miércoles, 7 de marzo de 2012

"LA CAÍDA DE MADRID", UN ESPEJO DE LOS ESTERTORES DEL FRANQUISMO

La caída de Madrid
Rafael Chirbes
Editorial Anagrama, colección Compactos, Barcelona, 2011, 318 páginas.

Rafael Chirbes (Valencia, 1949) está considerado como uno de los mejores narradores españoles de las últimas décadas y con un éxito notable en varios países europeos, sobre todo en Alemania. La novela que hoy presento, La caída de Madrid, editada por primera vez en el año  2000 y reeditada hace meses en la colección Compactos de Anagrama, forma parte de un ambicioso proyecto narrativo, iniciado con La larga marcha y clausurado con Lo viejos amigos. Un proyecto que Rafael Chirbes presenta como un espejo de la época franquista y de sus secuelas, sobre todo en el interior de las personas. Un ejemplo más, y quizás paradigmático, de esa literatura intimista en la que el narrador valenciano es un consumado maestro. Esa escritura introspectiva que fija la atención de forma especial en las interioridades de los personajes, en las crisis del individuo, en sus estados de conciencia o de inconsciencia, escudriñados en las ondulaciones psicológicas de sus héroes o antihéroes.
Se podría decir que Rafael Chirbes reniega de la literatura en abstracto y por eso mismo la sutura al tiempo de la historia, al tiempo de los acontecimientos narrados. Deudor de la concepción balzaquiana de la novela, avala la máxima de que aquella debe de relatar la vida privada de las naciones. El papel del narrador no consiste en escribir editoriales teóricas, sino en referir lo privado de cada personaje.
De todo ello es una buena muestra, La caída de Madrid. El narrador de esta novela aplica un inmenso caleidoscopio con veinte espejos a un espacio temporal enmarcados en unas pocas horas: las del 19 de noviembre de 1975, horas en las que agonizaba el dictador Francisco Franco. Pero no es  su agonía/fallecimiento la que ocupa el protagonismo de la narración, sino el mural formado por personajes de muy diversa índole y condición que, en esas horas cruciales para el futuro de España, entrecruzan sus propias tramas existenciales, lo que permite hurgar en sus propias intimidades y da lugar  a una verdadera dialéctica de clases sociales.
Surge así un relato coral, sin un verdadero protagonista individualizado que se eleve por encima de los demás. El indiscutible  protagonista es este conglomerado heterogéneo, constituido por veinte personajes a los que el escritor dedica sendos capítulos en los que se entrecruzan de forma directa o indirecta sus relaciones. A lo largo de esos veinte capítulos, esos sujetos individuales que ocupan igual categoría narrativa, sin tener en cuenta su extracción social, van entrelazando sus vidas, como en una red o en una colmena, ante los interrogantes del momento que están viviendo, preñado de temores o de esperanzas.
El lector escuchará veinte voces, voces refinadas, disconformes, voces de activistas clandestinos, de acaudalados hombres de negocios, de viejos exilados republicanos insertados en una España que no es la suya, voces de policías encaprichados con prostitutas y cuyo gran temor es ser apaleados como los pides portugueses tras la muerte de Franco.
Narraciones trenzadas en las que el escritor salta de uno a otro personaje formando entre todos un gran tapiz, reflejo de la España real en aquel inicio de la transición  que Chirbes define como una larga traición, “la aplicación de una nueva estrategia en esa guerra de dominio de los menos sobre los más”. De ahí, la coherencia del título de la novela..
Rafael Chirbes tiene conciencia de que el escritor no es inocente, tiene filias y fobias. Sin caer en el maniqueísmo, cierto esquematismo que hace proceder de las geografías del poder todo lo que es monstruoso, olvidándose de que entre los más también existen comportamientos censurables, enflaquece una potencia narrativa que concibe al ser humano inmerso en una fauna regida por la darwiniana lucha por la supervivencia con adaptación al medio y regida por la selección natural.
Se ha dicho que Chirbes es un narrador galdosiano: crea una novela imaginándola alrededor de unos personajes a los que, a su vez, concibe en profunda relación con los hechos de su momento histórico,  y tiende a substituir el personaje uno por el personaje múltiple. Su ritmo narrativo es así mismo pausado, primando las historias por encima de los artificios. Pero, a diferencia de Galdós, Rafael Chirbes sí que logra establecer una corriente anímica entre el personaje y el mundo de objetos que le rodean. Por eso la narrativa de Chirbes es exuberante pero sobrepasa lo meramente decorativo.

Francisco Martínez Bouzas




Fragmentos

“(…) ¿que la empresa atravesaba dificultades por vez primera desde su creación porque todo el mundo estaba asustado, porque Franco se estaba muriendo y la inseguridad se apoderaba de los negocios, y la gente ponía los capitales a resguardo, o, como el mismo había hecho fiándose de sus asesores, los depositaba en el extranjero? Una tarde, al cruzar la Castellana, se encontrón con que, desde el paso elevado de Eduardo Dato, habían arrojado octavillas en las que se pedía la instauración de una república soviética en España y, otro día, descubrió que, aprovechando la obscuridad de la noche alguien se había atrevido a colgar una pancarta roja e insultante que nadie se preocupaba de quitar y seguía allí ondeando sobre el río de coches a las ocho de la mañana cuando él pasó. Su nieto Quini, durante las comidas, hablaba de la revolución como si fuera un circo que tuviera la carpa instalada a la vuelta de la esquina y a cuyas funciones se podía asistir cada tarde. En el extremo opuesto, Josemari decía que, agotadas las razones, había vuelto la hora de esgrimir la dialéctica de los puños y las pistolas. Volvía la hora de la primera Falange. Y lo decía a gritos, con las venas del cuello hinchadas por la rabia que seguramente, le provocaba más que nada sentirse incapaz de rebatir ni uno solo de los conceptos que esgrimía su hermano, más brillante y que, al fin y al cabo, era más joven que él, aunque no mejor”.
…..

“(…) «¿Y todo ese tiempo habéis  estado follando?» Le decía, y también: « Te gustaba ese te gustaba», o:« A que la tenía gorda, ya se que, aunque digáis que no,  a todas os gustan gordas»,cosas así le decía, y esa era la debilidad del comisario Maximino Arroyo, su cuerpo que se levantaba contra su alma, su parte de animal, de cerdo acuchillado que muestra hígado, pulmón, estómago; sus restos de campesino que se frota sobre las espaldas de la Mosca: desnudar a Lina a toda prisa y follarla tumbándola con la cara pegada a la alfombra, o con las caras cogidas del lavabo, o de la taza del váter. Durante la guerra, había tenido que verse en situaciones muy delicadas, y no había temblado, había estado a punto de que lo mataran varias veces y se había visto obligado a matar como cualquier soldado en una guerra”
( Rafael Chirbes, La caída de Madrid, páginas 17-18, 63)

domingo, 4 de marzo de 2012

J. R. ACKERLEY, LAS BIOGRAFÍAS DEL ALMA


Mi padre y yo
J. R. Ackerley
Editorial Anagrama, Barcelona 2011, 245 páginas.

  
  A los veinte anos de su edición en “Panorama de narrativas”, Anagrama recupera, con todo merecimiento, Mi padre y yo de Joe Randoph Ackerley (1896 – 1967), un verdadero paradigma moderno de la autobiografía, hasta el punto de que Ackerley le da nombre al principal premio británico de literatura autobiográfica. Aunque Mi padre y yo quizás sea mucho más que relato biográfico, ya que las peripecias vitales que el autor narra, son en muchas ocasiones verdaderamente novelescas. Es indiscutible el acierto editorial al reeditar este libro imprescindible en la colección “Otra vuelta de tuerca”, que desde 2009 recupera de forma ecléctica la más alta y exigente literatura, aquellos tesoros escondidos de las colecciones emblemáticas del sello editorial, que en su día fueron celebradas. Y Mi padre y yo es, sin ninguna duda, uno de esos “tesoros escondidos”.
   Sin embargo, el autor, J. R. Ackerley, fue un escritor imprevisible, de obra literaria parca, porque nunca se sentía capaz de arrancar y porque pocas veces paraba en casa. Gastaba su tiempo y sus energías buscando en pubs, callejones y en el Cuerpo de Guardia de su Majestad, al Amigo Ideal, jóvenes que le proporcionaran sexo a través del amor – objetivo en el que fracasa – o amor a través del sexo. Mi padre y yo es un libro póstumo, editado al año siguiente de la muerte del autor. Sobre las relaciones padre – hijo y sobre la difícil convivencia entre ambos, teníamos dos documentos emblemáticos: los escritos kafkianos, El juicio y Carta al padre. La tragedia tiñe la relación entre el joven del relato de Kafka y su áspero, justiciero y extravagante progenitor. En Mi padre y yo el modelo y el porqué son otros. La razón de ser del libro en la mente de Ackerley es doble: por una parte, su propia sensación de fracaso, de inadecuación personal, de inutilidad y pérdida. Y por otra, saber los motivos de la vida secreta del padre, un adúltero que mantuvo hasta su muerte dos familias en absoluto secreto y sin que una supiera de la otra. Al escribirlo, pretende analizar el alma del padre y al mismo tiempo autoanalizarse. El resultado es una historia hecha de excavaciones, de fragmentos y ramificaciones. El objetivo: entrar en las escondidas sombras de ese “huerto secreto” de su progenitor.
   Ackerley relata la vida visible y la invisible pero imaginada. La suya y la del padre. De la suya, este libro es un testimonio crudo, avasallador, sin concesiones. El “huerto secreto” del padre está documentado en dos cartas. El resto, la doble vida y las vicisitudes de las dos familias es, en buena medida, fruto de la ficción . Una ficción que se nos muestra en forma de investigación de la juventud del padre – quizás cautivo también del redil de la homosexualidad – y de su pasado más cercano. Ambas, en la pluma de Ackerley, crean un relato apasionado y morboso.
   El capítulo 12 narra con detalles y con suma naturalidad, como si de un relato oral se tratara, la sordidez e infelicidad de su propia vida amorosa. Todo comienza con el regalo de un muñequito negro que le pide a su padre cuando en su niñez le operan de peritonitis. Ese muñequito siempre saldrá a la superficie. Recuerda como sombras los amores platónicos de su adolescencia, cuando percibe el sexo como algo deseable, pero culpable. Desprecia el cuerpo femenino (“A las chicas las despreciaba: ¿cómo podían atraer los cuerpos suaves, blandos y bulbosos de esas criaturas tontas e insubstanciales si las comparaba con la belleza muscular del cuerpo masculino?” pagina 136). Se contempla a si mismo en la tradición de los clásicos griegos. Pero no se atreve a nada más que a besar (“la distancia entre la boca y la entrepierna parecía demasiado grande”, página 137). Inicia una larga búsqueda del amor a través del sexo; en el horizonte, la utopía del Amigo Ideal. Buscando chicos se considera un ave rapaz, diligente, pero no osado ni imprudente. Mas, ¿cómo hallar el Amigo Ideal en una ciudad tan puritana como Londres en los años veinte? Sus primeros pasos le encaminan a los chulos y merodeadores callejeros. Después al Cuerpo de Guardia de su Majestad, que tenía un largo historial de prostitución homosexual.
J. R. Acekerley
   Ackerley, al igual que hiciera con sus presas, intenta capturar su propia existencia. Por eso, a la par que narra acontecimientos, aventuras, conquistas, transmite también estados de ánimo que, recuerda, no fueron los gloriosos y gozosos orgasmos, sino la absoluta miseria, papeles de desecho, como los que encuentra en las cajas de cartón que coleccionaba su madre demente en la ancianidad. La felicidad le llega más tarde  a través  de una perra loba. Pero esa será otra historia. La de este libro es la biografía de la propia alma y la de sus aledaños y el intento de captar la del progenitor en una época extremadamente puritana y deambulando por ambientes lúgubres, sórdidos y clandestinos. En un texto que revolucionará el género autobiográfico, suturando realidad y ficción y a años luz de cualquier pacata blandenguería.

Francisco Martínez Bouzas

viernes, 2 de marzo de 2012

"LOS NOMBRES" de Don DeLillo, un thriller psicológico

Los nombres
Don DeLillo
Traducción de Gian Castelli Gair
Editorial Seix Barral, Barcelona 2011, 444 páginas.


El autor de Los nombres, Don DeLillo está considerado junto con Thomas Pynchon, Philip Roth, S. L. Doctorow y Cormac MacCarthy el quinteto de novelistas por excelencia entre los narradores norteamericanos. Nacido en el Bronx en 1936, en el seno de una familia de emigrantes italianos, Don DeLillo se formó con los jesuitas  en Fordham University. A los 18 años inició su andadura literaria. Los nombres no es la mejor novela de Don DeLillo, como se escribió en 1982, pero si la que le hizo llegar al gran público, antesala de Ruido de fondo (1985), Libra (1988), Mao II (1991), Submundo (1997) o Cosmópolis (2003)… que le supusieron el reconocimiento como gran narrador, autor de obras maestras. Johon Banville y Matin Amis catalogan su obra en el ámbito de la poesía, de la “poesía paranoica”, esto último debido a las obsesiones que inquietan a Don DeLillo con relación al papel de EE.UU. en el mundo y a su condición tanto de gendarme como de chivo expiatorio. Esa paranoia afecta en gran medida a muchos de los personajes de Don DeLillo: están  en distintos lugares del planeta como norteamericanos, como ciudadanos de una nación que es el líder imperialista mundial y consideran que es su deber influir  a favor de este liderazgo. Por lo tanto, la inocencia no configura sus conciencias.
Los nombres, recuperada hace unos meses por Seix Barral en su colección emblemática, “Biblioteca Formentor”, es una novela reveladora y plagada de ramificaciones y de simbolismo en el más puro estilo DeLillo. Escrita a finales de los 70, es un texto enmarcado en el contexto de la guerra fría. Por eso por sus páginas se mueven personajes expatriados que asumen tareas clandestinas y con una cierta monomanía marcando sus rumbos vitales. Reducida a una breve y elemental sinopsis, Los nombres nos acerca a la figura  de James Axton, un americano que como analista de riesgos ha sido enviado a Grecia por una empresa multinacional tras la cual se enmascara la CIA. Desde allí recorre el Oriente Medio, redactando informes acerca de los conflictos políticos y económicos de la región, en un momento en el que ha explotado la Revolución islámica en Irán, menudean los secuestros terroristas y el petróleo se ha convertido en arma hostil. Durante una visita a la Isla de Kouros, donde viven su ex-mujer y su hijo, se entera de un misterioso delito ritual: un viejo solitario y tullido aparece asesinado a martillazos. Owen Brademas, director de las excavaciones arqueológicas donde trabaja Kathryn, la ex-mujer, piensa que el delito pudo haber sido cometido por una secta de adeptos, practicantes de sacrificios humanos y obsesionados por el conocimiento del lenguaje, de los nombres y de los caracteres alfabéticos.
En otros lugares, geográficamente distantes, tienen lugar asesinatos con características similares y con el mismo modus operandi. Todo ello empuja al protagonista a buscar una explicación y esa investigación le lleva hasta las fronteras del lenguaje, en un puzzle cuya solución se encuentra en las palabras.
Los nombres está narrada  en primera persona y aparentemente se apropia de la forma de la novela policial. No obstante, la pesquisa detectivesca en esta novela es solamente un pretexto. DeLillo presta mayor atención a la presencia simbólica de Grecia y, sobre todo, efectúa una penetrante reflexión sobre el lenguaje que obliga al lector a un constante ejercicio hermenéutico.
Algún crítico ha citado a Los nombres como un ejemplo paradigmático de la narrativa posmoderna americana, porque DeLillo emplea el esquema de la novela negra  y sus ingredientes canónicos (asesinatos, sectas, conspiraciones, sexo, alcohol, espías…) para especular  sobre el lenguaje como horizonte de la escritura. Si Michel Foucault afirmaba que, separado de la representación, el lenguaje solamente existe en forma dispersa, DeLillo piensa que aquello que llevamos al templo como ofrenda no son plegarias o cantos angelicales, sino lenguaje. Con este lenguaje sobrevivimos en una realidad sumergida entre los fragmentos de un mundo posmoderno. El oscuro potencial del lenguaje, persiguiendo las huellas de unos misteriosos asesinatos rituales, conduce al lector precisamente hasta las raíces de la misma lengua. A la dispersión foucaultina del lenguaje, opone DeLillo una constante reelaboración de los propios gestos.
La novela asume además la problemática del papel de Norteamérica en el mundo a la que aludí al principio. EE.UU, como mito viviente de nuestro tiempo y la CIA como mito de Norteamérica. La novela capta perfectamente la tirantez entre la verdad que sin duda late en muchas de las críticas al país del autor, a su omnímodo y nada inocente liderazgo y el hecho de que Norteamérica sea así mismo el gran chivo expiatorio ante todos los males del resto del mundo.
La escritura de Los nombres es sumamente densa y compleja. La mirada del escritor salta del diálogo a la descripción de un paisaje o de los gestos de una persona. Una mirada que crea conexiones, se interroga sobre si misma como mirada, como lenguaje e incluso como mirada americana.
Libro pues que demanda una lectura pausada, reflexiva, subrayando y anotando y que en nada se asemeja a la celeridad de la narrativa detectivesca. Por lo tanto, a la hora de abordar Los nombres podemos hablar de thriller, pero thriller psicológico que refleja, sobre todo, la condición fragmentaría del mundo de los últimos decenios y eso a pesar de la globalización.

Francisco Martínez Bouzas
                                       

Don DeLillo


Fragmentos

“Norteamérica es el mito vivo de este mundo. No existe sentido alguno de culpa cuando matas a un norteamericano o cuando echas la culpa a Norteamérica de quién sabe qué calamidad local. En esto consiste nuestra función, en ser tipos característicos, en encarnar cuestiones recurrentes que la gente pueda utilizar para reconfortarse a si misma, para justificarse etcétera. Estamos aquí para complacer. Sea lo que sea que la gente necesite, nosotros se lo suministramos. Un mito es algo sumamente útil. La gente espera de nosotros que absorbamos el impacto de sus propios agravios. Resulta interesante. Cada vez que hablo con un hombre de negocios de Oriente Medio que demuestra afecto y respeto por Estados Unidos, presumo automáticamente que se trata de un estúpido o de un embustero. El sentimiento de agravio nos afecta a todos de un modo u otro”.
…..
“- Se lo estaba diciendo a Ann. No hacen más que cambiar los nombres.
-¿Qué nombres?
- Los nombres con lo que hemos crecido. Los países, las imágenes. Persia sn ir más lejos. Todos crecimos con Persia. Qué imagen tan vasta nos evocaba aquel nombre. Una inmensa alfombra de arena, un millar de mezquitas de color turquesa. Una inmensidad. Una gloria cruel que se remontaba a lo largo de los siglos. Todos los nombres. Una docena, o más, y ahora Rhodesia, claro está. Rhodesia decía algo. Mejor o peor, pero era un nombre que decía algo. ¿Qué nos ofrecen en su lugar? Arrogancia lingüística, le sugerí. Me dijo que era un comediante. Ella carece de memoria personal de Persia como nombre. Pero también es cierto que es más joven, ¿no crees?”.
…..
“El mundo se ha convertido en algo autorreferente. Lo sabes. Es algo que ha empapado la propia textura del mundo. Durante miles de años, el mundo representaba nuestra forma de escape, nuestro refugio. Los hombres se escondían de si mismo en el mundo. Nos ocultábamos de Dios o de la muerte. El mundo era donde vivíamos, y nuestro propio yo era donde enloquecíamos y moríamos. Pero ahora el mundo ha adquirido un yo propio. ¿Por qué? ¿Cómo? Eso es algo que da lo mismo. ¿Qué ocurre con nosotros ahora que el mundo tiene un yo? ¿Cómo nos las arreglamos para decir la cosa más simple sin caer en una trampa ¿Adónde vamos, cómo vivimos, a quien creemos? Esa es mi imagen, la de un mundo autorreferente, un mundo del que no existe vía posible de escape”

(Don DeLillo, Los nombres, páginas 155-156, 315, 390-391)

jueves, 1 de marzo de 2012

"DONDE NADIE TE ENCUENTRE", LA DRAMÁTICA EXPERIENCIA VITAL DE LA PASTORA


Donde nadie te encuentre
Alicia Giménez Bartlett
Ediciones Destino, Barcelona, 2011, 509 páginas.

Tengo ante mi la novela ganadora del Premio Nadal 2011, publicada por Ediciones Destino en la ya mítica colección Áncora y Delfín. En atención a mis amigos lectores / escritores latinoamericanos y de otras latitudes, considero que no está de sobra recordar que el Premio Nadal, a pesar de su relativamente modesta dotación económica (18.000 euros), goza de un gran prestigio, fundamentalmente por dos razones: es el más antiguo en España (concedido desde el año 1944) y, entre sus ganadores, figuran escritores de una gran categoría literaria. En la actualidad el Premio Nadal no pretende descubrir nuevos valores literarios, sino premiar figuras consagradas.
El prestigio del Premio Nadal y la innegable categoría literaria intrínseca de la novela galardonada este año, explican que Donde nadie te encuentre camine en estos momentos por la séptima edición.
Alicia Giménez  Bartlett (1951), creadora de la serie policíaca Petra Delicado, recupera para la escritura de esta, sin duda, excelente novela, su maestría y buen hacer en el género detectivesco. Pero no es, en efecto, esta una novela negra, ni tampoco una novela histórica como ella misma ha declarado en infinitud de entrevistas, concedidas a raíz de la concesión del Premio. Tampoco estamos ante una “non-fiction novel” que narre hechos y acontecimientos reales con los recursos de la ficción. Donde nadie te encuentre es la historia de una pesquisa y al mismo tiempo, la huida de un personaje convertido en mito, a través de la geografía, sobre todo social, de la España trágica y negra de 1956.
Un personaje central con una sexualidad ambigua: nacida como Teresa por ser inscrita como mujer, murió el 1 de enero de 2004 llamándose Florencio, porque en el años 1980 se resuelve el expediente gubernativo de cambio de sexo oficial, conforme al informe forense (falso hermafroditismo masculino). Mas Donde nadie te encuentre es o pretende ser una ficción, aunque al servicio de un hecho real: las cuadrillas  del maquis en las zonas de Maestrazgo y Els Ports (Provincia de Castellón) en los años posteriores al final de la Guerra Civil. Y de manera singular, del personaje central, “La Pastora”, último superviviente de los luchadores del maquis en aquella zona.
La autora estructura su ficción alrededor de dos personas que siguen el rastro de “La Pastora” y están ansiosos -especialmente uno de ellos- por encontrarse cara a cara con ella. Surge así un libro de aventuras, investigación e itinerancia cuyos actantes fundamentales son un psiquiatra francés experto en psicopatías y mentes criminales y el periodista barcelonés Carlos Infantes. El primero viaja a la Barcelona de 1956 interesado en realizar un estudio sobre el caso de Teresa Pla Maseguer, conocida como “La Pastora”, el maquis más buscado por la Guardia Civil. El segundo, mostrando siempre una actitud cínica, le servirá de guía y enlace por una zona de paisaje agreste, tanto a nivel natural como humano, porque existe entre sus moradores una verdadera “omertà”.
En los registros de la Guardia Civil y en las mitologías populares, “La Pastora” es un ser extraño, huraño que arrasaba los mas castellonenses y acosaba  a las fuerzas represoras. El casi imposible objetivo se esconde en tierras de Maestrazgo. Ante el material recogido a través de la indagación detectivesca del periodista barcelonés, copiando en no pocas ocasiones los esquemas detectivescos de sus novelas negras, el lector quedará fascinado con la reproducción de la dramática experiencia vital de la figura de “La Pastora” (Teresa, Teresot, Florencio), a la vez que se sentirá dolorosamente estupefacto ante el clima humano y social de la España rural de aquellos años: odios, traiciones, soplones, heridas que siguen supurando, condena social de los que no comulgan con las ideas imperantes… Una sumersión sin escafandra y protectores sentimentales en la España negra de los años cincuenta.
Alicia Gómez Bartlett recrea con habilidad este transfondo seco de miedos, terror, represalia y, sobre todo, silencio, esgrimidos por las fuerzas del poder como medida represiva y aceptado por los habitantes de la comarca como estrategia defensiva.
Y a la par de este relato indagatorio-itinerante, Donde nadie te encuentre intercala un monólogo interior en primera persona. Son las confesiones íntimas de “La Pastora”, narradas reproduciendo el habla oral, y ajustadas a la escasa formación intelectual del personaje. A través de estos capítulos -en mi opinión lo más fresco de la novela- nos llega la voz poderosa, rudamente vitalista de “La Pastora”. La voz de un personaje semisalvaje y misterioso, de un ser humano maltratado, masacrado, sin haber recibido jamás una mirada piadosa, recrea con gran verosimilitud su vida: una infancia difícil, una juventud oliendo a oveja y durmiendo al raso, las horripilantes escenas de la guerra defendiéndose de los soldados moros violadores, las obscenas brutalidades de los guardias y somatenes, el enlace con los maquis, los únicos que le tratan como persona… Son episodios que pertenecen a la biografía real del personaje. Son también auténticos los hechos narrados en otras partes de la novela donde interviene “La Pastora” Todos ellos basados en la “realidad” del libro de investigación del periodista José Calvo La Pastora. Del monte al mito.
La autora rechaza, como ya señalé, que su relato sea una novela histórica, pero admite que su ficción está basada en material histórico verificable. No estamos pues ante una novela en la que la ficción y la realidad se reflejen mutuamente. Pero al inyectar ficción en la realidad histórica, aquella, como marcador semántico que es, transforma todo lo que toca, en el sentido de que lo convierte en ficción, como señaló Álvaro Pombo. En este caso concreto, la escritura ficcional de Alicia Giménez Bartlett explica e ilustra bellamente la historia de “La Pastora”, un ser humano cuyos restos descansan, no en esa Pirámide del Jardín del Recuerdo del cementerio de Valencia como se afirma en la nota final, sino en un lugar “donde nadie te encuentre”, título de la novela que, en este caso, le hace justicia a la realidad.

Francisco Martínez Bouzas


Fragmento

“Aquello de ser enlace de los maquis me gustaba. No sólo por el dinero que me daban, sino porque además me trataban bien, como a una persona, con respeto (…) Me daban la lista de lo que necesitaban para que se la llevara a El Cabanil y se la pasara a Francisco Gisbert (…) Las risas más grandes las teníamos cuando Gisbert les vendía latas de las que les daban de ración a la Guardia Civil (…) Solían ser chorizos y latas de carne de vaca. Parecía de risa pero la cosa estaba clara: Gisbert vivía delante de la casa cuartel, tenía buena relación con los guardias, que nunca sospecharon nada hasta que lo trincaron (…) ¡Pobre Gisbert, era tan buen hombre, tan trabajador! No se merecía lo que le hicieron esos hijos de puta. Todos dicen que cuando lo detuvieron después del asalto que los civiles hicieron a El Cabanil delató amucha gente y por eso hubo tantos arrestos de masoveros que vivían cerca. Pero con todo lo que le hicieron yo también hubiera cantado seguramente. Hay un punto en el que el ser humano ya no puede soportar más lo que le hacen (…) Lo peor fue el final que tuvo. Lo tenían recluido en Morella y un buen día, seguramente cuando ya le habían sacado todos los nombres que le podían sacar, lo bajaron a la prisión de Pobla de Benifassá. Lo visitó su madre y la pobre mujer, antes de entrar, les preguntó a los civiles que lo custodiaban si sabían qué sería de él. La engañaron, le dijeron que lo dejarían en libertad. La madre entró a verlo muy contenta y, como lo vio hecho un guiñapo, sólo quería decirle algo que pudiera hacerle bien (…) Entonces lo llevaron un montón de guardias a El Cabanil para que les enseñara algo, a lo mejor algún rincón que la casa tenía para esconderse y que no habían encontrado aún. Pues bueno, llegan allí y les enseña lo que tuviera que enseñarles y luego salen y le dicen: «Ya es suficiente, hemos terminado contigo. Ahora te puedes marchar». Cuando había caminado diez o doce pasos le arrearon una ráfaga de metralleta por la espalda, y adiós Francisco Gisbert. Se quedó allí muerto (…) Les dieron el cadáver a los familiares para que lo enterraran y cuando lo desvistieron para asearlo se dieron cuenta de que le habían arrancado los testículos. Tal como yo se lo cuento así fue. Yo puedo haber sido maquis y bandolera y haber hecho cosas que no estaban bien, pero díganme cómo hay que ser y qué entrañas hay que tener para arrancarle a un hombre los cojones”

(Alicia Giménez Bartlet,  Donde nadie te encuentre, páginas 245-247)

martes, 28 de febrero de 2012

ITINERARIO DESDE LOS DELIRIOS DEL INCESTO

Pasado compuesto
François – Marie Banier
Posfacio de Louis Aragon
Traducción de Luis Blat
Editorial Libros del Silencio, Barcelona 2010, 149 páxinas.

   Con la edición en español de Le passé composé por Libros del Silencio se confirma la querencia de algunas casas editoriales a recurrir a textos narrativos de una cierta antigüedad, pero que, a pesar de los años transcurridos, siguen conservando las esencias y el marchamo de una indudable y apasionada actualidad. Porque, a pesar de los cuarenta transcurridos, Pasado compuesto no es una novela que ni en el fondo ni en la forma sabe a viejo. Su argumento explora temas universales e intemporales, los mismos que hace milenios desarrolló la tragedia griega: la pasión incestuosa y el laberinto de delirios y tormentas que de ella se desprenden.
   El autor de Pasado compuesto, François – Marie Banier es actualmente un reputado narrador, dramaturgo y fotógrafo conocido en todo el mundo. Fue en su día actor secundario y fetiche del cineasta Erich Rhomer. A una de sus películas corresponde la ilustración de la portada.
   François – Marie Banier escribió esta su segunda incursión en la narrativa en 1971, con tan solo veinte y tres años. Y lo hizo con tal destreza que ciertamente el lector estará de acuerdo con que la novela le hace justicia a la valoración de Louis Aragon: “Cuenta historias como nadie y será algún día, si escribe como habla, el pintor más cruel y más alegre de su tiempo” (Posfacio, página 139).
   Pasado compuesto tematiza la historia de una pasión incestuosa entre dos hermanos y la obsesión llevada hasta el extremo que generan sus cenizas. Ni “la voz de la sangre” ni el “horror fisiológico” ni la “repugnancia psicológica” fueron capaz de reducir, como explicaría Lévi – Strauss, la excitabilidad erótica de dos hermanos que habían crecido a la par: Cécile y Olivier. Ella, todo cabeza; él, sentimientos. En un mes de junio viajan a la Bretaña francesa y allí ella lo seduce, sin escrúpulos, con gracia y delicadeza. Acompañados únicamente por el mar. El referente masculino, devorado por el amor de la hermana.  Mas pronto se precipita el drama: el incesto y el miedo a perder el amor de Cécile empujan a Olivier al suicidio. Se dejará engullir por las olas del mar hundiendo a la hermana en una completa alienación. Pronto, sin embargo, aparece François, un joven guapo, astuto y sagaz y Cécile recrea en él la figura del hermano. A partir de aquí la fría omnisciencia del narrador conduce al lector a través de una huida hacia delante de la protagonista femenina que no deja de acumular ruinas. Atada al engranaje del pasado, la relación entre ambos es una condena anunciada a la indiferencia, al desarraigo amoroso, al desquicio mental. Es el círculo infernal del que jamás podrá escapar. Al final, el golpe de gong de la paranoia.
François-Marie Banier
   François – Marie Banier supo diseccionar con inusitada maestría los eslabones de esta tragedia. Y lo hizo con un estilo minimalista. Frases cortas, concisas, punzantes; escasez de personajes que deambulan por el universo cerrado de una burguesía en descomposición, que el autor retrata con gran riqueza de matices psicológicos. Una estructura lineal en la que un narrador omnisciente  maneja con astucia las fichas de un juego convertido en drama y cuya tensión, pese a intuirse el desenlace desde el inicio, medra página tras página. Esta es la frescura de un texto que, cuarenta años más tarde, sigue teniendo ese sabor incomparable de un licor que ya no se fabrica, como escribió Louis Aragon.
Francisco Martínez Bouzas

lunes, 27 de febrero de 2012

"POLÍTICA DEL REBELDE", UNA CARTOGRAFÍA UNIVERSAL DE LA MISERIA

Política del rebelde. Tratado de resistencia e insumisión
Michel Onfray
Editorial Anagrama, Barcelona 2011, 327 páginas.

  
  Michel Onfray es sin duda el último representante del Mayo del 68, pero no sólo de palabra, con su discurso teórico, sino también de hecho. Su propia experiencia vital es una plasmación práctica de su ideario político. Doctor en filosofía y profesor de esta materia en un liceo francés durante casi una veintena de años, dimite de su puesto porque la experiencia docente le hizo darse cuenta, como a tantos otros, de que los sistemas educativos enseñan la historia oficial de la filosofía, pero no a filosofar. En la tradición de las Universidades Populares, crea la Universidad Popular de Caen y escribe su Antimanual de Filosofía en el que invita a sus alumnos a pensar de forma distinta a como el Estado quiere que piensen y en el que hace ver que es imposible el pensamiento filosófico si no se cuenta con las herramientas adecuadas: el psicoanálisis, la sociología  y las ciencias. Su pensamiento entronca con los filósofos cínicos, con los epicúreos y cirenaicos y se mueve así mismo en una línea ideológica próxima al individualismo anarquista, con una radical defensa del hedonismo, encaminado a permitir el disfrute pleno de la existencia  (“Gozar y hacer gozar” es su máxima), la recuperación de las experiencias sensitivas y un ateismo no cristiano sin concesiones. Autor de numerosos escritos, su Tratado de ateología, que vendió miles de ejemplares, desencadenó en Francia una gran polémica.
   Este es el contexto autorial que puede ser útil para que los profanos puedan entender el vigor de un texto en el que Michel Onfray expone con gran radicalidad y con un leguaje sumamente elocuente, incendiario podríamos decir, un ideario político engarzado en el nietzscheanismo de izquierda, con referentes como Foucault, Deleuze, Derrida o Bourdieu. Lo deja bien claro el autor en el anexo de este libro: “El conjunto de mi trabajo, incluido este libro, responde a mi deseo de elaborar una filosofía hedonista, libertina y libertaria que permita la formulación de un nietzscheanismo de izquierda para nuestra época, posterior a la muerte de Dios” (página 299). Mas ya desde las primeras líneas, nos quiere hacer conscientes de la fibra anarquista que inundó su ser desde su más temprana juventud, pese a no ser capaz de nombrar esta sensibilidad que le surgía de las vísceras y del alma. Pero Onfray transciende muy pronto la propia experiencia personal en un orfelinato religioso, aunque en sus análisis y diagnósticos, parte siempre de la praxis del individuo concreto, situado en las distintas parcelas de la gran masa que conforma el animal social, el gran Leviatán. Así ocurre en el capítulo (“Cartografía infernal de la miseria”) en el que, siguiendo las pautas del Infierno de Dante, describe el averno que algunos viven en la tierra. Este infierno, en el que se pudren los que alimentan la máquina social o los de ella excluidos, y que no es un hipotético Hades, sino las calles y ciudades de Francia, se distribuye en tres círculos concéntricos: el de los marginados o deyecciones del gran animal, personas reducidas a la animalidad; el de los réprobos (viejos, locos, enfermos, parados, emigrantes clandestinos). Ellos constituyen la patología del cuerpo social. Y en la tercera  esfera, se asientan los explotados, la fuerza que alimenta las energías del gran animal. Seres entregados al trabajo, los explotados a los que, en nombre de la religión económica, el gran Leviatán emplea o desemplea a su capricho y de cuya sangre y sudor se nutre. Son la turba multa de los proletarios del mundo que se siguen viendo obligados  a alquilar su fuerza de trabajo y cuyo número no ha menguado, sino que la pauperización lo ha hecho multiplicar.
    Una vez trazada  la cartografía de los infiernos de las miserias contemporáneas, Michel Onfray propone su revolución copernicana y busca la dinamita que reviente desde dentro  este orden establecido que conforma el gran animal social. Y la halla en la “figura nueva”, en el “Mayo del 68”: acabar su obra, lo que aún está por realizar. El Pensamiento del 68: instalarse en los mismos territorios nómadas en los que lo hizo Foucault, respirar el aire de las cimas de Deleuze y Guattari.
   En sus propuestas se encuentran las armas para derribar el orden establecido, instaurar la política como centro de la vida social, desterrando el monoteísmo de lo económico para que el gobierno de la polis deje de estar a su servicio. Deleuze y Foucault formulan una teoría válida como nueva episteme que cartografía otra realidad, en la que la vida y el principio del placer no son negados  ni menospreciados. En el pensamiento foucaultiano  hallamos así mismo las fortalezas que es preciso atacar: los grandes mecanismos de reproducción y de conservación social; las instituciones y las instancias a través de las cuales los saberes constituidos, se enseñan, se exaltan, se honran (página 187).
   Onfray, además de su propuesta de utilización del Pensamiento del 68, no renuncia a combatir al poder, lección heredada así mismo del Mayo del 68. “Siempre que la energía rebelde se transfigura en violencia constitutiva de la realidad, lo libertario puede ponerse manos a la obra” (página 192). Es preciso y legítimo pues soñar con el devenir revolucionario de los individuos, única ética concebible para un libertario en el cambio del milenio y no eludir el hedonismo que acabará con las estrategias de la servidumbre. Negarse, por consiguiente, a servir, como ya escribió el mismo La Boétie, para derrotar al gran Leviatán.
   Seguramente que en esta llamada a la rebeldía y en la legitimación de cierta violencia selectiva, reside la parte más polémica del ensayo de Michel Onfray, que concluye invocando una lógica hedonista cuyo imperativo categórico es gozar y hacer gozar. Esa lógica constituye la genealogía de la política y representa la modalidad de una ética alternativa a la del ideal ascético, sostén mítico y mágico del inmenso animal social que coloniza mentes y cuerpos.
   Política del rebelde es un lúcido y enérgico análisis de la realidad, escrito con un tono a veces arrebatado e incendiario que nos incita a no aceptar lo dado,  a rechazar la esclavitud, apelando a la ludditas, herencia, desde Espartaco, de todos los esclavos y sometidos que se han rebelado y han luchado por su libertad y por su dignidad. Un manifiesto y quizás un panfleto moderno, rigurosamente anclado en un profundo dominio de la filosofía, tanto antigua como actual, y en una interpretación, quizás no canónica, pero válida de teorías e ideas. Y por supuesto en un meticuloso, descarnado y sagaz análisis de la realidad.

Francisco Martínez Bouzas
Michel Onfray
                                          

domingo, 26 de febrero de 2012

"LOS NÁUFRAGOS DEL BATAVIA", EL NAUFRAGIO ÉTICO DELA CONDICIÓN HUMANA

Los náufragos del “Batavia”. Anatomía de una masacre
Simon Leys
Traducción de José Ramón Monreal
Acantilado, Barcelona, 2011, 86 páginas.


La cita de Edmund Burque que abre el libro (“Para que triunfe el mal sólo hace falta que la buena gente no reaccione”) y la que lo cierra, un verso de Ifigenia en Táuride, (“El mar lava todos los crímenes”) sirven de perfecta marcación para situar la substancia narrativa de esta pequeña pieza literaria, que bascula entre la ficción-reportaje de aventuras marinas y la más espeluznante narrativa de terror. Un libro que, según el conocido prefacio de Joseph Conrad, uno de los clásicos del género (The Niger of Narcissus), apela a nuestra capacidad para el deleite, para la admiración, para la intuición del misterio que rodea la vida, pero es así mismo capaz de suscitar emociones primitivas como el miedo, la angustia, producidas por elementos amenazantes de la realidad, en este caso de la realidad humana: crímenes, locuras, situaciones límite…)
Es un libro de aventuras porque Simon Leys nos sumerge de lleno en ese periplo de miles de millas que pretendió efectuar  el Batavia, un gigantesco navío, orgullo de la Compañía Holandesa de las Indias Orientales, durante ocho meses desde la rada de Texel  hasta la Isla de Java, en la antigua Insulindia. El autor nos informa de los riesgos y dificultades de la navegación en el siglo XVII, de las condiciones de hacinamiento de la tripulación y viajeros (hombres, mujeres y niños), de la falta de salubridad y finalmente del choque contra un arrecife en las inmediaciones de la Terra Australis Incognita. El Batavia se hundió, en efecto, en 1629 al estrellarse contra los arrecifes de los Houtman Abrolhos, un grupo de islotes coralinos situados a unos ochenta kilómetros mar adentro del continente australiano.
Y es a partir de este desgraciado naufragio, el más sonado y mítico hasta que se produjo el del Titanic, cuando el lector presencia otro naufragio: el naufragio ético de la condición humana, que Simon Leys disecciona con el escalpelo de su pluma. Los cerca de trescientos supervivientes consiguieron refugiarse en cuatro islotes, pero muy pronto cayeron bajo la férula de uno de ellos, el sobrecargo ayudante Cornelisz, ex boticario psicópata que, con la ayuda de un puñado de adictos a los que había logrado seducir, organizó el reino del terror.
El libro de Simon Leys disecciona de forma muy efectiva esa masacre. El mismo autor reconoce que la sobria historia de los pavorosos hechos parece haber sido escrita por un guionista de Hollywood. Mas todo fue real: los asesinatos monstruosos, la violación colectiva de las mujeres que habían sobrevivido, los mismos supervivientes obligados a matarse entre si…Todo dirigido por una lógica inclemente dirigida a la reducción demográfica y al control absoluto de personas y de voluntades.
El estremecimiento surge en el lector casi como un acto reflejo al comprobar como la infamia humana puede traspasar todos los límites, especialmente cuando la arbitrariedad se disfraza de manera eficaz con las vestimentas del terror.
Simon Leys explora así mismo las pistas ambiguas que pueden explicar la inclinación criminal de este psicópata sanguinario. Cornelisz tuvo como guía al pintor Jan  Torrentius, un personaje de moralidad escandalosa para la época, y su pertenencia a la secta anabaptista que, a la par que adoptó una expresión austera y mística, engendró igualmente tendencias esotéricas, violentas y orgiásticas, haciendo tabula rasa de la conciencia del bien y del mal. (“Es curioso observar, de paso, que son precisamente gentes que no creen en el Infierno las que parecen a veces más inclinadas a producir replicas bastante fieles de él en este mundo”, páginas 67-68).
Narrativa breve basada en hechos reales, escrita con un lenguaje directo, desarrollada con claridad y a la vez con concisión y brevedad que el autor justifica en un texto introductorio, “El libro que nunca existió”. Leys relata únicamente lo necesario, remitiendo al lector a la obra de Mike Dash, Batavia’s Graveyad.
Concluyo el comentario recuperando la idea de las citas iniciales, tan oportunas para comprender que  lo que aconteció después del naufragio del Batavia, que los regímenes del terror y del asesinato masivo no fueron patrimonio exclusivo del psicópata del Batavia y de sus acólitos ni de los verdugos de Auschwitz. Ese loco furor homicida sigue hoy vigente en la faz de nuestro planeta. La buena gente no reacciona. Y así mismo  seguimos sumidos en la opacidad de las conciencias ante la costumbre y el paso del tiempo. Al fin y al cabo, desgraciadamente, el mar acaba lavando todos los crímenes del hombre.

Francisco Martínez Bouzas

Simon Leys

Fragmentos

“En la noche del 3 al 4 de junio de 1629, empujado por una buena brisa, el Batavia hacia la ruta a la luz de la luna, a toda vela. Durante la segunda guardia nocturna, el hombre de vigía creyó percibir, todo recto delante del navío, una blancura en lontananza, como si el mar rompiera contra un bajío. Dio aviso al patrón que se encontraba en el castillo de popa, pero éste, estimando que no se trataba más que de un reflejo de la luna sobre el agua, mantuvo al navío en su rumbo. Se sentía perfectamente seguro: la víspera sin ir más lejos, su última estimación había situado al navío ¡a seiscientas millas de la costa más próxima! En realidad, en ese preciso momento, no estaban más que a cuarenta millas de Australia, y se encontraban exactamente en medio de un vasto y peligroso campo sembrado de arrecifes y de islotes coralinos, el archipiélago de los Abrolhos… Un instante más tarde, se produjo un impacto formidable  acompañado de unos chirridos espantosos: llevado por su peso y su impulso, el Batavia acababa de quedar completamente inmovilizado, literalmente empalado sobre una cresta invisible de coral”
…..
“Cornelisz -que había adoptado ahora el título de capitán general- y sus acólitos formaban una casta de señores: ocupaban las mejores tiendas, disponían a su capricho de las mujeres a las que su juventud había permitido sobrevivir; se pavoneaban en uniformes de fantasía, trajes con galones y cintas, se bebían los vinos del Batavia y circulaban por el islote equipados con espadas, hachas, cuchillos y macanas; cualquiera que llamase de alguna manera su atención se veía de inmediato intimado a probar su lealtad y su sumisión al capitán general: se le designaba al punto una víctima a la que acogotar, estrangular, ahogar o apuñalar, y si dudaba e hacerlo, era el mismo quien sufría idéntico trato.
De este modo todo el mundo acabó por estar implicado en aquella masacre permanente. Al final, ¿quién era cómplice y quién víctima? El propósito de Cornelisz era borrar toda línea de demarcación clara entre aquellos dos estados, pues era sobre esta misma confusión sobre la que se asentaba su poder. Los juramentos de fidelidad que todos habían prestado (y que tuvieron que renovar varias veces) consagraban ya una especie de participación colectiva en el asesinato. En cuanto a los que aceptaban desempeñar un papel activo y personal en los asesinatos, la mayor parte mataban simplemente por miedo a que les mataran a ellos; pero algunos le tomaron finalmente gusto; así, uno de ellos en particular, un adolescente enclenque, lloraba y pataleaba para que le dejasen de una vez degollar a alguien -tarea para la que su debilidad física le hacía relativamente inadecuado-y el entusiasmo sanguinario que demostraba acabó incluso por asquear a sus superiores.”

(Simon Leys, Los náufragos del “Batavia”, páginas 38-39, 56-57)

viernes, 24 de febrero de 2012

"VUELVO DE SIBERIA ESTA TARDE":LA POESÍA EXISTENCIAL DE CECILIA PALMA


Vuelvo de Siberia esta tarde
Cecilia Palma
Ediciones el Juglar, Maryland (EE.UU),  2011, 67 paginas.

Hay poetas cuya obra es reconocible como una obra de pensamiento, el lugar de la lengua donde se ejerce una proposición sobre el ser y sobre el tiempo. Lo afirma el filósofo francés Alain Badiou, que reconoce esa vieja historia de rivalidades entre el poeta y el filósofo que ya había detectado Platón. Piensa Alain Badiou que existe un momento en la historia de la filosofía en la que el pensamiento se halla suturado a la poesía. Es “la edad de los poetas”, un período, arrastrado desde el siglo XIX, en el que la filosofía desertó de su papel y ciertos poetas ocuparon el lugar de los “amantes de la sabiduría”, que los filósofos habían dejado vacío, convirtiéndose con sus poemas no solo en pensamiento, sino en “pensamiento del pensamiento”. Como muestras, la poesía de Mallarmé, de Rimbaud, de Trakl, la palabra metafísica de Pessoa. Y por último Paul Celan, con el que finalizaría la “edad de los poetas”.
No es mi intención contradecir al pensador francés, pero es obvio que, antes y después de la “edad de los poetas”, ha habido muchos escritores que en sus poemas se han atrevido a hacer verdaderas revueltas lógicas. Me atrevo a presentar, sobre todo para los lectores españoles, a la poeta chilena Cecilia Palma como continuadora de esa línea en la que la poesía es un lugar de pensamiento. Cecilia Palma Jara  se adscribe ella misma a la que en Chile llaman generación NN, la generación de los “sobrevivientes” en el período  de la dictadura pinochetista. Y la crítica de su país la encuadra dentro de la poesía metafísica. Una poesía que poco tiene que ver con los llamados poetas metafísicos ingleses del siglo XVII (John Donne, George Herbert, Andrew Marvell…), cuyos versos se orientaban a captar más la razón que las emociones y de los que un personaje de una novela de Samuel Johnson dice peyorativamente: “La tarea de un poeta…es examinar no al individuo, sino la especie: observar propiedades generales y apariencias en grande. No enumera los pétalos del tulipán, ni describe los diferentes matices del verdor del bosque”.
En las antípodas de esta corriente lírica es donde se sitúa la poesía de Cecilia Palma, aunque sin desdeñar su preocupación por la conceptualización, por utilizar palabras e imágenes para penetrar en los insondables territorios del ser. No del ser metafísico, sino del ser existencial, el Dasein, esa entidad que cada uno de nosotros por si mismo es y que está aquí en el mundo, en el decir de Heidegger. “La postura que defino en mis textos -confiesa la poeta chilena- se relaciona con la intimidad del Ser enfrentado a si mismo y a lo que lo rodea”.
Su último poemario Vuelvo de Siberia esta tarde es una prueba de todo ello. Un poemario que, unido a sus obras anteriores (A pesar del azul, Asirme a tus hombros, Piano Bar) yergue un macrotexto envuelto en una gran hondura estética, conceptual, a veces distorsionado y críptico, porque ser poeta para Cecilia Palma es recoger la propia tradición y la del mundo entero y reelaborarlas.
Desde las profundidades pelágicas de nuestro tiempo, emerge pues la voz poética de Cecilia Palma para transmitirnos su imaginario, una operación de verdad, anticipación a miles de preguntas que se hospedan en cada uno de nosotros. Volver de Siberia -metonimia simbólica del destierro y de la muerte- y regresar al bullicio de la ciudad, a una nueva vida, sin perder de vista, no obstante, que la soledad no se ha diluido, “sigue acuñando / juicios y en las paredes / continúan multiplicándose / sombras de guiñoles huérfanos” (pagina 13). Siendo así mismo conscientes de nuestra indefensión, “sujetos a la orden de los vientos”. En  nuestra ruta como viajeros por el mundo, seguramente nos sobrevendrá la noche y es entonces cuando el amor (“el beso de los amantes”) nos mantendrá a flote sobre las turbias aguas que el puente no pudo salvar.
Pocos poemas, sin embargo, tan arraigados en la dimensión existencial como el XII y el XVII. En el primero de ellos, cimentado en una intertextualidad quizás inconsciente con Epicuro y Lucrecio (De rerum natura), la voz poética se interroga retóricamente sobre ese duelo, con final previsto, entre la vida y la muerte,  a la vez que apunta a un cierto materialismo (“la leve constancia del absoluto…está fuera de tu alcance cambiar el destino de las cosas”, página 25). El segundo, en cambio, incide con un acento trágico que recuerda las “Coplas” de Jorge Manrique, en la penuria solitaria y perecedera de nuestra existencia. Ciertamente con la poeta hemos de reconocer que llegamos de Siberia conociendo ya la sentencia de nuestra estirpe.
Los poemas que componen la segunda parte del libro (“El beso de Judas”), pensados y elaborados igualmente como operaciones de lenguaje y pensamiento, pero sin palabras vanas, sin cultismo, en una sucesión contenida, profundizan con la misma intensidad en la trama existencial, en las paradojas de la existencia humana. Poesía pues que amalgama pasión y pensamiento, que nos habla al corazón y a la cabeza. Esa gran verdad del mundo que repiten los poetas gallegos, remedio para nuestra época, porque la voz que nos embelesa, nos hace  a la vez meditar, salvándonos del tedio, de la facticidad del mundo.

Francisco Martínez Bouzas



Poemas de Vuelvo de Siberia esta tarde



              VI
“El muelle nos sujeta
como a pilotes
y las olas se abruman
bajo la noche
nos quedamos quietos
colgando
péndulos indefensos
sujetos a la orden de
los vientos
con irrefrenables deseos de saltar
y escabullirnos
desaparecernos asidos
a la espuma
o al hilo de un
volantín extraviado.”

            XII
“¿A qué se viene sino a
confirmar que
la existencia es
un duelo entre la vida y la
muerte
con un solo vencedor?
la leve constancia de
lo absoluto
la definitiva perversidad de
ese conocimiento
incrustado como un diamante en
una joya invaluable
que no puedes tocar ni comprar
está fuera de tu alcance
cambiar el destino de las cosas
así la maldición de
los pasos contados
de las horas respiradas
de una lengua húmeda y un
sistema perfecto en función
al toque final la
campana detendrá su
devaneo y la música será
historia.”




(Cecilia Palma, Vuelvo de Siberia esta tarde, páginas  18 y 25)