martes, 24 de abril de 2012

"COMPOSICIÓN Nº 1",UN ARTEFACTO HIPERTEXTUAL

Composición nº 1
Marc Saporta
Traducción de Jules Alqzr
Presentación de Migel Ángel Ramos
Capitán Swing Libros, Madrid, 2012, 344 cuartillas sin paginar.


En el prefacio de Composición nº 1, señala su autor Marc Saporta: “Se ruega al lector que mezcle las páginas como una baraja de cartas. Que las corte si lo desea con la mano izquierda igual que una echadora de cartas. El orden en el que salgan las hojas después de hacerlo orientará el destino de X (…) Del encadenamiento de las circunstancias depende que la historia acabe bien o mal. Una vida se compone de elementos múltiples. Pero el número de composiciones posibles es infinito” La pregunta que de inmediato surge en la mente lectora,  no puede ser otra: ¿De qué se trata? ¿De una nueva o vieja audacia experimental, un intervención artística, una performance libresca opaca, clausurada en si misma, pero incapaz e transmitir nada, como no sea la novedosa fiebre experimentadora?
Sin duda que la caja, excelentemente diseñada en la que Capitán Swing nos presenta estas más de trescientas páginas sueltas, sin numeración, encierra algo más que una simple fiebre vanguardista que Marc Saporta concibió en el año 1962. El autor de este libro caja o artefacto hipertextual es uno de los precursores más conspicuos de los textos no lineales, de los discursos fragmentados que hoy son el gran paradigma de la literatura hipertextual en la que cada lector crea su propio libro. Marc Saporta y ahora Capital Swing Libros lo que nos ofrecen es el azar, un juego estocástico que rompe la estructura de la novela decimonónica (inicio, desarrollo, desenlace), puesta en entredicho por los escritores de Nouveau Roman -Marc Saporta es un miembro de esta corriente-  y nos introduce de lleno en el paradigma de la hipertextualidad al que nos han acostumbrado las nuevas tecnologías (un único clic sobre un enlace hace que un texto nos lleve a otro).
Otros rasgos de este libro caja puesta en manos del lector no son tan novedosos como pudiera parecer. Me refiero a su estructura fragmentaria, ensayada igualmente por el Colectivo Oulipo (Raymond Quenau, Cien Trillones de Poemas, sobre todo) por  Rayuela de Cortazar, Por Max Aub (Juego de Cartas), Italo Calvino (El Castillo de Destinos Cruzados) o el mismo Julian Ríos (Larva). A algo muy semejante remite cierta línea de cultivo filosófico: la pluralidad de conexiones que desarrollan Deleuze y Guattari, la interacción de opiniones simultáneas de las que habla Michel Foucault en El orden de las cosas, o la metodología de la descomposición (fragmentos que remiten a otros) desarrollada de Derrida.
Los cierto es que el lector tiene en sus manos no un texto lineal, sino una “baraja literaria”, cuya mezcla de páginas dará lugar a que los personajes de esta composición tengan uno u otro destino, dependiendo de esa “ars combinatoria” de la que nos habla el prologuista, Miguel Ángel Ramos.
La escritura tradicional mayoritaria nos brinda un molde que nada tiene de laberinto, ya que todos conocemos la salida: el desenlace o la última página. Marc Saporta, contrariamente, nos encierra en un sinuoso laberinto en el que hallamos historias  de Marianne, de Helga, de Dagmar, de Mamá o de Robert…, episodios escuetos que no ocupan más de una cuartilla. Acto seguido las desordenó y publicó como páginas sin encuadernar y sin numerar, dispuestas de forma azarosa.
Le compete al lector activo ordenar el libro trastornando las cartas de esta baraja literaria, siendo así la contingencia la que decide lo que el libro va a resultar al final.
De este modo, como en la cartomancia, nuestro corte y barajado de cuartillas representa un conjunto de acontecimientos. La azarosidad pues y no el orden canónico como conductor de los juegos literarios. Y hablo de juegos literarios porque las cuartillas de Marc Saporta no están habitadas por la nada, sino por una narrativa excelente en forma de breves relatos, rebosantes de agudos matices psicológicos, estampas en las que se deja sentir una inequívoca voluntad de contar, con una clara inclinación hacia el poema en prosa. Lo que diferencia la escritura de Marc Saporta lo recapitula la forma lúcidamente clarificadora el prologuista: “El libro de Saporta propone una liberación de lo encuadernado hacia el sorteo, creando una suerte de contrainte oulipina, una nueva regla de juego que al desestabilizar el tablero non obliga a reconsiderar, revisar lo que posee un exceso de naturalidad previsible. Poner entre comillas cualquier continuidad, poner en cuestión cualquier regla inherente al juego desde el juego mismo”

Francisco Martínez Bouzas



Marc Saporta


Fragmentos

“MARIANNE, una joven casada, enervada bajo sus velos, vuelve del altar entre la doble fila de amigos y parientes. Tropieza y durante un instante apoya todo su peso sobre el brazo que la sujeta. Después se endereza, con la mirada perdida en la puerta que debe alcanzar y avanza con pasos rígidos, como un soldado mecánico en el desfile de juguetes del trágico cuento de Andersen.
Su mirada surge de sus ojos negros como un trazo. La bajada de la iglesia es interminable. Deseaba ese matrimonio con avidez, pero el resultado no parece haber satisfecho esa especie de ferocidad de la que se ha valido para conseguir sus objetivos. Tal vez piensa ya en las consecuencias de una unión conseguida mediante amenazas mezcladas con un intento de suicidio como chantaje (…)
A su paso, los invitados se esfuerzan por sonreír, pero la alegría se paraliza, y los comentarios cesan al ver a esa joven afeada por la tensión. No queda ya nada ni de la elegancia natural, ni del paso ligero que constituyen el encanto habitual de Marianne.
Suiza se extiende ante el pórtico abierto de par en par. El sol rebota sobre el porche blanco y salta al rostro. Los fotógrafos hacen su trabajo. Marianne fija un rictus que le frunce los morros como si fuera a tener que pelearse por una presa; pero, al parecer, ya sabe que la presa se le va a escapar, que otros se la arrancarán”.

…..

“DAGMAR avanza con su abrigo de piel leonado, y su soberana elegancia, en medio del frío. El viento la escolta. Delante de ella, torbellinos de hojas secas le abren camino, como los motoristas al paso de una princesa. Despliegan a su paso una alfombra roja en las alamedas. El rostro rubio está helado. Con una risa perlada, en la que brillan los dientes, Dagmar toma posesión del invierno.
Cubierta con el vestido verde y ajustado que dibuja maravillosamente su cuerpo, Dagmar recorre la alameda con toda la primavera. Sus brazos brotan como agua viva del vestido sin mangas. Lo senos hinchan la blusa. Cuando se detiene ante la estatua, sus pies calzados con zapatillas de bailarina se sitúan instintivamente en la 3ª posición de las bailarinas (…)
Dagmar es el deseo. Su cuerpo huele al verano y sus frutos Parece caída al pie de la Alhambra, cuando las granadas maduras hacen estallar su corteza endurecida, en los jardines del Generalife. Y su boca rosa tiene el sabor fresco de los granos que se roban a la sombra de los granados andaluces. Dice:
-¿Para qué sirve ser mujer…?”

…..

“HELGA se debate entre las manos como un bengalí prisionero. Intenta en vano estirarse. Los puños la sujetan con fuerza contra la cama con ambos brazos abiertos hacia atrás. Se produce un momento de calma en el que todo es aún posible. Aplastada contra el diván, apretujada sobre sí misma con todo su peso, la joven parece intentar abrir bajo su espalda una vía de escape. Espera sin decir nada, y sus grandes ojos rehúyen la mirada como los de un pájaro (…)
Los miembros frágiles están al borde de la ruptura. El antebrazo, sujetado hacia atrás contra la cama, ofrece su blancura indefensa a los labios que lo recorren, y que, a lo largo de su recorrido, suscitan un estremecimiento. La carne es elástica y se hunde bajo la boca. Una brizna de piel se queda pillada entre los dietes que dibujan una huella apenas roja, que rápidamente se borra.
Con un movimiento de cadera, Helga intenta escaparse sin convicción. La marejada evoca ya los movimientos del placer. Presionado es fácil inmovilizar el vientre de la joven, que cede, se resiste y, finalmente, responde al abrazo.
La suerte está echada. El seno late muy fuerte bajo la mano. La mano liberada de Helga acaba de abatirse sin fuerza por encima de esa otra mano que engulle el joven pecho”

(Marc Saporta, Composición nº 1, sin paginación)

jueves, 19 de abril de 2012

FUGAS SIN DESTINO, POR TIERRA DE NADIE

Hoteles
Maximiliano Barrientos
Editorial Periférica, Cáceres, 2011, 126 páginas.



Por mucho que les duela a ciertos críticos, incapaces de comprender que el mundo se mueve, la literatura, sus rutas narrativas se renuevan constantemente. La literatura vivió y seguirá viviendo giros copernicanos. Hasta hace poco era ininteligible una novela en cuya trama apenas existiera acción, aventura externa, anécdotas. Hoy, en cambio, soplan nuevos vientos, renovadores vientos de cambio, que, en el caso de las letras hispánicas, nos llegan sobre todo del otro lado del océano. De Juan Tallón tomo prestadas unas palabras de Darío Villanueva que, de alguna manera, retratan lo que está sucediendo: “En los acontecimientos más vulgares llegan a producirse las auténticas revoluciones”.
Tal es el caso de la narrativa de Maximiliano Barrientos (Santa Cruz de la Sierra, Bolivia, 1979), uno de los escritores jóvenes más relevantes y, más que promesa, ya realidad de la nueva literatura latinoamericana. Editorial Periférica ha corregido y refundido sus dos primeros libros (Los daños, 2006 y Hoteles, 2007) en los volúmenes Fotos tuyas cuando empiezas a envejecer  y Hoteles, un texto breve, pero no carente de intensidad interna.
La narrativa de Hoteles, sin apoyarse en el fragmentarismo o sumergirse en la metaficción o en la autorreferencialidad, navega, sin embargo con la escritura posmoderna porque lo que en ella prima es la aventura psicológica y la captación y transcripción de la misma. M. Barrientos relata así mismo un mundo inconexo, incoherente, en el que nada cuadra. Un mundo como el que transitan tres de las voces de Hoteles, dos voces adultas y una infantil. Actores de cine porno los adultos huyen de su pasado intentando en vano volver a comenzar. Un Chrysler Imperial negro los lleva, junto a la niña, en una huida del propio pasado, como quien pretende escapar de si mismo. Un viaje donde el destino es lo que  menos importa, por carreteras idénticas, abrasadas por el sol y abrumadas entre paisajes inhóspitos, los paisajes de los países pobres (página 9) Y en esa huida, van  llegando y van partiendo a y de pueblos insignificantes. Un inacabable viaje-huida  sin destino en el que recuperan -ven- el pasado personal y familiar.
Un constante transitar, pues, de sitio en sitio, sin que importen los nombres de los pueblos y de las ciudades, idénticas entre si, como idénticos son los hoteles en los que se hospedan, hoteles con piscina. Hasta que llega un momento en el que ya no se hablan y ni siquiera tienen tiempo para preservar algo del pasado. Viajes pues con destino cero, solo como acto de desesperación.
A la par de sus voces, la de un director de documentales que nos sitúa en el presente en el de los actores porno y en su propio presente en el que también hay amores deseos, infidelidades, sentimientos, abandonos y nos hace reflexionar sobre cuánto puede habitar de estos personajes, cuyo paisaje es la carretera, en nosotros mismos.
Todo lo dicho podría hacer pensar al lector que estamos ante una “road-movie” a la americana. Sería, sin embargo, una interpretación errónea, porque los personajes de Hoteles no huyen de nadie. Se fugan sí, pero de si mismos y su constante circulación por carreteras desoladas, hoteles, bares, lavanderías… escenarios de tránsito, se convierten en la escritura de M. Barrientos en una gran metáfora de la vida, también tránsito y lugar árido y monótono, repleto de insatisfacciones, privaciones, sueños abortados, un gran vacío.
Se ha dicho que Maximiliano Barrientos es “un maestro de las imágenes profundas”. Imágenes que nos remiten, más que a la trama, a los personajes, al protagonismo interior de sus héroes o antihéroes. Y lo hace mediante una prosa rápida, concisa, desnuda de artificios y de emociones. Un leguaje preciso al que el escritor priva de protagonismo justamente para poder capturar las experiencias y emociones. Escritura, pues, directa, implacablemente visual, para meternos por los ojos el desarraigo que se disfraza tras esa fuga sin destino, transitando por una carretera que es siempre la misma, siempre vacía, habitada únicamente por el sol cegador y los parajes inhóspitos.

Francisco Martínez Bouzas



Extracto

“Carreteras, estaciones de servicio. Nos quedábamos sin combustible en mitad del camino y bajaba y llenaba el tanque con las reservas. El sol deterioraba la pintura del auto.
Perdía el conocimiento y luego volvía, igual que algunos recuerdos que había olvidado hacía años. Mi padre recopilaba madera por las tardes. Tenía un tatuaje de un barco en el brazo izquierdo. Sudaba mucho. Tenía cuatro años, lo veía desde la ventana. Mamá fumaba, leía revistas. Hablaba por teléfono.
Encontrábamos cadáveres de animales en el camino y Andrea me hacía detener el auto y bajaba a inspeccionarlos.
Olvidábamos los nombres de los pueblos y de las ciudades. Empezamos a quedarnos callados con más frecuencia, pasaban horas sin que abriésemos la boca. Andrea comenzó a hablar sola o con gente que inventaba. Abigail no le prestó mucha importancia.
Veía que agarraba el teléfono y no decía nada. Todos los pueblos se parecían, la mayoría de los hoteles tenían piscina. Me encerraba en la habitación o revisaba el motor del coche. Me masturbaba pensando en el paisaje: el color de la  carretera, la arena, el cielo sin nubes”
“Cruzamos paisajes desolados. Andrea duerme, Abigail lleva gafas negras. Escuchamos rancheras. Estoy al volante desde hace tres horas, bebo agua de tanto en tanto. Chocamos contra un caballo que aparece de la nada, damos vueltas, el mundo gira y el sol es un pedazo de cielo visto a través de un parabrisas destrozado”

(Maximiliano Barrientos, Hoteles, páginas 91-92, 96)

martes, 17 de abril de 2012

"NIÑOS FEROCES", VOLUNTARIOS PARA LA CATÁSTROFE


Niños feroces
Lorenzo Silva
Ediciones Destino, Barcelona, 2011, 395 páginas.


Si el lector se interroga por la naturaleza estructural de lo que acaba de leer, no cabe duda de que concluirá que Niños feroces es metanarrativa: la novela de una novela. En efecto, la dimensión metaficcional se hace presente de principio a fin en la misma arquitectura compositiva de la novela. Lázaro, un joven de casi veinticuatro años quiere ser escritor, aunque lo que escribe le parece siempre una pamplina y no consigue pasar de los doce folios. Por eso se apunta a un taller de narrativa. Pero allí nadie es capaz de hacer otra cosa que encadenar links porque han recibido un relato fragmentario de la realidad. No es ese el caso de Lázaro: lo que a él le hace falta es una buena historia. Su profesor le regala una. Y así se inicia una propuesta narrativa por la que se interna Lorenzo Silva que, echando mano de otro de los recursos de los postnarradores, el debilitamiento de las barreras entre los géneros, amalgama fuentes documentales, testimonios personales, ficción e intertextualidad. Todo ello para contarnos y hacernos reflexionar sobre el hecho de que siempre son los jóvenes los que van a la guerra y lo hacen en primera línea, por ideales, por dinero o por un permiso de residencia. Y asumen la hombría o la culpa, mientras otros, desde las poltronas del poder en retaguardia, toman las decisiones de enviarlos hacia el horror y se absuelven sin ningún remordimiento o recurren a versiones de misiones estrictamente humanitarias, contradichas por los hechos.
La novela está narrada en tres espacios históricos, los años cuarenta, el otoño del 89 y la actualidad y se desarrolla en varios espacios geográficos: el frente de Leningrado, la batalla de Krasny Bor, los Cárpatos rumanos, Postdam y finalmente Berlín, la defensa de Berlín, empuñando las armas contra los rusos en 1945. Como historias interconectadas aparecen otros hechos bélicos o reivindicativos: la guerra de Afganistán, la de Irak (Nayaf, Diwaniya) y el movimiento  de los Indignados del 15-M en la Puerta del Sol de Madrid.
Pero el hilo conductor de la novela es Jorge García Vallejo. Una cuenta familiar pendiente de la Guerra Civil española y una frase de Torrente Ballester adulatoria de José Antonio (“La revolución es la tarea de una resuelta minoría inasequible al desaliento”), marcan en su existencia un antes y un después. En el verano del 41 se una a la DEV (la División Azul) con un único objetivo: derrotar al comunismo. Y con el valor y el miedo en permanente conflicto, se hace hombre  en la cruenta batalla de Krasny Bor. Pero cuando España se retira de la guerra, se convierte en rebelde, en miembro de una unidad apátrida de la SS y con ella participa en diferentes batallas y finalmente en la defensa de Berlín. El ideal anticomunista le había convertido en un niño feroz, voluntario para la catástrofe, porque aquellos niños, como Jorge, quizás tenían conciencia del despropósito atroz del que formaban parte, pero su sentido de la lucha -la defensa de Europa y la indignación por la cobarde deserción de Franco- les hizo resistir hasta el final, hasta que Hitler se pega un tiro en la cabeza.
Niños feroces no es una novela de nazis o sobre nazis en la que son ellos los que nos hacen comulgar con su punto de vista o en la que aparecen retradaos sin más como los malos de la película. Es otra cosa. Un alegato contra el belicismo y una novela sobre la juventud empujada como peones al campo de batalla. Su energía, en vez de ser canalizada como motor de progreso y edificación de futuro, acaba siendo transformada en potencial de muerte y destrucción. Por eso al final de una novela que avanza mientras lo más mugriento de la Historia renace una y otra vez, se nos muestra la inapelable contradicción de los que, en plenitud de juicio, en circunstancias favorables, deciden la guerra y se absuelven sin remordimientos como Albert Speer y Tony Blair y aquellos que yerran desde la inmadurez o la ofuscación ideológica y aceptan en cambio su responsabilidad, como los jóvenes protagonistas de la novela o
Imbricados en el relato aparecen una serie de escritores, o mejor dicho, una determinada concepción de la literatura. Es el difícil magisterio de aquellos autores a través de los cuales se define Lorenzo Silva (Walter Benjamin, Kafka…) y referencias a actitudes, gestos y citas de otros escritores (Torrente Ballester, Edith Stein, Imre Kertesz. Jorge Semprún, Michael Herr, Marinetti…) oportunamente referidos. Las lúcidas cavilaciones bejaminianas, sobre todo, nutren la intertextualidad que forma parte de la esencia de este libro, así como los acontecimientos que tuvieron lugar durante el proceso de escritura. La novela finaliza, y no aleatoriamente, el 11 de junio del presente año, víspera del levantamiento de la acampada de los Indignados en la Puerta del Sol de Madrid, un atisbo de una juventud manipulada que se rebela y cuya energía se está trasladando a varios países. Jóvenes o ciudadanos no tan jóvenes -como los protagonistas de la novela-  que se resisten  en convertirse en partidarios de otro tipo de catástrofe que directamente nada o poco  tiene que ver con el militarismo, sino con las paradojas y mentiras sociales, políticas y económicas de los últimos años, la eterna catástrofe de los dominantes y de los dominados.

Francisco Martínez Bouzas



Fragmento

“-Mi primer contacto con el combate de verdad, ese en el que ves los ojos de enfrente -recordaba Jorge-, me descubrió su rostro aterrador, que no es el de la amenaza particular que pueda suponer el enemigo, sino la sensación de que en cualquier momento y desde cualquier lado puede venirte cualquier cosa. La capacidad que tiene que desarrollar el combatiente es la de convivir con esa sensación sin salir corriendo, o sin tirar el arma al suelo y dejarse matar a la primera ocasión. Lo que más te ayuda es haberte adiestrado en los movimientos más mecánicos, y concentrarte en ellos. Yo busqué, en medio de los rusos, el punto más denso, y allí, en una fracción de segundo, escogí mi primera víctima. Apreté el gatillo, lo vi caer. Y a partir de ahí seguí, uno tras otro, repitiendo la operación. Cerrojo, apuntar, fuego, cerrojo, apuntar, fuego…”

(Lorenzo Silva, Niños feroces, páginas 199-200)

sábado, 14 de abril de 2012

"SANTA MARÍA DE LAS FLORES NEGRAS", ÉPICA Y TRAGEDIA DE LOS SALITREROS PAMPINOS


Santa María de las flores negras
Hernán Rivera Letelier
Seix Barral, Buenos Aires, 238 páginas
(LIBROS DE FONDO)


 A Lidia Silva Gaete que me ha hecho llegar este libro                        desde el Sur del Mundo.


Santa María de las flores negras, una novela poco conocida en España, cierra lo que se ha llamado el “imaginario del salitre, un macrotexto literario que rescata la identidad pampina, surgida de la convivencia, a principios del pasado siglo, de los salitreros chilenos, peruanos y bolivianos,  bajo el yugo esclavizante del gringo (en esta caso oligarcas europeos, ingleses sobre todo), dando lugar a historias rebosantes de épica y finalmente a la mayor masacre cometida contra el proletariado. Su autor, Hernán Rivera Letelier, un icono en Chile, escritor autodidacta que ha vivido en propia carne experiencias similares a las que relata, porque en su niñez y preadolescencia experimentó las duras inclemencias de la pampa nortina chilena, así como la inhumana dureza de la vida de los trabajadores del caliche. Por eso mismo, confiesa Rivera Letelier, ahora que en España se ha comenzado a premiar su narrativa: “Basta con verme la cara para comprobar que no soy un intelectual…Mi rostro es la cartografía del desierto”.
Santa María de las flores negras es a la vez epopeya y tragedia y sobre todo un rescate del olvido de un hecho histórico al que es preciso remitir para entender la magnitud épica y trágica del relato de Rivera Letelier. La colonización española dejó profundas huellas en Latinoamérica, calvo de cultivo para la descolonización: la gran riqueza en materias primas de la mayoría de los países latinoamericanos fue explotada por el poder y el dinero de empresas extranjeras, a costa de una mano de obra barata y sumisa, que, sin embargo, luchaba por la supervivencia soñando con mejores condiciones de vida. Ese sueño comenzó a convertirse en reivindicación en la región pampina de Chile. Los trabajadores del salitre vivían en condiciones de semiesclavitud: jornadas de trabajo de catorce horas, en condiciones pavorosas, sin derecho a asistencia médica, sin medidas de seguridad, ni siquiera en los denominados cachuchos (zonas donde el salitre hierve a más de 100º C). Los trabajadores y sus familias vivían en casas propiedad de las empresas y eran remunerados con fichas que los obligaba a comprar en las pulperías de las mismas compañías u oficinas que vendían a un precio excesivo y lo que querían, sin tener en cuenta las necesidades del empleado.
Fueron estas precarias condiciones de vida las que actuaron de fuerza impulsora para organizar a los obreros, que empezaron a reclamar el pago del jornal a dieciocho peniques, la eliminación del sistema de fichas, cubrir los cachuchos para evitar los accidentes mortales y balanzas y varas de medir en las pulperías. A partir de diciembre de 1907, los trabajadores de las distintas oficinas calicheras pampinas se declararon en huelga y comenzaron a afluir a la ciudad portuaria de Iquique. Después de varias negociaciones, miles de trabajadores con sus mujeres e hijos son atrapados en la escuela Santa María. Hasta que el 21 de diciembre las tropas militares, al servicio de la oligarquía, iniciaron una salvaje matanza, asesinando a más de tres mil obreros.
Estos son los hechos históricos documentados sobre los que Rivera Letelier teje una  historia que nos sitúa en el corazón de esos sucesos teñidos por la épica y la tragedia de una masacre de miles de personas indefensas. Fueron más de diez mil personas, entre hombres, mujeres y niños, caminando deshidratados por el desierto -“sentíamos como si en vez de sangre nos corriera salitre ardiendo por las venas” (página 17)-. Es el gran río, esta vez árido y extenuante que brota del desierto, como ha escrito hace muy poco Jorge Edwards y que termina e un inmenso y espantoso drama.
Todo ello narrado desde el punto de vista de un viejo calichero, Olegario Santana, que nunca vio una mujer de verdad, pero que vive con dos jotes sobre las planchas de calamina de su mísera vivienda en medio del desierto y que se suma a la protesta pero sin creer que las cosas vayan a cambiar. Será él quien nos cuente la historia, como un calichero más, puesto ahí como anónimo testigo para registrar todos los detalles y convertirse en la memoria histórica de aquellos hechos.
La novela es la literaturización de aquella gran marcha, un gran sueño de unidad de una heroico y desarrapado tropel de seres humanos confluyendo, a través del desierto, hasta la ciudad de Iquique. Esa épica social, expresada frecuentemente con un “nosotros” comunal que emplea el narrador, al cantar el recorrido por el desierto y las horas y los días del conflicto colectivo, se amalgama con las historias de las experiencias vitales de los personajes de ficción, en las que sobresale un profundo sentido social y humano, pero también contradicciones, celos, rencillas y solidaridad. La solidaridad del hombre, quizás rudo y primitivo. También sus amores y desamores, algunos, especialmente el de la pareja de jóvenes Liria María e Idilio Montaño, descritos en clave quizás un tanto folletinesca, uno de los puntos débiles de la novela.
El narrador finalmente nos sitúa en el trágico desenlace en el que las ametralladoras del general Roberto Silva Renard acorralan y siegan las vidas de miles de seres humanos. También ambientes y escenarios de terror, en la culminación nefasta que el lector comienza a presagiar muy pronto, forman parte de una novela épica en la que no hay héroes individuales. El héroe es todo un pueblo, los hijos del salitre.
En la novela de Rivera Letelier, narrada con un lenguaje claro, directo, aunque muy rico en la terminología de la industria calichera y en el habla popular pampina del Gran Norte, están así mismo presentes el humor y el sarcasmo, referidos a veces de forma carnavalesca. Y sobre todo el espacio físico, las geografías austeras, desoladas pampinas, el sol, la sequedad. Así como la idiosincrasia de sus habitantes, seres escépticos y desengañados que consuelan su explotación y su miseria en los prostíbulos y en las cantinas. Y ¡como no!: tampoco faltan los símbolos: esos jotes carroñeros que han sido interpretados como agoreros de la muerte, pero que el autor quiere ver como emblemas de la explotación.

Francisco Martínez Bouzas


Hernán Rivera Letelier

Fragmentos

“Ya fuera del pueblo, en plena pampa rasa, siguiendo siempre la ruta de la línea del tren, iluminados por antorchas y chonchones de carburo, apuramos el paso animosos y llenos de esperanza por nuestro cometido. En realidad, nos parecía increíble la gran epopeya que estábamos viviendo. Y es que, de pronto, nos dábamos cuenta de que ya no éramos sólo un puñado de obreros de la oficina San Lorenzo, mendigando un aumento de salario al gringo de la cachimaba, sino que de la noche a la mañana, conformando una gran masa de gente soñadora, nos habíamos convertido en una especie de ejército salitrero libertador, en una épica y desharrapada caravana de hombres, mujeres y niños que atravesaban uno de los parajes más inclementes del mundo para exigir por sus justos derechos laborales”
…..

“-Soñar ya es luchar de alguna manera, don Olegario. Alguien dijo por ahí que todos los sueños son insurrectos.
-Es que usted no sabe, doña Gregoria, aquí nos pueden matar a todos como carneros.
-Se podrá matar al soñador, pero no al sueño- respondió ella con voz altiva”
…..

“Eran las tres y cuarenta y ocho minutos de la tarde del sábado 21 de diciembre -el viento del mar aún no comenzaba en Iquique- cuando el general Roberto Silva Renard, desde los alto de su cabalgadura blanca, bajó el brazo dando la orden de fuego.
Al instante, el piquete del O’Higgins hizo su primera descarga hacia la azotea de la escuela en donde, de pie, frente a la plaza, rodeados de banderas y estandarte, con la actitud serena de los que luchan por algo justo, permanecían unos treinta dirigentes del Comité Central. A la descarga de la fusilería varios de ellos cayeron sobre el tumulto que cubría la puerta y las rejas del patio exterior…Era tal la confianza nuestra y la de toda la gente respecto de que el ejército chileno jamás cometería el crimen de disparar sus armas sobre sus compatriotas indefensos, que mientras los de adelante, muchos con el cigarrillo humeante en los labios, caían perforados por los tiros de los fusileros, los de más atrás gritaban a voz en cuellos, convencidos sinceramente de sus palabras, que no había de que asustarse, hermanitos, que sólo eran balas de fogueo”
…..

“Mientras Olegario Santana camina en el apretujamiento tratando de amarrarse el pañuelo en la herida del hombro, y pensando que todo eso no puede ser real, un hombre joven que camina a su lado se ofrece a ayudarle. Mientras le ata el pañuelo, el hombre comienza  a hablar diciéndole que hay que grabar firme en la mollera cada detalle de los que está sucediendo; estarcirlo a fuego en la memoria. Que después los madamases van a querer echar tierra sobre la masacre horrenda, pero ahí estarán ellos entonces para contársela a sus hijos y a los hijos de sus hijos, para que estos a su vez se lo transmitan a las nuevas generaciones”

(Hernán Rivera Letelier, Santa María de las flores negras, páginas 39, 145-46, 215, 224)

miércoles, 11 de abril de 2012

"EL TEMBLOR DEL HÉROE", LA FALTA DE SUSTANCIA

El temblor del héroe
Álvaro Pombo
Ediciones Destino, Barcelona, 2012, 222 páginas



¿Puede ser la literatura ese territorio donde plantear los grandes asuntos que atarean o agobian al ser humano, tales como la traición, la culpa, el arrepentimiento, la cobardía o el mismo sentido de la existencia? Estamos ante una pregunta claramente retórica. Un personaje de Milan Kundera se servía de una sola arma para defenderse del mundo, de la zafiedad que le rodeaba: los libros que le prestaban en la biblioteca. Al igual que dicho personaje, la novela de Álvaro Pombo ganadora del Premio Nadal 2012, que profundiza en los mecanismos del engaño, en las consecuencias trágicas de pasar por el mundo resbalando, deslizándose sobre la superficie de la realidad, sin comprometerse con nada, es una nueva prueba de que la literatura es una infinita cosmografía en la que cabe todo, si detrás de la pluma que escribe está esa rara avis que es Álvaro Pombo con  su “poética del bien”. Álvaro Pombo, filósofo empedernido -esta novela es una prueba fehaciente-, contorsionista de las palabras, defensor de la libertad e inventor de tramas que encauza a través de un peculiar método literario, por él mismo bautizado como psicología-ficción, cuyo primer postulado es la falta de sustancia, abordado de forma magistral en esta novela.
Pombo es un creador superdotado, un creador pleno como lo definen los académicos, aunque quizás más para ser leído por escritores que por el gran público. Ya en 1992, cuando aún no estaban amasadas sus grandes obras (Donde las mujeres, La cuadratura del círculo, El cielo raro, Contra natura…) hubo críticos que catalogaron a Pombo junto con Javier Marías como los dos narradores más interesantes de los últimos veinte años. La lengua prodigiosa, mezcla de barroquismo, espontaneidad y capacidad inventiva de este genio que anda suelto (Jorge Herralde) hacen de Álvaro Pombo el mejor estilista, el gran fascinador verbal y uno de los grandes creadores contemporáneos en lengua española.
El temblor del héroe es una prueba sobreabundante de cuanto digo y confirma además la querencia del escritor por explorar en el interior de los universos humanos. Sin embargo, que nadie se confunda: El temblor del héroe no es una novela comercial, de consumo rápido. Se trata, al contrario de una pieza narrativa compleja, densa, rebosante de reflexiones y disquisiciones filosóficas, también de citas en latín y en otros idiomas, pero no una pieza obscura, sobre todo a medida que se avanza en la lectura. Tampoco experimental a pesar de algún que otro comentario metanarrativo de un narrador omnisciente.
Pombo, como ha escrito Ángel Basanta, solo se parece a Pombo, se ha especializado -y en esta novela lo hace de forma brillante- en la fabricación de estructuras narrativas penetradas de cultura, de ideas, combinando sabiamente reflexión, narración, descripción y diálogo, con la presencia de personajes complejos que el escritor explora en sus más ocultos recovecos y sinuosidades.
En una breve sinopsis argumental, cabe decir que la novela nos presenta de entrada a Román, un profesor universitario jubilado, invadido por la nostalgia de los días luminosos de la pedagogía en los que fascinaba a sus alumnos, inculcándoles el amor  a la sabiduría y estimulándoles para alcanzar una vida más noble y más alta. Todo aquello se evaporó de repente. Dos de ellos, sin embargo, una pareja de médicos, comparten su amistad y con ellos ha entablado complejas relaciones intelectuales y sentimentales. En un momento determinado, entra en su vida un joven periodista (Héctor), arrastrando una niñez de abuelos aturdidos por los hijos drogadictos y una adolescencia torturada por las violaciones de un pederasta (Bernardo), un ser demoníaco, una rémora vampiresca, que consigue así mismo incluirse en la vida de esta celebridad menor con perfil de Wikipedia.
Es  a partir de este momento cuando los fantasmas del pasado reaparecen a la vez que los mecanismos del engaño, la cobardía, la insensibilidad y la falta de compromiso para reaccionar ante el dolor ajeno provocan un trágico final en una novela cuyo núcleo diegético se reduce sin embargo a un trío con un conflicto amoroso no resuelto en un ambiente de relaciones homosexuales, amores líquidos y chaperos, con sentimientos de culpa y muchos vaivenes. Con vidas agobiadas por lo que el autor llama una razón aburridamente posmoderna: la falta de sustancia en seres incapaces de sustentar una ética autónoma, aletargados que pasan por la vida patinando, deslizándose, sin involucrase en nada más allá de lo que les dicta la cobardía.
Una novela con trasfondo turbulento, perturbador que se desarrolla en un burdo tiempo democrático y sin héroes, con un gran problema verbalizado en las palabras del profesor jubilado: no sentimos nada y por eso mismo somos insensibles ante el dolor y el sufrimiento ajenos. Y si alguna vez lo percibimos, la cobardía, la inacción o ese insustancial escurrirse por el mundo, nos impide comprometernos con los demás.
Novela pródiga de comentarios y digresiones filosóficas (el motor inmóvil aristotélico, el entendimiento agente medieval…), con citas y referencias de numerosos pensadores desde Platón a Roland Barthes, pasando sobre todo por Kierkegaard; con el uso de variados registros: un nivel culto sobreabundante en terminología filosófica y otro que se alimenta de jergas juveniles y de neologismos (por derivación y acronimia sobre todo) y expresiones de propia cosecha, sin que falte la barroca pedantería de alguna frase típicamente pombiana (“Tenía el don predigital del uso transtextual de los textos”, página 130)

Francisco Martínez Bouzas


Álvaro Pombo

Fragmentos

Román está en su sesión de meditación. Lleva años practicando. Hace la mayoría de los ejercicios muy automáticamente, con considerable perfección, elasticidad… pero puede hacerlo sin prestar atención o reflexionar. Esto no está bien. Hoy es uno de esos días. Puede desbaratarlo todo ahora mismo. Desbaratarse y desahuciarse. Y desea darse esta extremaunción, el descabello. No, no está muerto aún. Aún no es inane, pero le ronda la inanidad como una mosca cojonera. Recuerda las clases que él daba. Y cómo se fue adrede desligando de las relaciones.Fue debido todo a una elemental decencia de maestro, de profesor, rodeado de gente muy joven”
…..

“Una vez más, al hablar ahora con Héctor acerca de Bernardo, en estos nuevos términos amistosos, Román da vueltas a lo que ha dado en llamar, para su capote, el misterio de la víctima. Cómo es posible que Héctor, víctima de la violencia sexual de Bernardo cuando era un niño todavía, haya, en poco más de quince años, trasformado todo aquello en admiración y afecto  por su victimario. A Román no le ha convencido del todo la explicación que Héctor ha dado desde un principio, que le quería, que no tenía familia propia y que Bernardo hizo las veces de su familia, su madre, su padre, sus hermanos. La sexualidad no tenía ningún perfil específico, era parte de la ternura que los dos sentían el uno por el otro”
                                               …..

“- ¿De dónde has sacado ese dinero?
  -Se lo he sacado a un tío que me ligó la otra noche.
  -Déjate de bromas.
  -Es la verdad, no son bromas.
  -¿Qué le diste a cambio?
  - Lo normal, lo que suele venderse en estos casos: mi cuerpo. Fue agradable. Fue una experiencia agradable, me hubiera dado el dinero de cualquier manera, el pobre maricón, pero yo le garanticé la mercancía. Hice lo que me pidió, ¿te parece mal?
  -No te creo.
 - Dirás que no quieres creerme. Que si me creyeras tendrías que aceptar que he hecho lo correcto dentro de un mundo absurdo. Reconoce que eres tú quien más gana con mi chapa. No Bernardo, sino tú. Si yo no te hubiese traído los 1.600 euros, hubieras tenido que tomar una determinación, montarle un pleito a Bernardo, echarle de casa”
(…) – Esa pena tuya, Román, es desagradablemente buenista. ¿Qué quieres decir con que si fuera verdad te daría pena? ¿Te parece mal la prostitución masculina? ¿Te parece mal la prostitución en general?¿Crees que somos víctimas insalvables de un sistema económico salvaje, un antiquísimo sistema de compra-venta, que tiene sus encantos, dependiendo, claro está, del precio que se asigne cada cual? El mío, por cierto, es muy alto. En el alterne siempre se ha considerado que el alto alterne es menos puterío  que el bajo. ¿No vende la gente otras cosas? ¿Dónde está la degradación? Hay mucho paro, tío. Mejor puto que insolvente, digo yo”.
…..

“En el momento en que los dos se levantan tras apurar sus bebidas, Héctor se da cuenta de que ha cometido una gran equivocación. El bareto les amparaba: la comunidad gay, por artificial y absurda que parezca, les contenía, aunque solo fuera superficialmente, les alojaba en su seno equívoco, en su bienestar campechano, provinciano, minitransgresor  hoy en día, reasegurado, a diferencia de la calle y los automóviles de lujo y el dinero y el intercambio comercial entre viejos y jóvenes. Todo lo incalculable estaba fuera: the truth is out there. La verdad es interior como el tiempo. Héctor sabe que lo verdadero y lo falso intercambian papeles ahora en su conciencia: lo inauténtico y lo auténtico: el no poder creer que alguien le amaba (excepción hecha de Bernardo) y el creer a pie juntillas que cualquiera le amaba. Todo el mundo le deseaba aquella tarde de otoño a la salida del bareto de Chuecas: se sintió sin embargo, indeseado, el indeseado, el jovenzuelo equívoco, que jamás lograría distenderse y desanudarse y correr los 1.500 y hacer una marca razonable”

(Álvaro Pombo, El temblor del héroe, paginas 21, 109, 178-179,198)

martes, 10 de abril de 2012

"REINCIDENCIAS", LA DORMIDA MAREA DE ANA ROSA BUSTAMANTE


Reincidencias
Ana Rosa Bustamante
Ediciones Kultrún, Valdivia (Chile), 2011, 97 páginas.


Si es verdad lo que afirma Wallace Stevens de que el poeta “crea el mundo hacia el cual nos volvemos de manera incesante e inconsciente e insufla  vida  a las ficciones supremas sin las cuales seríamos incapaces de concebir el mundo”, entonces resulta claro que el trabajo escritural de poesía de Ana Rosa Bustamante es capaz de ayudarnos a contrarrestar el laberinto de la experiencia dada, su impasibilidad, presentándonos una vívida y luminosa experiencia de aquel. Las palabras de la poeta efectúan ese milagro. Por algo los poetas de este Finisterrae desde el que escribo, repiten que la poesía es la gran verdad y el gran milagro del mundo y Roland Barthes nunca cesó de pensar que la literatura crea la realidad de la palabra.
Un saludo pues a este libro por estas “reincidencias” de Ana Rosa Bustamante que, partiendo de una actitud abierta y liberadora, no solamente expresa la emoción, sino que la absorbe lingüísticamente. Un libro que nos llega en sazón, maduro, sutil o abiertamente combatiente, todo depende de gustos y lecturas. Combate por la memoria, por la recuperación de las voces del pasado. Afirmación de la diversidad como esencia de la vida, de la sabiduría y de los bríos femeninos, de la pasión, porque en los versos de Ana Rosa Bustamante hay una inusual geografía de intensidades emocionales.
Su trabajo escritural, cuyo hilo conductor, continuidad de sus dos libros anteriores (Nuestra Piel Ancha de Fuego, 2007, Vita Clamavi, 2009), es la representación de de la visión femenina en sus múltiples formas de estar en el mundo. La mujer, sobre todo, como icono de fuerza y de voluntad, una condición heredada quizás por sus genes y de los mitos de la tierra dura e inhóspita del desierto de Atacama que acompañó sus primeros soplos de vida. La mujer, así mismo, plena de sensualidad florida y de erotismo, impronta, se me ocurre, de una geografía y de una cultura de litoral, mecida de ebriedad marina y de los febriles aguaceros de la ciudad de Valdivia, que se repiten trescientos días al año y todos los años. En la poesía de Ana Rosa Bustamante se capta la pertenencia a un lugar, o mejor dicho su sentir esa pertenencia con el valor sacramental con el que antiguamente se vivía el paisaje, preñado de signos que implicaban un sistema de la realidad que transcendía las realidades visibles.
En los versos de Ana Rosa Bustamante se halla toda la sensualidad del mundo y se expresa en la voz de la mujer a la que le han exigido multiplicidad de roles adscritos o adquiridos: la mujer-madre, la mujer-ternura, la mujer-lucha, la mujer-objeto de deseo, la mujer-sometida. Un mujer, sin embargo, que se rebela, que renuncia a permanecer recluida, a la espera, tejiendo y destejiendo, cual Penélope odiseica, y grita y se impone, porque hoy su signo y su futuro es navegar, en esa “mar ancha perla / desvestida y sola / soy su dormida marea / pero mi sangre se agolpa como esa loba / voluptuosa espuma / desnuda bajo la sombra”.
Convencido de que esta es la substancia que enciende el fuego lírico de Ana Rosa Bustamante, recorro sus versos, versos de un buen nivel sostenido y algunos ciertamente luminosos y muy sensoriales: esa amada estatua que en la senectud ya no encontramos; el murciélago invitado a mi quimera, su nido reseco en el que nos quedamos a vivir. Los poemas indómitos de la segunda parte con textos marcados en femenino. O las estrofas, testimonios del miedo y del pavor, de la tercera, una recuperación de la mujer ultrajada de todos los siglos y de todos los territorios. La mujer que también incuba deseos y fuegos y sueños de esa cuarta parte rotulada precisamente así: “Erotismo”.
Se me ocurre apelar a Proust y traer a cuento a Deleuze para ponerle el broche a esta lectura del poemario de Ana Rosa Bustamante: ella, como poeta, inventa dentro de una lengua nueva…extrae nuevas estructuras gramaticales y sintácticas. Saca a la lengua de los caminos trillados y la hace delirar. Es una vidente, una colorista y un músico porque sabe explotar la música propia de la escritura y los efectos de colores y sonoridades que se elevan por encima de las palabras (Gilles Deleuze, Crítica y clínica, página 9)

Francisco Martínez Bouzas




Poemas de Reincidencias

MEDIANOCHE

“Engalanada gocé las serpentinas como luna
en las lluvias
así mujer,
nublé los días siguientes y que nadie supiera
la rivalidad de estos huesos
con lo de otra sus huesos;
la fortaleza de incluirla madre dulce clara de sus hijos,
yo la golfa que enhebra una historia a más historias
no privé a la berma de la noche azul de su presencia
ni de los caminos retiré las piedras,
tantos baches placenteros,
porque entre la paja de una acera y los bosques del
cemento
bebí en las fuentes bebí rotunda y sinvergüenza
a pesar de las miserias
de las inertes,
de las señoras.”

IMPUNIDAD

“Así me dijo: ábrete como el loto
en la laguna
para sacarte el barro,
abre las piernas
como los pollitos en la cocina
antes de ponerlos al horno:
mis pies marcaban los hemisferios
donde el jote
escapó en mi volantín,
la calle que nunca veía las lluvias se quedó
en mis zapatos,
mis calcetines volaban en el cielo
y la sombra gemía
entre los alborotados árboles
sus dedos me enfriaban bajo la ropa
yo sentía su rasguño.
El silencio inmenso de la casa
mugía en mis sienes
las baratas arañaban los rincones
que guardarían los secretos
y la sangre usurpadora,
el impostor del dulce cuerpo
del pequeño cuerpo
se quedó en mi niñez
y yo
rompiendo caracoles
así,
cuando los machaco
esa baba escurre
y en mi oído
un resuello.”

(Ana Rosa Bustamante, Reincidencias, páginas 23 y 56)