viernes, 18 de enero de 2013

WAKEFIELD, EL DESTERRADO DEL UNIVERSO


Wakefield
Nathaniel Hawthorne
Traducción de María José Chuliá García
Ilustraciones de Ana Juan
Nórdica Libros, Madrid, 2011, 76 páginas.

En una excelente edición bilingüe e ilustrada, y como celebración de sus cinco años en la palestra editorial, Nórdica Libros rescata un cuento memorable, Wakefield de Nathaniel Hawthorne (1804-1864), un narrador norteamericano, figura imprescindible para entender el desarrollo de la literatura estadounidense en sus inicios. Nathaniel Hawthorne (Hathorne de nacimiento) tuvo una vida compleja, anclada entre dos pasiones: la literatura y el marchamo puritano, heredado de los primeros colonos que se establecieron en Salem. Aunque escribió varias novelas de formato largo, fue conocido sobre todo por sus relatos breves, generalmente de temática siniestra y contenido alegórico, siguiendo los gustos de la época. Por eso no es de extrañar que tradicionalmente haya sido considerado como un plomazo moralista, rebosante de complejos. La crítica actual, en cambio, ve en Hawthorne un fiel cultivador de la retórica autoconsciente.
Su narrativa breve destaca por el estilo elegante, depurado y sumamente reflexivo. Su contemporáneo Edgar Allan Poe celebró sus colecciones más importantes, Twice-Told Tales y Mosses from an  Old Manse. Y según Borges, Nathaniel Hawthorne es uno de los  cuentistas más importantes, destacando de forma especial Walkefield.
El cuento nos pone en presencia de un hombre que un día sale de su casa con la intención de realizar un corto viaje y no regresa hasta pasados veinte años, con la particularidad de que se instala en la calle contigua, desde la que todos los días podía divisar a su angustiada esposa. Una decisión extravagante e incompresible. La pretensión del escritor es que el lector medite sobre este extraño comportamiento y extraiga una moraleja. Para ello, más que referir los acontecimientos externos, ausentes en el relato, analiza qué clase de hombre era Wakefield, brindándonos una perfecta descripción  de su personalidad: en el ecuador de su vida, con una afectividad conyugal apaciguada, intelectual pasivo, corazón frío aunque no envilecido.
Nathaniel  Hawthorne
Así mismo Hawthorne pretende explicar el porqué de ese capricho que convierte a Wakefield en un ermitaño en el bullicio de la ciudad. Y sobre todo, la incapacidad de una voluntad débil para ejecutar lo que todos los días se dice el protagonista: “Volveré pronto!”. Pero una noche, finalmente, regresa a su antiguo hogar. El autor, sin embargo, decide no seguir al personaje más allá del umbral de la puerta, porque considera que su comportamiento ya ha proporcionado suficientes materiales para pensar y para que surja la moraleja: “En medio de la aparente confusión de nuestro misterioso mundo, las personas están tan pulcramente adaptadas a un sistema, y los sistemas engarzados entre sí y a un todo, que si una persona se ausenta por un momento, se expone al aterrador riesgo de perder su puesto por siempre, pudiendo llegar a convertirse, como le sucedió a Walkefield, en el Desterrado del Universo”(página 54). En mi opinión Hawthorne explora una interesante temática atemporal: la tentación del exilio interior que desemboca a veces en un destierro exterior. Otra cosa es el tratamiento narrativo, contaminado constantemente por la reflexión moral explícita, herencia de otros tiempos.
Esta reseña estaría incompleta sin hacer la obligada mención a las excelentes ilustraciones de Ana Juan. Sus dibujos permiten que esos dos mundos que corren paralelos (el del autor de una excentricidad y el de su resignada esposa). La ilustradora capta perfectamente en sus láminas esos dos mundos: uno lúgubre e inquietante, el otro, resignado y melancólico.
                                           
Francisco Martínez Bouzas


domingo, 13 de enero de 2013

UNA PARÁBOLA SOBRE LA CODICIA



¿Cuánta tierra necesita un hombre?
Lev Tostói
Traducción: Víctor Gallego Ballestero
Ilustraciones: Elena Odriozola
Nórdica Libros, Madrid 2011, 66 páginas.

   El conde Lev Nikoláivich Tolstói ( 1828 – 1910 ) está considerado como “el gran señor” de la literatura rusa. Su estilo equilibrado y al mismo tiempo distante se prestaba para ser interpretado como la transfiguración estética de la aristocracia de la que Toslstói procedía, hasta que renegó de ella, seducido por un evangelismo populista de raíz campesina. Su prédica moral no se quedó en gestos grandilocuentes, como la carta que dirigió al zar Nicolás II denunciando los males del país y proponiendo la abolición de la propiedad agraria. En su ancianidad renunció a todas sus propiedades, incluida la intelectual, pero su familia las reivindicó y Tosltói quedó viviendo como invitado de su mujer y de sus hijos.
   Ese supremo punto de referencia de las letras rusas tomó forma no sólo en la grandeza de sus  novelas, Guerra y paz, Ana Karénina o el tríptico de sus memorias ( Infancia, Adolescencia, Juventud ), sino también en un número casi incontable de narraciones breves. Relatos y novelas cortas, tanto más magistrales cuanto más cortas. Desde fábulas y apólogos de un solo párrafo, hasta largos relatos en la frontera de la novela corta. La mayoría de las mismas se editaron en español a comienzos del siglos XX en traducciones indirectas a través del francés.
   Entre todas ellas sobresale por su perfecta elaboración y por la nitidez de su mensaje ¡Cuánta tierra necesita un hombre?, catalogada en su día por James Joyce como “ el mejor relato que se ha escrito nunca”. Se trata, al parecer de una leyenda de tradición oral rusa, que corría de boca en boca entre los campesinos. Tolstói la recoge y arma una perfecta parábola sobre la avaricia. Su protagonista es  Pajom, un campesino pobre con el que pacta el diablo darle mucha tierra a cambio de tenerle en su poder. Todas las “desiatinas” que va acaparando, le parecen pocas. Hasta que se entera de que los bashkirios son inocentes como corderos y se puede conseguir su tierra casi de balde. Y en efecto, por mil rublos le ofrecen toda la tierra que pueda recorrer en una jornada con la condición de regresar al punto de partida antes de la puesta del sol. Al final, como demanda el guión, recibe el pago de la avaricia que todo el mundo comprende.
Lev Tolstói
   Una perfecta parábola sobre el afán acaparador de los señores de la tierra. Mas su ejemplaridad transciende el mundo agrario y hoy en día se viste de mil maneras en la crisis económica que han hecho que nos azote, provocada por la desmesurada ambición de los señores de los distintos sectores de la economía capitalista.
   Nórdica Libros nos sorprende con una edición primorosa de esta narración “ejemplar”. Las ilustraciones de Elena Odriozola han sabido captar la pulsión narrativa, el aliento y el aroma de la tierra en la que Tolstói, vestido con blusón campesino, se dedicaba en su ancianidad a su vocación moralista y predicaba el credo del amor universal.

Francisco Martínez Bouzas
                                                  
  

  

jueves, 10 de enero de 2013

"KARNAVAL", DSK LITERATURIZADO


Karnaval
Juan Francisco Ferré
Editorial Anagrama, Barcelona, 2012, 529 páginas.

   Dominique Strauss-Kahn, hasta el 18 de mayo de 2011 uno de los hombres más poderosos del mundo, acaba de ser transformado en personaje de ficción en una gran novela, Karnaval, ganadora del Premio Herralde de Novela 2012, un galardón que se le otorga a la literatura y no a las ventas. Su autor, Juan Francisco Ferré, es un escritor muy enraizado en la literatura moderna y posmoderna.
   Un personaje público, en aquellas fechas uno de los más influyentes del mundo, se ve así convertido en materia de arte, en literatura. La novela, calificada por su autor con la “Triple X” de la provocación pornográfica, de la exuberancia fabuladora y de la incógnita política, fue escrita al mismo tiempo que acontecían los hechos que motivaron el escándalo del director del FMI. Su motor de arranque fue la imagen de Strauss-Kahn conducido por el FBI, precisamente cuando en España explotaban las protestas del 15-M. “Me fascinó el hecho de que uno de los personajes más poderosos del mundo cayera por un gesto fruto de la gratuidad…Strauss-Kahn buscó el placer gratis teniendo todo el dinero del mundo para pagarlo.”
   La novela, en un momento en el que tanto la política como la economía son un indiscutible carnaval, es un verdadero panfleto sumamente incisivo contra las fechorías del neocapitalismo, pero el autor adereza asuntos muy serios con un tono cómico, con escenas hilarantes como las descritas en el capítulo “DK 5. Pornografía ancestral”. Un panfleto que convierte al exdirector del FMI, primero en el “gran dios K” y más tarde en un indignado, como los del 15-M español, que pretende hacer explotar el sistema.
   De ahí que la novela rebose de páginas que les sacan los colores a los excesos neocapitalistas. En la misma D. Strauss-Kahn es un ejemplo, una metáfora, un personaje de ficción paradigma del mundo de hoy, cuyos dueños, los financieros y los banqueros parecen desconocer o son insensibles frente a lo que está pasando.
   Es cierto que sobre Karnaval planea un escándalo sexual. Pero la novela no va solamente de sexo. Al contrario, ofrece una visión del mundo partiendo de ese dios K y de la vuelta de tuerca que lo transmuta  en un indignado. El talento literario de J. F. Ferré y sus condición de posnarrador hacen acto de presencia en toda la obra, pero sobre todo en un capítulo muy especial, “El agujero y el gusano”, un imaginario documental en el que personajes públicos como Philip Roth, Zizet, Philippe Sollers, Chomsky, Beatriz Preciado. Houellebecq, Judith Butler entre otros y otras opinan sobre Strauss Kahn. Ferré se deleita desacralizando las palabras de estas columnas vertebrales de los saberes de hoy y sabe demostrar que la literatura no solo es lo único que no está en crisis en este país, sino que no cesa de innovar.

Francisco Martínez Bouzas

(Texto publicado el 18 de diciembre en el periódico El Correo Gallego de Santiago de Compostela. Para ver el original en gallego pinchar aquí)



Juan Francisco Ferré

Fragmentos

“Mi trabajo en el hotel me ha permitido conocer cosas repugnantes como éstas. Yo limpio las habitaciones y hago la cama después de que se vayan los clientes. No importa que sea un hotel caro. No importa que las habitaciones parezcan palacios al lado de las casas que conozco en el barrio. Eso no importa. Cuanto más lujosas las habitaciones, más asquerosas me parecen las cosas que ocurren allí. Más repugnancia me da limpiar el cuarto de baño y hacer la cama, ver y limpiar los deshechos que dejan a propósito para que se sepa lo que han hecho allí. Me avergüenzan ellas cuando las veo salir contentas de la habitación en compañía de ese hombre que las acaba de violar, y parecen orgullosas de lo que les han hecho, de que las hayan elegido para hacerlo, convencidas de que esa cosa que tienen entre las piernas y que los hombres quieren poseer como perros les da todo el poder que no tienen en realidad. Esa cosa que tengo entre las piernas, en carne viva, esa cosa que los hombres quieren de nosotras, sí, esa cosa, es parte de nuestro infierno.”

…..

                                  PHILIP ROTH, novelista
“Roth: Lo diré claro desde el principio para que nadie se llame a engaño. El verdadero problema en este y en otros casos es la polla. Siento ser grosero, pero es así. Ya lo he dicho antes, juzgando otro escándalo similar, el caso Clinton, una década atrás, no se si se acuerda. La gente en general, sin distinguir entre hombres y mujeres, nunca perdona que le pongan la polla y los estragos de la polla delante de las narices. No perdonan la obscenidad de esa presencia…”

…..

BEATRIZ PRECIADO, profesora de teoría queer y ensayista
Preciado: Yo lo veo de una manera completamente distinta a como lo interpreta mi admirada Judith Butler. En mi opinión, hubo un fallo grave en la transacción (…) El hombre no quiere la desnudez de la mujer, que le causa horror, quiere su vestido, quiere su ropa, su atuendo, su disfraz, su uniforme. Lo que el hombre desea es apropiarse del disfraz que hace mujer a la mujer, que la hace deseable, que la muestra como objeto de deseo…”

…..

JULIA KRISTEVA, semióloga, psicoanalista y ensayista
“Kristeva: Damos por sentado que la víctima al emplear el lenguaje masculino para designar a su violador, lo hizo con su propio lenguaje, cuando en realidad debemos admitir que lo único que hizo fue verbalizar su difícil situación a partir de las escasas palabras que la cultura le proporcionaba para designarla. La cultura patriarcal, sin duda, pero también la cultura mediática es la que hoy conforma la conciencia de la gente. Si nuestra cultura, con la generosidad que se atribuye, hubiera sido capaz de procurarle las palabras adecuadas, los conceptos acertados,  a lo mejor habríamos oído a una mujer clamando simplemente porque no había sido amada, porque no había sido bastante querida, o no se había sentido en ningún momento todo lo querida que le parecía necesario o deseable para poder aceptar sin disgusto la violencia que se le imponía como medio efectivo…”

(Juan Francisco Ferré, Karnaval,  páginas 37-38, 215, 224, 227- 228)

lunes, 7 de enero de 2013

"APUNTES DE UN VENDEDOR DE MUJERES": EN EL TRANSFONDO DE LOS AÑOS DE PLOMO


Apuntes de un vendedor de mujeres
Giorgio Faletti
Traducción de Juan Manuel Salmerón
Editorial Anagrama, Barcelona 2012, 387 páginas.

   “Me llamo Bravo y no tengo picha”. Así da comienzo la quinta novela de Giorgio Faletti (1950), antiguo actor de cabaret, autor de novelas de gran éxito comercial, sobre todo en EE. UU, padre del “spaghetti-thriller pero que en Apuntes de un vendedor de mujeres ha dado un giro radical a su narrativa, reconocido por el mismo director de Anagrama que admite que la novela de Faletti no se aleja de la línea editorial de la casa. Y seguramente tiene razón Jorge Herralde porque en Apuntes de un vendedor de mujeres el lector no solamente va a encontrar la gran inventiva que se percibe en su primera incursiones literaria, Yo mato, un best seller en Italia solo superado por El nombre de la rosa, sino también una escritura de calidad y una buena armazón narrativa al servicio de una trama explosiva que la convierten en la gran novela negra de los años de plomo de Italia. Una trama laberíntica, plagada de sorpresas, un ambiente que estimula el aliento creador y, sobre todo, un gran personaje que Faletti supo colocar en el escenario apropiado.
   Se hace llamar Bravo, es un hombre castrado, sacrificado por las leyes de la mafia, pero al que no ha abandonado el estímulo sexual. Y decide mediar en el comercio de la compraventa de cuerpos, porque comprende que hay bellas mujeres dispuestas a vender el suyo y hombres así mismo propicios a pagar por él.
   Abril, 1978. En Milán, la capital lombarda, que se prepara para convertirse en la “Milano da bere”. Una ciudad centro del poder y caracterizada por un difuso bienestar, por la emergencia de arrivistas, restaurantes de lujo, casas de juego clandestinas, con los capos mafiosos sicilianos comprando sin dificultad la resistencia de la sociedad civil, policías corruptos, corrompidos igualmente muchos de los altos poderes del Estado. Aldo Moro secuestrado y condenado por las Brigadas Rojas, concesiones amañadas, tráfico de influencias, sobornos, elecciones fraudulentas. En esta ciudad de días y noches de plomo se concentran los personajes más variopintos, gente de la moda, de los negocios, gente de la noche, gente de mierda. Todos con dinero. Y las mujeres de Bravo. Son las mejores, las más costosas, las más discretas. Bravo las vende. Es un chuloputas que se considera honesto: solamente pone en contacto la oferta y la demanda. Por eso las mujeres de su “escudería” no tienen reparo en decirle: contigo es bonito. Porque, quizás para resarcirse de un deseo a veces desgarrador a pesar de su mutilación sexual, ha convertido a las mujeres en un instrumento de comunicación con el mundo.
   Mas la vida de este proxeneta es una larga noche en blanco que transcurre en compañía de desesperados. Solo un amigo que parece normal: su vecino, Lucio, un gran guitarrista “ciego” con el que comparte la pasión por los criptogramas. La repentina irrupción en su vida y “escudería” de Carla, una joven mujer que, para huir de la pobreza, decide entrar en el mundo de la prostitución y que remueve en Bravo sensaciones dormidas, no significará para él el inicio de una nueva vida, sino el comienzo de un mal sueño, una terrible pesadilla que lo tornará en un hombre vendido por sus mujeres, perseguido por la policía, los servicios secretos, la mafia y las Brigadas Rojas. Encaja perfectamente como chivo expiatorio de una serie de homicidios y masacres que sacuden Milán. Para salvarse solamente podrá contar con su mente genial y con la habilidad y sangre fría de quien ha visto la muerte de cara y ya hecho un balance en su vida. Pero se enfrenta a poderes y a una violencia tan criminal y canallesca, imperante en esos años de plomo, que, a su lado, su proxenetismo parece una inocente insignificancia.
   Giorgio Faletti escribe un thriller explosivo, un “noir” que quita el aliento y no da respiro; construido a base de una intricada red de misterios y al mismo tiempo de una eficaz simplicidad, ofrece una panorámica muy verosímil de la Italia de a finales de los años setenta, donde nadie ni nada, ni siquiera el bien y el mal, es lo que parece.

Francisco Martínez Bouzas




Giorgio Faletti



Fragmentos

“Lo de Laura es otra historia, mucho más delicada. Trabaja de modelo, no de mucha categoría, pero de manera regular, y redondea sus ingresos con lo que gana gracias a mi. Una noche fuimos juntos al Ascot y allí la vio Salvatore Menno, alias el Tulipán. Lo llaman así porque en piazzale Brescia tiene un puesto donde en invierno vende flores y en verano sandías. Claro que esta es la tapadera. En realidad es un delincuente que trabaja para Tano Casale, un capo que se disputa Milán con Turatello y Vallanzasca. El subnormal la compró una noche y luego quiso tenerla gratis y que le fuera fiel. Lo siguiente fue atizarle. Laura es una mujer como cualquier otra y por lo tanto interesa poco como persona. Pero, como realidad laboral, es muy rentable y no puedo permitirme tenerla inactiva por estar llena de morados.”

…..

“Al otro lado contestan enseguida.
-Sí.
-Soy Bravo.
La voz de mi interlocutor es seca y directa, acostumbrada a mandar.
-Necesito tres chicas.
Sin ceremonias. Sé muy bien que el hombre del otro lado de la línea me desprecia por lo que hago. Supongo que imaginará que  yo le desprecio a él de la misma medida, por lo que me pide que haga. A ninguno de los dos nos importa. Cada uno tiene lo que esotro necesita. En su caso, dinero. En el mío, mujeres bellas que cierran el pico. Doy y recibo. Todo funciona bien si el juego es justo.”

…..

“El Giulietta recorre a velocidad moderada viale della Liberazione.
Milán se ha encendido y se apresta a celebrar un nuevo rito nocturno. Se verán los mismos personajes de siempre. Ricos, pobres, policías, delincuentes, artistas y putas. A veces las caras cambian, los papeles nunca, de modo que siempre cuesta saber quién es quién. Con una pequeña diferencia en lo que a mi concierne. Las cosas a mi alrededor han viajado a la velocidad de la luz. Para el resto del mundo no ha pasado más que una semana, para mi han pasado años.
Demasiada sangre, demasiados muertos, demasiada cruda realidad.
La realidad a la que voy a hacer frente”.

(Giorgio Faletti, Apuntes de un vendedor de mujeres, páginas 39-40, 100, 332)

jueves, 3 de enero de 2013

UN TRIÁNGULO LÍRICO Y EPISTOLAR

Cartas del verano de 1926
Marina Tsvietáieva
Borís Parternak
Rainer Maria Rilke
Editorial Minúscula, Barcelona, 2012, 435 páginas.


   Editorial Minúscula recupera para los lectores en español uno de los más importantes encuentros epistolares -también líricos- que tuvieron lugar en el siglo XX: la correspondencia cruzada entre Marina Tsvietáieva, Borís Pasternak y Rainer Maria Rilke. Misivas que podemos leer bajo el título Cartas del verano de 1926. Epistolario de un verano inolvidable que jamás retornará porque Rilke fallecerá a finales de ese año 1926. Marina Tsvietáieva jamás superó la desaparición del amigo y ella misma se suicidó en agosto de 1941, terriblemente hostigada por la miseria y el estalinismo: marido fusilado y sus dos hijas, muerta una de hambre y prisionera la otra en un Gulag. La vida fue más compasiva con Borís Pasternak. La persecución del régimen no impidió que escribiera El Doctor Zhivago, una de las grandes novelas del pasado siglo, ni que la Academia sueca le concediera el Nobel de Literatura en el año 1958.
   Tanto Borís Pasternak como Marina Tsvietáieva experimentaron una verdadera adoración por Rainer Maria Rilke, adoración que en Marina se confundía con el amor, velado quizás, pero real y muy fuerte. En el encuentro de esta admiración con otra similar por la poesía y su fuerza mágica tuvo lugar el origen inmediato de esta correspondencia. Pero hay un origen remoto en la historia de las relaciones que generaron este epistolario. En abril de 1899 Rilke viaja a Rusia, un viaje iniciático, porque veía en Rusia el pueblo elegido por Dios. La Rusia patriarcal se situaba en el polo opuesto de la civilización occidental, viciada por el racionalismo y por la “ausencia de Dios”. Le acompaña la escritora Lou Andreas-Salomé y su esposo, el orientalista Friedrich Carl Andres. Allí conoce al pintor Leonid Ósipovich Pasternak. El viaje se repite al año siguiente y por azar coincide con L. O. Pasternak a cuyo lado estaba su hijo, Borís, de nueve años, que retendrá aquel encuentro como un acontecimiento memorable. La poeta Marina Tsvietáieva, por su parte, penetra en la existencia literaria de Pasternak en 1922. En ella admira  su clarividencia lírica y su potencia poética. Ese mismo año se inicia la correspondencia epistolar entre ellos y se prolonga más allá de una década. El nombre de Rilke aparece repetidamente en este carteo. Pero no fue hasta la primavera de 1926, después de recibir de Rilke los Sonetos de Orfeo y las Elegías de Duino cuando los sentimientos de Marina Tsvietáieva explotan al ver en la poesía de Rilke la encarnación de la más alta espiritualidad. A partir de ese momento la comunicación entre los dos jóvenes poetas rusos y el gran lírico en lengua alemana es intensa y en ella se percibe en primer lugar la soledad espiritual en la que vivían su arte, porque la guerra del 14 había roto la estructura espiritual de Europa y la expresión poética era considerada como un anacronismo carente de utilidad.
   Los tres poetas se interrogan sobre el sentido y los frutos de la poesía después del infierno bélico. Es la suya una correspondencia descarnada, de elevada categoría artística y de una profunda intensidad humana. A tres bandas. Y en ella reflexionan, comentan, envían poemas. Cartas contenidas las de Rilke que tiene que gobernar el frenético torrente admirativo de Pasternak y la idolatría de un romanticismo amoroso, aunque liberado de su envoltura corporal -los “grilletes terrestres”- de Tsvietáieva. La muerte de Rilke, el Poeta con mayúsculas, no interrumpirá el intercambio epistolar entre ambos, siendo Rilke el referente central.
   La edición que nos ofrece Minúscula, con un prólogo general contextualizador y abundantes anotaciones igualmente contextualizadoras de cada una de las cartas, nos permite penetrar de lleno en la substancia más profunda de tres mundos poéticos de suma relevancia en la lírica europea de la primera mitad del siglo XX. Nos sumergimos en su fuerza testimonial y en su calidad literaria transcurrido el plazo que Marina Tsvietáieva había fijado para que estas cartas vieran la luz pública, “cuando los cuerpos hayan quedado reducidos a polvo y la tinta haya palidecido”

Francisco Martínez Bouzas



Marina Tsvietáieva, Rilke y Pasternk

Fragmentos

De M. I. Tsvietáieva a R. M. Rilke

“Rainer Maria Rilke:
¿Puedo llamarlo así? Usted, poesía encarnada, por supuesto debe saber que su nombre por sí solo es un poema. Rainer Maria, resonancia eclesiástica -infantil- caballeresca. Su nombre rima con el tiempo -viene del pasado o del futuro- de siempre. Su nombre lo quiso  y usted eligió el nombre. (…)
Usted no es mi poeta más querido («más»- grado. Usted es un fenómeno de la naturaleza que no puede ser mío, que una no ama sino arrostra, o (¡no es todo aún!) el quinto elemento encarnado: la poesía misma, o (no es todo aún) aquello de donde nace la poesía y que es más grande que ella (que usted).”

…..

De M. I. Tsvietáieva a R. M. Rilke


(…) Mi amor por ti se desintegró en días y cartas, en horas y líneas. De ahí el desasosiego. (¡Por eso me has pedido sosiego!) Una carta hoy, una carta mañana. Tú vives, y yo quiero verte. Un trasplante del siempre al ahora. De ahí el tormento, la cuenta de los días, la depreciación de cada hora, la hora solo como un escalón -hacia la carta. Ser en el otro o tener al otro (o querer tener; en general -querer ¡lo mismo). Al darme cuenta, guardé silencio.”

…..

De R. M. Rilke a M. I. Tsvietáieva

“Y así mi pequeña palabra, que tú levantaste frente a ti, ha provocado esta enorme sombra en la que incompresiblemente te ausentaste de mí, Marina. Algo incomprensible y ahora comprendido. Que yo la escribiese, mi frase, no se debía, como explicaste a Borís, a una…sobrecarga, no, Marina, estaba libre y ligero, pero (tu misma lo reconoces) (…)
¿Todo ha de ser como tú lo imaginas? Probablemente. Eso que estás anticipando entre nosotros: hay que llorarlo o acallarlo con el júbilo? Hoy te escribí todo un poema entre los viñedos, sentado sobre un cálido muro (que por desgracia no siempre calienta ahora) y retenido a las lagartijas con la eufonía del poema. Ya ves que he vuelto. Pero en mi vieja torre aún tienen que trabajar los albañiles y otros operarios.”

(Marina Tsvietáieva, Borís Pasternak, Rainer Maria Rilke, Cartas del verano de 1926, páginas 136, 219, 220-221)

lunes, 31 de diciembre de 2012

GALICIA EN CLAVE EXPERPÉNTICA


El mejor francés de Barcelona
Bieito Iglesias
Traducción: Equipo Pulp
Pulp Books (sello de Rinoceronte Editora), Cangas do Morrazo, 2012, 220 páginas.


   “Funcionan en el Ensanche santiagués numerosos tapadillos de rameras analfabetas, decoradas con orlas y títulos de licenciatura colgados de las paredes, a los que acuden el viajante orensano, el industrial vigués o el ganadero lucense, persuadidos todos de que montan diplomadas en Filología Románica”. Así leemos  al comienzo de uno de los relatos, “Pistolero, disfrutarás mucho en el pantano”, de  este libro de Bieito Iglesias, El mejor francés de Barcelona, traducido ahora al gallego por el sello editorial Pulp Books. Un título quizás demasiado explícito, pero plenamente coherente con la trayectoria de la narrativa del autor, Bieito Iglesias, uno de los iniciadores de la literatura erótica gallega con aquellos relatos del año 1991, Aventura en Nassau, tejidos con tramas colmadas de grosura diegética. Desde entonces, Bieito Iglesias maduró como escritor. La novela Vento de seda (1992), los relatos de Miss Ourense (1994), varias novelas, entre ellas una escrita directamente en español, Bajo las más bellas estrellas (1999)  y su narrativa breve -Contos da terra da tarde (2011) última aportación en este subgénero- y la cotraducción de la Biblioteca Sherlock Holmes, hacen de él uno de los escritores más importantes y sobre todo singulares del sistema literario gallego.
   Sin embargo no es en territorios eróticos donde debemos situar El mejor francés de Barcelona, sino en un paradigma de literatura que intenta retratar  en clave expresionista a la actual Galicia y al perfil de algunas de las “joyas” que moran en este noroeste español. Diez relatos de desigual extensión, aunque ajenos todos ellos al microcuento, componen este libro. Relatos breves de un “prosador ficcionista”, creador de una literatura en puridad, muy personal y sin parangón con ningún otro escritor gallego. Literatura genuina, sin trampas, con un alto grado de riqueza y de complejidad que forma con sus obras posteriores un gran microtexto, un gran friso, a  la vez carnavalesco y realista de la tierra gallega y sobre todo de sus gentes. La mirada mordaz y  a la vez rebosante de humor sobrevuela en la sombría experiencia vital de decenas de personajes inmersos casi siempre en la marginalidad.
   Como en cualquier otra propuesta fabuladora moderna, Bieito Iglesias en los relatos de El mejor francés de Barcelona refleja la realidad y al mismo tiempo la supera por medio de la recreación carnavalesca de algunas de las líneas y  trazos más significativos en un desfile de personajes singulares. El narrador se limita a observar y a anotar, con exultante e inteligente ironía, sus jornadas y aventuras. La mirada mordaz, cómico-realista se detiene en la obscura experiencia vital de decenas de personajes marginales que, como uno de ellos, Sapo, onanista radical y vate -ex poeta culturalista- viven en la melancolía de los charcos.
   Y como decorado de todo ello, los oropeles y desaguisados paletos de la Galicia profunda, folclórica y cavernícola. En resumen, literatura en conexión con la vida cotidiana, la única real, con más sombras que luces. Diez relatos de medina extensión y desigual calidad, a veces con temáticas de no fácil definición y con estructuras desintegradas que reflejan mundos en los que la realidad muchas veces supera a la fantasía de cariz más esperpéntico.

Francisco Martínez Bouzas




Fragmentos

Lleva todo el santo día en cama, sin atender a las reprimendas del padre, que asomó las narices un par de veces para reprocharle la desidia, ni aceptar las comidas que le lleva mamá (apenas tomó unas cucharadas de helado bañado en chocolate). No tiene ánimo para nada y permanece en la oscuridad del cuarto, agarrado a un magnetófono y a la música rezongona que producen las pilas gastadas: «Sapo de la noche, sapo, cancionero que vives soñando junto a tu laguna. Dueño de los charcos, grotesco trovero, estás embrujado de amor por la luna»”

…..

“Ut supra quedó dicho que no cataba las mercancías sustraídas, a no ser las guarradas de los anuncios de relax, pero quiso el diablo que, en la librería Torga, le viera la intención un cliente de insoportable compromiso cívico. Suele ocurrir, en estos negocios progres, que te encuentras con tipos de puritanismo granítico, intolerantes con quien afana géneros. Él ya no solía trabajar aquel antro de moralina, primero por las especialidades que ofertaba, de escasa salida entre la clientela habitual de los cafés bohemios que desprecia toda literatura en gallego o de tema autóctono, cualquier libro, en realidad, que no haya sido reseñado en El País Tentaciones o ilustrado por el cine (preferentemente por Ana Belén con el culo al aire); y segundo porque compraban allí auténticos marats, y esas gentes se avienen mal con los chorizos. Son especies que se matan. Cuando todavía era Bello, Sapo había leído a don Vicente Risco y subrayado con grueso trazo la siguiente reflexión: «Siempre habrá individuos que se nieguen a ser absorbidos por el rebaño; son los revolucionarios, los artistas, los vagabundos y los criminales». Cierto, pero estas categorías guerrean entre sí, con más ardor del que empeñan en la erosión de la sociedad.”

(Bieito Iglesias, El mejor francés de Barcelona, páginas 205, 214)

martes, 25 de diciembre de 2012

DESDE EL CERRO DE LA CHINGADA


Si viviéramos en un lugar normal
Juan Pablo Villalobos
Editorial Anagrama, Barcelona, 2012, 188 páginas.


   Experto en investigar temas muy dispares y en escribir novelas contra las convenciones de la literatura, Juan Pablo Villalobos (Guadalajara, México, 1973) completa con Si viviéramos en un lugar normal la segunda entrega de la trilogía Tríptico de los dedos, un título con el que homenajea a Jorge Ibargüengoitia. Título así mismo, el  de esta novela, que le hace justicia a la paródica anormalidad del lugar en el que se desarrolla la acción: un pequeño pueblo del que el protagonista relator dice estas cuatro cosas: “hay más vacas que personas, más charros que caballos, más curas que vacas y  a la gente le gusta creer en la existencia de fantasmas, milagros, naves espaciales, santos y similares” (página 11). Es Lagos de Moreno, un lugar minúsculo situado en el alto del cerro de la Chingada. Alí, en una casa que se asemeja a una caja de zapatos, habita una pareja: él, profesor de preparatoria y profesional de los insultos; ella, una resignada mujer que se pasa el día cocinando quesadillas para alimentar a sus siete hijos, los dos últimos, gemelos de mentira.
   Desde este cerro de la Chingada, el protagonista relator, un adolescente que se está adentrando en la juventud, contempla la curiosa panorámica del México de los ochenta. Es Orestes, Oreo para abreviar, el segundo de los hijos, que nos conduce a través del tono cómico, o mejor dicho trágico-cómico, de este relato y un fino instinto para el análisis social a las interioridades de su propia familia -son pobres, tan pobres material y espiritualmente que cada miembro de la familia emplea toda clase de trucos para hacerse con una quesadilla y sus expectativas vitales están bajo cero- y nos permite diseccionar con su cáustico humor negro el mapa de un México que no es mágico aunque sí algo surrealista, donde el hábito consiste en robar elecciones y es así mismo un país especializado en desabrigar ilusiones y en hacer que los pobres consigan la desigualdad a base de humillaciones.
   Orestes pasa gran parte de su tiempo preguntándose por qué su familia es tan pobre, por qué viven en ese cerro sin esperanzas donde todo  es tan disfuncional y disparatado que, ante la impotencia, solo es posible recurrir a decir que todo está jodido. Ante tanto tedio el treceañero huye de casa y va a la colina para ayudar al hermano mayor en la búsqueda de los dos gemelos de mentira, supuestamente secuestrados por extraterrestres.
   Juan Pablo Villalobos, transitando  por los inciertos canales del surrealismo y de la crueldad humana, nos ofrece la visión de un país disparatado, en los límites de la paranoia. Un México tan esperpéntico como cruel. La intrahistoria de esta familia y su inútil guerra contra el ayuntamiento, los promotores inmobiliarios los dos partidos corruptos -el PRI y los rebeldes, más beatos que los cristeros de los que se consideran herederos-, retratado todo con un humorismo salvaje pero incapaz de salvarnos de la desolación, es aprovechada por el escritor para hacernos ver la hiriente desigualdad de clases - incluso dentro de la pobreza  existe un ranking- lanzar agudos ataques contra la desatinada religiosidad popular, tan fanática como irracional (“El pueblo era tan católico que estaba rodeado de espinas”, página 76), contra la connivencia del clero con las injusticias y contra  una clase política desprestigiada y causa de todos los males.
   Este humor disparatado llega a producir un efecto paródico acumulativo que incluso es capaz de  explicar el horror. La escritura de Juan Pablo Villalobos es pues la pura crueldad humorística ejercida a través de un ejercicio de alta calidad estilística que, a pesar de llevarnos de decepción en decepción y hurtarnos cualquier pizca de romanticismo, nos hace reír de las cosas -de ese pánico del instante del que habla Villalobos- para evitarnos  llorar. Eso sí, la existencia humana no pasa de ser en esta novela una serie de episodios carentes de cualquier hilo de humanidad que los una entre si y que, por consiguiente, no llevan a ninguna parte.

Francisco Martínez Bouzas




Juan Pablo Villalobos

Fragmento

“ –Mamá, se puede dejar de ser pobres?
-No somos pobres, Oreo, somos de la clase media –replicaba mi madre, como si los niveles socioeconómicos fueran un estado mental.
   Pero eso de la clase media se parecía a las quesadillas normales, algo que sólo podía existir en un país normal, en un país donde no estuvieran permanentemente tratando de chingarte la vida. Todas las cosas normales eran cabroncísimas de lograr. En el colegio se especializaban en organizar genocidios de extravagantes para convertirnos en personas normales, eso nos reclamaban todos los profesores y los curas, que por qué chingados no podíamos comportarnos como gente normal. El problema era que si les hubiéramos hecho caso, si hubiéramos seguido al pie de la letra las interpretaciones de sus enseñanzas, habríamos acabado haciendo lo contrario, puras pinche pendejadas loquisimas. Hacíamos lo que podíamos, lo que nos exigían nuestros cuerpos calenturientos y siempre pedíamos perdón de a mentiras, porque nos obligaban a confesarnos cada primer viernes del mes.
Para evitar confesar el número de puñetas que me estaba haciendo cada día, yo intentaba distraer al cura que me confesaba.
-Padre, pido perdón por ser pobre.
-Se pobre no es pecado hijo.
-Ah, no?
-No
-Pero es que no quiero ser pobre, entonces seguro que voy a acabar robando o matando a alguien para salir de pobre.
-Hay que ser digno de la pobreza, hijo, hay que aprender a vivir en la pobreza dignamente. Jesucristo nuestro Señor era pobre.
-Ah, ¿y ustedes son pobres?
-Los tiempos han cambiado.”

(Juan Pablo Villalobos, Si viviéramos en un lugar normal, páginas 37-38)

miércoles, 19 de diciembre de 2012

PROVOCATIVA Y DESMITIFICADORA


El jardín colgante
Javier Calvo
Editorial Seix Barral, Barcelona, 2012, 363 páginas.

   Con este título, El jardín colgante, obtuvo el joven escritor barcelonés Javier Calvo el Premio Biblioteca Breve correspondiente a este año, 2012. El jurado de este prestigioso y ya histórico premio eligió una obra transgresora y seguramente provocativa, que rompe con los cánones de lo literariamente correcto, y que revisa nuestros años de Transición con una mirada distinta, la que capta que en la España de la segunda mitad de los años 70 nada es lo que parece y todo sobrenada en la ambigüedad de las aguas turbias de un mar de fondo, el de aquellos años en los que la mayoría de los españoles tratábamos de erguir un país renovado, que dejara atrás casi medio siglo de existencia. Todo pues es reinventado, ha desaparecido la verdad unívoca de los largos años de la dictadura y, como afirma el autor de esta novela, “no hay diferencia entre el bien y el mal”. De ello da idea la confesión de Javier Calvo de que su novela fue escrita a partir de una docena de canciones de grupos punk, todas ellas sobre la mentira y la falsedad.
   El jardín colgante es la segunda entrega de “La trilogía de la muerte”, el tríptico con el que el autor pretende retratar  Barcelona en clave negra. La primera, Corona de flores, se desarrolla en el ya lejano 1877, en el nacimiento de la Barcelona moderna. Cien años más tarde se sitúa la acción de El jardín colgante, en la Barcelona de la Transición. En dos de esos años, entrecruzados por duplicidades, alarmas y sobresaltos, 1977 y 1978, se despliega la trama de El jardín colgante, que Javier Calvo estructura en dos partes: “Meteorito” e “Islote”.
   En Sallent, a las afueras de Barcelona, ha caído un meteorito que entre el calor y la lluvia hace de Barcelona una ciudad polvorienta, pegadiza e irrespirable y con una conciencia aletargada de lo que estaba realmente pasado: las manifestaciones pro amnistía, restauración de la Generalitat, Tarradellas de regreso. Y algo más: los antiguos servicios secretos del franquismo se han puesto al día y dirigen sus fuerzas no a perseguir la disidencia política,  sino formaciones o grupúsculos terroristas de extrema izquierda. Uno de ellos es el TOD (Tropa de Acción Directa). En ese ambiente, el agente Arístides Lao, alias Sirio, es elegido para lidiar contra esa organización terrorista. Cuenta para ello con Melitón Muria, un agente tan peculiar que con Lao forman una pareja de espías tan decadente como esperpéntica. Deberán contactar con Teo Barbosa, un topo, un infiltrado en el grupo terrorista y al que deberán rescatar. Un plan descabellado y una misión imposible porque entre las ideas y su ejecución hay un abismo.
   Javier Calvo escribe una novela del género negro, basada en las convenciones  canónicas de dicho género: la conspiración, la falsedad, la traición, la investigación… Sin embargo su novela es una verdadera amalgama: una sutura de literatura policial con una visión carnavalesca de España en aquellos años de la Transición. En la historia, si hay algo que flota, es la ambigüedad. Una trama, cuyos protagonistas son agentes dobles, de agentes que no se sabe muy bien de que parte están, significa una verdadera desmitificación del género, una deconstrucción de la novela policiaca. Sensación que se acrecienta si atendemos a las semblanzas de sus héroes / antihéroes, a los que describe con calificativos que van del esperpento al lenguaje canalla (Arístides Lao, carita de gastrópodo  sin concha; Melitón Muria, tupé grasiento y asimétrico, convencido además de su estulticia; los terroristas en vez de guerrilleros maoístas parecen bandoleros de cuentos de hadas).
   Sin embargo el estilo de Javier Calvo es eficaz. Relativamente sobrio, sin dejar por ello de ser ameno. El mismo talante de una escritura provocativa, irreverente y sumamente audaz contribuye a hacer de El jardín colgante una lectura entretenida y sobre todo muy original.

Francisco Martínez Bouzas




Fragmentos

“Ya es de día cuando Teo Barbosa se despierta junto al cuerpo desnudo de Sara Arta, en el sobreático diminuto de la calle Escudillers al que ella lo llevó al final de la noche. El polvo del meteorito que cubre los cristales le da un matiz plomizo a la luz ya de por si fría de la mañana. Barbosa se frota los ojos. Como suele pasar con casi todas las camas, la de Sara es demasiado corta para él y provoca que los pies le cuelguen del borde. Sobre las sábanas rojas, la piel muy blanca de ella tiene una cualidad casi pictórica. Barbosa se permite un solo momento para admirar el cuerpo dormido que tiene al lado, delgado pero de proporciones exquisitas, a diferencia del de él, que es exageradamente alto y huesudo y tiene unas rodillas y unos codos enormes y un pene que se ve inevitablemente pequeño entre sus muslos interminables. Por fin comprueba que la joven sigue dormida y se incorpora lentamente, sin hacer ruido.
   Afuera se oyen las gaviotas. Barbosa va directamente al recibidor donde recuerda que la noche anterior Sara Arta dejó su chaqueta de cuero. Saca la cartera del bolsillo de la chaqueta y examina rápidamente toda la documentación, memorizando la información relevante. Por fin devuelve todo a su sitio, echando vistazos de vez en cuando por encima del hombro. A continuación se dispone a abrir cajones y a registrar sus contenidos.
Cinco minutos más tarde, vuelve a entrar en el dormitorio y se inclina para besar el cuello de la dueña de la cama.
-Me voy antes de que llegue tu marido- dice Barbosa, poniéndose los calcetines y recogiendo del suelo el resto de la ropa.
Ella gira lentamente la cabeza sobre la cama deshecha y se lo queda mirando con los ojos inflados.
-¿Dónde están los hombres que hacen café antes de abandonar ala mujer que han deshonrado?
-Son rémoras del patriarcado,-Barbosa se pone los calzoncillos-. Sucumbirán bajo las ruedas de la Historia.”

…..

“Aquí solamente hablaremos de España. Todo lo demás no nos incumbe. A efectos prácticos, no existe nada que no sea España. Les recomiendo un ejercicio. Cierren los ojos. Piensen en todas las cosas de las que han oído hablar que no son España. Ahora abran los ojos. Todo lo que han pensado era un sueño y ahora se están despertando a la realidad de España. No busquen nada más. Imaginen que están en una isla desierta. Los demás lugares son sueños. Aunque llegados a este punto conviene aclarar que España no es ninguna isla desierta. España es una isla desierta para alguien que ha nacido en esa isla desierta. Y perdonen la aporía. España es una lamprea. Es un trilobito. Es un comedor de mierda del fondo marino que lleva millones de años existiendo, siempre igual, comiendo la mierda que cae de los peces, sin ver nunca nada y sin que nadie lo haya visto nunca. Sin que nadie sepa que existe. España es el mundo para una lamprea. Es el mundo para un bicho que no tiene ni ojos ni oídos: inexistente, sin coordenadas, sin estímulos, y por eso mismo absolutamente perfecto y total. La imagen de la totalidad más perfecta que pueda existir.”

(Javier Calvo, El jardín colgante, páginas 47-48, 354-355)

sábado, 15 de diciembre de 2012

LOS FILTROS DE LA TRISTEZA

Recuerdos de un callejón sin salida
Banaya Yoshimoto
Traducción de Gabriel Álvarez Martínez
Tusquets Editores, Barcelona, 2011, 212 páginas.



Banana Yoshimoto, pseudónimo de Mahoko Yoshimoto (Tokio, 1964) es una conocida escritora nipona. Su estreno en la palestra literaria con la novela Kitchen resultó realmente explosivo, haciéndola merecedora de premios prestigiosos como el “Newcomer Writers Prize”. Autora de una obra prolífica y polifacética compuesta por novelas, relatos y ensayos, se la considera junto con Haruki Murakami una de las voces que mejor representan la actual narrativa japonesa, sobre todo las prácticas vitales a las que han debido enfrentarse los jóvenes japoneses en los pasados lustros finiseculares. Sus personajes suelen ser criaturas ancladas en la soledad y profundamente sensibles. En su macrocosmos literario juegan un gran papel las emociones, las sagas familiares, la vida doméstica, las relaciones amorosas, hecho que ha motivado que no pocos críticos consideren que sus obras explotan el estereotipo de la feminidad dulce, sumisa, resignada y que, más que la calidad, persiguen fines comerciales. Sus seguidores, en cambio, rechazan que la narrativa de B. Yoshimoto linde los territorios de la superficialidad, aunque puedan ser divertidas y sepan plasmar, sobre todo, la vida frustrante de la juventud japonesa de hoy.
En lo que no existe debate es en algunas de las constantes de la “marca” literaria de B. Yoshimoto, en especial en ese aire de melancolía y tristeza que tiñe sus historias. Los personajes de B. Yoshimoto ven el mundo a través de los filtros del abatimiento. Ella misma, en el epílogo de esta colectánea de relatos, intenta vendernos ese aire de tristeza y se pregunta: “Por qué ahora me da por escribir sobre cosas tristes que son las que más me cuestan?” (página 211). Y confiesa que sus relatos tienen un fuerte tinte autobiográfico hasta el punto de que ella misma lloró al leer las galeradas. Ese aporte autobiográfico quiere que sea soterrado antes del nacimiento de su hijo. Pero que nadie se confunda: sus relatos son ficciones y, como tales, no reflejan hechos reales que le hayan acontecido a ella misma.
Dos de los relatos, el primero y el último, destacan por encima del resto. En ambos nos encontramos con seres solitarios y sus historias parecen recubiertas por una pátina de languidez, melancolía y tristeza lírica. “La casa de los fantasmas” tematiza las vivencias existenciales de dos jóvenes estudiantes. El personaje masculino habita en un piso fantasmagórico, situado en una casa en ruinas, cuyos dueños, una pareja de ancianos, habían fallecido intoxicados por monóxido de carbono, al quedarse dormidos junto a un brasero. Mas sus fantasmas siguen haciendo frecuentemente acto de presencia. Entre los dos jóvenes va creciendo una cierta intimidad hasta que llega el momento en que hacen el amor. El personaje masculino busca nuevas expectativas, rompe con la tradición familiar y emigra a Francia. Pero, pasados unos años, regresa y la relación amorosa se consolida. El final es enteramente previsible: vivirán felices, placenteramente en su pequeño mundo, mas en la base de su relación siempre estará presente lo que sintieron la primera vez que hicieron el amor en aquel piso herrumbroso habitado por presuntos fantasmas, cuya vida puede ser la clave para la pareja de protagonistas.
En el relato que rotula el volumen, “Recuerdos de un callejón sin salida”, B. Yoshimoto nos sumerge en un placido mar de pequeñas cosas capaz de curar las penas. Una historia sin ese final feliz y previsible que el lector encuentra en los otros relatos. Historia de una decepción amorosa y al mismo tiempo del poder cauterizador de la amistad. El personaje femenino, abandonado por su novio, vive sumido en la pasividad y en la tristeza, pero el mundo visto a través de aquella aflicción le parece nítido. Hallará consuelo en la amistad con un chico que trabaja en un bar situado en un callejón sin salida. Su vida, sumida en la ingenuidad y en la nostalgia, se caldea con el afecto de este joven, cuya presencia y conversación restañan sus heridas. Por eso llorará lágrimas de gratitud hacia el misterioso transcurrir del tiempo.
Y otras tres historias con sueños curativos que anulan sufrimientos anteriores, con niños capaces de ver la luz que habita dentro de cada ser humano, generadora de alegrías y de amor. Metáforas líricas sobre la memoria, los recuerdos y la felicidad. Ficciones sencillas, teñidas con tonalidades de melancólicas delicadezas, casi todas con finales amargos, sin grandes traumas ni apasionamientos, insertadas en estructuras narrativas que trascurren a través de una calmada cadencia y escritas con un lenguaje limpio, sereno, sin arrebatos líricos. Relatos, pues, que se tiñen con los colores otoñales, tonos medios y que, a veces al intentar tematizar lo inefable, esas misteriosa luz interior por ejemplo, corren el riesgo de caer en infantiles inconsistencias.

Francisco Martínez Bouzas




Banana Yoshimoto


Fragmentos

“Mientras bebíamos té, sentados junto a aquella ventana inundada de claridad, nos envolvió una cálida y placentera luz amarilla. Era precisamente lo que quería; una luz que hacía pensar a mi corazón marchito: «¡He aquí lo que me faltaba!»
La palabra que más se aproxima a lo que sentía tal vez sea «bendición»(…) Por aquel entonces, yo creía que lo que nos unía era el sexo, pero luego me di cuenta de que no, de que con el simple hecho de charlar con él, sentía una energía indescriptible que surgía del fondo del estómago y recorría todo mi cuerpo. «Sí, eso es. Con esto basta».
Ese sentimiento acabó transformándose en convicción, y con tan sólo sonreírnos el uno al otro nos sentíamos satisfechos (…)
Nuestra luz interior, la bella luz transparente del exterior y la luz y la luz que resplandecía cuando estábamos juntos se fundió en una sola luz que iluminó nuestro futuro”.
……….

“Ahora me doy cuenta: entonces, pese a que me encontraba en uno de mis peores momentos, yo vivía en la mayor de las felicidades.
Tanto era así que podría guardar el tiempo vivido aquellos días en un cofre y custodiarlo como si fuera el mayor tesoro de mi vida. La felicidad llega sin llamar a la puerta, al margen de las situaciones y circunstancias que la rodean a una, con una independencia casi cruel. No importa en qué situación te halles o con quien estés.
No se puede predecir.
Es imposible fabricarla a nuestro antojo. Puede aparecer al siguiente instante o no hacerlo nunca, lo que convierte nuestra espera en un esfuerzo vano. Es imprevisible, igual que las olas o el tiempo. Los milagros siempre están al acecho y, ante ellos, todos somos iguales.
Pero eso era lo único que yo aún no sabía”

(Banana Yoshimoto, Recuerdos de un callejón sin salida, páginas 54-55, 164-165)