Pirineo aragonés y lo hiela con la blancura eterna de la nieve invernal, tienen en esta novela la máxima expresión, un verdadero paradigma convertido en arte literario. Completamente abandonado en 1970, las casas de Ainielle resisten a pesar de las inclemencias del tiempo, el musgo y las zarzas que pudren o colonizan sus paredes.
   En una de ellas Andrés, de Casa Sosas, narrador-personaje, tiene su morada y desde ella nos va acercando, a través de un impresionante monólogo, a cada una de las historias de soledad, abandono y alucinación, a las puertas de una  muerte anunciada a partir del capítulo 10. Sus experiencias vitales del pasado (décadas de los cincuenta y sesenta), los habitantes de Ainielle desaparecidos, que murieron o desertaron de la soledad, la lluvia destructora que avejenta las casas y las almas, su visión de Ainielle que, sumida en el abandono y en el olvido, semeja un cementerio. Ahora, en la última noche que precede a la agonía, el protagonista nos señala que se quedó completamente solo, condenado a roer su memoria y sus huesos desde hace casi diez años, como un perro loco.  Y allí, en Ainielle, entre la lluvia amarilla de las hojas caídas en otoño y las ventiscas heladas que colman el pueblo de silencio y desamparo y el óxido y el polvo de los años, construye sobre recuerdos “las pesadas paredes del olvido”, realizando trabajos inútiles  para no volverse loco antes de tiempo.
   Andrés recuerda y narra cando la muerte ronda ya la puerta de su cuarto y el aire va tiñendo poco a poco sus ojos de amarillo. Por consiguiente, Julio Llamazares yergue la estructura de sus novela mediante una gran analepsis, recuperadora de las pesadillas del pasado. Mas en el ir y venir del hilo narrativo, y  a pesar de que toda la novela es un desolado balance de la soledad del protagonista-narrador, podemos diferenciar una estructura dual: una primera parte hasta el capítulo 10 dominada por la sensatez de un hombre solo que recupera las historias del pueblo y su situación personal; y la segunda, a partir de esa línea divisoria, en la que la muerte, “esos pasadizos abisales e infinitos de la muerte” (página 129), comienza a visitarle en forma de alucinaciones: vuelven sus muertos (su hija, Sabina su mujer, su madre).
Las alucinaciones continúan proyectándose en visiones sobre el pueblo abandonado: el agua es amarilla igual que el cielo,  el lamento infinito de los muertos que habitan las cocinas, recorren todo el ambiente. La locura prosigue depositando en su alma sus larvas amarillas, haciéndole presente su propia muerte como una sombra sentada en el fuego al lado de las de sus muertos y anunciada por la lluvia amarilla que llega al final del varano cuando marcha el último vecino: “Pero de pronto, hacia las dos o las tres de la mañana un viento suave se abrió paso por el río y la ventana y el tejado del molino se llenaron de repente de una lluvia compacta y amarilla. Eran las hojas muertas de los chopos, que caían, la lenta y mansa lluvia del otoño que de nuevo regresaba a las montañas para cubrir los campos de oro viejo y los caminos y los pueblos de una dulce y brutal melancolía (…), aquella era la lluvia que oxidaba y destruía lentamente, otoño tras otoño y día a día, la cal de las paredes y los viejos calendarios, los bordes de las cartas y de las fotografías, la maquinaria del molino y de mi corazón” (página 96).
   Novela pues que tematiza muchas cosas esenciales: el universo rural y su abandono, el fluir inexorable del tiempo como el río equívoco y melancólico al principio, precipitado a medida que los años pasan, el mito de los fantasmas y espectros del pasado, la condición social del ser humano (por eso hiere tanto la soledad). Y, definitiva, la condición humana en su integración con la naturaleza.
   Si es verdad lo que de de la obra  de Julio Llamazares se ha dicho-que es un diccionario sobre la soledad-, La lluvia amarilla es una gramática de metáforas. Las hay de todos los colores y muy originales (“el diluvio de la muerte”, “las ciénagas del tiempo”, “vapor de la memoria”, “la larga e inmensa noche del tiempo”…), pero es el color amarillo el que cobra un especial relieve, funcionando, como se ha dicho, como elemento paradigmático de la narración. Basándose en la tradición que llega de los tiempos medievales, el autor erige el amarillo como imagen de la locura, la tristeza, la destrucción, la podredumbre y, en definitiva, de la muerte. Consecuente con el título, toda reverbera de amarillo en esta novela. Su formidable carga alegórica nutre el contorno narrativo, expresado, por otra parte, en un riquísimo lenguaje poético que el autor pone en boca del narrador-personaje, aunque no corresponde a lo que él debería hablar, pero es plenamente consecuente con lo que pretende el autor: impresionar los sentidos de los lectores a través de la fascinación de impactantes licencias poéticas, colocadas en una voz vicaria: la de Andrés, de Casa Sosas, el último que ha guardado, de día y de noche, los caminos de Ainielle, sin que nadie se acerque al pueblo, ahora convertido en ruinas entre “la soledad inmensa y tenebrosa del paraje” (página 165).

Francisco Martínez Bouzas


 
 
Julio Llamazares




Fragmentos

“Pronto llegó noviembre con su pálido aliento de lunas y hojas muertas. Los días fueron haciéndose más cortos cada vez y las interminables noches junto a la chimenea comenzaron a sumirnos poco a poco en un profundo tedio, en una pétrea y desolada indiferencia contra la que las palabras se deshacían como arena y en la que los recuerdos daban paso casi siempre a inmensas extensiones de sombra y de silencio. Antes, cuando aún estaban Julio y su familia (y, antes aún, cuando Tomás todavía no había muerto y sostenía tenazmente en solitario la vieja casa y la memoria de Gavín), nos reuníamos todos en una de las casas, junto a la chimenea, y, allí, durante largas horas, mientras la nieve y la ventisca gemían en lo alto del tejado, pasábamos las noches del invierno contándonos historias y recordando personas y sucesos, casi siempre de otro tiempo. El fuego, entonces, nos unía más que la amistad y que la sangre. Las palabras servían, como siempre, para ahuyentar el frío y la tristeza  del invierno. Ahora, en cambio, a Sabina y a mí, el fuego y las palabras nos volvían más distantes, los recuerdos nos hacían cada vez más silenciosos y lejanos. Y, así, cuando llegó la nieve, la nieve estaba ya, desde hacía mucho tiempo, en nuestros propios corazones.”

…..

“Yo he vivido día a día, sin embargo, la lenta y progresiva evolución de sus ruina. He visto derrumbarse las casas una a una y he luchado inútilmente por evitar que ésta acabara antes de tiempo convirtiéndose en mi propia sepultura. Durante todos estos años, he asistido impotente a una larga y brutal agonía. Durante todos estos años he sido el único testigo de la descomposición final de un pueblo que quizás ya estaba muerto antes incluso de que yo hubiese nacido. Y hoy, al borde de la muerte y del olvido, todavía resuena en mis oídos el grito de las piedras sepultadas bajo el musgo y el lamento infinito de las vigas y las puertas al pudrirse.”

…..

“Lentamente, las horas van pasando y la lluvia amarilla va borrando la sombra del tejado de Bescós y el círculo infinito de la luna. Es la misma de todos los otoños. La misma que sepulta las casas y las tumbas. La que envejece a los hombres. La que destruye poco a poco sus rostros y sus cartas y sus fotografías. La misma que una noche, junto al río, entró en mi alma para no volver ya nunca a abandonarme el resto de los días de mi vida.
Día a día, en efecto, a partir de aquella noche junto al río, la lluvia ha ido anegando mi memoria y tiñendo mi mirada de amarillo. No sólo mi mirada. Las montañas también. Y las casas. Y el cielo. Y los recuerdos que, de ellos, aún siguen suspendidos. Lentamente, al principio, y, luego ya, al ritmo en que los días pasaban por mi vida, todo mi alrededor se ha ido tiñendo de amarillo como si la mirada no fuera más que la memoria del paisaje y un siempre espejote mi mismo.”

(Julio Llamazares, La lluvia amarilla, páginas 28, 90, 141)

miércoles, 31 de julio de 2013

LA EMOCIÓN DE LAS COSAS



La emoción de las cosas
Ángeles Mastretta
Editorial Seix Barral, Barcelona, 2013, 318 páginas.


    “Cada quien tiene su novela”, afirma Ángeles Mastretta, va cargándola, la teje todos los días. Y  a veces trama en ella el paso de sus ancestros, como si del suyo se tratara (página 37). Eso es lo que hace la escritora mexicana en este libro, tan híbrido que la misma autora duda de su propia naturaleza.  ¿Un libro de memorias, una indagación en el pasado familiar, una búsqueda o incluso una tontería? Es posiblemente todo eso, menos una tontería, escrito por una narradora de renombre internacional -Premio Rómulo Gallegos en 1997 con su novela Mal de amores-, aunque bastante controvertida. Sobre su figura y quehacer literario se han vertido opiniones muy dispares y no siempre  todas positivas. Es “escribidora”, no escritora según Roberto Bolaño; especializada en hacer literatura de mujeres, encasillamiento que antes la enojaba y que ahora asume con naturalidad, porque está convencida de que no existe una literatura deliberadamente escrita para mujeres, aunque asume que ella sí que escribe desde el punto de vista de la mujer.
   La emoción de las cosas, un título tomado de un verso de Antonio Machado, no es propiamente una novela, porque una novela, reconoce la autora, es un regalo y su libro es una colección de pequeños regalos. Diminutos regalos, en efecto, que nos llegan confinados en lo que, sin duda, es un libro muy personal y en el que la memoria y la emoción sobrevuelan por encima de la ficción. Ajuste de cuentas con su pasado, recuerdos extraídos del baúl sentimental para exorcizar la memoria, que la autora fija por escrito como terapia curativa al poco tiempo de la muerte de su madre y en el que plasma sus evocaciones de la infancia, adolescencia y juventud, como una forma de recuperar tanto la historia familiar como la personal. Un libro construido también de instantáneas de momentos, de impresiones surgidas como anotaciones de una bitácora, pues en buena parte el libro tiene sus orígenes en un blog.
   Buceo, sobre todo, en los antecedentes familiares: sus antepasados, sus abuelos, sus padres, sus hermanos ya en el México natal. Y con un centro oculto o un gran silencio: la figura paterna. El padre fallecido, cuando la escritora contaba diecinueve años, sin haber revelado  a sus hijos su pasado, que estuvo en Italia durante la Segunda Guerra Mundial, que llegó a creer en la ensoñación fascista. Memorias petrificadas y que la autora clausura tras haber conocido a una antigua novia que su padre tuvo en Italia, precisamente durante esos años.
   Libro pues anecdótico y sobre todo intimista, preñado de pequeñas historias en las que se atesoran las estampas familiares, los detalles de su vida desde el tiempo de los abuelos y con pequeñas divagaciones sobre la modernidad, la escritura, la religión, la muerte o sobre las autoras preferidas de Mastretta: Jane Austen o Isak Dinesen. Y en el que, sobre todo, reverberan las emociones que Ángeles Mastretta transmite a los lectores con suma facilidad, hasta el punto de que ella misma teme haber escrito un libro de autoayuda.
   Tono confesional, balsámico para la autora, porque ella está convencida, y en este libro lo patentiza, de que somos lo que dejamos en los otros, pero también lo que callaron y no nos contaron. Ese fue precisamente el legado del padre al que no inventa. Su silencio respetado y en el fondo transformado en secreto tesoro en estas páginas, con más sentimientos que información. Todo eso y una voz femenina que construye una prosa intimista, es lo que el lector hallará en este libro. Pero nada más.

Francisco Martínez Bouzas








Fragmentos


“El abuelo creía en las guerras, motivo para una disputa que nadie quiso tener con él. Ni siquiera mi padre, que hubiera tenido mil razones, pues vivió la guerra. Cuando regresó de Italia, no volvió a mencionarla. Ni mi madre, que durmió junto a él veinte años, supo del espanto que atenazó su vida y su imaginación desde entonces y para siempre. Todos creímos que se le había olvidado. Pero ahí estaba el abismo del que nunca hablaba, ahí, en la nostalgia con que se reclinó en la puerta de nuestra casa, a ver cómo sus tres hijos mayores nos íbamos a vivir a la ciudad de México. De golpe.”

…..

“Fuimos a Milán movidas por el deseo de saber una historia tras la niebla que dejó nuestro padre, buscando la palabra de una mujer que prometía en dos párrafos la memoria vívida del tiempo en que nosotros no éramos ni el deseo de nuestra existencia. Fuimos a Milán como si pudiera ser cierto que la imaginación necesita sostén. Como si yo quisiera creerme la mentira de que me urgía saber una verdad para contar otra. ¿Un viento desde el que asir la nada de la que nunca oímos hablar? ¿Para qué? ¿Para escribir una novela? Si uno inventa para indagar, no al revés.
De eso, si alguna duda tuve, la perdí en dos tardes de tratar a la dama cuya letra convocaba a visitar el pasado, pero su voz era puro presente. Por eso, tras sólo dos ratos de mirarla, mi hermana y yo nos encontramos abrazándola con la urgencia de prolongar el futuro, porque todo en ella es el ávido deseo de andar viva. «Ci vediamo domani (nos vemos mañana)», dijo con su voz ronca, poniendo en nuestras manos, como nunca en Italia, la contundencia del ahora. ¿Qué nos importaba lo que pasó en la guerra si aquella mujer de oro no quería recordarlo? Si la memoria de esos años no guarda más dolor que el de ya no ser joven.”

(Angeles Mastretta, La emoción de las cosas, páginas 13-14, 183)

miércoles, 19 de diciembre de 2012

PROVOCATIVA Y DESMITIFICADORA


El jardín colgante
Javier Calvo
Editorial Seix Barral, Barcelona, 2012, 363 páginas.

   Con este título, El jardín colgante, obtuvo el joven escritor barcelonés Javier Calvo el Premio Biblioteca Breve correspondiente a este año, 2012. El jurado de este prestigioso y ya histórico premio eligió una obra transgresora y seguramente provocativa, que rompe con los cánones de lo literariamente correcto, y que revisa nuestros años de Transición con una mirada distinta, la que capta que en la España de la segunda mitad de los años 70 nada es lo que parece y todo sobrenada en la ambigüedad de las aguas turbias de un mar de fondo, el de aquellos años en los que la mayoría de los españoles tratábamos de erguir un país renovado, que dejara atrás casi medio siglo de existencia. Todo pues es reinventado, ha desaparecido la verdad unívoca de los largos años de la dictadura y, como afirma el autor de esta novela, “no hay diferencia entre el bien y el mal”. De ello da idea la confesión de Javier Calvo de que su novela fue escrita a partir de una docena de canciones de grupos punk, todas ellas sobre la mentira y la falsedad.
   El jardín colgante es la segunda entrega de “La trilogía de la muerte”, el tríptico con el que el autor pretende retratar  Barcelona en clave negra. La primera, Corona de flores, se desarrolla en el ya lejano 1877, en el nacimiento de la Barcelona moderna. Cien años más tarde se sitúa la acción de El jardín colgante, en la Barcelona de la Transición. En dos de esos años, entrecruzados por duplicidades, alarmas y sobresaltos, 1977 y 1978, se despliega la trama de El jardín colgante, que Javier Calvo estructura en dos partes: “Meteorito” e “Islote”.
   En Sallent, a las afueras de Barcelona, ha caído un meteorito que entre el calor y la lluvia hace de Barcelona una ciudad polvorienta, pegadiza e irrespirable y con una conciencia aletargada de lo que estaba realmente pasado: las manifestaciones pro amnistía, restauración de la Generalitat, Tarradellas de regreso. Y algo más: los antiguos servicios secretos del franquismo se han puesto al día y dirigen sus fuerzas no a perseguir la disidencia política,  sino formaciones o grupúsculos terroristas de extrema izquierda. Uno de ellos es el TOD (Tropa de Acción Directa). En ese ambiente, el agente Arístides Lao, alias Sirio, es elegido para lidiar contra esa organización terrorista. Cuenta para ello con Melitón Muria, un agente tan peculiar que con Lao forman una pareja de espías tan decadente como esperpéntica. Deberán contactar con Teo Barbosa, un topo, un infiltrado en el grupo terrorista y al que deberán rescatar. Un plan descabellado y una misión imposible porque entre las ideas y su ejecución hay un abismo.
   Javier Calvo escribe una novela del género negro, basada en las convenciones  canónicas de dicho género: la conspiración, la falsedad, la traición, la investigación… Sin embargo su novela es una verdadera amalgama: una sutura de literatura policial con una visión carnavalesca de España en aquellos años de la Transición. En la historia, si hay algo que flota, es la ambigüedad. Una trama, cuyos protagonistas son agentes dobles, de agentes que no se sabe muy bien de que parte están, significa una verdadera desmitificación del género, una deconstrucción de la novela policiaca. Sensación que se acrecienta si atendemos a las semblanzas de sus héroes / antihéroes, a los que describe con calificativos que van del esperpento al lenguaje canalla (Arístides Lao, carita de gastrópodo  sin concha; Melitón Muria, tupé grasiento y asimétrico, convencido además de su estulticia; los terroristas en vez de guerrilleros maoístas parecen bandoleros de cuentos de hadas).
   Sin embargo el estilo de Javier Calvo es eficaz. Relativamente sobrio, sin dejar por ello de ser ameno. El mismo talante de una escritura provocativa, irreverente y sumamente audaz contribuye a hacer de El jardín colgante una lectura entretenida y sobre todo muy original.

Francisco Martínez Bouzas




Fragmentos

“Ya es de día cuando Teo Barbosa se despierta junto al cuerpo desnudo de Sara Arta, en el sobreático diminuto de la calle Escudillers al que ella lo llevó al final de la noche. El polvo del meteorito que cubre los cristales le da un matiz plomizo a la luz ya de por si fría de la mañana. Barbosa se frota los ojos. Como suele pasar con casi todas las camas, la de Sara es demasiado corta para él y provoca que los pies le cuelguen del borde. Sobre las sábanas rojas, la piel muy blanca de ella tiene una cualidad casi pictórica. Barbosa se permite un solo momento para admirar el cuerpo dormido que tiene al lado, delgado pero de proporciones exquisitas, a diferencia del de él, que es exageradamente alto y huesudo y tiene unas rodillas y unos codos enormes y un pene que se ve inevitablemente pequeño entre sus muslos interminables. Por fin comprueba que la joven sigue dormida y se incorpora lentamente, sin hacer ruido.
   Afuera se oyen las gaviotas. Barbosa va directamente al recibidor donde recuerda que la noche anterior Sara Arta dejó su chaqueta de cuero. Saca la cartera del bolsillo de la chaqueta y examina rápidamente toda la documentación, memorizando la información relevante. Por fin devuelve todo a su sitio, echando vistazos de vez en cuando por encima del hombro. A continuación se dispone a abrir cajones y a registrar sus contenidos.
Cinco minutos más tarde, vuelve a entrar en el dormitorio y se inclina para besar el cuello de la dueña de la cama.
-Me voy antes de que llegue tu marido- dice Barbosa, poniéndose los calcetines y recogiendo del suelo el resto de la ropa.
Ella gira lentamente la cabeza sobre la cama deshecha y se lo queda mirando con los ojos inflados.
-¿Dónde están los hombres que hacen café antes de abandonar ala mujer que han deshonrado?
-Son rémoras del patriarcado,-Barbosa se pone los calzoncillos-. Sucumbirán bajo las ruedas de la Historia.”

…..

“Aquí solamente hablaremos de España. Todo lo demás no nos incumbe. A efectos prácticos, no existe nada que no sea España. Les recomiendo un ejercicio. Cierren los ojos. Piensen en todas las cosas de las que han oído hablar que no son España. Ahora abran los ojos. Todo lo que han pensado era un sueño y ahora se están despertando a la realidad de España. No busquen nada más. Imaginen que están en una isla desierta. Los demás lugares son sueños. Aunque llegados a este punto conviene aclarar que España no es ninguna isla desierta. España es una isla desierta para alguien que ha nacido en esa isla desierta. Y perdonen la aporía. España es una lamprea. Es un trilobito. Es un comedor de mierda del fondo marino que lleva millones de años existiendo, siempre igual, comiendo la mierda que cae de los peces, sin ver nunca nada y sin que nadie lo haya visto nunca. Sin que nadie sepa que existe. España es el mundo para una lamprea. Es el mundo para un bicho que no tiene ni ojos ni oídos: inexistente, sin coordenadas, sin estímulos, y por eso mismo absolutamente perfecto y total. La imagen de la totalidad más perfecta que pueda existir.”

(Javier Calvo, El jardín colgante, páginas 47-48, 354-355)