martes, 16 de julio de 2013

EL ABISMO TRANSFORMADO EN LITERATURA



El edificio

David Monteagudo
Acantilado, Barcelona, 2013, 171 páginas.

   David Monteagudo (Viveiro, 1962) es un escritor gallego, aunque su obra literaria es ajena al sistema literario gallego -está escrita toda ella en español-, si bien en  alguna de sus novelas, Brañaganda, ha tocado temas de la Galicia profunda y muy desarrollados en la literatura popular gallega, como el lobishome y la licantropía en general. Afincado en Cataluña, David Monteagudo es un especialista en literatura de miedo, condición de la que dio sobradas muestras en Fin (2009), la novela con la que debutó y en la que demuestra ser un notable narrador.
   El edificio es una recopilación de relatos, en general de mediana extensión, que el autor concibe como una alegoría del capitalismo salvaje que David Monteagudo conoce a fondo pues hasta el año 2010 trabajó en una fábrica ya en plena crisis, en la que, son sus palabras, tenía la impresión de que él y sus compañeros estaban obligados a rendir al máximo, so pena de ser eliminados en la siguiente reducción de plantilla.
   En esa sensación de miedo y con situaciones opresivas transitando sus páginas, se inspira la mayoría de los relatos  de este libro. Lo comprobamos ya en el relato que inaugura el libro, “Informe sobre Aridia”, un texto de ciencia ficción en el que se nos transporta a la razón de ser y principios esenciales de los aridianos, una civilización que vive en un inmenso edificio que ha de desplazarse un centímetro al día, empujado, bajo un sol de fuego, por la fuerza motriz de sus moradores. Una condena -doce horas diarias de ejercicio físico para mantener el mundo en movimiento- sin ninguna otra expectativa ni esperanza. Un fin en si mismo, alarmante metáfora  de buena parte del mundo actual: avanzar en línea recta, encadenados en  modos de producción sin futuro ni esperanza.
   Prosigue la recopilación con “Irene”, un relato erótico en el que el retrato del físico de la joven Irene se convierte en una obsesión para el protagonista que la quiere solo como cuerpo para el sexo. Siguen otras piezas en las que se conjuga lo simbólico y lo mágico, como “El grito”, homenaje a los  castellers, con el miedo y el terror (“La araña” o “La escalera” son buenas muestras), con la presencia presentida de una amenaza capaz de llevar al paroxismo al protagonista (“El punto luminoso”) o con la simple descripción de seres o ambientes grotescos, excepcionales o perturbadores (“El verraco”, “El garaje”). O con ideas que se convierten en perturbadoras obsesiones como ocurre en “Los homúnculos” o “Julián González”. Hay relatos  como “La disputa” que describen el interior de una fábrica, territorio muy familiar al autor, a través de las conversaciones de empleados, con el miedo al despido en sus cogotes que les hará terminar en una trágica pelea.
   La colectánea incluye así mismo relatos autorreferenciales: “El escritor en ciernes” y “Fin”. El primero parece una referencia humorística a la propia biografía del autor. El aprendiz de escritor, al que la lectura de los clásicos le ocupa todo su tiempo libre, incluso el que emplea en el váter, momentos en los que precisamente experimenta la mayor euforia creativa, apremiado, no obstante, porque no sabe cómo empezar el primer capítulo de su primera y gran novela. Y con una frontera temporal bien delimitada: el turno de tarde en la fábrica en la que trabaja en una actividad gris y completamente ajena a la producción literaria. En “Fin”, el relato que cierra el volumen, una pareja que sale del cine se enfrenta a algo desconocido que suena a apocalíptico, como en la novela del mismo título. “Enfrentados…sin un faro, sin una luz sobre la tierra, como en las noches terribles de la historia” (página 171).
   Una amplia y heterogénea selección de relatos, con argumentos variados, mas con dos o tres temas nucleares que los relacionan. Y varios de ellos extraídos de la propia experiencia. Escritos con oficio y con bastante enjundia, con instantes de gran brillantez estilística, con potentes y evocadoras metáforas e imágenes. No les sobra nada, pero les falta quizás ese ramalazo del genio y del mago que escribe en estado de gracia, como ese escritor en ciernes que se siente un privilegiado gozando de sus condición, cuando pergeña el argumento y hasta los párrafos de su gran novela, sentado en la taza del váter.

Francisco Martínez Bouzas





 
David Monteagudo



Fragmentos

“Todos lo aridianos nacen y mueren viendo el mismo, idéntico y desolado paisaje. Todos nacen sabiendo que no verán ningún cambio, ninguna novedad, a lo largo de toda su vida, porque el Edificio, su mundo, se desplaza aproximadamente un centímetro por día («el grueso de un meñique», reza su decálogo, transmitido oralmente de generación en generación), y por lo tanto un individuo normal no recorre,  a lo largo de su vida, más allá de doscientos metros. Todo aridiano vive, se reproduce y se afana durante su vida entera, empujando con pies y manos las palancas de tracción durante doce interminables horas diarias, con la difusa esperanza de que futuras generaciones, imaginablemente remotas, puedan llegar por fin a los confines de la llanura.”

…..

“Acababa de entrar en la habitación. No había dado ni dos pasos, en dirección a la librería, cuando vi la araña. Me paré en seco. Al principio sólo vi una mancha oscura en el techo, algo que mi vista detectó inmediatamente como una presencia inhabitual en la estructura de la habitación, algo que no tenía que estar ahí. Después, cuando dirigí la mirada hacia ella, pensé por unos instantes que se trataba de algún objeto decorativo, una lámpara o algo por el estilo. Me recordó fugazmente a la lámpara que hay en el Palau de la Música, no por el color, sino por la forma, por la estructura, que es como si el techo se hubiera licuado hasta condensar una gota que empieza a colgar formando un bulto redondo. Y de pronto me di cuenta, con un escalofrío que me recorrió todo el cuerpo, de lo que era en realidad.”

(David Monteagudo, El edificio, páginas 8, 37)

domingo, 14 de julio de 2013

EL FEMINISMO VAGINA-LIT DE CAITLIN MORAN



Cómo ser mujer
Caitlin Moran
Traducción de Marta Salís
Editorial Anagrama, Barcelona, 2013, 354 páginas.


   La autora, Caitlin Moran (Brighton, 1975) es una famosa y divertida comentarista de la televisión inglesa, con miles de seguidores en las redes sociales y cientos de miles de lectores de esta su segunda novela -o lo que sea-, How To Be a Woman (Londres, 2011), traducida recientemente al español y con los derechos de edición vendidos en más de una veintena de países. Ha sido además considerada por los lectores el libro del año en Inglaterra.
   Las páginas del libro encarnan lo que ella llama “feminismo exaltado” y de tolerancia cero con la cultura patriarcal,  a la vez que deconstruyen los modelos femeninos políticamente correctos. Un libro pues contra la feminidad perfecta y que se nos vende en estereotipos. Y también al margen del feminismo académico, ese feminismo aburrido y enfadado que ha llegado, según ella, a un punto muerto y al que, sin embargo lo quiere defender pero desde el desenfado. Por algo Caitlin Moran está siendo considerada en algunos círculos como la emperatriz de ese feminismo bautizado como vagina-lit, en base al test que la autora propone en la página 94. Exaltada y criticada hasta la exasperación: Martin Amis dice de ella que es más macho que los machos, pero con una gran aceptación por parte de los lectores.
   El libro es, en efecto, una exposición y una defensa del feminismo de de los pequeños, cotidianos y hasta estúpidos problemas que las mujeres afrontan cada día a lo largo de su vida, desde el momento en que, casi siempre de improviso y sin que nadie les haya hablado de eso, llega la regla, o el punzante instante en que toman la decisión de abortar porque saben con certeza que  no pueden tener otro bebé, por muy obscena que parezca esa imagen de la madre que se niega a dar vida. O el convencimiento de que hacerse la cirugía estética no es ni sensato ni acertado ni tampoco femenino. Las arrugas son en el fondo el arma de la mujer contra los idiotas.
   Con un apabullante sentido crítico y un lenguaje frecuentemente desenfadado, desvergonzado, también divertido y sobre todo muy didáctico, perfectamente captado por la traductora Marta Salís, Caitlin Moran introduce al lector en su propia experiencia de hacerse mujer  a partir de esos trece años con sobrepeso. La avalancha hormonal de la adolescencia; la torpe primera masturbación, que se convertirá en un hobby; la pornografía, que según ella no es intrínsecamente explotadora ni machista pues al fin y al cabo no es más que follar y practicar sexo no es un acto machista, aunque por su parte apuesta por una pornografía en la que pueda verse gente practicando sexo  no mecánico, sino porque lo desea.
    Y siguen muchos otros testimonios y reflexiones, extraídos como ya se ha dicho, de su propia experiencia, sobre su cuerpo; la novedad del vello púbico y la solución del problema robándole una cuchilla de afeitar a su padre; todas las eclosiones de la pubertad, la conciencia del feminismo después de haber leído La mujer eunuco de Germaine Greer, aunque sin saber muy bien de qué se trata; esa ropa especializada para la mujer (el equivalente femenino del traje de bombero y del casco, escribe con humor); su defensa del coqueteo femenino; la experiencia del enamoramiento y la importancia que se le da al hecho de que una mujer tenga pareja; su boda, la trampa de las bodas con sus absurdos y abultados gastos, responsabilidad de las mujeres y trampa en la que ella misma cayó. Sus experiencias con la maternidad, narradas en primera persona en los capítulos menos cómicos y de mayor peso de este libro: “Por qué hay que tener hijos”; “Por qué no hay que tener hijos” y “Aborto”. En los dos últimos, no solamente nos hace partícipes de su decisión, tomada conscientemente con su marido, de abortar en su tercer embarazo, sino también de su juicio indignado ante la idea de que el aborto está contrapuesto con la feminidad, basada en la concepción de que la quintaesencia de la feminidad y de la maternidad es sustentar una vida a cualquier precio. Aunque reconoce que el aborto es algo brutal, extremadamente violento.
   Un libro, sin duda feminista, mas sostenido en el feminismo de la propia experiencia, no homologable con la de todas las mujeres, porque tampoco existe el estereotipo femenino, sino muchas mujeres, cada una dentro de su vida. Y eso se logra encarando los grandes o pequeños atropellos machistas. Por eso Cómo ser mujer es claramente un libro radical contra la misoginia, pero el feminismo de Caitlin Moran poco tiene que ver con el defendido por la mayoría de los movimientos feministas cuyo teorema central es que la mujer debe de salir del hogar para sentirse realizada y liberada del yugo patriarcal. Lo que propugna Caitlin Moran es un feminismo basado en su propia crónica biográfica. Por eso mismo es nada o muy poco académico y sí, hasta un cierto punto, televisivo. Pero con un postulado central indiscutible: la libertad de la mujer para ser ella quien decida si sale o no del hogar, con quién construye una familia, si es eso lo que decide, cuántos hijos quiere traer al mundo o incluso si opta por depilarse o ser peluda. En otras palabras: lo que realmente debe querer una mujer es ser lo que, con todas las consecuencias es: un ser humano.
   Si uno se acerca a las “provocativas observaciones” de Caitlin Moran  con una honesta apertura mental, es la conclusión que se extrae de la lectura de este libro, alejada de lecturas e interpretaciones aberrantes, generalmente anegadas en prejuicios

Francisco Martínez Bouzas



Caitlin Moran


Fragmentos

“Hacerse mujer es un poco como hacerse famosa. Pues después de ser amablemente ignorada, como casi todos los niños, una adolescente se vuelve de pronto fascinante para los demás, que empiezan a bombardearla con preguntas: ¿Qué talla tienes? ¿Lo has hecho ya? ¿Quieres practicar el sexo conmigo? ¿Tienes carnet de identidad? ¿Quieres una calada de esto? ¿Sales con alguien? ¿Usas algún método anticonceptivo? ¿Cómo es tu firma? ¿Sabes andar en tacones? ¿Quiénes son tus héroes? ¿Te vas a hacer una depilación brasileña? ¿Qué clase de pornografía te gusta? ¿Quieres casarte? ¿Cuándo vas a tener hijos? ¿Eres feminista? ¿Sólo estabas coqueteando con ese hombre? ¿Qué quieres hacer? ¿QUIÉN ERES?”

…..

“La primera vez que intento masturbarme -en mitad del capítulo 5-, tardo veinte minutos en correrme. No sé muy bien lo que estoy haciendo. En el libro la gente «hurga» entre« la maleza húmeda» hasta que ocurre algo asombroso. Pierdo el tiempo toqueteándome -con los dientes apretados por la concentración-, decidida a intentarlo todo en esa zona completamente desconocida que tengo desde hace trece años.
Cuando finalmente llego al orgasmo, me recuesto húmeda, exhausta, con la mano dolorida y loca de excitación.”

…..

“En un mundo donde puedes conseguir un riñón de repuesto, un Picasso en el mercado negro o un billete para viajar al espacio, ¿por qué no puedo ver verdadero sexo? Gente follando porque lo desea. Alguna chica con un vestido medio respetable que lo está pasando en grande. Tengo DINERO. Quiero PAGAR por esto. SOY UNA MUJER DE TREINTA Y CINCO AÑOS Y SÓLO QUIERO UNA INDUSTRIA PORNOGRÁFICA MULTIBILLONARIA DONDE PUEDA VER A UNA MUJER CORRERSE.
Sólo quiero ver cómo la gente pasa un buen rato.”

…..

“Asimismo, hay que tener en cuenta los distintos grados de «incorrección». Hay «abortos buenos» y «abortos malos», como en la escena de Brass Eye en que Chris Morris hablaba sobre el «sida bueno» y el «sida malo». Los hemofílicos que contraían el virus por una transfusión de sangre tenían «sida bueno» y merecían simpatía. Los homosexuales que contraían el virus por una relación sexual fortuita tenían, en cambio, «sida malo», y no había que prestarles la menor atención.
Una adolescente violada que necesita un aborto, o una madre cuya vida peligra por el embarazo tienen un «aborto bueno». No lo comentarán en público (…)
En el otro extremo, por supuesto, están los «peores» abortos: abortos reincidentes, abortos en avanzado estado de gestación, abortos de fertilización in vitro, y lo peor de todo, las madres que abortan. Nuestra visión de la maternidad sigue tan idealizada y es tan sentimental -la Madre generosa que da la vida- que la idea de una madre que más tarde pone límites a sus capacidad de nutrir y se niega a dar más vida parece obscena. (…)
Mi convicción de la necesidad sociológica, emocional y práctica del aborto se hizo aún más firme después de tener a mis dos hijas. Sólo tras nueve meses de embarazo, un parto, alimentar al bebé, cuidarlo, tenerlo en brazos hasta las tres de la madrugada, levantarme con él a las seis, extasiarte de amor y al mismo tiempo anegarte en llanto, entiendes realmente lo importante que es para un niño ser deseado. Cómo la maternidad es un juego en el que debes participar con toda la energía, buena disposición y felicidad posible.
Y lo más importante de todo, por supuesto, es ser querido, deseado y cuidado por una madre razonablemente cuerda y estable. Puedo decir con sinceridad que el aborto fue una de las decisiones menos difíciles de mi vida.”

(Caitlin Moran, Cómo ser mujer, páginas 15-16, 34, 49, 311-313)

lunes, 18 de febrero de 2013

EL DESEO POSMODERNO. LA CONTUMACIA DE LA CARNE


Llámalo deseo
José Luis Rodríguez del Corral
Tusquets Editores, La sonrisa vertical, Barcelona, 182 páginas.
(LIBROS DE FONDO)        



Pocos y apenas sin nombre son los templos donde se rinde culto a la erótica, esa afección teñida de deseo, y también género literario, que tiene que ver con la recuperación de muchas cosas. Y en primer lugar, con la recuperación de los cuerpos silenciados y transgresores que ocultaban en su interior todo lo que la cultura patriarcal impuso con sus prácticas y también con sus prédicas. Así pues, la buena literatura erótica no se nutre con aquellos libros que, según la célebre definición de Rousseau, leen los lectores con una sola mano. Se alimenta, por el contrario, con la donación absoluta al lector, donación de los cuerpos, no solamente en la corporalidad física, sino también en aquella otra mucho más delicada y sutil. 'Darse' por entero al lector para que éste sienta placer, como diría Roland Barthes.

Y es importante que la literatura, que nunca desaprovecha nada, no se haya olvidado del amor y del erotismo. Los dos siempre estuvieron ahí, de forma larvada o quizás incluso con otros nombres. Pero la literatura, ese juego interminable y muchas veces “insensato” de palabras, ha recreado innumerables historias eróticas. Desde la antigüedad, desde ese sabrosísimo plato para sondear en el amor de los efebos que es El banquete de Platón, hasta Lolita de Vladimir Nabokov. Y hasta nuestros días, a pesar de que en el ámbito de las letras hispánicas la verdadera literatura erótica es hoy prácticamente inexistente. Acaso porque, como afirma Vargas Llosa, ya no es la censura lo que es necesario flanquear, sino la barrera de la banalidad y del estereotipo. La permisividad hizo que todo resulte aceptable, se evaporó el efecto escandaloso y el erotismo es hoy en día algo previsible, mecánico, monótono, carente del refinamiento estético e inconformista y capaz de desafiar la moral represiva establecida.

Hay, eso si, algunos acontecimientos aislados que contribuyen de forma puntual a inventar un género erótico en las diversas literaturas estatales de ámbito hispanoamericano. Sin duda el más conocido y relevante fue el premio y la colección “La sonrisa vertical”, que celebró en 2002 su veinticinco aniversario superando el listón de los 120 títulos publicados. En la actualidad son 147 “sonrisas verticales” editadas por Tusquets.  En efecto, en 1977, la editora Beatriz de Moura y el cineasta Luis García Berlanga convirtieron en realidad el proyecto de crear un premio y una colección de literatura erótica, para los que el director de cine eligió el título de “La sonrisa vertical” a partir de una metáfora francesa. El premio, uno de los pocos que quedaron desiertos de vez en cuando, pretende surtirnos del aire para respirar, ya que el deseo es salud. Pretende recuperar el culto a la erección, al hedonismo, a las fértiles cosechas que una buena y gozosa literatura puede ofrecer.

El galardón fue a parar, en la convocatoria del año 2003, a las manos de un escritor neófito, el librero sevillano José Luis Rodríguez del Corral, que lo obtuvo con la novela Llámalo deseo
José Luuis Rodriguez Del Corral
En la pieza, que está escrita con la intención de combinar el lirismo con la excitación sexual de tal manera que la descripción de los actos sexuales se haga sin amaños, pero al mismo tiempo sin caer en la afectación relamida, entran en acción cuatro personajes. Dos mujeres, dueñas de su propia sexualidad, y dos hombres sexualmente pasivos. Héctor, un autista sexual, tímido, que contempla con placer morboso los entrenamientos de una joven y atractiva nadadora vestida de neopreno y a la que observa como una sirena del “bondage”, como una mujer atada, miembro del harén de sus fantasías de las hermosas durmientes atadas. Tal como acontece en el burdel de la novela de Kawabata, en el que se les ofrecen muchachas anestesiadas a ancianos que las prefieren así para no avergonzarse de su decrepitud.

Y Luis, reducido por un accidente a la inmovilidad y para el que su mujer alquila películas porno. Lo hace para aguijonear su fantasía pensando que en aquel reducto imaginario podría encontrar ganas e impulsos “de empalmarse y también de vivir”. Sin embargo, el escape sexual de los personajes masculinos de la fabulación (la pornografía de los vídeos y las imágenes de mujeres atadas) no es la opción capaz de hartar la insatisfacción sexual de ellas, los dos personajes femeninos, Belén y Claudia, que decidirán tomar la iniciativa.

Surge así una novela de hombres estáticos y de mujeres con amplios desplazamientos que, situados en un tablero de ajedrez -el símil es del mismo autor-, representan a dos reyes que apenas se mueven, y a dos reinas responsables de sus libres desplazamientos por toda la geografía del tablero.

Un lenguaje rebosante de imágenes sugestivas e insinuantes y una estructura dual formada por secuencias pares, narradas en primera persona por uno de los personajes femeninos, y otras impares, escritos en tercera, se convierten en el vehículo apropiado que introduce al lector en las escondidas y secretas regiones de las fantasías y en los suburbios del deseo posmoderno, ajeno a tabúes y prohibiciones. Deseo que sigue siendo un motor indispensable para la vida y que continúa alimentándose, como siempre, de insinuaciones, de excitaciones, de tendencias atávicas, de exquisitas humillaciones, de obsesiones sin nombre, de la universal contumacia de la carne.

Francisco Martínez Bouzas


* Este texto, con ligeras modificaciones, fue publicado el día 1 de junio del año 2003 en el periódico El País de Cali (Colombia)

viernes, 15 de febrero de 2013

MR. GWYN


Mr. Gwyn
Alessandro Baricco
Traducción de Xavier González Rovira
Editorial Anagrama, Barcelona, 2012, 184 páginas.

  
   Traducida recientemente a varias lenguas peninsulares, tenemos en estos días la posibilidad de disfrutar de la novela del escritor italiano, Alessandro Baricco, Mr. Gwyn, un texto cristalino y transparente. El narrador italiano es sin duda uno de los mejores estilistas actuales. Su escritura es vocación, no profesión y hay quien afirma que no se puede escribir de forma más hermosa de la que lo hace Baricco.
   Mr. Gwyn es un “thriller poético”, una novela metaliteraria sobre el oficio de escribir y sobre esos gestos que hacen que una hermosa historia empiece a tener vida. Es pues preciso gozar pausadamente de cada palabra que leemos en este libro, en el que un escritor semeja cambiar de profesión, dejar de escribir libros, pero no para olvidarse de la escritura, sino para crear la magia y sumergir al lector en la esencia del asombro desde una propuesta metaliteraria y contándonos una historia muy sencilla y, a primera vista irreal, pero que llegará a atraparnos con los garfios de la intriga.
   Se trata de la historia ilógicamente fácil de Japer Gwyn, un autor de éxito que decide dejar de escribir libros, porque se da cuenta de que eso no le sentaba bien. Pero, al poco tiempo, hecha en falta el guiño de escribir y le viene  a la cabeza la idea de un posible oficio: convertirse en copista, no de actas notariales, sino de personas, escribir retratos de gente. Y es entonces cuando comienza lo insólito, la historia que poco a poco nos va fascinando. Hombres y mujeres posando para el escritor y la novela incrustándose con fuerza en la metanarrativa. Una reflexión sobre el acto de escribir y algo más, porque Baricco nos introduce de lleno incluso en el taller del escritor y nos muestra sus mínimos detalles.
   Pero Mr. Gwyn escribe relatos maravillosos sobre gente muy dispar. Retrata a las personas escribiendo escenas, segmentos de historia, páginas de libros que nadie escribió jamás. Y al mismo tiempo la novela profundiza en los misterios de los ritos de la experiencia que, por ejemplo, arrastran a una mujer desnuda  a dejarse mirar por un hombre loco, siendo capaz de reordenar esa experiencia hasta transformarla en un refugio para ambos, haciendo además que surja el deseo de algo físico.
   El desenlace del libro, sea cual fuere la manera como se enfoque, es sorprendente, porque al final un escritor jamás deja de serlo, solamente cambia de perspectiva: deja aun lado el arduo trabajo de la inspiración y se deja llevar por la magia. Es por eso, nos recuerda Baricco, que existen muchos retratos ocultos, circulando por el mundo, cosidos secretamente á las páginas de los libros.

Francisco Martínez Bouzas

Alessandro Baricco
                                                

(Este texto es la traducción al español de una colaboración con el mismo título publicada el día 18 e enero de 2013 en el periódico El Correo Gallego de Santiago de Compostela. Para ver el original, pinchar aquí)

martes, 12 de febrero de 2013

"EL GATO", LA SÓRDIDA COTIDIANEIDAD DE UNA PAREJA


El gato
Georges Simenon
Traducción de José Ramón Monreal
Acantilado, Barcelona 2012, 174 páginas.

   
   La obra de Georges Simenon (Lieja 1903-Lausana 1989) ha sido hasta el momento la gran aportación de Bélgica a las letras francesas. Georges Simenon, un creador incansable bajo múltiples sinónimos de novelas de consumo rápido protagonizadas por el somisario Maigret, que incluso llegaron a despertar la admiración de André Gide, Walter Benjamin, Faulkner o García Márquez. En 1972 Maigret y el señor Charles clausuraría la serie del comisario Maigret que en unos cuarenta años había protagonizado más de cien aventuras. Pero las grandes dotes de observador de Simenon, su sensibilidad dolorida, a flor de piel, sus tonos frecuentemente fatalistas y su prosa altamente eficaz se proyectaron en libros de memorias y textos de distinta naturaleza que lo elevarían a la categoría de “pequeño Balzac de consumo masivo”.
   Uno de esos relatos, ajenos a ese tipo gris que es el comisario Maigret, mas no a la gente corrientes que encarna todas las debilidades humanas y “lucha por sobrevivir en territorio hostil” (Héctor J. Porto), es esta historia publicada por Simenon en 1966, con el rótulo de Le chat y que ahora traduce para Acantilado José Ramón Monreal. El gato es una de esas novelas que Simenon definía como “romans durs”, novelas duras, desabridas, pesimistas, pero que según muchos críticos son las mejores del escritor belga, porque en ellas sus protagonistas son capaces de evadirse de ese investigador gris, nacido y educado en provincias, que sueña con ser “reparador de destinos”. Son novelas de gente corriente en las que el crimen puede hacer acto de presencia o estar ausente, como ocurre en El gato, pero no el odio, alimentado sin ningún tipo de máscaras por sus protagonistas.
   Esta es una breve sinopsis de esta novela de desamor que intentaré presentar sin “spoilerizar” su contenido. El gato es una novela sobre el limbo (parece que ya no lo hay), el purgatorio y el infierno de una pareja de ancianos que envejecen, arropados no por la ternura del uno hacia el otro, sino empapados de odio y sin cesar de hacerse mutuamente maldades. Son Émile y Marguerite, ambos viudos, de desigual nivel social, cultural y económico, que contraen matrimonio sin saber lo que es el amor, sino como garantía de una vejez en compañía y de un servicio de reparaciones domésticas gratuito en los pensamientos de ella. Ambos aportan al matrimonio una mascota: Émile, su gato, Marguerite, su loro. Tales mascotas son convertidas por Simenon en los destinatarios de los odios, maldades, burlas sutiles y diabólicas con las que cada miembro de la pareja quiere herir al otro.
   Simenon inicia  la historia cuando Émile y Marguerite ya llevan ocho años casados. Si en el inicio de su convivencia no se tuteaban, ahora ya llevan una eternidad sin dirigirse la palabra, comunicándose por medio de notas escritas en un papel. La avaricia, frialdad y puritanismo de ella provocará que él busque consuelo en los escarceos eróticos con la tabernera Nelly y en las añoranzas de su primera mujer. Pero ese odio que a la vez les ahoga y los une, terminará por destruirlos.
  Novela sobre la mezquindad que en la pluma de Simenon parece formar parte del ser humano. Y como en las novelas en las que no interviene el comisario Maigret, la pluma de Simenon extrae de sus manantiales una fabulación de sombríos personajes, respetables aparentemente, envueltos por atmósferas con una alta densidad de agobio y de hipocresía.
   Con estilo seco y conciso, Simenon construye una estructura novelesca original en la que las analepsis y prolepsis  no retardan la acción, sino que sirven para permitirnos conocer los antecedentes de estos dos seres humanos, víctimas del desamor y crear así mismo un clima de tensión y suspense, basado en los deseos más perversos que el lector descubre ya en el primer capítulo.

Francisco Martínez Bouzas




Goerges Simenon


Fragmentos

“A Marguerite y a él les había costado lo suyo llegar a tutearse. Él tenía sesenta y cinco años cuando se había casado en segundas nupcias, ella sesenta y tres. Se mostraban torpes el uno frente al otro, más intimidados que unos jóvenes enamorados.
Pero ¿estaban enamorados de verdad.”

…..

“Cuando iban al cine, cada uno se pagaba su entrada.
-Es más justo…
Cuando comía lo espiaba, adoptando una expresión de asco cada vez que él, por ejemplo, usaba una cerilla como mondadientes. Con frases en apariencia banales, con miradas insistentes, no perdía ocasión de subrayar sus modales vulgares.
Todo en él la hería. No sólo el gato que cada noche dormía contra sus piernas.
-Mi primer marido tenía la piel del cuerpo lisa como la de una mujer…-había dicho un día que él daba vueltas por la habitación con el torso desnudo.
Ello equivalía a decir que los pelos negros e hirsutos de él estaba cubierto le repugnaban.”

…..

“Varias veces, en aquel período, él estuvo a punto de hablarle, de decirle cualquier cosa, palabras de consuelo. Sabía que era tarde, que no podían volver atrás.
Algunas mañanas, después de una noche en blanco, volvía a mostrarse agresiva. Un día, ansioso por asistir al avance de las obras de enfrente, que ahora seguía ya con interés, no se había duchado. Y más tarde, encontró un mensaje encima del piano:
HARÍAS BIEN EN LAVARTE.
HUELES MAL
Ninguno de los dos era capaz de deponer las armas. Aquello se había convertido en su vida. Mandarse notitas envenenadas era para ellos natural y necesario como para otros intercambiarse besos y gentilezas”

(Georges Simenon, El gato, páginas 30, 70-71, 164-165)

domingo, 10 de febrero de 2013

"EL FIN DE LA RAZA BLANCA", MALDAD, VIOLENCIA Y AMOR CORROMPIDO


El fin de la raza blanca
Eugenia Rico
Editorial Páginas de Espuma, Madrid, 2012, 101 páginas.

   Con este libro de cuentos, El fin de la raza blanca, debutó, al menos de forma efectiva, en el género de la recompensa inmediata Eugenia Rico, una joven escritora de cuyas entrañas literarias han nacido cinco novelas, premiadas en España y aclamadas en algunos países, especialmente en Alemania después de que su escritura sedujera a Daniel Kehlmann que la calificó como “la voz más importante de la nueva escritura española”. La faja roja que acompaña al libro está así mismo cargada de elogios, entre ellos el de la crítica del periódico “The New York Times” Michiko Kakutami (“La Virginia Woolf de la era Facebook”) que se ha demostrado ser apócrifo, tal como lo ha reconocido el editor de Páginas de Espuma, Juan Casamayor.
   Leo pues estos catorce relatos de Eugenia Rico haciendo abstracción de elogios publicitarios y centrándome en el criterio evaluador del género: si responden o no a ese propósito de intensidad creadora y al manejo de las técnicas narrativas pertinentes a la ficción en formato breve.
   Tres partes, encabezadas por títulos del más allá (Cielo, Purgatorio, Infierno) estructuran la materia narrativa del libro. Dos microrrelatos, a modo de anotaciones que nos inquietan y sobresaltan, abren y clausuran el libro. La mayoría de los relatos, al margen de su reparto en cada una de las secciones, están atrapados por la angustia, el miedo o la crueldad de los seres humanos. Ese es en general el leitmotiv  unificador de estos cuentos entre los que anoto algunos entre los que más me han impactado.
   De crueldad y violencia habla el primer cuento con el que arranca la sección “Cielo”: “La línea gris”. Un monólogo repetitivo hasta la extenuación que nos deja entrever, en los instantes de lucidez de la narradora instalada en la locura, los recuerdos nefastos de la Guerra Civil, con el fusilamiento de su hermano, muerto ahora de frío en el cementerio. Otra voz monologal y repetitiva nos trepana en el cráneo el relato “One way”: la pesadilla kafkiana de un hombre que erróneamente ha tomado un avión que no era el de su destino y que ni siquiera estaba anunciado en los paneles del aeropuerto, imposibilitado de pedir ayuda porque nadie entiende su lenguaje. En “La sala de espera” la voz narrativa describe le realidad psicológica de una mujer, cuya vida había sido un viaje en solitario, ante el deseo y el temor de tener un hijo. El atropello de una perra se convierte en la pluma de Eugenia Rico en una historia conmovedora y al mismo tiempo fantasmal que se centra primero en el punto de vista de una perra maltratada y termina destapando una historia de extrema violencia machista en el seno de una familia. La narradora de “La noche de la Candelaria” nos remite a la misma violencia del texto “La línea gris”, violencia en este caso sexista y asesina contra la mujer que no permite que los vencedores de la Guerra Civil la gocen viva. Otra historia fuerte impactante es la ficcionalización del tema de la pederastia que la autora acomete en el relato “La primera vez”. La primera vez que el tío tonsurado viola al sobrino que jamás vuelve a ser niño. Hija y amante favorita es la princesa Chehab Jehan, de quien está enamorado su padre, el Gran Khan, enamorada ella a su vez de un portugués, un hombre blanco. Es la trama del relato que rotula el libro y cuya intertextualidad con Las mil y una noche parece indiscutible.
   Relatos fuertes donde la violencia no es ajena, sino todo lo contrario a la condición humana. Capaces algunos de ellos de remover cimientos emotivos y de hacer surgir mareas vivas en el alma humana, mediante perfectas simbiosis entre el fondo y la forma y, en ocasiones, recursos minimalistas: resumir por ejemplo un atropello en dos frases. Y tejiendo la autora historias sencillas, mas con núcleos de gran intensidad diegética, que, al leerlas, nos producen escalofríos.

Francisco Martínez Bouzas





Fragmentos


“La cucharilla”

“ÉL RECORRE MI PIEL con la cucharilla de café.
Me ha vendado los ojos.
Acabo de contarle mi vida. Es su turno.
Me ha vendado los ojos para que imagine mejor lo que va a contarme y me ha atado para que le demuestre que creo ciegamente en él, que sé que no es un asesino, que estoy segura de que no va a hacerme daño.
Pero yo no sé, por eso tiemblo cuando recorre mi cuerpo con un cuchillo y me dice que es la cucharilla del café.”

…..

“SELENA NO OYÓ EL FRENAZO. La boca se le llenó de astillas de tierra y los ojos de telarañas. Al cabo  de un momento, pudo escuchar otra vez los ruidos. El ama estaba llorando, podía distinguir su llanto entre todas las demás voces. Quería gritar o moverse, pero un algodón muy blando parecía envolverla suave pero firmemente, como si fuese el peso del Cielo”

…..

“EN LA MEDIANOCHE DEL 31 DE OCTUBRE DE 1940, a  Evilio Cárdenas lo despertó la aroma punzante de Candelaria. Como una puñalada en la ingle, el deseo lo fue azuzando contra las sábanas húmedas hasta empujarlo fuera del cuarto. En el corral la luna no se compadeció de él. Salió a la calle abrochándose la bragueta y alisándose los cabellos. No subió, como las otras veces, por el camino de la era hacia la casa que estaba detrás de la iglesia. Aquella noche no, no fue una vez más a suplicarle, a tirar piedras a su ventana y a golpear la puerta, como había hecho las tres últimas noches. Aquella noche tiró para abajo, para la casa de Damián” (…)
“La mujer en el suelo no se movía. Seguro ya del beso, se fue agachando hasta sentir su aliento sobre sus labios. Ella esperó a que estuviese encila y entonces le mordió la mejilla. Ahora era Evilio quien sangraba. Se sentó a horcajadas sobre Candelaria y la abofeteó con método. Ella no sollozó, solo dijo: «¡Cabrón, hijo de puta!». Él no se lavantó hasta conocerle el color de la sangre.
-¡Ni muerta me acostaré contigo- le había dicho. Y él: -Muerta ya no podrás defenderte y yo voy a matarte (…)
Evilio no quiso que le dispararan en el rostro. Le había quedado el cutis salpicado de manchitas rojas, como una viruela de cerezas. El camisón blanco estaba empapado de una sangre que parecía vino. A ella siempre le había sentado bien el rojo. Nunca la había visto tan hermosa.
No consintió que fuera de otro, ni viva ni muerta. Aquella noche se quedó solo junto al río, amansándole los pechos con la mirada”

(Eugenia Rico, El fin de la raza blanca, páginas 13, 51, 67-73)

sábado, 26 de enero de 2013

"JAMÁS EL FUEGO NUNCA", NOVELA DEL DERRUMBE


Jamás el fuego nunca
Diamela Eltit
Editorial Periférica, Cáceres, 2012, 212 páginas


   Diamela Eltit, aunque relativamente poco conocida en España, es hoy en día una de las grandes voces de la literatura latinoamericana y, circunscribiéndonos a su país, se puede decir que ha ganado casi todos los premios literarios que en Chile se otorgan a los valores literarios, no a las ventas, en lo que la aventaja sin duda Isabel Allende. Rompedora de esquemas tradicionales en literatura, lo que a veces convierte en ambiguos o complejos sus textos. Si actitud permanentemente revolucionaria se traduce en una escritura avasalladora que envuelve al lector por todos los lados. Lo sorprende, lo deja sin aliento. Ella misma nos brinda las claves personales que nos permiten entender esta novela: “Pertenezco al conjunto de escritores chilenos que vivió en el país durante la dictadura de Pinochet y como una acción de salvataje  cultural constituimos el «inexilio» o exilio interior. A lo largo de los años –más de 30- pasamos desde la violencia como situación cotidiana a la violencia del mercado producida por un neoliberalismo verdaderamente intensificado…” Y sobre ello, entre encomios y rencores escribe Diamela Eltit.
   No son pocas las marcas textuales que la autora dejó impresas en este libro. Comenzando por el epígrafe: dos versos del poeta peruano César Vallejo (“Jamás el fuego nunca /  jugó mejor su rol de frío muerto”) que le sirvió a la escritora para rotular su propia novela. Ese fuego, que no es otra cosa que las utópicas energías revolucionarias congeladas en el tiempo del frío y la decepción con un saldo de miles de muertos y por el señorío absoluto y omnipresente de ideologías que suplantaron a las de los soñadores que fueron torturados o  a os miles de personas muertas o desaparecidas por escrutar rendijas de libertad.
   El argumento de la novela es aparentemente muy sencillo: la historia cotidiana de una pareja de militantes de izquierda que en su día formaron parte de una célula revolucionaria en lucha contra la dictadura y que, caída esta, siguen viviendo en la clandestinidad, en un tiempo que ya no es su tiempo, recluidos en una habitación, prácticamente atados a una cama, que no es un espacio erótico, sino una tumba y desde allí rememoran la fútil decepción de su aventura y el cúmulo de tragedias que les tocó vivir.
   Al final la novela de Diamela Eltit se convierte en una historia de cuerpos: cuerpos humanos y el cuerpo político. Cuerpos humanos en declive, mascando la derrota, sujetos a la enfermedad y  a la muerte y transformados en metáfora de los cuerpos políticos, cuyo sistema más pequeño es la célula, en este caso una célula política revolucionaria, agotada, demolida, rozando las fronteras de la descomposición y que ha quedado reducida a solo dos cuerpos, dos personas: la narradora cuya voz queda tamizada por la claustrofobia y por una ideología dogmática que ha generado células que no han sido capaces de forjar una sociedad liberada, sino guetos que funcionan como cárceles.
   Una narradora, pues, que construye su escritura sobre las ruinas de la realidad, amalgamando delirios paranoicos, soledad, miseria, decrepitud, traiciones, derrotas. Historia de sumisiones y de sometedores  en constante intercambio de roles. Los roles de una pareja convertida en biología, en órganos envejecidos, huesos doloridos, paralelo perfecto del derrumbe de un proyecto revolucionario.
   La novela sutura otros muchos contenidos de significación. Aspectos textuales tales como la vehemencia de la voz narradora en primera persona con la que se dirige a su compañero de cama; una constante confusión temporal, buscada a propósito, metáfora de un tiempo caótico, ambiguo y fragmentado, el otro tiempo fuera del tiempo al que no ha llegado la pareja de enclaustrados, anclados a un tiempo definido por los conceptos del materialismo histórico en su versión más dogmática. De ahí las numerosas citas de Marta Harnecker. En la novela Diamela Eltit asume plenamente un discurso narrativo basado en el monólogo. Una voz femenina que monologa  con un lenguaje preciso, duro y despojado de cualquier asomo lírico. En el solipsismo del monólogo se incuba el germen de la absoluta soledad y el desamparo de una generación de chilenos izquierdistas que han sido despojados de todo, de sus emociones, de su ideología, de sus esperanzas e incluso de sus palabras, porque el usurpador, aunque sin uniforme militar aún sigue vivo. Por eso concluyo con las rotundas palabras de Vicente Luís Mora: “Se han hecho más intensas que nunca las formas del silencio ante el poder, frente a los cuales se levanta arisca y atronadora esta novela brutal.”

Francisco Martínez Bouzas



Diamela Elitit

Fragmentos

“Somos, así lo pactamos, una célula.
Lo hicimos después de que se  hubo de consumar la muerte, no te muevas, ni la cabeza ni menos los brazos, no ahora porque era una muerte que nos competía y nos desgarraba. No lo llevamos al hospital, no parecía posible. Mis súplicas, lo sé, eran una mera retórica, una forma de disculpa o de evasión. No podíamos acudir con su cuerpo mermado y agónico acezante y agónico, macilento y agónico, amado y agónico, al hospital, porque si lo hacíamos, si trasloábamos su agonía, si la desplazábamos de la cama, poníamos en riesgo la totalidad de las células porque caería nuestra célula y una estela destructiva iría exterminando el amenazado, disminuido campo militante.”

…..


“Yo había caído, atrapada como un animal salvaje o un animal de circo, en plena vía pública, cercada y capturada. Después ibas  a caer tú. Una suma implacable, la célula completa: los diez. Sobrevivimos siete. (Los tres muertos están aquí, enhiestos, decorativos, rutilan en la obscuridad). Antes de mi salida, caíste. Cuatro meses ni vivo ni muerto. Finalmente hubimos de reencontrarnos. Lo hicimos entrampados en una aguda perplejidad. Mi estado te obligó a suspender tu dolor, tu agravio, la suma de humillaciones. El terror.
No, dijiste, no.”

…..


“Tengo que levantarme de la cama, ir  ala cocina, preparar el arroz, poner en el plato dos panes, sólo dos. Tengo que volver a la pieza y pasarme la peineta por la cabeza rota, apaleada, tengo que inventarme unas manos porque no debo salir asía la calle, no quiero delatarte, no es oportuno ni necesario. Me pongo el abrigo. Miro el montón de células que ya están en un avanzado deterioro, me detengo en tus células tiñosas y me dan unas ganas infinitas de decirte: levántate, o decirte: resucita de una vez por todas y salgamos ala calle con el niño, el mío, el de dos años, mi amado niño y llevémoslo al hospital. Debemos llevarlo porque, después de todo, ya no tenemos nada que perder.”

(Diamela Eltit, Jamás el fuego nunca, páginas 84-85, 153, 211-212)

viernes, 18 de enero de 2013

WAKEFIELD, EL DESTERRADO DEL UNIVERSO


Wakefield
Nathaniel Hawthorne
Traducción de María José Chuliá García
Ilustraciones de Ana Juan
Nórdica Libros, Madrid, 2011, 76 páginas.

En una excelente edición bilingüe e ilustrada, y como celebración de sus cinco años en la palestra editorial, Nórdica Libros rescata un cuento memorable, Wakefield de Nathaniel Hawthorne (1804-1864), un narrador norteamericano, figura imprescindible para entender el desarrollo de la literatura estadounidense en sus inicios. Nathaniel Hawthorne (Hathorne de nacimiento) tuvo una vida compleja, anclada entre dos pasiones: la literatura y el marchamo puritano, heredado de los primeros colonos que se establecieron en Salem. Aunque escribió varias novelas de formato largo, fue conocido sobre todo por sus relatos breves, generalmente de temática siniestra y contenido alegórico, siguiendo los gustos de la época. Por eso no es de extrañar que tradicionalmente haya sido considerado como un plomazo moralista, rebosante de complejos. La crítica actual, en cambio, ve en Hawthorne un fiel cultivador de la retórica autoconsciente.
Su narrativa breve destaca por el estilo elegante, depurado y sumamente reflexivo. Su contemporáneo Edgar Allan Poe celebró sus colecciones más importantes, Twice-Told Tales y Mosses from an  Old Manse. Y según Borges, Nathaniel Hawthorne es uno de los  cuentistas más importantes, destacando de forma especial Walkefield.
El cuento nos pone en presencia de un hombre que un día sale de su casa con la intención de realizar un corto viaje y no regresa hasta pasados veinte años, con la particularidad de que se instala en la calle contigua, desde la que todos los días podía divisar a su angustiada esposa. Una decisión extravagante e incompresible. La pretensión del escritor es que el lector medite sobre este extraño comportamiento y extraiga una moraleja. Para ello, más que referir los acontecimientos externos, ausentes en el relato, analiza qué clase de hombre era Wakefield, brindándonos una perfecta descripción  de su personalidad: en el ecuador de su vida, con una afectividad conyugal apaciguada, intelectual pasivo, corazón frío aunque no envilecido.
Nathaniel  Hawthorne
Así mismo Hawthorne pretende explicar el porqué de ese capricho que convierte a Wakefield en un ermitaño en el bullicio de la ciudad. Y sobre todo, la incapacidad de una voluntad débil para ejecutar lo que todos los días se dice el protagonista: “Volveré pronto!”. Pero una noche, finalmente, regresa a su antiguo hogar. El autor, sin embargo, decide no seguir al personaje más allá del umbral de la puerta, porque considera que su comportamiento ya ha proporcionado suficientes materiales para pensar y para que surja la moraleja: “En medio de la aparente confusión de nuestro misterioso mundo, las personas están tan pulcramente adaptadas a un sistema, y los sistemas engarzados entre sí y a un todo, que si una persona se ausenta por un momento, se expone al aterrador riesgo de perder su puesto por siempre, pudiendo llegar a convertirse, como le sucedió a Walkefield, en el Desterrado del Universo”(página 54). En mi opinión Hawthorne explora una interesante temática atemporal: la tentación del exilio interior que desemboca a veces en un destierro exterior. Otra cosa es el tratamiento narrativo, contaminado constantemente por la reflexión moral explícita, herencia de otros tiempos.
Esta reseña estaría incompleta sin hacer la obligada mención a las excelentes ilustraciones de Ana Juan. Sus dibujos permiten que esos dos mundos que corren paralelos (el del autor de una excentricidad y el de su resignada esposa). La ilustradora capta perfectamente en sus láminas esos dos mundos: uno lúgubre e inquietante, el otro, resignado y melancólico.
                                           
Francisco Martínez Bouzas


domingo, 13 de enero de 2013

UNA PARÁBOLA SOBRE LA CODICIA



¿Cuánta tierra necesita un hombre?
Lev Tostói
Traducción: Víctor Gallego Ballestero
Ilustraciones: Elena Odriozola
Nórdica Libros, Madrid 2011, 66 páginas.

   El conde Lev Nikoláivich Tolstói ( 1828 – 1910 ) está considerado como “el gran señor” de la literatura rusa. Su estilo equilibrado y al mismo tiempo distante se prestaba para ser interpretado como la transfiguración estética de la aristocracia de la que Toslstói procedía, hasta que renegó de ella, seducido por un evangelismo populista de raíz campesina. Su prédica moral no se quedó en gestos grandilocuentes, como la carta que dirigió al zar Nicolás II denunciando los males del país y proponiendo la abolición de la propiedad agraria. En su ancianidad renunció a todas sus propiedades, incluida la intelectual, pero su familia las reivindicó y Tosltói quedó viviendo como invitado de su mujer y de sus hijos.
   Ese supremo punto de referencia de las letras rusas tomó forma no sólo en la grandeza de sus  novelas, Guerra y paz, Ana Karénina o el tríptico de sus memorias ( Infancia, Adolescencia, Juventud ), sino también en un número casi incontable de narraciones breves. Relatos y novelas cortas, tanto más magistrales cuanto más cortas. Desde fábulas y apólogos de un solo párrafo, hasta largos relatos en la frontera de la novela corta. La mayoría de las mismas se editaron en español a comienzos del siglos XX en traducciones indirectas a través del francés.
   Entre todas ellas sobresale por su perfecta elaboración y por la nitidez de su mensaje ¡Cuánta tierra necesita un hombre?, catalogada en su día por James Joyce como “ el mejor relato que se ha escrito nunca”. Se trata, al parecer de una leyenda de tradición oral rusa, que corría de boca en boca entre los campesinos. Tolstói la recoge y arma una perfecta parábola sobre la avaricia. Su protagonista es  Pajom, un campesino pobre con el que pacta el diablo darle mucha tierra a cambio de tenerle en su poder. Todas las “desiatinas” que va acaparando, le parecen pocas. Hasta que se entera de que los bashkirios son inocentes como corderos y se puede conseguir su tierra casi de balde. Y en efecto, por mil rublos le ofrecen toda la tierra que pueda recorrer en una jornada con la condición de regresar al punto de partida antes de la puesta del sol. Al final, como demanda el guión, recibe el pago de la avaricia que todo el mundo comprende.
Lev Tolstói
   Una perfecta parábola sobre el afán acaparador de los señores de la tierra. Mas su ejemplaridad transciende el mundo agrario y hoy en día se viste de mil maneras en la crisis económica que han hecho que nos azote, provocada por la desmesurada ambición de los señores de los distintos sectores de la economía capitalista.
   Nórdica Libros nos sorprende con una edición primorosa de esta narración “ejemplar”. Las ilustraciones de Elena Odriozola han sabido captar la pulsión narrativa, el aliento y el aroma de la tierra en la que Tolstói, vestido con blusón campesino, se dedicaba en su ancianidad a su vocación moralista y predicaba el credo del amor universal.

Francisco Martínez Bouzas
                                                  
  

  

jueves, 10 de enero de 2013

"KARNAVAL", DSK LITERATURIZADO


Karnaval
Juan Francisco Ferré
Editorial Anagrama, Barcelona, 2012, 529 páginas.

   Dominique Strauss-Kahn, hasta el 18 de mayo de 2011 uno de los hombres más poderosos del mundo, acaba de ser transformado en personaje de ficción en una gran novela, Karnaval, ganadora del Premio Herralde de Novela 2012, un galardón que se le otorga a la literatura y no a las ventas. Su autor, Juan Francisco Ferré, es un escritor muy enraizado en la literatura moderna y posmoderna.
   Un personaje público, en aquellas fechas uno de los más influyentes del mundo, se ve así convertido en materia de arte, en literatura. La novela, calificada por su autor con la “Triple X” de la provocación pornográfica, de la exuberancia fabuladora y de la incógnita política, fue escrita al mismo tiempo que acontecían los hechos que motivaron el escándalo del director del FMI. Su motor de arranque fue la imagen de Strauss-Kahn conducido por el FBI, precisamente cuando en España explotaban las protestas del 15-M. “Me fascinó el hecho de que uno de los personajes más poderosos del mundo cayera por un gesto fruto de la gratuidad…Strauss-Kahn buscó el placer gratis teniendo todo el dinero del mundo para pagarlo.”
   La novela, en un momento en el que tanto la política como la economía son un indiscutible carnaval, es un verdadero panfleto sumamente incisivo contra las fechorías del neocapitalismo, pero el autor adereza asuntos muy serios con un tono cómico, con escenas hilarantes como las descritas en el capítulo “DK 5. Pornografía ancestral”. Un panfleto que convierte al exdirector del FMI, primero en el “gran dios K” y más tarde en un indignado, como los del 15-M español, que pretende hacer explotar el sistema.
   De ahí que la novela rebose de páginas que les sacan los colores a los excesos neocapitalistas. En la misma D. Strauss-Kahn es un ejemplo, una metáfora, un personaje de ficción paradigma del mundo de hoy, cuyos dueños, los financieros y los banqueros parecen desconocer o son insensibles frente a lo que está pasando.
   Es cierto que sobre Karnaval planea un escándalo sexual. Pero la novela no va solamente de sexo. Al contrario, ofrece una visión del mundo partiendo de ese dios K y de la vuelta de tuerca que lo transmuta  en un indignado. El talento literario de J. F. Ferré y sus condición de posnarrador hacen acto de presencia en toda la obra, pero sobre todo en un capítulo muy especial, “El agujero y el gusano”, un imaginario documental en el que personajes públicos como Philip Roth, Zizet, Philippe Sollers, Chomsky, Beatriz Preciado. Houellebecq, Judith Butler entre otros y otras opinan sobre Strauss Kahn. Ferré se deleita desacralizando las palabras de estas columnas vertebrales de los saberes de hoy y sabe demostrar que la literatura no solo es lo único que no está en crisis en este país, sino que no cesa de innovar.

Francisco Martínez Bouzas

(Texto publicado el 18 de diciembre en el periódico El Correo Gallego de Santiago de Compostela. Para ver el original en gallego pinchar aquí)



Juan Francisco Ferré

Fragmentos

“Mi trabajo en el hotel me ha permitido conocer cosas repugnantes como éstas. Yo limpio las habitaciones y hago la cama después de que se vayan los clientes. No importa que sea un hotel caro. No importa que las habitaciones parezcan palacios al lado de las casas que conozco en el barrio. Eso no importa. Cuanto más lujosas las habitaciones, más asquerosas me parecen las cosas que ocurren allí. Más repugnancia me da limpiar el cuarto de baño y hacer la cama, ver y limpiar los deshechos que dejan a propósito para que se sepa lo que han hecho allí. Me avergüenzan ellas cuando las veo salir contentas de la habitación en compañía de ese hombre que las acaba de violar, y parecen orgullosas de lo que les han hecho, de que las hayan elegido para hacerlo, convencidas de que esa cosa que tienen entre las piernas y que los hombres quieren poseer como perros les da todo el poder que no tienen en realidad. Esa cosa que tengo entre las piernas, en carne viva, esa cosa que los hombres quieren de nosotras, sí, esa cosa, es parte de nuestro infierno.”

…..

                                  PHILIP ROTH, novelista
“Roth: Lo diré claro desde el principio para que nadie se llame a engaño. El verdadero problema en este y en otros casos es la polla. Siento ser grosero, pero es así. Ya lo he dicho antes, juzgando otro escándalo similar, el caso Clinton, una década atrás, no se si se acuerda. La gente en general, sin distinguir entre hombres y mujeres, nunca perdona que le pongan la polla y los estragos de la polla delante de las narices. No perdonan la obscenidad de esa presencia…”

…..

BEATRIZ PRECIADO, profesora de teoría queer y ensayista
Preciado: Yo lo veo de una manera completamente distinta a como lo interpreta mi admirada Judith Butler. En mi opinión, hubo un fallo grave en la transacción (…) El hombre no quiere la desnudez de la mujer, que le causa horror, quiere su vestido, quiere su ropa, su atuendo, su disfraz, su uniforme. Lo que el hombre desea es apropiarse del disfraz que hace mujer a la mujer, que la hace deseable, que la muestra como objeto de deseo…”

…..

JULIA KRISTEVA, semióloga, psicoanalista y ensayista
“Kristeva: Damos por sentado que la víctima al emplear el lenguaje masculino para designar a su violador, lo hizo con su propio lenguaje, cuando en realidad debemos admitir que lo único que hizo fue verbalizar su difícil situación a partir de las escasas palabras que la cultura le proporcionaba para designarla. La cultura patriarcal, sin duda, pero también la cultura mediática es la que hoy conforma la conciencia de la gente. Si nuestra cultura, con la generosidad que se atribuye, hubiera sido capaz de procurarle las palabras adecuadas, los conceptos acertados,  a lo mejor habríamos oído a una mujer clamando simplemente porque no había sido amada, porque no había sido bastante querida, o no se había sentido en ningún momento todo lo querida que le parecía necesario o deseable para poder aceptar sin disgusto la violencia que se le imponía como medio efectivo…”

(Juan Francisco Ferré, Karnaval,  páginas 37-38, 215, 224, 227- 228)